Resúmen Metodología Ciencias Sociales Raúl Rivas

.PRIMERA APROXlMACIÓN AL PROBLEMA DE LA BASE EMPÍRICA EN LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

CONCEPCIÓN ESTRECHA DEL INDUCTIVISMO Científico (HEMPEL)

El texto citado por Hempel constituye una verdadera declaración de principios inductivistas, lo que afirma es que la actividad científica avanza por inducción desde el registro de los hechos por observación a la formulación de generalizaciones o hipótesis, de las que luego, por deducción, habrán de extraerse consecuencias deductivas que confirmarán o no la hipótesis formulada.

Sin embargo, la realidad de la práctica científica se desenvuelve lejos de esta descripción, no sólo por motivos históricos, psicológicos o coyunturales, que podrían aceptarse como desviaciones de un ideal metódico, sino por poderosos motivos estructurales, de naturaleza ontoepistemológica, que no podemos burlar por mucha sutileza que añadamos al modelo, los límites de esta concepción inductivista de la ciencia’.

1.2, LA PROPUESTA DE A. B. WOLFE, CUATRO PASOS

La propuesta de Wolfe Cuatro pasos: Observación y registro de todos los hechos; Análisis y clasificación de todos los hechos observados y registrados; Derivación inductiva de generalizaciones a partir de ellos, y Contrastación ulterior de las generalizaciones.

1.2.1. Observación y registro de todos los hechos

Se han de registrar aquellos hechos que sean relevantes, en relación con el problema que se estudia. La relevancia que adquiere un hecho de observación nace de una hipótesis científica. Hecho, tiende a utilizarse como expresión de una actividad objetiva que se impone en su presencia y en su modo de ser a la mirada de cualquier observador, y, sin embargo, estamos afirmando que los hechos son instituidos como tales y, en tanto que tales como datos de la investigación, por la propia actividad del observador que irrumpe en el campo de observación generando un orden e introduciendo criterios de significación y pertinencia. Resume Hempel diciendo: La máxima según la cual la obtención de datos debería realizarse sin la existencia de hipótesis antecedentes que sirvieran para orientarnos acerca de las conexiones entre lo hechos que se están estudiando es una máxima que se autorrefuta, y a la que la investigación científica no se atiene. Al contrario: las hipótesis, en cuanto intento de respuesta, son necesarias para servir de guía a la investigación científica. Esas hipótesis determinan, entre otras cosas, cuál es el tipo de datos que se ha de reunir en un momento dado de una investigación científica.

 

1.2.2. Análisis y clasificación de todos los hechos observados y registrados

Toda clasificación entraña un sistema categorial cuya génesis y pertinencia es de naturaleza teórica, no empírica. La organización de la experiencia es guiada siempre por intenciones teóricas e intereses prácticos. Al modo kantiano, los datos de la experiencia sin las categorías son ciegos, nada dicen porque, de hecho, podrían decirlo todo.

 

1.2.3, Derivación inductiva de generalizaciones a partir de los hechos

Las hipótesis son generalizaciones obtenidas a través de inferencias inductivas a partir de la base empírica. Las hipótesis no son el resultado de la inducción, sino la condición de posibilidad de la misma actividad investigadora, La mirada del científico viene constituida por la presencia de dichas hipótesis, a cuya existencia debe su capacidad discriminadora y sin cuya carga teórica seria imposible orientarse en el mudo espacio de la experiencia.

 

1.2.4 Contrastación ulterior de las generalizaciones

a) El análisis inductivo de los datos carece, de fórmulas algorítmicas que permitan la producción de generalizaciones empíricas, en palabras de Hempel: Las hipótesis y leudas científicas no se derivan de los hechos observados, sino que se inventan para dar cuenta de ellos. Son conjeturas relativas a las conexiones que se pueden establecer entre lo fenómenos que se están estudiando, a las uniformidades y regularidades que subyacen a éstos. Esta es la posición que subyace al denominado racionalismo crítico popperiano, para el que la inducción no es el quid de la construcción científica, pues no es posible la pura constatación de lo dado en la experiencia, siempre interpretada y, además, porque la ciencia no consiste en una pura formalización lógica de la base empírica, sino en el planteamiento de enunciados que proceden de la especulación y la creatividad científica y su contrastación deductiva, En expresión de Popper, la ciencia es un juego de conjeturas y refutaciones. b) El segundo asunto es el de la justificación lógica de la inducción;

1.3. EL ENCANTO DEL INDUCTIVISMO INGENUO (A. F. CHALMERS). EL PROBLEMA DE LA OB.IETIVIDAD

Alan F. Chalmers ha resumido el inductívismo ingenuo: Su atractivo parece residir en el hecho de que proporciona una explicación Normalizada de algunas impresiones populares sobre el carácter de la ciencia, su poder explicatorio y predictivo. Su objetividad y su superior fiabilidad en comparación con otras formas de conocimiento. El inductívismo ingenuo nos transmite una concepción del proceso de investigación científica basada en la objetividad que se manifiesta en el aprecio y respeto reverencial a la base empírica y al minucioso proceso de observación. La recolección de datos se emancipa de toda contaminación subjetiva, pues es la realidad misma la que nos habla a través de la constatación de lo dado de manera inmediata en la experiencia, sin interpretaciones ni filtros. Los datos observacionales son recogidos y puestos a disposición del aparato lógico, no menos objetivo con tanto que aparato formal, universal y apodíctico para que, por medio de procesos dc inferencia inductiva, surjan, con esa exasperante naturalidad y espontaneidad de la que hace gala el más craso empirismo, las proposiciones generales con pretensiones nomotéticas.

 

LA OBSERVACIÓN CIENTÍFICA, APROXIMACIÓN CRÍTICA

2,1, OBSERVACIÓN COTIDIANA Y Observación Científica: SU CARÁCTER PLANIFICADO, SISTEMÁTICO Y Crítico

Es tradicional comenzar, después de ciertos comentarios introductorios, por un capitulo dedicado a la observación científica y a la experimentación, se hace así porque es la operación de observar la que se presenta como antecedente temporal y epistemológico del resto de operaciones metodológicas y técnicas sobre las cuales habrá de construirse el conocimiento científico, La observación sería, al mismo tiempo, la fuente y el procedimiento de obtención de la base empírica, del apoyo material y sustantivo de la ciencia, la Real Academia Española dice que observar es examinar atentamente, La observación es una actividad cotidiana de todo sujeto humano, derivada, en primera instancia, de nuestra naturaleza biológica y nuestras características sensitivas. La observación científica es lo que hace el físico con su laboratorio, o el químico; o el médico cuando interroga y explora a su paciente. También el científico social realiza observación de múltiples modos: por ejemplo, la realizan los sociólogos y antropólogos que contemplan y registran la conducta de un grupo humano, bien sea en sus escenarios naturales, bien sea como resultado de ciertos estímulos preparados por el investigador para suscitar con condiciones experimentales alguna clase de respuesta en esos individuos. Si bien la observación no es condición suficiente de la ciencia, sí que es condición necesaria de ella. La diferencia más evidente entre la observación cotidiana o espontánea que realiza cualquier persona y la observación científica radica en el carácter planificado, sistemático y crítico de esta última. Diferencias que hay que tomar con cautela seria un error pensar que la observación ordinaria carece por completo de estas cualidades, como lo seria también pensar que toda observación científica las satisface plenamente.

 

2.2. EL PROBLEMA DE LA BASE EMPíRICA EN LA EPISTEMOLÓGiCA DE LA CONCEPCiÓN HEREDADA

La observación científica puede ser definida como el proceso a través del cual el investigador se apropia de los datos que habrá de incorporar a su tarea investigadora. Por una parte, por observación se entiende cualquier procedimiento a través del cual el investigador hace suya alguna clase de material empírico, bien haciendo uso de sus sentidos para captar un fenómeno cualquiera, bien a través del uso o aplicación de ciertas técnicas que permiten acceder a hechos diversos inaccesibles a la percepción directa.Dentro del discurso metodológico la observación hace referencia a cierto tipo de técnicas a través de las cuales un investigador puede obtener datos directos acerca de la conducta de un conjunto de sujetos haciendo uso de sus sentidos y su presencia directa en la escena. Desde Bacon a Carnap, pasando por Mili, han sido las corrientes empiristas, positivistas e inductivistas quienes han hecho de la observación la piedra angular de la investigación científica. En síntesis, estas doctrinas han defendido que la actividad científica requiere dos pilares fundamentales: en primer lugar, sólidos y objetivos procedimientos de observación que garanticen la formación de una nutrida y fiable base empírica que reúna los datos necesarios para lanzar el proceso de conocimiento; y, en segundo lugar, férreos y bien fundados procedimientos lógicos inductivo/ deductivos que formalicen la base empírica y permitan construir conocimiento nuevo a partir de los ladrillos que la observación proporciona.

 

2.3. LAS OOCTRINAS EPISTEMOLÓGICAS

2.3.1. EI Fenomenismo, característico del positivismo del XIX Y del empiriocri­ticismo, defendió que los hechos de observación no son otra cosa que fenómenos, en el sentido kantiano; es decir, son pura apariencia externa de la realidad que se presenta como tal en tanto que resultado de la actividad cognoscitiva del ser humano. La ciencia debe proponer, pues, relaciones entre los hechos que ofrezcan explicaciones suficientes de los mismos.

2.3.2. Neopositivismo lógico

El neopositivismo lógico de los sus doctrinas concebía la observación como una constatación de lo dado en la experiencia; así, los hechos de observación eran registrados haciendo uso de un lenguaje de observación, de modo que cada hecho concreto quedaba representado en un enunciado denominado protocolario, distinto de los enunciados científicos originados en la actividad lógica de la ciencia; estos enunciados protocolarios tenían, así, una dimensión originaria, primigenia e inmediata, frente a las construcciones científicas relacionales, cada vez más despegadas de la experiencia inmediata. Los hechos y, como reflejo lingüístico suyo, los enunciados protocolarios, constituían, para esta tradición, la más firme garantía de la ciencia. Por otra parte, el neopositivismo lógico defendió un programa de ciencia unificada que no aceptaba la tradicional distinción entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu, manteniendo la necesaria unidad metodológica de toda la actividad científica.

 

2.3.3. Fisicalismo

El fisicalismo resultó una radicalización de las posiciones fenomenistas y neopositivistas; Para el Fisicalismo, los hechos de observación, en tanto que fenómenos, no podían abandonar la dimensión subjetiva, por lo que había de ser abandonada toda pretensión metafísica, por débil que fuera, para reducir el hecho de observación a su expresión lingüística; sólo ésta podía aspirar a una cierta objetividad entendida como intersubjetividad derivada de un lenguaje común aceptado por la comunidad de investigadores; esta perspectiva conducía a posiciones operacionalitas, para las que el significado de los términos del lenguaje descriptivo, a su vez, debía ser precisamente definido en términos de operaciones reproducibles por observadores ajenos. En todo caso, con el campo de la epistemología de la ciencia, el Fisicalismo terminaba por situar definitivamente esta disciplina en el marco del giro lingüístico.

 

2.3.4. Racionalismo crítico

El racionalismo crítico de Popper se puso a la cabeza de la revisión crítica del neopositivismo lógico y del Fisicalismo. Para Popper, la base empírica de la ciencia no está constituida por el conjunto de enunciados que respaldan o confirman las teorías científicas, sino por el conjunto de enunciados básicos que se refieren a hechos cuya existencia es necesaria para que la teoría no se vea refutada. La base empírica de la ciencia deja de concebirse como un ingente cúmulo de datos de experiencia confirmatorios, para pasar a ser entendida como conjuntos de datos selectivamente buscados por los investigadores en la medida en que, en tanto que consecuencias exigibles a partir de los presupuestos teóricos, deben existir. Por otra parte, Popper modificó sustancialmente la concepción de los llamados enunciados protocolarios; éstos pasaron a ser denominados enunciados básicos, y a ser concebidos como interpretaciones dc la experiencia y no como una mera constatación de lo dado en ella. Hanson culminaría esta tarca de’ reinterpretación del hecho de observación como hecho construido y no como mera constatación.

 

2.4. PRIMER BALANCE

En primer lugar, las conclusiones de lo expuesto apuntan a la dependencia teórica de la observación. No existe, no es posible, una observación exenta de presupuestos teóricos. La fantasía de inmediatez en la observación que defendió el neopositivismo lógico del Wiener Kreis como constatación de lo dado en la experiencia, aun bajo la forma de un fenomenismo que renuncia a las plusvalías metafísicas del realismo, resulta inadmisible. La observación supone la acción organizadora del sujeto investigador que introduce orden y asimetría en el campo de observación, organizando lo real hasta hacerlo significativo. El objeto de investigación es, siempre, un objeto construido. La preocupación por los lenguajes simbólicos, sus estructuras lógicas y su dimensión semántica han ocupado, y siguen haciéndolo, buena parte de la discusión epistemológica contemporánea. En tercer lugar, el papel del observador y su incidencia en el objeto de observación se convierten en una cuestión central. La objetividad del conocimiento científico debe ser problematizada, no anulada, pero sí repensada. Al mismo tiempo, el sujeto investigador no podrá ser concebido como una instancia ajena al proceso de investigación. No sólo con la medida en que, como decimos, construye el objeto de conocimiento, sino también como instancia afectada y transformada en dicho proceso, es decir, como sujeto con proceso. Por último, de todo lo anterior se desprende que no puede haber estrategia metodológica ni instrumental técnico que no sea subsidiario de un conjunto de presupuestos teóricos. Pero ahora es el momento de hacer notar El aspecto esencial de él: los recursos técnicos nos ofrecen soluciones a problemas técnicos, pro no pueden sustituir la resolución de los interrogantes teóricos y ontoepistemológicos.

 

LA CONCEPTUALIZACIÓN DE LOS HECHOS DE OBSERVACIÓN EN LA EPISTEMOLOGÍA DE LAS CIENCIAS SOCIALES

3.1. DEL APRIORlSMO KANTIANO AL MARCO MULTlFACTORlAL.

La cuestión a debate era la de si la observación científica había de entenderse como un proceso de apropiación de los hechos como algo dado  inmediatamente a la experiencia o si, por el contrario, observar la realidad significaba, producir uno mismo lo observado. Esta segunda manera de entender el proceso de observación como producción o construcción contaba dentro de la tradición filosófica europea continental con el marco elaborado por Kant, para el que el conocimiento es siempre una construcción solidaria entre lo real para él desconocido en sí mismo, noumenal y el propio sujeto del conocimiento, dotado de ciertas estructuras cognoscitivas a priori que, a la vez que son condición de un conocimiento objetivo, aleja el conocimiento de la mera aprehensión inmediata de la experiencia. Este marco apriorístico del conocimiento, limitado en Kant “a las estructuras a priori que él encuentra en la sensibilidad, el entendimiento y la razón humanos”, habría de ampliarse por otras vías ya no trascendentales.

 

3.2. TRATAMIENTO DE LOS HECHOS SOCIALES COMO COSAS (E. DURKHEIM)

E. Durkheim, hizo profesión de fe positivista en su obra programática titulada Las reglas del método sociológico’. Fundar el conocimiento sociológico pasa por tratar a los hechos como cosas; de acuerdo con la cual lo social ha de construirse más allá de la experiencia espontánea del hombre común, como también de la particular forma que otras ciencias dan a sus objetos, particularmente la Psicología. Esta primera regla es, pues, un principio metodológico y no una declaración de filosofía social. En el prefacio a la segunda edición de su obra afirma: Tratar como cosas a los hechos de un cierto orden, no significa clasificarlos en cierta categoría de la realidad, sino enfrentarlos a cierta actitud mental.

3.3. CIENCIA SOCIAL Y SUBJETIVIDAD (M. WEBER)

También en M. Weber encontraremos formulada con total claridad la conciencia del hombre de ciencia ante la imposibilidad de un acceso inmediato a lo real. La influencia kantiana se hace sentir con fuerza en Weber, en este y en otros aspectos. Weber es plenamente consciente de que la ciencia social no puede hacerse cargo de la realidad si no es introduciendo en su ecuación la subjetividad individual; en primer lugar, porque comprender lo social requiere hacerse cargo de los criterios e intenciones de la acción individual, irreductible a factores estructurales externos al sujeto; en segundo lugar, porque el individuo que observa la realidad social es también parte de ella y, como tal, es sujeto de valores e intereses, de ideologías y categorías teóricas que informan su propia visión del mundo, La observación de la realidad social supone una ordenación de la experiencia sensible a partir de un complejo sistema de categorías, intereses y valores; es la pregunta del observador que mira la realidad interesadamente desde una determinada problemática la que nos enfrenta al sentido de las cosas humanas. Sin ese sentido, que debe ser interpretado, comprendido y explicado, no hay ciencia social. En su obra Sobre la teoría de las ciencias sociales encontrarnos algunas afirmaciones concluyentes en este sentido; Weber Insiste en que no se puede interrogar a la totalidad de lo real. Todo conocimiento arranca de la selección de una parcela de realidad contemplada desde una determinada problemática. No tendremos forma de distinguir en ella lo esencial de lo accidental si no es a la luz de nuestra propia perspectiva.

3.4. EL CAMINO DE LA CIENCIA: DE LA OBJETIVIDAD A LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL (K. MARX)

En Marx encontramos, evidentemente desde otra perspectiva en muchos sentidos contrapuesta a las dos anteriores, la misma conciencia del esfuerzo epistemológico que exige la actividad científica. En Marx la separación entre la apariencia de las cosas y lo real está en la base del quehacer del observador”. El objeto científico exige una profunda transformación de la conciencia inmediata de la experiencia que desenmascare el verdadero ser, la verdadera naturaleza de lo social. La realidad social se nos presenta de modo engañoso y confuso porque así es su modo de presentarse. En el modo de producción capitalista, la alienación del hombre objetivado en el producto de su trabajo se ve ocultada por el fetichismo de la mercancía. La economía clásica presentaba el conjunto de las relaciones sociales afectas a la actividad económica como relaciones basadas en acuerdos entre individuos, pactos en los que los intereses individuales y las voluntades libres de cada actor social eran las variables en virtud de las cuales debían explicarse. Pero Marx nos invita a superar ese naturalismo ideológicamente cargado y representar las relaciones sociales como productos derivados del modo de producción, en el que las relaciones sociales deben contemplarse como  que verdaderamente son, es decir, relaciones materiales entre personas y relaciones sociales entre cosas. La ciencia social debe superar, pues, la inmediatez de las categorías de la ciencia social burguesa, mero reflejo de la exterioridad social, pues aunque no sean erróneas, en tanto que describen las relaciones sociales en su modo de presentarse a la conciencia, mantienen ocultos los procesos de construcción social, materiales e históricos, a través de los cuales han llegado a ser. El camino de la ciencia es, para Marx, el camino que va de la apariencia (del sentido común, de la ideología como su reproducción) a la esencia, es decir, el camino que va desde la objetividad ya dada a la construcción social de tal objetividad;

3.5. EL LENGUAJE COMO CENTRO DE LA REFLEXIÓN EPISTEMOLÓGICA

Afirmaba Saussure que el punto de vista crea el objeto. Se ha dicho, incluso, que el lenguaje determina la visión del mundo del hablante hipótesis Sapir Whorf, construyendo a través de sus conceptos y categorías, así como de su gramática, la verdadera ontología social. Esta toma de conciencia ha obligado a toda la investigación empírica a dedicar grandes esfuerzos por distanciarse de su propio lenguaje y someterlo a revisión. Las ciencias sociales han incorporado a sus modelos y teorías la vigilancia de la mediación lingüística, hasta el punto de constituir, para algunas tendencias, el núcleo de sus investigaciones. De una parte, el constructivismo nos sitúa ante el hecho de que la realidad social, las relaciones sociales y la misma acción individual remiten a un universo de sentido que es creación de los actores sociales; pero, por otra parte, el constructivismo sitúa al actor social inserto en un mundo social que le antecede y constituye, como subjetividad construida. El científico es, asimismo, un sujeto social inserto en este mismo círculo de producción y reproducción sociales, a su vez afectos a múltiples intereses.. El científico, el observador de la realidad social, ha de romper con las prenociones científicas de sentido común construyendo sus discursos contra la aparente transparencia de la vida social. Esa ruptura epistemológica es la condición de posibilidad del nacimiento de la interrogación científica, que debe superar el ámbito de lo dado en la experiencia en virtud de lo que Baehelard llamaba principio de la no conciencia, es decir, la búsqueda de las determinaciones de lo real más allá de las experiencias conscientes y del sentido que los actores viven y atribuyen a las cosas, La tarea del investigador supone, pues, la creación de un sistema categorial y explicativo que pueda dar cuenta del juego de ocultamiento y des ocultamiento de la realidadçç

 

LA DIALÉCTICA ENTRE APARIENCIA y REALIDAD. LAS DIFERENTES POSTURAS

La forma más antigua del debate en torno a la observación pueda articularse a partir de la reflexión filosófica sobre la apariencia y la realidad. Desde la filosofía griega, esta cuestión late en la reflexión ontológica y epistemológica occidental. El asunto en disputa no es otro que la posibilidad de que la realidad se manifieste de tal modo que su ser, su verdadero ser, no se muestre de modo directo al observador, Siguiendo a M. Beltrán” ¿qué objetos ha de tener en cuenta un conocimiento que quiera dar razón de la realidad social? La cuestión que intenta aclarar Beltrán es la de cómo una ciencia social debe afrontar la distinción entre realidad y apariencia de la realidad, y en orden a ella, definir sus objetos. A esta pregunta contesta el autor afirmando la existencia de tres posiciones:

a) Desde posiciones de una cierta ontofília, lo verdaderamente importante es la cosa en si, de modo que la apariencia debe ser superada para desenmascarar la auténtica realidad. b) Desde una perspectiva fenomenalísta, no hay más realidad que la que se nos da en la representación, por lo que, desde el punto de vista epistemológico, no tiene sentido distinguir entre realidad y apariencia; lo que existe es lo que parece existir, Lo real es, pues, inaccesible al conocimiento y a la observación, c) La tercera posición parte del hecho de que las cosas no siempre son lo que parecen ser; es decir, acepta el juego de ocultamiento y des ocultamiento de lo real por la apariencia, Pero tanto lo real como lo aparente son igualmente reales, cuando menos en sus efectos, Tanto lo que es como el modo en que lo real se presenta tienen estatuto de realidad y, por ello, la ciencia social debe interesarse por ambas. Estas tres posiciones pueden ayudarnos a situar las diferentes alternativas en tomo al problema de la observación. Así, por ejemplo, en el marxismo científico late la pretensión de superar la apariencia de la realidad para poder descubrir tras ella el verdadero ser de lo real; lo inmediato y aparente condiciona tanto la concepción del observador que éste tiende a naturalizar su percepción inmediata y a considerar que el orden social que contempla es no sólo lo que hay, sino lo que debe haber. En los discursos constructivistas, por otra parte, nos encontramos posicionados, ahora, en el ámbito del fenómeno. La realidad social es una realidad subjetivamente construida a través de las relaciones sociales exteriorizadas, que tienden a cosificarse a través del esfuerzo legitimador del conocimiento, el lenguaje y otras mediaciones simbólicas e imaginarias. Por otra parte, el individuo es también un producto social, en la medida en que es una subjetividad socialmente construida. En este contexto, la dialéctica ocultamiento/des ocultamiento que latía en el marxismo parece desaparecer para dar lugar a un proceso de análisis de los procesos de externalización, reificación e internalización que dan origen al particular sentido de realidad del constructivismo, Posturas como las de Bachelard, Bourdieu o la Teoría Crítica nos devuelven a las pretensiones realistas. La postura de M. Beltrán con relación a la dialéctica entre apariencia y realidad es la siguiente: Y bueno será recordar que la apariencia no es un hecho de conciencia, sino que forma parte de la realidad en el sentido de que es real en sus efectos: la apariencia, construida socialmente y aceptada por el sentido común como realidad, es tan cosa como la cosa misma encubierta por ella, pues ambas operan en la realidad social, entendida esta ahora como incluyendo realidades y apariencias, lo oculto y lo visible, lo mediato y lo inmediato. M. Beltrán es asimismo concluyente: Descubrir es, pues, construir conceptualmente la realidad, pero no de manera arbitraria y caprichosa, sino de manera racional y de acuerdo con la cultura del discurso critico, y construirla conforme con la propia realidad, explicando y destruyendo las apariencias engañosas. Construir conceptualmente la realidad es tanto como elaborar un mapa de la misma, mapa que no es la realidad ni su reflejo, pero que la representa, interpreta y hace inteligible. Y tal construcción existe siempre: o la hace la ciencia o la hace la ignorancia.

 

LA OBSERVACIÓN CIENTÍFICA: APROXIMACIÓN METODOLÓGICA

La observación es una operación de la mayor relevancia teóricopráctica en la ciencia. A través de la observación nuestras hipótesis y teorías cobran sustento, se enraízan en lo real, se fortalecen o se evaporan. Cualquier científico social debe ser capaz de elaborar programas de observación sistemática orientados a este propósito. Para ello, el científico debe estar en condiciones de diseñar las estrategias de observación más coherentes con sus objetivos cognoscitivos, así como seleccionar y aplicar las técnicas de observación más adecuadas a dichas estrategias. De ello dependerá, en buena medida, la solidez de su producción intelectual y su validez empírica.

 

5.1. LA OBSERVACIÓN CIENTÍFICA. CONCEPTO

Podemos definir la observación como el proceso a través del cual el investigador se apropia de los datos empíricos pertinentes para sus objetivos de investigación, haciendo uso de sus sentidos, habitualmente auxiliados por ciertos instrumentos, y de acuerdo con ciertos procedimientos metodológicos y técnicos que suponen tomas de posición teórica. Existen diversos criterios para definir y clasificar los distintos tipos de observación: A. Desde el punto de vista de su sistematicidad, por ejemplo, se ha distinguido entre observación no sistematizada (ocasional o no controlada) y observación sistematizada. B. Desde el punto de vista de la relación entre el observador y el sistema observado se ha distinguido entre observación participante y no participante.

 

5.2. TIPOS DE OBSERVACIÓN 5.2.1.

Observación no sistemática (OnS) La (OnS) puede entenderse al menos en dos sentidos. En primer lugar, como aquella en la que el observador accede al escenario de observación o se enfrenta al objeto sin una definida red conceptual o categorial elaborada expresamente para guiar dicho proceso de observación. Esto ocurre en la práctica; por ejemplo, cuando el proceso de observación se ha desencadenado de forma imprevista, bien porque el observador se enfrenta a un fenómeno suficientemente desconocido como para no poseer un sistema conceptual a priori adecuado para su observación sistemática o, por último, cuando el observador desea minimizar su actitud prejudicial o maximizar la espontaneidad y significación de sus categorías; No podemos olvidar que la observación depende de las hipótesis teóricas y de los marcos categoriales con los que trabaja, por lo que, si este marco se presenta de manera confusa, imprecisa, asistemática, etc., la validez de las observaciones se resentirá, así como su fiabilidad y precisión. a) se corre el peligro de adquirir la sensación de que sabemos más decir lo que hemos visto. b) la arbitrariedad de las observaciones puede hacer imposible cualquier estrategia de comparación de los resultados; y c) su a sistematicidad dificulta la reiteración con las observaciones y las estrategias de confirmación del material empírico.

 

5.2.2. Observación sistematizada (OS) Desde el punto de vista de la investigación científica, la observación sistematizada es la más frecuente y relevante. Su naturaleza sistemática viene dada por su integración en un programa de investigación completo y por su dependencia teórica explícita de un marco teórico bien definido, de unos objetivos cognoscitivos expresamente formulados y por la existencia de un conjunto de hipótesis, relativas al objeto de estudio, cuya pertinencia se desea probar. Así entendida, integrada en esa red de elementos que definen todo proyecto de investigación, la observación es el proceso por el cual el investigador recoge aquellos datos que son teóricamente relevantes para sus propósitos, de acuerdo con el marco categorial que sustenta la investigación.. El control riguroso del proceso de observación, tanto en lo relativo a lo observado como al observador., los sesgos, deficiente definición teórica u operativa de los conceptos, en las deficiencias en el diseño del instrumento y sus condiciones técnicas o en las condiciones subjetivas o estructurales afectas al observador. Por último, el diseño y selección de los instrumentos y de las categorías de observación debe haberse hecho de modo que los resultados ofrecidos puedan ser analizados de acuerdo con las técnicas adecuadas a los objetivos de la investigación.

 

5.2.3. En La observación participante (OP), el observador accede a los escenarios de observación de modo que su presencia en ellos tiende a integrarse en la vida y las actividades del colectivo humano observado; o en el entramado interaccional del marco social e institucional que es objeto de estudio, La integración del observador en la escena admite diversos grados, que van desde la pasividad, hasta la plena integración que exige, por parte del observador, la asunción de roles y competencias ajustados al marco interaccional en el que se mueve, actuando, de este modo, a la vez como actor social y como observador. La OP exige una actitud de apertura y flexibilidad metodológicas en virtud de la cual el observador es capaz de interrogar a la realidad y, al mismo tiempo, dejarse interpelar por ella, El observador, en estas condiciones, no suele hacer su trabajo de campo armado con instrumentos muy estructurados o con protocolos de observación cerrados, pues su objetivo, al menos parcialmente, consiste en hacer inteligibles los modos de estar y percibir, razonar y preterir, de actuar y sentir de los actores sociales nativos, de acuerdo con sus modos propios de percibir, categorizar y explicar su mundo; atendiendo a estas pretensiones cognoscitivas, el observador debe renunciar a imponer sus propias categorías de observación y descubrir el sistema categorial significativo desde la perspectiva del actor.

5.2.4. Observación no participante (OnP) Este tipo de observación comparte con el anterior modelo la interrogación directa a los actores sociales de los cuales se requiere la expresión de conductas u opiniones que habrán de ser registradas y analizadas. Se trabaja, pues, de manera directa con las fuentes de información primaria, que no son otra cosa que los actores sociales. Este tipo de observación, en consecuencia, permite un mayor grado de estructuración y sistematicidad en el diseño metodológico y en el tipo de instrumento de recogida de información o en la técnica empleada. La observación no participante intenta eliminar al sujeto dc la investigación del proceso investigador, concibiéndolo como instancia externa, pero no implicada, como sujeto trascendental; al mismo tiempo opera sobre la realidad cosificando los procesos sociales, los significados y los discursos para tratarlos como hechos, como cosas. Una forma típica y muy relevante de la investigación social que responde a este modelo es la encuesta. Entrevistas individuales en profundidad o grupos de discusión también son OnP.

 

 

5.3. PRlNCIPIOS A LOS QUE DEBE RESPONDER TODA OBSERVACIÓN CIENTÍFICA: VALIDEZ y FIABILIDAD

Con independencia del cuál sea el modo de observación que se disponga a utilizar, el investigador debe procurar dotar a su diseño de dos cualidades fundamentales, dos principios que debe satisfacer cualquier programa de observación. En primer lugar, toda observación debe garantizar que aquello que se observa y registra permite hacer inferencias válidas acerca de aquellos fenómenos a los que dichas observaciones se refieren. Esta condición, que se denomina validez de la observación, es crucial y atraviesa de lado a lado todo el proceso de diseño de la investigación, pues exige la completa coherencia entre el marco teórico y categorial de la investigación, las decisiones metodológicas y la instrumentación técnica.

El segundo principio fundamental al que debe atenerse toda observación es el que se conoce como principio de fiabilidad de la observación. Este principio nos exige que la observación repetida en diferentes ocasiones por el mismo observador, o simultáneamente implementada por varios observadores en paralelo, atendiendo siempre al mismo fenómeno, ofrezca los mismos resultados.

 

6. LOS CONCEPTOS CIENTÍFICOS

6.1. NOCIÓN DE CONCEPTO

El papel central que estamos atribuyendo a los conceptos en la actividad científica tiene su razón de ser en su capacidad representativa su dimensión ontoepistemológica y en su funcionalidad metodológica, es decir, su estatus como engranaje de una construcción modelo teórica operativa. Si evitamos posicionarnos ante el problema del conocimiento, realismo ingenuo vs. Constructivismo radical, entonces habremos de convenir en que el conocimiento del que es capaz nuestra especie es una suerte compleja de conjunción entre dos factores: las condiciones que la realidad impone al sujeto cognoscente y ciertas características de nuestro aparato cognitivo. El realismo ingenuo tiende a obviar el segundo factor, concibiendo el conocimiento como un registro especular de la realidad y la disparidad como un error causado por diferentes factores en último término detectables y corregibles. Así lo pensaba Platón, también pensaba algo parecido, aunque más matizado, su discípulo Aristóteles, para quien los conceptos eran ciertas formas universales en la mente del sujeto cognoscente, aunque dotados de un fundamento in re, esto es, con una sólida base en la naturaleza ontológica de la realidad. Por su parte, el constructivismo más radical suele hacer omisión voluntaria de la dimensión realista del conocimiento. El constructivismo más radical considera irrelevante la investigación acerca de la posible conexión ontológica entre conocimiento y realidad, orientando sus energías hacia el análisis de esas otras dimensiones que todo conocimiento encierra y que son las únicas asequibles al investigador. Los conceptos son los ladrillos de nuestro pensamiento y, a la vez, los instrumentos de nuestros juicios.

 

6.2. CONCEPTOS, TÉRMINOS Y REFERENTES

Los conceptos son entidades abstractas culturalmente disponibles para cualquier sujeto cognoscente, que no se deben confundir con los actos psíquicos de quienes las piensan, ni con los términos lingüísticos que las expresan, ni con los objetos que representan, Los conceptos se muestran, pues, como representaciones que debemos considerar al margen de su presencia psíquica en la mente de un sujeto y de su expresión lingüística en el seno de un enunciado, representaciones que actúan como categorías, moldes o etiquetas que, de acuerdo con ciertas convenciones, utilizamos en nuestros intercambios comunicativos para referir o denotar ciertas realidades que, si bien pueden tener un estatuto ontológico individual y concreto, se presentan subsumidas bajo la representación universal del concepto en virtud, precisamente, de la convención a la que hacíamos referencia.

6.3. Los CONCEPTOS CIENTÍFICOS

Los conceptos son representaciones parciales de la realidad, necesariamente cargados de intenciones teóricas que seleccionan algunos aspectos del objeto para disponer de nuevos moldes con los que operar y construir la base empírica del conocimiento. La ciencia ha asumido, la búsqueda de lenguajes y conceptos que pudieran servir mejor a los ideales de objetividad científica, premiando ciertas características fundamentales en una buena representación: de una parte, se ha buscado la formulación de conceptos más precisos, menos equívocos y ambiguos, es decir, conceptos que establezcan relaciones significativas convencionales explícitamente formuladas entre lo representado y su representación; por otra parte, los conceptos de la ciencia se han desarrollado para dotar a los lenguajes científicos de una mayor capacidad discriminadora que permita establecer muy finas distinciones, al tiempo que pongan a su disposición conceptos específicos para objetos que sólo se muestran diferentes en aspectos muy parciales; por último, la ciencia se ha orientado hacia la construcción de conceptos generales que permitan describir con precisión conjunto de objetos bajo la enunciación de alguna o algunas propiedades comunes bien definidas.

 

6.4. TIpos DE CONCEPTOS

Desde un punto de vista positivista, los conceptos científicos pueden distribuirse en dos grupos:

a) Los términos de existencia son aquellos conceptos científicos que pueden ser vinculados, directa o indirectamente, con un contenido empírico establecido.

b) Las idealizaciones son conceptos que no pueden ser vinculados con un contenido empírico concreto pues se refieren a situaciones o estados extremos de ciertas magnitudes o relaciones que no pueden darse empíricamente, pero que ponen de manifiesto casos límite que pueden resultar de gran valor heurístico para la teoría. Detrás de esta diversidad en la naturaleza de los conceptos científicos late el problema de las estrategias de construcción de los conceptos y de su dependencia teórica. Las distintas estrategias de construcción de conceptos pueden ir desde las generalizaciones empíricas descubiertas como resultados de estudios experimentales que ponen de manifiesto nuevos hechos necesitados de una expresión adecuada, a las estrategias analíticas que deducen conceptos a partir de modelos teóricos, pasando por las formulaciones más claramente especulativas que proponen nuevos conceptos para representar fenómenos complejos fuertemente vinculados a grandes teorías marcadamente abstractas.

 

6.5 CONCEPTOS CLASIFICATORIOS, COMPARATIVOS Y MÉTRICOS

Otra manera ya muy enraizada de caracterizar los conceptos científicos procede de los trabajo de Hempel, quien distingue tres tipos de conceptos en la ciencia: los conceptos clasificatorios, los conceptos comparativos y los conceptos métricos.

Los conceptos clasificatorios refieren un grupo determinado de objetos o fenómenos que tienen alguna característica o propiedad común. Los conceptos clasificatorios, pues, nos ofrecen complejas y muy precisas parrillas de conceptos en los que poder situar cada objeto de experiencia de acuerdo con rigurosos criterios de pertenencia y asignación.

Además de la relación de equivalencia que subyace a toda clasificación, los conceptos comparativos añaden una relación de orden en virtud de la cual se pueden comparar los distintos individuos de un mismo taxón. Por último, consideramos los denominados conceptos métricos. Estos conceptos son los más poderosos desde cl punto de vista lógico y no encuentran correlato en las lenguas naturales, por lo que son creación expresa de los lenguajes científicos. En todo concepto métrico contamos, de salida, con las potencialidades de los conceptos clasificatorios y comparativos, más un plus que define lo esencial de esta clase de conceptos. Los conceptos métricos permiten clasificar y comparar, pero nos ofrecen, además, la posibilidad de medir fenómenos. Los conceptos métricos, pues, asignan valores numéricos a ciertas propiedades o magnitudes de los objetos de un dominio empírico, y permiten operar matemáticamente con ellas de modo que los resultados obtenidos como consecuencia de esas operaciones tienen un significado empírico pleno y posibilitan establecer predicciones precisas sobre fenómenos reales. Un concepto métrico es un homomorfismo entre un sistema empírico y un sistema numérico” que debe satisfacer ciertos requisitos”: a) la definición de un sistema empírico, b) la ondulación de axiomas o hipótesis que expresan ciertas características cualitativas de ese sistema empírico, 3) la prueba de un teorema de representación que afirma la existencia de un homomorfismo dc cese sistema empírico en cierto sistema numérico, 4) la prueba de un teorema de unicidad que indica hasta qué punto el homomorfismo es univoco, es decir, cuáles son las transformaciones del homomorfismo dado, que también constituyen homomorfismos del mismo sistema empírico en el sistema numérico, Estas condiciones formales presentan un sería inconveniente para los procesos de medición en las ciencias sociales, pues la motorización de conceptos resulta muy compleja, especialmente en lo relativo a la exportación de un concepto métrico definido en un determinado contexto de investigación a otros.

 

7, LA MEDICIÓN EN LAS CIENCIAS SOCIALES

7,1. CONCEPTO DE MEDICIÓN

Medir algo, en su acepción metodológica más general, consiste en comparar una magnitud con otra de su misma especie que se toma como unidad, o con otra magnitud adecuada al caso para conocer su extensión o cantidad, Medir es, pues, comparar una cierta magnitud con otra homogénea.

En torno a la cuestión de la medida con ciencias sociales, se han mantenido posiciones muy diversas, desde la negación tajante, como la mantenida por Cicourel, a la profesión de fe positivista que pone en la medición el futuro de la investigación social. A nuestro juicio, sobre este asunto hay que tomar posturas muy matizadas que permitan establecer con criterios serios y bien fundados los límites sensatos de la medición, comprendiendo que, detrás de toda operación de medida, de la clase que sea, el investigador asume muy serios compromisos que no se pueden obviar.

 

7.2. TIPOS DE ESCALAS

Cuando medimos, tal como hemos afirmado, ponemos en relación ciertos objetos de un dominio empírico con un sistema de símbolos de naturaleza lógico-matemática para establecer entre ellos una relación proyectiva que permita trasladar de uno a otro ciertas propiedades. Cuando determinamos una magnitud o variable que va a ser medida, llamamos escala al conjunto de valores o categorías que dicha variable o magnitud puede tomar. Las escalas de medida pueden ser de tres tipos: escalas nominales básicamente clasificatorias, ordinales comparativas, de intervalo y de razón o proporción propiamente métricas. Las escalas nominales son instrumentos clasificatorios. Las escalas ordinales son aquellas en las que el sistema de categorías permite, además de las operaciones que caracterizan a las escalas nominales, establecer relaciones del tipo ser menor que o ser mayor que, ser más alto que o ser menos alto que … La escala ordinal no informa de los aspectos cuantitativos afectos a la propiedad relacionada ordinalmente.

Las escalas de intervalo son aquellas en que la relación clasificatoria y ordinal incorpora, además, la posibilidad de definir una unidad precisa que permite no sólo calcular las relaciones ordinales, sino también establecer la proporción en que éstas se presentan.

LA METÁFORA COMO ANALIZADOR SOCIAL

  1. INTRODUCCIÓN

Todo discurso está poblado de metáforas, aunque la mayoría de ellasy precisamente las más potentes pasen desapercibidas, las metáforas no sólo pueblan los discursos sino que los organizan, estructurando su lógica interna a la par que sus contenidos. Lo relevante para el científico social está en que, a través del análisis de las metáforas, puede perforar los estratos más superficiales del discurso para acceder a lo no dicho en el mismo: sus presupuestos culturales o ideológicos, sus estrategias persuasivas, sus contradicciones o incoherencias, los intereses en juego, las solidaridades y los conflictos latentes. Es decir, el estudio sistemático de las metáforas puede emplearse como un potente analizador social. El interés sociológico de un análisis social de las metáforas está en que todos estos movimientos de los conceptos científicos se irán revelando, en el propio proceso del análisis, como movimientos sociales, al tiempo que los propios conceptos científicos van apareciendo como entidades sociales, constitutivamente sociales. La génesis, formación y transformación de los conceptos científicos es descrita por la historia y prescrita por la filosofía (epistemología, metodología). Aquí trataremos de inscribirla.

  1. DOS HIPÓTESIS: EL CONCEPTO ES METÁFORA, LA METÁFORA ES SOCIAL

Todos y cada uno de los conceptos científicos y ésta es la primera hipótesis fuerte del método son conceptos metafóricos, en varios sentidos: nacieron como metáforas, como tales metáforas son rebatidos y defendidos, como metáforas se reelaboran y refinan para resultar coherentes con el resto de metáforas latentes bajo los restantes conceptos del corpus teórico al que aspiran a incorporarse, como metáforas circulan de unas disciplinas a otras y como tales regresan a ese semillero de metáforas que es el lenguaje común del que emergieron, y como metáforas, en fin, sufren esa muerte que es el olvido, el olvido de su origen metafórico cuando su uso reiterado nos ha habituado a no ver en ellos sino conceptos puros, es decir, depurados de su ganga metafórica y social.

La conjunción de ambas hipótesis da forma a la hipótesis central del análisis socio metafórico: todo concepto es concepto metafórico y, por tanto, concepto social. En consecuencia, el análisis sistemático de los conceptos en tanto que metáforas es una vía privilegiada de acceso al sustrato social que constituye todo discurso y, en particular, permite traslucir la articulación social que vertebra ese discurso opaco por excelencia, ese discurso que hace del concepto «claro y distinto» su seña de identidad: el discurso científico. Por otro lado, enraizar el análisis metafórico en el sustrato social, político y cultural del que las metáforas emergen y en el que logran imponerse o resultan descartadas.

3.LA TRADICIÓN HEREDADA: EL LENGUAJE NATURAL(IZADO)

La dificultad de un socíoanálisís metafórico de los conceptos científicos no reside tanto en su objeto como en el peso de la tradición dominante en Occidente sobre estos asuntos, una tradición que desde Aristóteles hasta la lingüística actual, pasando por toda la metafísica ha consolidado como naturales y evidentes dicotomías del tipo logos/mitos, concepto/metáfora, razón/imaginación, literal/figurado, verdadero/falso, realidad/ficción, etc. Según Aristóteles, la metáfora se forma como fusión de una analogía Así, para Aristóteles, la metáfora consiste con trasladar a una cosa un nombre que designa otra, en una traslación de género a especie, o de especie a género, o de especie a especie, o según una analogía. Este cosismo aristotélico, por emplear la expresión de Ortega, supone: a) un mundo constituido por cosas,; b) que cada cosa es lo que es (principio de identidad) y no es otra (principio de no contradicción). Sólo desde una concepción esencialista de la realidad y del lenguaje, como algo que está ahí fuera, como algo dado de una vez por todas al margen de las representaciones sociales y los cambios culturales, como algo constituido por hechos y no por haceres, por significados y no por actividades significantes … puede sostenerse la concepción heredada sobre la metáfora.

 

  1. EL TRABAJO DE LA METÁFORA

Según la lingüística cognitiva,  la metáfora no es un mero recurso expresivo, sino una forma de modelar la percepción y construir conocimiento. Destaquemos los siguientes puntos:

4.1. METÁFORA y COGNICIÓN

La semejanza y la analogía son operaciones simétricas; sin embargo, la operación metafórica es asimétrica, atribuye sentido, está orientada. Al polo de la analogía que se toma como punto de partida, y del que, por tanto, se extrae entonación, le llamaremos sujeto de la metáfora, siguiendo la terminología de Gracián, y a aquel otro polo sobre el que recae el desplazamiento metafórico le llamaremos término de la metáfora.

 

4.2. DE LA METÁFORA AL SÍMBOLO

La actividad metafórica y simbolizarte es, un mecanismo de resolución de problemas. En cuanto mecanismo es universal, y se activa por igual en el hombre de la calle ante el problema de conceptual izar un olor que en el físico teórico que se enfrenta a la «materia oscura». Pero la particular solución que cada individuo o grupo arbitre para el problema inicial resulta socialmente cargada con esa tupida red de adherencias evocativas y connotativas que se han condensado en el símbolo y que provienen tanto de la experiencia, creencia~ y expectativas personales del sujeto de la interrogación como de la experiencia, creencias y expectativas colectivas de la cultura o grupo a los que pertenece.

 

4.3. LA METÁFORA DE LA RESTA: ¿SUSTRAER U OPONER?

Para quienes hemos sido socializados en ciertas habilidades técnicas (gratuitas y obligatorias), «sustraer el número A del número B» es una expresión bien literal, Ulla expresión que incluso podría ponerse como ejemplo de lo que no es una expresión metafórica o poética. Sin embargo, tuvieron que existir ciertos antepasados nuestros para los que una expresión así aún no tenía sentido. Así, cuando Euclides habla de «sustraer un número de otro» es como si extrajera o arrancara de la sustancia en que consiste el primero esa parte que cuantifica el segundo, de manera que tras la operación de sustracción o extracción queda un resto o residuo. Aquí tenemos la operación metafórica fundamental que determinará todas las posibilidades pero también las imposibilidades que la operación de restar abre pero también cierra en la matemática griega clásica. Cuando el concepto aphairesis, que ha focalizado el problema aún sin nombre de restar números, actúe como sujeto de la metáfora «sustraer números» o «sustracción de números», proyectará sobre la solución del problema la «resta» todo ese aglomerado de evocaciones y connotaciones que se han condensado sobre el foco «extracción».

 

5. EL SABER COMO IGNORANCIA

El socioanálisis metafórico asiste entonces al momento en que los conceptos aún se están acuñando, Sin embargo, la mayoría de los conceptos científicos se nos presentan no en su hacerse sino como «hechos», como términos propios y no como términos de una metáfora original constitutiva, como lo que se han llamado «cajas negras» en cuyo contenido no puede estar indagando el investigador que los emplea sin verse permanentemente obstaculizado, cuando no paralizado. Por caso dice Nietzsche (1990, 25) que es «en virtud de esa inconsciencia, de olvido [como] se adquiere el sentimiento de verdad».

 

5.1. EL CONCEPTO COMO SÍNTOMA

Se trata ahora no sólo de olvidar los rasgos no pertinentes de la analogía latente, sino de olvidar también la existencia misma de tal analogía. Como quiera que era esa analogía la que daba sentido al dar orientación a la metáfora, ésta queda ahora literalmente sin sentido, reducida a un puro significado, un mero concepto opaco que no deja traslucir el desplazamiento metafórico que, sin embargo no le resta su vitalidad. Los conceptos son, así, metáforas que hemos olvidado que lo son.

 

5.2. METÁFORAS ZOMBIES

Cabe así hablar de metáforas vivas y metáforas muertas. Las primeras se caracterizan por mantener viva la ficción, la conciencia del «como si», al no ocultar la analogía que las hace posibles. Ante una metáfora viva el lector/oyente es consciente de que está, efectivamente, ante una metáfora. Metáforas muertas son, por el contrario, las que no se perciben ya como tales metáforas, sino como conceptos bien definidos, cuando no ocurre que pasan por ser la realidad, este olvido de la ficción original, lejos de desactivar la potencia metafórica, la refuerza, pues al mantenerla inconsciente impide la percepción de la tensión que bulle bajo la metáfora y, en consecuencia, hace imposible el control sobre la ficción que la instituye. Ciertamente, estas metáforas muertas o, al menos, muchas de ellas fueron en un momento metáforas vivas, siendo tanto sus autores como los oyentes conscientes de su carácter ficticio, pero el tiempo y el uso las fueron desgastando, pasando a formar parte del acervo léxico de la lengua común y de los conceptos y operaciones formales y habituales de las ciencias.

5.3. SOCIOANÁLISIS METAFÓRICO DEL LENGUAJE ORDINARIO

Aunque este tipo de análisis se muestra especialmente apropiado ante los conceptos técnicos y científicos, para los que el mecanismo de depuración y olvido es sistemático y corporativo, no deja de mostrar su virtualidad ante los términos y expresiones del lenguaje corriente y moliente, donde tal mecanismo actúa de modo espontáneo en el molerse y depurarse de las palabras al correr de boca en boca.

 

6.LA DOBLE INSTITUCIONALIZACIÓN DE LOS CONCEPTOS CIENTÍFICOS

A esta institucionalización de los términos y expresiones del lenguaje ordinario se añade en el caso de los conceptos científicos una segunda institucionalización, ésta ya consciente, sistemática y corporativa.

6.1. LA «Raíz»: UN CONCEPTO AGRÍCOLA

La «raíz cuadrada» es un concepto metafórico. la expresión «raíz cuadrada» es una abreviatura de la expresión original «raíz del cuadrado, Esa expresión empieza a percibirse como metafórica cuando, con el Barroco, el centro de gravedad de la vida social se desplace del campo a las ciudades.

6.2. EL CIERRE DEL Círculo METAFÓRICO: DE VUELTA AL LENGUAJE ORDINARIO

Sin embargo, cuando esta circulación se orienta hacia formas de discurso a las que se concede un «nivel de cientificidad» más bajo que el de las ciencias «duras» como es el caso de las ciencias sociales, la filosofía y lenguaje ordinario a la traslación de significados característica de toda actividad metafórica se añade la pretensión de importar el prestigio social de que gozan aquellas ciencias en las sociedades modernas.

La incorporación metafórica de conceptos científicos al lenguaje corriente a través de esa jerga común a políticos, periodistas, empresarios, sindicalistas, economistas, miembros de la administración y científicos sociales resulta especialmente preocupante por cuanto, lejos de aportar mayor rigor conceptual o expresivo, empobrece un lenguaje capaz de un conocimiento mucho más rico y matizado que el que se transporta Perksen, 1995.

 

6.3. LA REFLEXIVIDAD EN LA CONCEPTUALlZACIÓN SOCIOLÓGICA DE LOS Conflictos SOCIALES

La progresiva consciencia de que, en todo conflicto social, una de las batallas principales se dirime en torno a imponer al oponente el uso de las metáforas propias, y con ellas la propia visión del conflicto y de su solución, está llevando en los últimos años a ciertos movimientos sociales, cada vez más numerosos en el llamado Tercer Mundo, a abandonar el lenguaje del desarrollo y la modernización: «Lo que ahora debemos desafiar es la idea misma del desarrollo: la adopción de un emblema universal para la transformación social de muy diversos modos de vida, que expropia la dignidad de la gente, su confianza en si misma, sus sueños propios, y debilita sus capacidades y destrezas» (G. Esteva, 1995: 53). Allí donde las formas de producción y de vida (y de hablar) siguen siendo básicamente las tradicionales, las metáforas y, por tanto, los intereses y objetivos de las ciencias duras, las de las ciencias sociales y las de la tecno burocracia a menudo se perciben como metáforas solidarias entre si, cuya potencia instituyente se opone a las metáforas locales ya instituidas y transmitidas por la tradición a través de leyendas, fórmulas cristalizadas, refranes, recitaciones orales, etc. (1. D. van der Pliega, 1990). El antagonismo de las metáforas en juego se ve reforzado en aquellas ocasiones en las que los espacios físicos desde los que se construyen las respectivas metáforas son espacios enfrentados, como pueden serlo el mar y la tierra”.

Corolario 1: La ciencia, literatura acorazada El análisis socio metafórico parece llevarnos a concluir efectivamente que la principal si no la única diferencia entre ciencias físicas y sociales, y, más aún, entre el lenguaje de las ciencias en general y el lenguaje literario, o incluso el propio lenguaje corriente y moliente, está en el grado de acorazamiento frente al análisis que han ido adquiriendo sus metáforas, en la resistencia institucional que los conceptos científicos son capaces de oponer a su deconstrucción en tanto que conceptos metafóricos y sociales.

CAPÍTULO 4 APROXIMACIÓN HISTÓRICOCRÍTICA A LA NOCIÓN DE EXPLICACIÓN CIENTÍFICA

  1. INTRODUCCIÓN

El término «explicación» está lejos de ser un vocablo de sencilla definición. La principal dificultad del término se encuentra en su polisemia. Efectivamente, explicar, parafraseando al viejo Aristóteles, se dice de muchas maneras. En estas primeras secciones vamos a aproximamos al problema de la explicación científica desde dos perspectivas. En primer lugar, desde la perspectiva de los usos del término en la lengua española, intentaremos identificar cuál es el sentido al que se refiere la expresión explicación científica. A continuación, un excursus histórico nos permitirá reconocer, en la compleja semántica del término, la proyección de un pasado científico y filosófico que reaparece constantemente en el debate acerca de la explicación en las ciencias sociales.

2. EXPLICACIÓN: ASPECTOS SEMÁNTICOS

2.1. SU SENTIDO ETIMOLÓGICO (POLISEMIA ACUSADA) El verbo castellano explicar procede del término latino explicare y posee una etimología muy sugerente. Como nos recuerda Ferrater Mora en su extraordinario diccionario, el término explicación designa el proceso mediante el cual se desenvuelve lo que estaba envuelto, se hace presente lo que estaba latente. Así pues, el término explicación, bien sea desde la imagen castellana del desenvolvimiento, bien sea desde la alemana del esclarecimiento, nos remite al esfuerzo cognoscitivo por dar cuenta de aquello que, por sí mismo, no manifiesta de modo directo su naturaleza, su causa o su razón de ser. Éste es el caso, también, de la elucidación conceptual y terminológica tan frecuente en la reflexión científica y filosófica. Intentando simplificar algo esta polisemia, podemos afirmar que este término denota, al menos, tres sentidos diferentes.

2.2. TRES SENTIDOS DIFERENTES DEL TÉRMINO EXPLICACIÓN

2.2.1. Explicar cómo dar razones, haciendo inteligible lo que no lo es de forma directa. En primer lugar, también podríamos expresarlo diciendo que explicar es dar razones, en un sentido muy general, que den cuenta de algo que nuestro entendimiento no puede abordar prima facie.

2.2.2. Explicación como clarificación conceptual

En otro sentido, sutilmente diferente, la explicación se orienta a la clarificación conceptual. Los problemas relativos a la semántica y los fenómenos de denotación y connotación no son ajenos a la explicación, como tampoco lo son los cambiantes procesos semióticos y sus anclajes psicolingüísticos y sociales. La clarificación conceptual ha concentrado buena parte de los esfuerzos de las ciencias sociales y de las disciplinas humanísticas, refinando sus métodos de análisis y proponiendo sesudas teorías acerca del significado, del sentido y la referencia, así como de la formación y estructura de las lenguas y los sistemas conceptuales;.

2.2.3. Explicar desde la noción de causalidad Un tercer sentido del término explicar nos aproxima a la noción de causalidad. Ciertamente, desde los albores del pensamiento filosófico y científico, la explicación se ha presentado, también, como la búsqueda de las causas del ser. Como veremos en la siguiente sección, Aristóteles consagró esta idea: explicar un ente es determinar sus causas. Pero causalidad es también un término cultivado, pues puede ser entendido como la determinación del porqué de la cosa, pero también como su para qué, su cómo o su qué. La praxis de la investigación científica pone de manifiesto que las ciencias sociales han utilizado los distintos sentidos del término causalidad con profusión. La reflexión meta científica ha intentado reducir el campo de aplicación del término explicar a un único sentido. Ya desde la obra de j. S. Mill, pero con especial intensidad a partir de mediados del xx a raíz de los trabajos de C. G. Hempel, la explicación científica se ha identificado, esencialmente, con la tercera acepción: dar a conocer la causa o motivo de alguna cosa. Hempel, sin duda el nombre de referencia en este debate, ha intentado, no sin éxito, imponer tres ideas básicas: a) el objetivo central de toda ciencia, aunque no único, es explicar la realidad; b) explicar algo es responder al porqué de esa cosa mediante el establecimiento de una relación de causalidad entendida de un modo muy preciso, y e) la reflexión meta científica debe proveernos de una teoría acerca de la explicación que permita distinguir la buena y la mala praxis científicas.

3. LAS RAÍCES HISTÓRICAS DE LA COMPLEJA SEMNÁNTICA DE LA EXPLICACIÓN

3.1. EN LA ANTIGÜEDAD: EL COSMOS COMO UNIDAD ORDENADA, CUYA ESTRUCTURA RACIONAL PUEDE SER DESVELADA Sin duda, fueron los griegos quienes desde los mismos orígenes de la reflexión filosófica y científica concibieron el mundo como cosmos, es decir, como una unidad armoniosamente ordenada cuya estructura racional podía ser desvelada. De este modo, la actividad filosófica y científica se identificó desde un principio con cl esfuerzo dc hacer inteligible, más allá dc un mundo de apariencias, aquello que es permanente y verdaderamente cognoscible en tanto que universal y estable. En estos primeros pensadores encontramos ya varios modelos dc explicación, modelos que, no sin transformaciones, han llegado hasta nosotros y han modelado la teoría y la praxis de la investigación científica en las ciencias sociales.

3.1.1. El modelo biológicoorganicista Para el modelo biológicoorganicista, la naturaleza física y social puede ser pensada como un gran organismo, de suerte que cada ser particular, en tanto que órgano o parte de él, está llamado a cumplir una función necesaria para el sostenimiento de la totalidad.. Es vidente que este modelo ha llegado a nosotros de la mano de los teóricos del funcionalismo, pero entretejido también con una cierta perspectiva del sentido común que suele atribuir fines a las cosas, tanto como a las personas.

3.1.2. El modelo matemático formalista Para el modelo matemático formalista, la explicación de lo real debe buscarse en las relaciones formales internas a las cosas; el análisis de la realidad nos revela la existencia de proporciones, simetrías y estructuras formalizables, ocultas tras la apariencia dispersa y diversa de las cosas. Es fácil encontrar en este modelo las resonancias de los actuales enfoques estructuralistas y laicistas, no sólo en la teoría social sustantiva, sino también en la reflexión meta científica.

3.1.3. El modelo mecanicista Para el modelo mecanicista, para el que lo real no es más que un agregado de partículas en movimiento, toda diferencia cualitativa es reductible a aspectos cuantitativos.. Como vemos, desde sus orígenes, la actividad científica y filosófica se ha aproximado a la realidad con un mismo propósito, pero con diferentes estrategias explicativas, a la vez teórica y metodológicamente diferentes, cuando no contradictorias en algunos aspectos. Este hecho ha de ser subrayado para comprender cómo la actividad científica encierra, desde sus orígenes, una pluralidad de enfoques difícilmente reductibles a un único modelo explicativo. Sea como fuere, el desarrollo de la actividad científica, con todas sus modalidades, ha de concebirse, pues, como un complejo tejido de tradiciones y modelos explicativos en pugna por hacer inteligible lo real.

3.2. ARISTÓTELES y SU DOCTRINA DE LAS CAUSAS DEL SER Como vemos, la explicación de la physis, el objeto de estudio de los primeros pensadores griegos, costaba íntimamente ligada a una compleja concepción de la causalidad, que influía no sólo la causalidad eficiente, ligada a los procesos mecánicodeterministas, sino también otras formas dc causalidad como [a final o la formal. Fue Aristóteles quien sistematizó estos modelos explicativos en el seno de su teoría acerca de las causas del ser. Para Aristóteles, explicar algo exigía poder determinar hasta cuatro tipos de causas: la causa materialaquello de lo que está hecho el ser que debe ser explicado, es decir, su soporte material, la causa formal es decir, la esencia o naturaleza intima de ese ser, la causa eficiente aquello que es principio del cambio o transformación de ese ser y, por último, la causa finales decir, aquello hacia lo que tiende el ser en cuestión, su fin o telos. Si bien esta teoría es compleja y se encuentra profundamente asentada sobre las bases ontológicas y epistemológicas de su filosofía, se ha dicho que Aristóteles otorgó una especial relevancia a la causalidad final, especialmente perceptible en la lógica de los asuntos humanos, aunque no sólo en lo relativo a la acción individual, donde el teleologismo es más fácilmente admisible, por cuanto se interpreta como intencionalidad consciente, sino también en la explicación de las formas sociales, las estructuras políticas o las virtudes morales. La contribución de Aristóteles ha sido determinante con el desarrollo del pensamiento científico y filosófico no sólo por su sistematización de los procesos lógicos de inducción y deducción, sino también por su concepción de la causalidad y su defensa del teleologismo como forma primordial, aunque no única, de la explicación científica. Más allá de las peculiaridades de su filosofía, el pensamiento aristotélico acerca de la causalidad y la explicación científica aporta una profunda comprensión de la complejidad de este asunto en el sentido que nosotros queremos destacar, a saber, la imposibilidad de reducir estas nociones, causalidad y explicación, a un único sentido. En buena medida, como veremos, el debate en tomo a la explicación científica es una pugna entre los afanes productivistas y canonistas de unos, frente al permanente ensayo de formas alternativas de dar razón de lo real por parte de otros.

3.3. LA EXPLICACIÓN CIENTÍFICA y EL NACIMIENTO DE LA NUEVA CIENCIA Los siglos XVI y XVII verán nacer una nueva ciencia y, con ella, el renacer de un modelo explicativo que, aunque presente en lo esencial en la antigüedad, adquiere entonces sus características modernas. La nueva concepción del mundo ya no es tanto metafísica y finalista, cuanto funcional y mecanicista. Este nuevo interés mecánicocausa lista, de fuerte orientación pragmática y vocación de dominio, emerge con fuerza en la centuria que se extiende de 1543, año de publicación del De revolutionibus de Copérnico, a 1638, con los Discurso de Galileo. En este tiempo, la nueva ciencia dará lugar a un nuevo paradigma de la explicación científica. Esta nuca concepción, corno ya hemos señalado anteriormente, supone la recuperación de la tradición pitagóricoplatónica. Según ella, el mundo, el libro de la naturaleza, está escrito en lenguaje matemático y, por ello, es el descubrimiento de las leyes matemáticas subyacentes lo que nos proporciona el verdadero conocimiento del mundo físico. Explicar, pues, es situar un evento o fenómeno bajo la ley, matemáticamente expresada, que puede dar razón de él, en tanto que hecho particular subsumido bajo su cobertura. Estas leyes, con principio, se presentarán como hipótesis causales cuya verdad ha de ser comprobada. Sin embargo, el término causalidad adquiere en esta tradición un significado esencialmente mecanicista y eficiente.

3.4. LA CIENCIA POSITIVA EN EL SIGLO XIX: POSITIVISMO y ORGANICISMO. LA REACCIÓN HISTORICISTA Y HERMENÉUTICA

3.4.1. El positivismo y la explicación causa lista El siglo XIX verá afianzarse definitivamente el modelo explicativo iniciado en el Renacimiento y el Barroco de la mano del positivismo. En términos generales, que habría que matizar en cada autor, el positivismo decimonónico tiene un denominador común que podernos resumir así:  Monismo metodológico: la diversidad fáctica de los objetos científicos es abordable a partir de un único método que debe ser la guía para todo trabajo de investigación científica.  Las ciencias naturales como canon o modelo: la unidad del método positivo adopta corno canon o modelo el método de las ciencias físicomatemáticas; cualquier otra disciplina deberá confrontarse con ellas para definir su método y su grado de desarrollo. .  La ciencia busca la explicación causal de la realidad: la ciencia trata de responder a la pregunta ¿por qué ha sucedido tal hecho?. Ahora bien, como puede verse en Comte y en J. S. Mill, esta explicación causal adoptará una forma muy precisa: un hecho se considerará explicado cuando pueda ser presentado corno una instanciación particular de Lila ley general. El positivismo científico pretenderá hacer ciencia social, histórica o económica siguiendo los pasos de la física matemática newtoniana, acentuando la relevancia de las leyes generales en la explicación científica e intentando subsumir bajo el mismo paraguas metodológico a toda disciplina con pretensiones científicas.

3.4.2. La reacción historicista y hermenéutica. Erkliíren verstehcn El positivismo conducirá, de la mano de una teoría meta científica de pretensiones absolutistas, al enfrentamiento o disputa del método entre aquellos que afirman la unidad metodológica de toda ciencia, sea cual sea su objeto, y aquellos que, ante el incipiente empuje de las ciencias sociales o ciencias del espíritu, como son llamadas por la tradición alemana historicista decimonónica, defenderán la singularidad metodológica de éstas y su irreductibilidad.. Frente a estas tesis, la tendencia anti positivista tenderá a afirmar que las obras humanas, su acción, su organización y su historia sólo pueden ser comprendidas a través de la incorporación del mundo interior del individuo, de sus creencias e intenciones, a la explicación del orden sociohistóricas; probablemente necesitados de una semántica propia, los hermeneutas e historicistas hablarán de comprensión como objetivo cognoscitivo alternativo al de la explicación positivista, reducida ya a la causalidad entendida como explicación por leyes. La obra de Weber, el sistematizador más importante de esta tradición de la comprensión, mostrará, sin embargo, la dificultad inherente a la delimitación conceptual entre explicación y comprensión, reclamando para las ciencias sociales una explicación comprensiva capaz de articular ambas operaciones.. Baste señalar ahora que la disputa del método que tiene lugar en el marco de la tradición alemana del siglo XIX es el resultado, entre otras razones, de la tensión entre formas distintas de concebir la tarea científica, eso sí, impregnadas de luchas de poder en relación al nuevo espacio discursivo y disciplinar que tiene lugar en ese tiempo. Sin éstas, no se podría entender el último tercio del ese siglo, pero sin el fondo sustantivo del problema tampoco: ¿puede reducirse la tarea explicativa de la ciencia a un único modelo causal?, ¿puede entenderse la causalidad en el único sentido en que Mill o Hempella plantean?

3.4.3. El modelo organicista Sin embargo, no puede concluirse esta esquemática revisión de los modelos de explicación científica en el siglo XIX sin hacer referencia a otra tradición de pensamiento científico y meta científico. Aunque éste se produjo en buena medida por la incorporación del método experimental a su investigación, del mismo modo en que este fenómeno se había producido siglos antes en las ciencias físicas, la biología y la medicina, encontraron nuevas metáforas o modelos en otras tradiciones de pensamiento. Y lo hizo tanto para el desarrollo de las ciencias de la naturaleza, especialmente en la biología y la medicina, como en las ciencias sociales. El término griego órganon, como nos recuerda Ferrater Mora en su diccionario, tenía el sentido esencial de instrumento, pero para referir, inmediatamente, la idea de que todo órgano o instrumento se compone de partes desiguales bien que combinadas, montadas o armadas de forma que pueda ejecutar la función o funciones para las cuales ha sido designado. Todos estos conceptos serán esenciales no sólo en el modo de pensar la realidad biológica, sino también en el modo de representar la realidad social, que encontrará en ellos un molde categorial que llegará a ser decisivo para las pretensiones científicas de las ciencias sociales durante la centuria comprendida entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, periodo en el que los pensadores organicistas, funcionalistas y estructuralistas dominaron la escena intelectual en disciplinas tales como la antropología o la sociología. El pensamiento antropológico y sociológico de este tiempo se vio profundamente influido por la obra de dos grandes pensadores, en dos ámbitos de conocimiento diferentes: H. Spencer, en la naciente ciencia de la sociedad, y C. Darwin, en la biología. La obra de estos pensadores consagrará la idea de evolución como modelo de interpretación de lo real; La noción de evolución ha denotado básicamente dos significaciones: a) el desenvolvimiento de lo previamente plegado, es decir, el despliegue de alguna realidad preformada cuyo desarrollo está ontológicamente determinado por su naturaleza desde el origen, y b) el lento transformar de una realidad que, en virtud del paso del tiempo, las condiciones internas del propio ser y la interacción con el entorno es origen de novedades desconocidas y, en cierto modo, imprevisibles. El evolucionismo intentó explicar la diversidad cultural y social a partir de modelos de evolución universal capaces de reducir la más que evidente diversidad a procesos universales de desarrollo y progreso.

1. INTRODUCCIÓN En este capítulo avanzaremos en la descripción del modelo explicativo nomológicodeductivo. Dicho modelo, propuesto por Hempel y Oppenheim a mediados del pasado siglo, expone paradigmáticamente la concepción empíricopositiva de la noción de causalidad, en la tradición de Hume y J. S. Mill, y su vinculación con el concepto de explicación científica.

2. SENTIDO DE LAS NOCIONES DE EXPLICACIÓN Y CAUSA EN LA INTERPRETACIÓN POSITIVISTA DE D. HUME A .J. S. MILL Las ciencias sociales comenzaron su andadura en el XIX en medio de fuertes polémicas. Frente a la tradición alemana de la verstehen, a cuyas ideas nos referiremos en el tercer capitulo dedicado a la explicación científica, encontramos en ese momento dos formas de positivismo cuya influencia se hará sentir en la metodología de las ciencias sociales: a) el positivismo organicista, ligado a un enfoque de la causalidad teleológica y a una orientación explicativa funcional, y b) el programa empirista, que adopta una interpretación mecanicista y eficiente de la causalidad, cuyas raíces se hunden en las obras de G. de Oekham, F. Bacon y D. Hume, y, ya en el siglo XIX, en la obra de J. S. Mill. Nos acercaremos, en primer lugar, a la obra de Mill como antecedente inmediato del planteamiento contemporáneo de la explicación científica en la Concepción Heredada. Como veremos, Mill situó la discusión acerca de la explicación científica en su actual marco conceptual, aunque no llegó a formalizar su modelo. Esta aportación corresponderá a autores posteriores, de la primera mitad del xx (Popper, Hempel, Hanson).

2.1. CAUSALIDAD y EXPLICACIÓN EN J. S. MILL En su Sistema de la Lógica, Mill definió la explicación científica como la operación cognoscitiva que consiste en identificar un suceso natural particular como un caso de una regularidad nómica, es decir, de una ley de la naturaleza. Una ley o uniformidad de la naturaleza se dice que es explicada al indicar otra ley o leyes, de las que la misma ley no es más que un caso, y de las que puede ser deducida. Inspirado en el escepticismo humano, pero al mismo tiempo interesado en dotar a la ciencia de una metodología sustentada en rigurosos procesos lógicos, Mill reducirá la causalidad a la sucesión regular de acontecimientos. En Leibniz, la noción de causa adquiere la doble condición de principio lógico y ontológico bajo la forma del principio de razón suficiente. Por su parte, la posición empirista, que Hume representa en su versión más desgarrada y escéptica, reduce la causalidad a la mera sucesión regular de fenómenos, sin pretender establecer entre ellos ningún nexo necesario, y, menos aún, aventurar una conexión ontológica. Los empiristas afirmarán que A es causa de B cuando al suceso A le sigue regularmente el suceso B; la causalidad, así entendida, no es sino efecto de la costumbre y la creencia, pero en modo alguno fruto de una relación de necesidad lógica u ontológica. Esta concepción supone afirmar que la relación causal sea siempre de naturaleza contingente, y no necesaria, pues éstas, las relaciones necesarias, sólo se dan entre ideas. Todas estas operaciones son otras tantas especies de instintos naturales, que ningún razonamiento o procedimiento del pensamiento y del intelecto es capaz de producir o de vedar. Por su parte, la nueva ciencia realmente actuó prescindiendo de facto de la noción de causalidad, en el sentido filosófico que estamos discutiendo. Pero, en todo caso, la representación de la causalidad que la ciencia, sobre todo de las ciencias físicas, adoptó fue la de la causalidad eficiente, dentro de una concepción mecanicista del mundo. Sólo bajo ciertas formas y doctrinas organológicas, admitió la ciencia el uso de la causalidad final, cuya relevancia para las ciencias sociales ya hemos comentado, y que estudiaremos en profundidad más adelante. Así las cosas, Mill entendió que la ciencia tenía como misión el descubrimiento de las leyes de la naturaleza y, a través de ellas, las regularidades cuya intervención permite al hombre de ciencia explicar un acontecimiento. Ahora bien, de todas las leyes de la generales que pueden afirmarse, la más importante, pues sobre ella descansa la misma posibilidad de la ciencia, es la ley de la causalidad. Así, J. S. Mill, afirmará que: la verdad de que todo hecho que tiene un principio tiene una causa es coextensiva con la experiencia humana y por ello el principio de causalidad es el pilar principal de la ciencia inductiva4• Ahora bien, la causalidad en Mill se encuentra desprovista de resonancias ontológicas. Así, Mill definirá la causa de un fenómeno como el antecedente o la concurrencia de antecedentes de los que es invariable e incondicionalmente consecuencia. El empirismo de Mill acompaña su desontologización de un determinismo traído como consecuencia del postulado de la causalidad general. Por otra parte, a la ley de la causalidad no podemos aproximarnos sino por inducción, a partir de la experiencia de los sucesos causales particulares y del mismo postulado de la constancia de la naturaleza. Una vez puesta tal ley por este procedimiento, oficiará como premisa mayor de un silogismo deductivo en el que cada hecho particular quedará subsumido bajo el dominio de la ley general que le corresponda. La ley de la causalidad es, pues, a la vez, fruto de la experiencia pasada y condición de posibilidad del conocimiento de lo que habrá de ocurrir, es decir, del futuro acontecer de las cosas.

2.2. EL MÉTODO DE LAS CIENCIAS MORALES

En conexión con la tradición de la filosofía moral de la Escuela Escocesa, pero estimulado también por la filosofía positivista francesa, Mill dedicó parte de sus desvelos a investigar acerca de los métodos que debían guiar la investigación acerca de la naturaleza humana. En el libro sexto de su Sistema de la Lógica, titulado Sobre la lógica de las ciencias morales, Mill exploró este problema. Las así llamadas ciencias morales comprendían para Mill aquellas disciplinas que, investigando sobre la naturaleza humana, no seguían una orientación normativa como le ocurría a la reflexión propiamente moral o no podían ser reducidas a saberos derivados de las ciencias tísicas Es decir, las ciencias morales comprendían cierta parte de la psicología, la etología o ciencia de la formación del carácter, la sociología y la historia, siendo esta última, realmente, una parte de la sociología. Creía Mill que las ciencias morales debían huir del descriptivismo empirista para orientarse hacia la explicación causal.. La búsqueda de estas leyes resultaba del todo indispensable para superar la mera descripción de una regularidad conductual, ya que sólo la ley puede demostrar la existencia de alguna clase de conexión causal, y, por tanto, explicar verdaderamente el comportamiento humano. En contra de las tesis de J. Bentham, dispuesto a derivar todo comportamiento humano de un principio general y único, a saber, la naturaleza egoísta de la conducta humana orientada naturalmente a la búsqueda de su bienestar personal, Mill concibió la ciencia social como el estudio del comportamiento tendencial de los hombres considerados como masa, consciente de la imposibilidad de obviar la multicausalidad que impregna la acción. Además de esta estrategia, Mill defendió el método deductivo directo basado en la explicación del comportamiento humano como tendencia o probabilidad. Por otra parte, Mill sentó las bases del actual individualismo metodológico al considerar que toda explicación de la realidad social debe comenzar por el individuo y sus voliciones.. Consideró siempre, pues, esta disposición metodológica como un ideal y mantuvo siempre una lúcida sensatez con relación al alcance de la explicación en las ciencias sociales.

3. C.HEMPEL Y P. OPPENHEIM: LA CONSTRUCCION DEL ESPACIO EPISTEMOLÓGICO PARA EL DEBATE ACERCA DE LA EXPLICACIÓN CIENTIFÍCA

En 1948 Hempel y C. Oppenheim publicaron la revista philosophy of Science un articulo titulado studies in the logic of explanation. Esta no era su primera contribución al debate metacientífico, ni tampoco era ésta la Primera vez que el problema era objeto de debate; como acabamos de ver, ya en el siglo XIX, J. S. Mill había delimitado perfectamente la noción de explicación dentro de la tradición positivista, al tiempo que Popper, en su obra temprana, le había dedicado su atención. Sin embargo, este trabajo habría de servir como hito fundacional de un nuevo espacio de discusión epistemológica en torno al problema de la explicación científica.. El texto se convirtió muy pronto en una referencia central para el debate en torno a la explicación científica, referencia que aún hoy resulta indispensable, como lo atestigua la más elemental revisión bibliográfica.

3. 1. MARCO CONCEPTUAL DEL MODELO HEMPELTANO DE LA EXPLICACIÓN CIENTÍFICA

El modelo propuesto por Hempelnos referiremos de ahora en adelantó sólo a este autor, recogiendo, sin establecer distinciones, su contribución inicial con Oppenheim y las revisiones posteriores de su obra se conoce habitualmente como modelo de ley de cobertura o también como modelo nomológicodeductivo. Así:  Propusieron denominar explicandum (explanando, en plural) a aquello que es explicado, es decir, alguna clase de acontecimiento que requiere una explicación.  Denominaron explanan a aquello que nos ofrece una explicación del explicandum. Haciendo uso de esta terminología, puede afirmarse, pues, que toda explicación es alguna clase de argumentación que hace inteligible la presencia del explicandum a partir del explanan. Toda explicación trata de establecer un cierto tipo de relación entre el explicandum y el explanan. Esta relación es, según Hempel, una clase de inferencia, por lo que explicar es inferir el explicandum del explanan. Para que una inferencia sea considerada realmente explicativa debe incorporar necesariamente dos tipos de elementos: 1. Un conjunto de condiciones antecedentes. 2. Una helase especial de hechos: una regularidad nómica, es decir, una ley general, no una simple regularidad accidental. Por otra parte, para que la explicación lo sea en sentido estricto, la ley debe ser esencial y relevante para la explicación, evitando que la mera introducción de una ley al margen del asunto a explicar, sustantivamente desconectada de él, permita formular explicaciones que satisfagan las condiciones formales del modelo. Díez y Moulines resumen como sigue el núcleo del modelo de cobertura legal de Hempel (covering low model): 1. El explanan contiene esencialmente al menos una ley, y todos los hechos generales que contenga deben ser esencialmente leyes. 2. Si el explicandum es un hecho particular, el explanan contiene también esencialmente al menos un hecho particular. Los hechos particulares que contiene el explanan son las condiciones antecedentes. 3. La relación de explicación es una relación de inferencia lógica, el explicandum se infiere del explanan. La idea central del modelo empalian es relativamente sencilla: un evento particular puede ser explicado presentándolo como una instanciación particular de una ley general. El explicandum, en la versión estándar del modelo, que no única, se infiere por deducción del explanan. La ley general o leyes del explanan ofrecen la cobertura lógica necesaria para esa deducción, actuando como las premisas de un silogismo. Sin embargo, puede advertirse fácilmente, a partir de las tres condiciones antecedentes, que el modelo de Hempel penita abordar diferentes modelos explicativos. Así: a) Si el explicandum es particular y las leyes del explanan son generales y no estadístico probabilísticas, estamos ante el modelo propiamente nomológico deductivo particular. b) Si el explicandum, en lugar de ser un hecho particular es una ley general no estadísticoprobabilística y el explanan contiene también sólo leyes estrictamente generales, estamos ante el modelo nomológico deductivo particular. e) Si el explicandum es una ley estadística y el explanan contiene al menos una ley estadística esencial y distinta del explicandum aunque pueda contener otras generales, estamos ante el modelo de explicación deductivo estadístico. Por último, si el explicandum es un hecho particular y el explanan contiene esencialmente al menos una ley estadística aunque pueda contener otras leyes generales, entonces estamos ante el modelo de explicación inductivoestadística. Obsérvese que este cuarto tipo se distingue del primero en que, aun atendiendo a la explicación de un hecho particular, ahora la explicación se hace por medio de leyes estadísticas a través de una inferencia inductiva, no deductiva. Efectivamente, el modelo de explicación empalian encierra, realmente, cuatro modelos alternativos, aunque todos ellos responden a una misma lógica inferencial enteramente dependiente de la noción de ley científica.. No así la calificación de la explicación como nomológicodeductiva, pues, como se ha dicho, el cuarto modelo plantea un tipo de inferencia inductiva derivada de la naturaleza estadística de al menos una de las leyes esenciales para la explicación contenidas en el explanan. Por último, el modelo de Hempel exige dos condiciones más para que una explicación científica pueda ser considerada genuinamente científica y válida.

3.2. FORMALIZACIÓN DEL MODELO DE EXPLICACIÓN NOMOLÓGICODEDUCTIVA PARTICULAR

Trataremos ahora de presentar con mayor amplitud el esquema lógico que subyace al modelo de explicación presentado por Hempel. Realmente, presentaremos tan sólo el que se corresponde con el primero de los cuatro casos posibles, es decir, el de la estrategia explicativa nomológicodeductiva particular. Recordemos que consiste en la explicación de un hecho particular a través de una inferencia deductiva posibilitada por, al menos, una ley general esencial. Antes de entrar en un análisis critico del trabajo de Hempel, parece necesario decir algunas palabras del tipo de explicación inductivoprobabilística, pues es el que muestra una mayor singularidad dentro del modelo y, también, porque la explicación probabilística desempeña un importante papel dentro del enfoque positivista de las ciencias sociales. La explicación probabilística reduce la fortaleza predictiva del modelo nomológicodeductivo. La explicación inductivoestadística permite afirmar un suceso como altamente probable, pero no necesario.

3.3. PRIMERA APROXIMACIÓN CRÍTICA ASPECTOS LÓGICOSINTÁCTICOS

Realmente, el modelo de Hempel permitía subsumir bajo un mismo esquema cualquier tipo de explicación. Además de algunas alabanzas, el modelo de ley de cobertura cosechó muchas objeciones. Echevarría, citando a Wilson, condensa los ataques sufridos por la propuesta Hempeliana en cuatro frentes, que nosotros enunciamos y desarrollamos. En primer lugar, hemos de referirnos a las críticas relativas a la simetría entre explicación y predicción. Una de las consecuencias del modelo era considerar las explicaciones y las predicciones como dos caras de un mismo tipo de operación cognoscitiva. Efectivamente, predecir un acontecimiento futuro, mostrar que dicho acontecimiento es esperable en virtud de su dependencia de ciertas circunstancias y de una o varias regularidades nómicas, es, desde un punto de vista lógico, lo mismo que explicar retroactivamente un hecho pasado, es decir, formular una retro dicción. Es decir, explicación y predicción son fenómenos simétricos y refieren, realmente, un mismo tipo de operación cognoscitiva. Sin embargo, la simetría puede conducir a serios problemas, ya que se han argüido casos de explicaciones que no van acompañadas de predicciones y predicciones que no son, en absoluto, explicaciones, tal y como ocurre, por ejemplo, en la teoría de la evolución biológica, que nos provee de sólidas explicaciones sin ofrecer predicciones. La simetría implícita en el modelo es también responsable de otro tipo de situaciones paradójicas, corno las que se producen cuando explicamos un cierto fenómeno, por ejemplo el calor producido por el rozamiento en un movimiento de descenso por un plano inclinado en virtud de la masa del cuerpo, el ángulo de ataque y los coeficientes de rozamiento entre las sustancias, pero comprobamos que es perfectamente posible inferir también la masa del cuerpo a partir del calor desprendido y los otros datos, aunque nunca estaríamos dispuestos a admitir que esta segunda inferencia es una verdadera explicación, pues son la masa y el rozamiento quienes explican el calor y no al revés. Sin embargo, difícilmente podría argüirse la segunda estrategia corno explicación, ya que la noción de causalidad parece exigir la precedencia temporal de ésta con relación al efecto, y no al revés. Otro tipo de dificultades se refiere al hecho de que ciertas proposiciones o argumentaciones que satisfacen formalmente el modelo, sin embargo, no son auténticas explicaciones, o lo son de manera espuria, pues permitirían explicar ese u otro fenómeno alternativo. El modelo de Hempel permite, por ejemplo, que alguien construya una explicación de un fenómeno introduciendo una ley de cobertura inocencia para el fenómeno en cuestión, pero que satisfaría la condición formal; por otra parte, en ocasiones, pueden formularse explicaciones sostenidas sobre leyes generales irrelevantes para la explicación sustantiva del hecho en cuestión (como inferir que un eclipse se producirá en determinadas circunstancias astronómicas y como consecuencia de una ley que conecta los eclipses con el deseo de Dios de castigar a los hombres por su conducta). Este mismo fenómeno puede ocurrir en la explicación probabilística. En este caso, estamos ante un caso de auto explicación, pues el explicandum es explicado por un explanan que no es sino el mismo explicandum disfrazado. Un tercer grupo de críticas se enfrenta al modelo empalian desde presupuestos de análisis pragmatistas y no estrictamente lógicosintácticos; en este caso no se trata de objeciones lógicas al modelo, del tipo de las que hemos visto hasta ahora, sino de una critica más radical que viene a afirmar que explicar es una operación irreductible al esqueleto lógico de una argumentación; la explicación es, ante todo, un tipo de praxis científica fuertemente contextualizada. Hempel se deja llevar por un racionalismo que desvincula la explicación de su praxis, hasta hacer de ella un modelo abstracto que, para preservar su validez formal, se a1cja completamente del ejercicio real y empírico de la investigación científica. Como señala Echevarría 12 al tratar de las exigencias del modelo nomológica deductivo con relación a la concepción de las leyes científicas, la exigencia de veracidad aplicada al explanan genera la necesidad de traducir cada teoría científica a un lenguaje formal donde pueda formularse efectivamente la ley de acuerdo con las exigencias formales del modelo. Ésta que estamos comentando es la línea argumental de autores como Bromberger, Achinstein o Van Fraassen. ¿Qué significaría, pues, situar el análisis de la explicación en un marco pragmático?, ¿cómo hacer tomar tierra al modelo empalian? Toda actividad científica, la explicación también, está fuertemente enraizada en el marco cognoscitivo en que tiene lugar, en las circunstancias históricas en las que se presenta, en factores psicológicos, tales como los intereses y deseos de los actores científicos, o en factores sociales, tales como las expectativas que puede generar una pregunta, una investigación o un descubrimiento, o la percepción social diversa de lo que es realmente relevante en un momento dado para un grupo humano o una institución. Podría pensarse, sin embargo, que esta contextualización no afecta a la esencia misma de la explicación, sino que le sirve como adenda histórica y psicosocia1, aclarando circunstancias que, aunque relacionadas ocasionalmente con la praxis científica, no afectan al núcleo lógicosintáctico que contiene lo más propio y esencial de la argumentación explicativa. Pero quienes proponen la revisión del concepto de explicación desde una perspectiva pragmática y a la vez constructivista no pretenden adornar con erudición históricosocial o psicológica lo que los meta científicos como Hempel desarrollan desde una perspectiva formal. Aun manteniéndose fiel hasta cierto punto a la línea de análisis formal del modelo nomológico deductivo, este autor ha introducido precisiones fundamentales para comprender la praxis científica de la explicación. Esto significa que un mismo hecho, dependiendo del contexto de interpretación que tenga, podrá ser explicado de formas muy diferentes y, al mismo tiempo, plenamente válidas. El hecho a explicar es, aparentemente, el mismo en todos los casos, y, sin embargo, el sentido de la pregunta es diferente en cada uno de ellos, porque toda pregunta depende sustantivamente del contexto pragmático en que se expresa o, lo que es lo mismo, en toda pregunta existe implícita o explícitamente un sistema de expectativas de sentido que hacen que una respuesta, es decir una explicación, resulte pertinente o no, relevante o irrelevante. De este modo, resulta inconsecuente desarraigar el problema de la explicación del contexto de anunciación en que se produce. El propio Van Fraassen ha intentado matizar esta deriva relativista afirmando que, para citar que un hecho pueda ser explicado por cualquier proposición, debe exigírsele a los factores explicativos una cierta condición de cientificidad; es decir, una explicación scire válida si, cumpliendo las tres condiciones señaladas, además pusiese en juego factores, elementos y relaciones que puedan ser consideradas científicamente aceptables. Desde esta posición se afirma que es posible elaborar explicaciones causales que no recurran a ninguna Ica para ser formuladas, como se ha afirmado desde la metodología de la historia, por ejemplo, por W Dray, para quien la explicación histórica es, esencialmente, un intento de hacer inteligible un acontecimiento desde un punto de vista racional, ocurre con otras disciplinas como la sociología o la antropología en las que se ha practicado una suerte de explicación funcional y teleológica.

3.4. SEGUNDA APROXIMACION CRÍTICA: LA LIMITADA PENETRACIÓN REAL DEL MODELO DE COBERTURA LEGAL EN LAS CIENCIAS SOCIALES

En varios de sus textos, Hempel ha desarrollado sus idas acerca de la explicación científica en las ciencias sociales. Así, por ejemplo, en Te Función o General Los in Historia, de 1942, y algunos de sus escritos posteriores 17, Con estas contribuciones, Hempel abrió una de las polémicas más interesantes en torno al papel de la explicación y las leyes con la Historia y, por extensión, en las ciencias sociales. Como ya sabemos, el modelo defendido por Hempel se conoce como colerín la modelo, expresión propuesta por W. Dray en 1957 y aceptada por el mismo Hempel. La polémica abierta a propósito de la explicación científica en la historia le enfrentará con W. Dray, defensor de un tipo de explicación racional sin ley de cobertura muy próxima a las propuestas hermenéuticas de la tradición alemana de la verstehen, a pesar de que Dray, autor de formación y vocación analítica, omita completamente cualquier referencia a estas fuentes, especialmente a Weber. La propuesta empalian para la explicación en la Historia no se distingue en nada esencial de su propuesta para la explicación en las ciencias de la naturaleza. Se trata de explicar un hecho particular a partir de un conjunto de hechos antecedentes y alguna clase de hecho general, es decir, a partir de una ley. En primer lugar, los defensores del modelo empalian no se satisfacen mostrando los entresijos lógicos de una argumentación explicativa; desean establecer que no existe diferencia sustantiva ni metodológica entre ciencias de la naturaleza y ciencias sociales, descalificando, de camino, las pretensiones científicas de aquellas disciplinas díscolas con esta tesis. Más allá de estas consideraciones introductorias, pero muy esclarecedoras, podemos ahora afrontar la adecuación de la propuesta empalian a la explicación en la historia y, en general, en las ciencias sociales. Las razones son de peso: a) Las ciencias sociales no cuentan en su haber con leyes asimilables a las del modelo empalian, bien sea porque no se han descubierto todavía, bien sea porque tales leyes no existen; aserto compatible con la elaboración en algunas disciplinas, como la concomía o la socio logia, de modelos teóricos que, bajo fuertes restricciones lógicoontológicas y bajo cláusulas del tipo seteras caribús, proponen modelos explicativos causales bajo leyes que, si bien se aproximan al modelo formal empalian, lo hacen a costa de distanciarse de una calidad empírica difícilmente doblegable a las pretensiones del modelo nomológicodeductivo; no olvidemos que, si alguien se empeña en formular leyes a partir de regularidades empíricas, éstas terminarán por aparecer, pues este resultado es posible siempre que estemos dispuestos a establecer las restricciones necesarias para la producción de los datos empíricos. b) La imposibilidad del programa de reducción fiscalista implicado en el modelo Hempeliano. No obstante, atendiendo al espíritu de la ley más que a la letra, las ¿ciencias sociales han dado lugar a elaboraciones teóricas y metodológicas que han coqueteado, y en algún caso algo más que eso, con la idea de explicación predictiva y reproductiva. La explicación de un acontecimiento histórico requeriría, desde esta óptica, la formulación de alguna clase de enunciado liguliforme acerca del devenir histórico que pueda ponerse en relación con un hecho particular. Durante el siglo XIX, las doctrinas evolucionistas propusieron asertos de esta naturaleza, aunque, sin duda alguna, de una generalidad tan manifiesta que difícilmente podían explicar o predecir ningún acontecimiento particular. Autores tales como Spencer o Comte propusieron modelos de evolución general de la realidad, manifestando las tendencias subyacentes al progreso humano desde formas iniciales de indiferenciación hacia formas complejas y muy diferenciadas. . También las doctrinas materialistas han orientado su investigación teórica y empírica buscando dotar a la historia de un perfil científico compatible con la determinación de leyes causales de naturaleza evolutiva. El materialismo ha aportado en este sentido un paradigma de interpretación del cambio social e histórico en cl que la relación dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones de producción se presenta como clave de bóveda de una explicación científica de la realidad. El énfasis en el estudio de las condiciones materiales de la vida como motor de la historia hizo concebir la posibilidad de elaborar una teoría sustantiva acerca del desarrollo histórico con potencia suficiente para formular retro dicciones y predecir, al menos hasta cierto punto, el horizonte histórico a medio y largo plazo. El marxismo ha influido notablemente en el desarrollo de una historiografía comprometida con la cientificidad de las disciplinas históricas. Sin embargo, el materialismo histórico y sus desarrollos y revisiones posteriores han utilizado una cierta noción de causalidad vecina de las posiciones deterministas y casualistas, cuando no identificable con ellas en algunos autores más marxistas que el propio Marx, que permiten descubrir en el devenir histórico leyes causales cuya intervención sería determinante en la explicación del cambio social y superestructural. En el campo de la Antropología también encontramos muy presente la estrategia materialista. Los trabajos de L. White o J. Stewart. Por su parte, J. Stewart sentó las bases de la ecología cultural. Desde la perspectiva de Stewart la fuente de la explicación de las semejanzas y diferencias socioculturales habría que buscarla con la interacción entre condiciones ambientales, infraestructura productiva y tecnológica y formas culturales. La combinación de estos factores, interactuando adaptativamente, sería el principio causal de la explicación científica. M. Harris ha defendido posiciones conocidas como materialismo cultural. Esta estrategia de investigación sostiene que la tarea central de la antropología es dar explicaciones causales a las diferencias y semejanzas que se encuentran entre los grupos humanos en el pensamiento y la conducta Para poder hacerlo deben estudiar las condiciones materiales de la vida, diferentes de las condiciones mentales o ideales, de modo que lo más probable es que sean las primeras las causas responsables de la variación de las segundas. También en la economía nos encontramos con modelos explicativos concebidos como modelos causales que implican la intervención de leyes. El admirable desarrollo que se ha alcanzado, por ejemplo, en la microeconomía que fue la primera especialidad económica en desarrollarse de este modo se ha conseguido a través de introducir en la teoría económica un conjunto de conceptos c1asíficatorios y métricos pensados para permitir su interpretación cuantitativa. La idea central que establece el límite más ostensible del trabajo econométrico puede expresarse del modo siguiente: los modelos matemáticos de la ciencia económica funcionan bajo dos condiciones imprescindibles: a) en primer lugar, la aceptación de la interpretación conceptual y matemática de ciertas nociones que, pretendidamente, describen la realidad de la vida económica de los individuos y los grupos sociales, y b) el uso sistemático de cláusulas seteras parahusó que limitan el alcance de los enunciados liguliformes que fundamentan las predicciones.. No se trata ahora de objeciones de naturaleza lógica, que ya han sido discutidas más atrás, sino de dificultades de diversa naturaleza: ontológica, epistemológica y pragmática. Este grupo de objeciones puede presentarse como sigue. La primera de las dificultades que afectan gravemente al modelo de Hempel ya ha sido expresada anteriormente. No existen en la vida social las leyes que el modelo nomológico deductivo necesita. En palabras de Arístegui, referidas a la investigación histórica: Este modelo, que Hempel llamó de explicación nomológica, propone una deducción a partir de leyes remírales. El problema central es el de la existencia de esas leyes aplicarles a la explicación de hechos históricos, o sea, de acontecimiento, o cambios que son de una extraordinaria heterogeneidad. Por una parte, la praxis de la investigación histórica está muy lejos del modelo explicativo de cobertura legal. Algunos analíticos han argüido contra esta afirmación que los historiadores hacen un uso velado de la explicación científica y de las relaciones causales “fuertes, ocultando su verdadera argumentación; Por otra parte, Aron reclama para la investigación histórica y social un objeto, la acción humana, radicalmente diferente del objeto propio de la ciencia natural; El modelo de Hempel requiere la subsunción de un evento o acto particular bajo el paraguas explicativo de una o varias leyes generales. Ahora bien, tanto la investigación histórica como social o económica han mostrado la imposibilidad objetiva de reducir la explicación a estrategias mono causales. Incluso los modelos dotados de una cierta complejidad causal manejable se construyen Poniendo muy fuertes restricciones a la realidad empírica. Si la causalidad se entiende como el conjunto de todas las condiciones antecedentes, entonces la noción de causa se disuelva y el esquema empalian se colapsa. Así, aun suponiendo que tales causas pudieran expresarse bajo la forma de enunciados liguliformes en el esquema empalian, el resultado obtenido no seria el esperado, ya que cl conjunto de causas relevantes, aunque fuesen pensadas como causas necesarias lo cual ya es mucho decir, en modo alguno podrían presentarse como un conjunto de causas suficientes, por 10 que el explicandum seguiría sin ser explicado. El modelo empalian sólo resulta defendible desde la asunción del hecho de que las causas de un fenómeno pueden ser determinadas como causas suficientes, es decir, como resultado de la existencia de leyes.. El recurso consistente en trasladar la explicación al terreno de la probabilidad podría ser compatible con la noción de multicausalidad que acabamos de presentar, al señalar un conjunto de antecedentes como causas probables de un suceso, que sería derivable a partir de ese marco causal probabilístico.; sin embargo, no puede acabar con la ida de contingencia radical que subyace a esa explicación. La explicación probabilista incrementa la inteligibilidad de lm suceso, pero no en el sentido que caracteriza a las pretensiones del modelo empalian, más ligadas a una expectativa de esperabilidad necesaria o cuasinecesaria. El residuo causal no determinado en esa explicación termina por volver la estrategia poco eficiente o, por lo menos, no más eficiente que la estrategia alternativa de reconstruir el suceso o la acción desde la perspectiva del sentido subjetivo del actor o de las condiciones del contexto. Una tercera objeción de naturaleza epistemológica puede sintetizarse de este modo: la propuesta empalian y, en general, la estrategia positivista adolece de un atomismo empirista insostenible. El modelo de Hempel exige una noción de hecho social o histórica poco o nada admisible para la epistemología contemporánea. Tan impensable es captar la totalidad social como el átomo social, por lo que la explicación científica se enfrenta a una indeterminación lógicoontológica contradictoria con las necesidades de determinación discreta de los hechos implícitas en el modelo nomológico deductivo. Un cuarto y último frente polémico pone en cuestión las expectativas de la explicación causalista hempeliana. Este modelo defiende una concepción de la explicación que entraña la noción de esperabilidad de un acontecimiento como componente esencial de la misma. Explicar algo que ha ocurrido significa ofrecer las razones por las cuales dicho acontecimiento debe ser admitido como el acontecimiento que cabía esperar, dadas ciertas condiciones y enunciados legaliformes. Sin embargo, no es necesario admitir esta tesis ni en el ámbito de la explicación histórica ni en el de la investigación social. Antes bien, lo que parece preocupar al científico social no es demostrar que tal conducta o evento se produjo de una determinada forma porque en tales condiciones no cabía otra posibilidad. En palabras de R. Aron: La revisión del modelo de explicación hempeliano ha resultado compleja. Quizá empezamos ya a vislumbrar la dificultad de resolver la polémica en torno a la explicación adscribiéndonos a un modelo exclusivo

4. UNA CONCEPCIÓN ALTERNATIVA DE LA CAUSALIDAD. LA EXPLICACIÓN A TRAVÉS DE MECANISMOS CAUSALES. EL CONCEPTO DE HISTORIA CAUSAL DE UN HECHO

En las secciones anteriores hemos completado con díctale un exhaustivo repaso de las limitaciones más relevantes que presenta el modelo de explicación nomológicodeductiva. Hemos mostrado que tales limitaciones y paradojas, en las que incurre el modelo, nacen de varios principios talcos como la simetría entre explicación y comprensión o las condiciones pragmáticas que acompañan a cualquier pregunta del tipo ¿por qué XI Hemos visto también que, en última instancia, tanto las limitaciones lógicas como las otras de carácter epistémico reposan sobre la debilidad del concepto de causa que se aplica en la propuesta de Hempel.. En él, la causalidad no indica otra cosa que una contrastada asociación experimental entre hechos que se suceden regularmente en el tiempo, sin ninguna referencia al nexo causal. Aunque esta recuperación de la noción de causa se ha planteado de diversos modos, todos ellos comparten algunos elementos comunes: a) En primer lugar, la explicación científica de un hecho debe desvincularse de la noción de esperabilidad. Como se recordará, Hempel ha interpretado la explicación como un dar razón de la ocurrencia de un hecho mostrándolo como suceso esperable dadas ciertas circunstancias y proposiciones generales de naturaleza nómica, es decir, como suceso cierto o probable dadas ciertas circunstancias. Sin embargo, para estos autores, la explicación de un hecho nada tiene que ver, stricto sensu, con la probabilidad o certeza de su aparición, es decir, con su necesidad, sino con la información causal que podamos proporcionar de él. b) Proporcionar información causal de un hecho H significa poder reconstruir la historia causal de ese hecho, es decir, proporcionar información acerca de otros hechos y circunstancias anteriores a H en virtud de las cuales H sea inteligible. c) La reconstrucción de la historia causal de un hecho, en todo caso, no exige la completa determinación de todas las causas antecedentes de ese hecho tarea imposible e inútil, sino tan sólo aquellas que son causalmente relevantes Dicho de otro modo, recuperar las nociones de causa y de historia causal, si bien puede resultar útil para superar algunos problemas, reintroduce en el debate otros nuevos, precisamente aquellos de los que Hume, Mill o Hempel huían. Específicamente, la principal dificultad se concreta en la operativa definición de causa que precisa este enfoque y que no resulta nada sencillo construir. En segundo lugar, como apuntan Diez y Moulines, la lógica de la explicación a través de la reconstrucción de la historia causal de un hecho no hace desaparecer realmente no al menos de forma radical el problema derivado de la necesidad de introducir proposiciones generales de naturaleza nómica, pues detrás de la formulación de la relación causal entre hechos singulares late la cuestión del vinculo causal, difícilmente definible en términos de afirmaciones singulares. Desde posiciones que se conocen como marxismo analítico, Elster ha defendido una concepción de la explicación científica emparentada con la interpretación que acabamos de presentar. En Tercas y tornillos, Elster afirma: Explicar un acontecimiento es dar un relato de por qué sucedió. Por lo general y siempre últimamente esto adopta la forma de citar un acontecimiento anterior como la causa del acontecimiento que se desea explicar, junto con algún relato del mecanismo causal que relaciona los dos acontecimientos 29. Tales mecanismos causales necesitan de la determinación de hechos causal mente vinculados y de la descripción del proceso a través del cual pueden vincularse. Lo cierto es que, a pesar del interés de costas nociones, la postura de Elster sigue encontrando algunas dificultades, especialmente en lo relativo a la determinación del vínculo causal entre dos hechos. Tiene razón Elster al proponer que la distancia entre causa y efecto debe ser reducida en lo posible, rellenando el espacio o el tiempo, si adoptamos la metáfora de la historia causal que los separa con un relato causal en el que se identifiquen los mecanismos implicados. La propuesta de Elster está llena de sensatez y es dit1eilmente discutible corno desiderátum, aunque insuficiente para quien exija la mayor determinación posible en la cuestión ontológica de la noción de causa.

LA EXPLICACIÓN FUNCIONAL : ASPECTOS SEMÁNTICOS Y FORMALES INTRODUCCIÓN

El positivismo ofreció dos modelos alternativos al menos, parcialmente alternativos al desarrollo de las ciencias sociales. Este capítulo se dedica a exponer las formas centrales de explicación funcional, también llamada, en ocasiones, explicación teleológica. La concepción finalista de la causalidad tiene una antigua historia, que arranca con el mismo pensamiento filosófico y científico. La encontramos en Aristóteles, primer sistematizador del problema de la causalidad (y del concepto de explicación científica). Aristóteles, además, atribuyó a la explicación por las causas finales una notable superioridad frente a las otras posibilidades explicativas.. A nuestro juicio, la presentación de los modos en que ha operado y aún se presenta la explicación funcional en las ciencias sociales exige tres momentos diferenciados. En primer lugar, una aproximación introductoria a la semántica funcionalista, a su forma argumentativa y a sus metáforas. En segundo lugar, una revisión crítica de talcos formas argumentativas, mostrando sus limitaciones formales y las condiciones en que tales procedimientos argumentativos podrían desarrollarse. Por último, un recorrido sumario por la teoría social sustantiva en la que la explicación funcional se encarna.

FUNCIONALIDAD Y TELEOLOGÍA. ACLARACIÓN TERMINOLÓGICA

En pocas palabras, una explicación funcional es aquella que, para dar cuenta de la existencia o características de algo un órgano corporal, un proceso químico, una institución, ciertos valores o creencias apela a la función que ese algo realiza en relación con un cierto conjunto del que, arma parte o al que sirve. Función y. Fin son nociones que se aproximan cuando ambas pueden ser abordadas desde la idea de proyecto. Si dada una realidad determinada, puede predicársele una función como propia y esa función puede ser explicada como el resultado de un diseño o proyecto, entonces, las nociones defunción y fin coinciden plenamente. Parece, no obstante, que en toda explicación funcional o teleológica se requieren al menos tres condiciones esenciales, Dado un cierto objeto o fenómeno X, una explicación funcional de X exige: a) establecer la función F, realizada por X, su fin o su contribución que ha de ser esencial para explicar X; b) determinar un conjunto, entidad, organismo o sistema S en cuyo seno X realice la función F, que ha de ser esencial o necesaria para S; c) fijar cierto principio o relación en virtud del cual podamos afirmar que X existe en virtud de su contribución o función en S. Es decir, un principio que permita establecer la relación causal entre la existencia del fenómeno X y su función F. El primer ámbito en el que una explicación finalista tiene perfecto sentido es en el de los entes artificiales, Si bien sería problemático afirmar que todo artefacto posee una finalidad explícita, al menos resulta plausible afirmar que en los productos humanos la finalidad suele ser un dato de especial relevancia a la hora de explicar o dar cuenta de la existencia, la morfología o el funcionamiento de una cosa.. Como seria del todo imposible ofrecer una explicación adecuada de un tenedor sin hacer referencia a su utilidad en la mesa, o de unas gafas y su funcionalidad para corregir una patología en nuestros ojos. En los términos expuestos más arriba acerca de las condiciones que debe satisfacer una explicación funcional, el ejemplo de la alarma satisface plenamente el modelo. Por último, podemos afirmar que la alarma existe y ha sido instalada por su contribución a la seguridad del hogar en la medida en que su presencia en él es fruto de una acción planificada. Obsérvese que es este proyecto o diseño el que nos permite. En última instancia. Ligar explicativamente objeto, función y sistema. La relación o vinculación causal entre la existencia de la alarma realizando su función y el producto denominado seguridad del hogar se establece en virtud de la hipótesis, nada aventurada, de que la alarma está ahí para eso. La singularidad de la explicación funcional parece residir, pues. en el hecho de que es el estado de cosas buscado, algo que habitualmente llamaríamos efecto un hogar seguro, el que da cuenta de un hecho causalmente anterior la instalación de la alarma. Esto no significa, en modo alguno, que baste declarar la finalidad de algo, de un producto humano, para considerarlo completamente explicado. Es más, podría decirse que la determinación de la función o finalidad del artefacto resulta ser una precisión esencial o, cuando menos indispensable si, preguntados por alguien que desconociera en absoluto el objeto en cuestión, deseáramos dar cuenta de él de una manera comprensible. Finalidad y diseño son esenciales cuando se pretende abordar una explicación funcional. Cuando un individuo realiza una acción podemos dar cuenta de ella intentando mostrar el fin que dicha acción persigue. No parece contradictorio, de este modo, admitir que, en lo relativo a la conducta humana, o al menos a una parte de ella, las cosas ocurren, dentro de un determinado tiempo, como resultado de la búsqueda de ciertos fines, actas o estados de cosas futuros cuya anticipación se presenta como causa. Los problemas comienzan, realmente, cuando mantenemos este razonamiento teleológico para explicar ciertos eventos o estados de cosas que no dependen de la acción consciente e intencional de un individuo o de una acción colectiva concertada, sino que afectan a hechos o estados de cosas que forman parte de realidades tales como un organismo vivo una planta, por ejemplo o de una institución social. En estos casos, la mayor dificultad se encuentra en la determinación del principio normativo que permita establecer la conexión causal entre el hecho o estado de cosas que se desea explicar y su función con el conjunto del que forma parte. Lo cierto es que, a pesar de ello, la explicación funcional ha conocido un fuerte desarrollo en el último tercio del siglo XIX y durante buena parte del siglo xx; y aún hoy mismo, sin duda, se encuentran lúcidos defensores de esta estrategia, como mostraremos enseguida. Quienes han recorrido este camino se han encontrado con varias dificultades, aunque no cabe duda de que la más importante es la que se refiere a la determinación del principio normativo capaz de justificar la relación causal entre el fenómeno objeto de explicación y su función. La explicación de la esclavitud podría enfocarse desde otra perspectiva desligada de los beneficios conscientes y planificados que proporcionó, y que todos los actores implicados comprendieron perfectamente. Más bien lo que se puede rescatar de lo que plantea toda explicación funcional es la posible existencia de una relación causal entre un hecho o fenómeno y algunas de sus consecuencias. Sin la determinación de estos mecanismos, en expresión de Elster, la explicación funcional, por lúcida que pudiera parecer, nunca dejará de levantar sospechas.

3. BALANCE CRÍTICO DE LA METODOLOGÍA FUNCIONALISTA

3.1. PRIMERA APROXIMACIÓN CRÍTICA DESDE EL PROBLEMA DE LA CONSISTENCIA LÓGICA DE LA EXPLlCACIÓN FUNCIONAL.

Como hemos podido mostrar a lo largo de estas páginas, la explicación funcional parece mostrar una estructura lógica irreconciliable con la más habitual concepción de la causalidad, y más particularmente con la lógica de la explicación tal y como se admite comúnmente por el modelo de cobertura legal. La objeción de naturaleza lógica que amenaza a esta estrategia explicativa se refiere a la anómala relación entre explanann y explanandum. Durkheim parecía explicar la existencia del delito y la respuesta penal considerados como instituciones sociales, no como actos individuales por su contribución al mantenimiento de la cohesión social, o Aberle y colaboradores explicaban la estratificación social como sistema institucionalizado de desigualdad social por su contribución al mantenimiento del sistema social. No cabe duda de que este tipo de argumentaciones parece plantear algunas dudas de tipo lógico, pues más bien parece que la inferencia debería circular en sentido contrario: es la cohesión social la explica la acción punitiva sobre el delito o la división social del trabajo, fuente de diversidad funcional, la que explica la estratificación. C. Hempel, a partir de su modelo de cobertura legal, intentó demostrar que las explicaciones funcionales son falsas explicaciones, pues no son inferencias válidas. Tomemos el ejemplo de la explicación del delito en la sociología de Durkheim, adaptándolo al análisis hempeliano; La explicación funcional del delito afirma que éste no puede entenderse si no mostramos cómo él mismo desempeña un papel central en el refuerzo y sostenimiento de la cohesión social, es decir, en la satisfacción del prerrequisito funcional del sistema. Es evidente que este esquema argumentativo resulta falaz, ya que presenta como necesaria la presencia el delito y su reprobación pública como instituciones sociales en el sistema, cuando no lo es, pues que contribuya a, tal y como se afirma en, no significa que su contribución sea necesaria; dicho de otro modo, la función que realiza podría ser desempeñada por otras instituciones o hechos sociales, a los que Hempel llamó equivalentes funcionales. Hempel concluyó de su análisis que las explicaciones funcionales no son tales, pues se apoyan en inferencias no válidas, requisito esencial para una explicación. Y que sólo pueden ser utilizadas como instrumentos heurísticos. Posteriormente, E. Nagel corrigió el análisis hempcliano señalando el exceso laicista del que adolece. En suma, lo que señala Nagel es que la mera posibilidad lógica de que existan equivalentes funcionales y que, por tanto, la institución que se pretende explicar pierda su carácter de condición suficiente pero no necesaria no se ajusta al sentido que la explicación funcional desempeña en la investigación empírica real, donde la mera posibilidad se resuelve en la presencia, real o no, de dichos equivalentes. Es decir, dadas ciertas circunstancias históricas y epistemológicas, una explicación funcional puede ser admitida como inferencia válida por motivos materiales y no formales. Sin embargo, tampoco el punto de vista de Nagel parece decisivo, pues resulta imposible determinar la imposibilidad objetiva de que, en unas condiciones históricas y sociales dadas, no pueda surgir una institución que pueda sustituir funcionalmente a otra, o que una institución existente absorba o herede la tarea funcional de otra. Así pues, la objeción lógica formulada por Hempel sigue en pie.

3.2. EL PROBLEMA DEL TELEOLOGISMO

Otra de las objeciones que más frecuentemente se formulan contra la explicación funcional se refiere al teleologismo que subrepticiamente parece deslizarse en este tipo de argumentación. Las explicaciones funcionales, juegan con la idea de finalidad. Así, las instituciones sociales, ciertas prácticas o determinados valores o creencias se presentan dotados de un fin que, en la explicación funcional, adquiere, al menos aparentemente, la categoría de causa. Podemos sistematizarlas ahora apuntando dos problemas implícitos en el uso del teleologismo: El primero es el que se deriva de asignar finalidades, objetivos o metas a instituciones o, más generalmente, a organismos sin capacidad intencional o, en otra modalidad, atribuir finalidades inconscientes distintas de las declaradas públicamente. J. Elster ha insistido en la tendencia del funcionalismo a pretender encontrar sentido en cualquier fenómeno social, atribuyéndole propósitos, finalidades o intenciones, las más de las veces completamente alejadas de las intenciones declaradas que explican, prima facie, esos fenómenos. En opinión de Elster, esta tendencia tiene sus raíces, por una parte, en la teodicea de Leibniz, permanentemente dispuesta a atribuir sentido a cualquier suceso, especialmente a los males morales o naturales, muy necesitados de él; por otra parte, esta búsqueda del sentido se anclaría en la biología moderna, particularmente en la teoría de la evolución de Darwin. Los trabajos de C. Bernard no sólo fecundaron la imaginación científica en lo relativo al método experimental, sino también en la idea de una visión fisiológica de las realidades orgásmicas. Una segunda cuestión implicada en el teleologismo implícito en la explicación funcional afecta al problema de la causalidad. El teleologismo funcionalista obliga, aparentemente, a aceptar que explicación y causalidad circulan en sentidos contrarios, ya que explicamos lo que pasa en virtud de lo que habrá de pasar (es decir, el antecedente por el consecuente), a la vez que afinamos que el antecedente es causa del consecuente. Las ciencias biológicas parecen ser el paradigma científico de la explicación funcional. En ellas, la explicación funcional desempeña un papel esencial en el seno de la explicación del proceso evolutivo. Sin embargo, la teoría de la evolución posee un principio normativo, de naturaleza legaliforme, que cumple esa tarea. Se trata del principio de selección natural, que actúa sobre organismos que, al tiempo que pueden variar por medio de las mutaciones genéticas, conservan en sus genes aquellas variaciones que han mejorado su eficacia biológica, que no es otra que su capacidad reproductiva diferencial. El principio de selección natural actúa, de cste modo, como ley de cobertura que ampara los razonamientos teleológicos en la biología evolucionista. Sin embargo, en las ciencias sociales no parece existir un principio general de estas características.

3.3. FUNCIONALISMO y CONSECUENCIAS NO INTENCIONALES DE LA ACCIÓN

Otro asunto crucial que afecta a la explicación funcional es el que se refiere al modo en que este tipo de estrategia explicativa maneja las consecuencias no intencionales de la acción. Merton reformuló el modelo funcionalista estructural en una suerte de aggiornamento responsable, en buena medida, de su pervivencia como sistema conceptual, más allá de las sólidas críticas que había recibido por aquel entonces. Merton criticó los llamados tres postulados del funcionalismo: a) la unidad funcional de toda sociedad, difícilmente defendible, pues la integración no alcanza las cotas que el modelo funcionalista exigía; b) el funcionalismo universal, por el que todas las formas y estructuras sociales y culturales estandarizadas cumplen funciones positivas, obviando toda evidencia a favor de la existencia de fenómenos disfuncionales o afuncionales; y c) el principio de la indispensabilidad, es decir, que todas las estructuras e instituciones no sólo son funcionalmente positivas, sino que también son, en cierto sentido, indispensables o necesarias para el funcionamiento del sistema. La revisión del funcionalismo obligó a Merton a introducir nuevas nociones, tales como disfunción o no función. Las primeras son consecuencias negativas para el sistema creadas por una institución, mientras que las segundas, las llamadas no funciones, se definen como consecuencias irrelevantes para el sistema social. La distinción más relevante para nuestros intereses, sin embargo, es la que se establece entre funciones latentes y funciones manifiestas. Estas últimas son funciones fruto de una intención premeditada, mientras que las latentes no lo son. Por otra parte, podemos ver que la esclavitud mostraba una evidente función manifiesta, la de elevar la productividad económica del sur, al tiempo que contribuyó a la formación de una infra clase que permitió que se elevara es estatus social de los sureños blancos, tanto ricos como pobres.. La crítica de Elster, bastante acertada, es que este tipo de explicación postula la existencia de un mecanismo de retroalimentación pero sin identificar el mecanismo objetivo a través del cual se produce, de suerte que, al actuar así, el funcionalismo presenta una sospechosa tendencia hacia la teleología objetiva de raíces idealistas. En su opinión, la explicación funcional debe exigir la identificación de los mecanismos responsables del feedback causal que ligan antecedente y consecuente. La teoría evolutiva, de la que ya hemos hablado, utiliza con carácter general el principio de selección natural con este fin. Cuando disponemos de un mecanismo causal de este tipo, universal, la explicación funcional descansa, al menos formalmente, sobre suelo firme, lo cual no es cierto del todo, pues algo se podría decir acerca de las sospechas de razonamiento tautológico que afectan al discurrir evolucionista. Sin embargo, en las ciencias sociales no existe un principio de estas características. En opinión de Elster, a la espera de que un tal principio pudiera formularse, la explicación funcional ha de representar un papel subsidiario frente a una explicación causal stricto sensu. En todo caso, cualquier explicación funcional debe investigar el mecanismo causal responsable de la retroalimentación o bucle funcional, so pena de construir argumentos falaces. En contra de esta opinión, Cohen y Stinchcombe han defendido la estrategia funcionalista. Cohen, que ha elaborado una interesante reinterpretación del marxismo en clave funcionalista, cree que el desconocimiento del mecanismo responsable de la conexión causal funcional no anula la validez de la argumentación, pues bastaría apoyar la argumentación en ciertos principios legaliformes, denominados leyes de consecuencia, para que sea admisible desde un punto de vista lógico. l.

FUNCIÓN Y SISTEMA: LAS TESIS ORGANICISTAS DE SPENCER

1.1. NOCIÓN DE FUNCIONALIDAD EN EL MODELO ORGANICISTA

Como ha señalado M. Beltrán con relación a las relaciones metodológicas y epistemológicas entre ciencias sociales y ciencias de la naturaleza, en las primeras encontramos dos formas de empirismo traídas desde las segundas. Una de naturaleza empirista, mecanicista y causalista, ligada a las ciencias físicoquímicas, y otra de naturaleza sistémica, organicista y estructuralista. Este segundo modelo habría encontrado su desarrollo en una teoría de los sistemas a partir de la noción de organismo como totalidad organizada, esto es, integrada por una serie de partes y procesos en mutua’ interacción’. Esta teoría general de los sistemas se aplicaría a las realidades socioculturales en la medida en que éstas manifestarían una relación isomórfica respecto de los sistemas vivos. Parten, pues, de la idea de que dichos sistemas en contraposición a los sistemas físicos se organizan en torno a la regla de la conservación del sistema inseparablemente unida a su transformación por aumento de la diferenciación y el orden. Ahora bien, en la medida en que estos sistemas sean concebidos al margen de toda cobertura vitalista, mística o religiosa, su comportamiento sólo podrá explicarse a partir de la existencia de leyes naturales necesarias que definan un marco explicativo determinista. En el seno de este modelo organicista, la noción de funcionalidad en el sistema cobra un protagonismo decisivo, predicada de cada una de las distintas partes y procesos de! mismo, dc modo que se presenta como funcional, y se define y explica como tal, todo lo que contribuye a la continuidad estructural de! sistema’. Esta concepción funcionalista, enmarcada en una teoría general de sistemas, llegó a ser dominante en una buena parte de la producción de las ciencias sociales, particularmente en el mundo anglosajón, y muy especialmente en ciertas disciplinas tales como la sociología, la antropología o la economía; así fue, al menos, durante algo más de cincuenta años, si contamos desde los trabajos de Malinowskí o Durkheim hasta la obra tardía de Parsons y del funcionalismo estructural. Su influencia llegó hasta el punto de llegar a afirmarse que toda ciencia social debía ser concebida como una ciencia de los sistemas sociales.

EL ORGANICISMO v LOS ANTECEDENTES DEL MODELO SISTÉMICO

El organicismo es el antecedente remoto de la actual noción de sistema social, al menos en el campo de la teoría sociológica, pues, como ya hemos afinando en otros epígrafes, la metáfora organicista funcionalista acompaña la reflexión filosófica desde muy antiguo. Dentro de esta tradición, Spencer es la referencia central, al menos en lo que a sus orígenes se refiere. Aunque también la filosofía positiva de Comte constituye un antecedente del pensamiento funcionalista, como lo reconoció el mismo Durkheim al afirmar que gracias a Comte la ciencia de lo social descubrió su objeto. Spencer concibió la sociedad como un organismo. Es más que probable que en este autor esta afirmación sea algo más que una metáfora o un modelo heurístico, pues sus palabras parecen afirmar su tesis de un modo muy realista. Efectivamente, el organicismo nos invita a concebir la sociedad como un organismo en evolución, en crecimiento y diferenciación progresiva. La sociedad, el organismo, se piensa entonces como un todo que no es reductible a la mera suma de sus partes. Tal reducción sólo es posible en las entidades de naturaleza mecánica, realidades sujetas a una causalidad eficiente. Por el contrario, el organismo como totalidad nos invita a pensar en cada una de sus partes como contribuyentes solidarios a la permanencia y desarrollo del todo. Para que este fin general del organismo, su permanencia y su evolución, se realicen plenamente, cada una de sus partes debe desempeñar una función, de modo que el conjunto de relaciones sistémicas entre partes y funciones constituye, finalmente, la razón de ser del organismo y su condición de posibilidad. La evolución, tal y como fue pensada por Spencer, consistía en una redistribución continuada de la materia y el movimiento. Pero esta evolución la concebía como un movimiento necesario hacia cl equilibrio, aun cuando en ocasiones éste se destruyera para dar lugar a una nueva fase de evolución. La ley de la evolución es la ley que expresa el devenir de este cambio constante y universal: no existe el reposo absoluto o la permanencia absoluta, y todos los objetos, así como el conjunto de todos los objetos, están sometidos en cada momento a alguna mutación de su estado.

EL CONCEPTO DE FUNCIÓN

Las tesis organicistas, a las que no podemos aproximamos sino elementalmente, están emparentadas muy directamente con la estrategia funcionalista. En último término, como resume acertadamente S. Giner’, lo que el organicismo afina no es sino la tesis de que la sociedad se encuentra constituida por la concurrencia de un conjunto de actividades mutuamente dependientes, desarrolladas por individuos y grupos, a las que podemos llamar funciones. El organicismo sostiene que entre las distintas partes del cuerpo social existe un dependencia circular, análoga a lo que ocurre en el cuerpo vivo, en el que cada órgano desempeña una función necesaria para la vida del organismo, al tiempo que éste no puede entenderse como la mera conjunción de dichos órganos, sino como un todo con identidad y vida propias. Desde estos presupuestos, parece claro que la ciencia social deba aproximarse a su objeto intentando desvelar, por una parte, en qué medida un determinado proceso de cambio contribuye a la evolución general de universo, postulada por Spencer, y, por otra, en el sentido de descubrir la contribución funcional que cada institución, práctica o grupo humano realiza para garantizar la estabilidad del conjunto. Si la evolución conduce la realidad hacia formas cada vez más definidas, diversas y especializadas, cada institución y cada práctica social se legitima, a la vez que se explican, como instancias necesarias del proceso evolutivo. Sólo restará determinar su participación funcional en el orden complejo del todo social. Estas tesis organicistas supusieron una torna de posición contraria a las tesis del individualismo utilitarista, a la vez que se enfrentaban a la perspectiva sociológica del conflicto característica del pensamiento marxista.. La idea de función social en Spencer, al igual que en Durkheim, se vinculó a las nociones de diferenciación social y evolución. Pensaba Spencer que las sociedades seguían un creciente proceso de diferenciación y complejización inserto en el vasto proceso evolutivo. Dicha diferenciación fraccionaba cada voz más el cuerpo social, especializando a individuos, grupos e instituciones en tareas cada vez más precisas. De este modo, cada actividad, encarnada en un individuo, grupo o institución, representaba una función necesaria aunque no suficiente para el funcionamiento del gran organismo social.

LA PUESTA DE LARGO DEL FUNCIONALISMO: E. DURKHElM y LA EXPLICACIÓN FUNCIONAL DE LOS HECHOS SOCIALES

La obra sociológica de Durkheim constituye uno de los pilares más sólidos sobre los que se asienta la teoría sociológica, así como la sociología en tanto que disciplina académica. Sus esfuerzos resultaron sobresalientes no sólo en la construcción del espacio teórico y en la definición de la singular mirada sociológica, sino también en el diseño de la estrategia explicativa de las ciencias sociales. No podemos presentar las tesis centrales de la teoría sociológica de Durkheim, ni siquiera muy elementalmente

2.1. EL REALISMO SOCIAL: LOS HECHOS SOCIALES COMO COSAS

En primer lugar, Durkheim intentó dotar a la ciencia social de un objeto propio. Su propuesta le valió la etiqueta de positivista. Pensaba nuestro autor que el objeto de la ciencia social han de ser los hechos sociales. Éstos deben ser tratados como cosas, es decir, como realidades externas al sujeto y dotadas de actividad y poder de coacción sobre el individuo. Frente a las estrategias psicologizantes e individualistas, Durkheim defenderá la explicación de lo social por lo social. El realismo social de Durkheim no sólo pretendía acreditar epistemológicamente la nueva ciencia de la sociedad, sino que intentó hacerse un lugar entre los discursos científicos de la época. Así, por una parte, Durkheim desestimó el programa de investigación iniciado por los economistas clásicos. Éstos habían acertado al afirmar la necesaria existencia de leyes sociales, sin las cuales la tarea científica jarcia de sentido; sin embargo, los economistas habían errado gravemente en su aproximación teórica. Al optar por un individualismo radical, se habían constreñido a un conjunto de modelos teóricos completamente desconectados de la realidad empírica. Las leyes sociales, pues, no podían provenir de una estrategia deductiva y apriorística derivada de los compromisos ontoepistemológicos del individualismo utilitarista y su concepción de la naturaleza humana, sino de una investigación empírica bien fundada en hechos.

LA SOCIEDAD COMO ORGANISMO

Comte, según el mismo Durkheim afirma, fue quien dio con la clave al señalar que el objeto de la ciencia social no puede ser otro que la sociedad concebida como un organismo. La propuesta comtiana dotaba a la sociología de un objeto, que, aunque indefinido, pues Comte nunca fue capaz de abandonar una imagen universalista e idealista de la sociedad, hacía posible la observación del científico social al unirse en un marco definido y con lazos perdurables, los hombres forman un nuevo ser que tienen su propia naturaleza y sus propias leyes. Es el ser social. Por otra parte, la principal contribución de Spencer al realismo social de Durkheim se encuentra en la aplicación de las analogías orgánicas. Ésta permitía una perspectiva heurística muy fructífera y hacía posible un análisis de lo social más específico, desmenuzando el gran organismo en partes con diferentes características y funciones.. La investigación sobre el suicidio, considerada como una de las obras metodológicas mejor construidas de la historia de la sociología, atestigua esta estrategia positivista, plenamente vigente aún en el pensamiento social contemporáneo. El suicidio es una ejemplar muestra de trabajo empírico y diseño metodológico en el que el objeto de estudio se construye desde la óptica sociológica como hecho social, para buscar inmediatamente, dentro del ámbito de lo social, su explicación. Sin embargo, la metodología del suicidio no puede calificarse de funcionalista. Más bien responde a un modelo explicativo de tipo causal y eficiente. Lo que pretende demostrar Durkheim es que ciertas condiciones sociales pueden condicionar muy poderosamente la conducta individual. El acto más personal que puede pensarse, el suicidio, se muestra, sin embargo, cuando es observado como un hecho social, dotado de una estructura y una estabilidad que sólo puede derivarse de su dependencia de factores sociales. En segundo lugar, hemos de hacer ver que, a pesar de su toma de posición positivista a favor de una sociología de los hechos sociales, Durkheim cultivó un pensamiento marcadamente idealista, algunas de sus ideas rozaban el pensamiento especulativo, propio de autores y filósofos que él mismo había evitado conscientemente, al menos en ese sentido.

LA NOCIÓN DE CONCIENCIA COLECTIVA

La noción de conciencia colectiva, hace referencia al sistema de representaciones que comparte una sociedad en virtud de las cuales se definen los sistemas de relaciones mutuas entre sus miembros. Este concepto había aparecido en la División social del trabajo para dar cuenta de cómo, bajo dos formas diferentes de organización estructural las sociedades tradicionales y las sociedades industriales, se habían formado dos modos alternativos de gestionar la cooperación y dar consistencia al mundo social, un mundo de relaciones sociales que exige un orden como condición de posibilidad y un sistema normativo como cemento social, las llamadas por él solidaridad mecánica y solidaridad orgánica.

EL ORDEN Y LA COHESIÓN SOCIAL

El tercer aspecto de su pensamiento que necesitamos destacar es el de su preocupación por el orden y la cohesión sociales. Durkheim mostró gran interés por estos dos aspectos de la vida normal de cualquier sociedad, tal y como, por otra parte, otros pensadores lo habían demostrado antes que él, en medio de un contexto social de creciente turbación ante las transformaciones derivadas de los procesos de industrialización que parecían amenazar el orden y el bienestar de las sociedades europeas. La cohesión social representa la condición esencial de la vida colectiva. La vida social requiere, tanto en sus formas más elementales como con sus instituciones más complejas, normas y patrones de conducta que permitan una interacción ordenada, así como una integración social sostenible. Pero estos patrones no surgen espontáneamente en cada interacción, sino que prexisten cristalizados en sistemas normativos que constituyen la conciencia colectiva de un pueblo. El marco cultural, normativo y simbólico, constituye un todo funcional con la vida material, instituyéndola y dándole sentido, al tiempo que también puede verse afectado por ella y renovado; Expresada de forma más precisa, la estrategia explicativa de Durkheim consistirá en buscar la explicación de un hecho social en su contribución funcional a la integración del sistema social, o con términos del propio Durkheim, de su contribución a la cohesión social: La causa determinante de un hecho social debe buscarse entre los hechos sociales anteceden/es y no entre estados de conciencia individual. La función de un hecho social ha de ser forzosamente social, es decir, consistir en la producción de efectos socialmente útiles. La función de un hecho social ha de buscarse siempre en la relación que sostiene con un fin social La cohesión social es un postulado necesario para comprender la existencia de sociedades organizadas conforme a patrones estables, es, en términos del propio Durkheim, el fin social por antonomasia. Sólo si esta cohesión existe podrá existir el todo social. Para dar cuenta de un hecho social será necesario encontrar las razones o causas de su aparición, los mecanismos históricos y estructurales que son responsables de su existencia. Ahora bien, esta búsqueda deberá acompañarse, para poder tener de ese hecho una perspectiva completa, de su contribución funcional al todo social. Sus críticos han hecho ver, sin embargo, cómo el acento metodológico de su obra deriva cada vez más hacia la estrategia funcionalista, que tanto influiría después en la obra de los antropólogos, en el estructuralismo o en los trabajos de los sociólogos del paradigma funcionalista estructural. Como ocurría en el caso de los estudios de Durkheim, si los objetos de estudio obligan a reconstruir marcos históricos tan amplios como los que se contienen en sus análisis de la división social del trabajo o en el estudio sobre las formas elementales de la vida religiosa. Esos objetivos conducían, inexorablemente, el análisis causal hacia la especulación. Frente a esa estrategia, la perspectiva funcional sincrónica ofrecía la posibilidad de cortar con el lastre de la historia y de los modelos evolucionistas para formular juicios de valor instrumental acerca de un hecho definido como hecho social. En La división social del trabajo, Durkheim prestó atención al fenómeno dcl castigo en la sociedad moderna. Su interés parece evidente, pues los mecanismos punitivos de una sociedad son la manifestación negativa y directa que no única del orden moral colectivo y compartido que sustenta la necesaria cohesión social. La perspectiva de Durkheim acerca del castigo, supera con mucho la interpretación más inmediata que cabe hacer de él, es decir, la interpretación del castigo como una defensa contra el crimen. Nuestro autor elaborará una teoría del castigo mucho más ambiciosa, en la que éste adquiere una dimensión moral y un valor funcional muy por encima del que cabe esperar. Es evidente que, para poder operar esta transformación, la mirada del sociólogo, su observación de la realidad, debe construir su objeto conforme a sus categorías teóricas. Los hallazgos de Durkheim no son el fruto de la espontaneidad social, sino el resultado de su mirada. La mirada de Durkheim proyecta sobre la realidad social un sistema de categorías que, en último término, es el responsable y la condición de posibilidad de los resultados de su investigación. Esta circularidad acompaña siempre al trabajo del observador. Durkheim presenta el castigo como una institución social que nos remita directamente al problema de la moralidad y la solidaridad sociales. Los análisis técnicos e instrumentales del castigo no revelan su verdadera naturaleza. El castigo no puede mantenerse en su solidez sino es a través de la publicidad y el ritualismo que le acompañan. El castigo y la sanción se nos presentan, por una parte, como la consecuencia de la desviación social; son la moneda con la que la sociedad paga la rotura del orden social, el desafío que los individuos plantean al orden moral y normativo. Sin embargo, y ésta es la vuelta de tuerca que nos ofrece Durkheim, lo que hace de la asociación delitocastigo una pieza esencial en la vida social es el bucle causal que existe entre ellos y la solidaridad social. El castigo, en su publicidad y su ritualismo, es consecuencia de la fractura del orden social, pero, al mismo tiempo, sirve como refuerzo de éste. El castigo tiene otra dimensión esencial por la cual adquiere la naturaleza de causa o refuerzo del mismo orden social que lo provoca. El crimen y la reacción punitiva pública y ritualizada aproxima las conciencias honradas y las concentra según podemos leer en la División social del trabajo, es decir, es una ocasión para la demostración y el refuerzo de la moralidad compartida. Es más, como señala Garlan, en el pensamiento de Durkheim puede afinarse que el orden social depende completamente de la sanción como convención social. Su verdadera función es mantener intacta la cohesión social, conservando en toda su vitalidad. La conciencia común. Si bien Durkheim fue plenamente consciente de la necesidad de armonizar las estrategias causalista eficientes con las estrategias funcionales, estas últimas fueron ocupando un papel central en su argumentación. La estrategia funcionalista, como hemos podido ver, consiste en el establecimiento de una relación causal circular, un bucle, que liga el hecho social que se desea explicar y su función social. No se afirma que, en un sentido genético, la función de una institución social sea su causa, pero si se afirma que su funcionalidad es la razón de su pervivencia y de su estabilidad estructural. No cabe duda de que este punto de vista, además de resultar tentadoramente conservador, pueda parecer tautológico. Si algo es funcional para el organismo social, ese algo se mantendrá socialmente activo y estable; si algo se presenta con la actividad y estabilidad que caracteriza al hecho social, entonces, en alguna medida, habrá de ser funcional. Esta circularidad tautológica, característica de toda estrategia funcionalista, intenta ampararse bajo la cobertura de un principio nominativo, trascendente al marco explicativo; un principio regulativo que fundamente la legitimidad de la conexión causal retroactiva funcional. En el caso de la sociología de Durkheim, ese principio se construye sobre los supuestos de la unidad orgánica de lo social, unidad autorreferente, pues sólo lo social puede explicar lo social, y de la condición de posibilidad de un todo orgánico como ése: la existencia de un cemento social, la solidaridad social, que pueda dar cuenta de la permanencia ordenada del todo. La explicación funcional recorrerá permanentemente este circuito de los hechos sociales a sus funciones y de éstas, de nuevo, a los hechos, bajo el paraguas de las necesidades normativas del organismo social.

LA INTERPRETACIÓN PSICOLOGISTA DEL FUNCIONALISMO. LA EXPLICACIÓN FUNCIONAL EN LA OBRA DE MALINOWSKI

3.1. LA MODERNA METODOLOGÍA ETNOGRÁFICA

La obra de Malinowski, pionero de los estudios antropológicos y auténtico inventor de la moderna metodología etnográfica, presenta evidentes rasgos funcionalistas que, sin embargo, no se ajustan al postulado pansociológico durkheimiano. Los funcionalistas británicos de uno u otro cuño pretendieron, simultáneamente, recuperar las pretensiones de cientificidad que tanto habían deseado los antropólogos del siglo XIX, al tiempo que intentaron desvincularse de los excesos especulativos del evolucionismo. Para ello, propusieron la idea, sencillamente expuesta, de que todo cuanto es posible y necesario conocer de un fenómeno es el conjunto de relaciones sincrónicas que mantiene con otros fenómenos esencialmente psicobiológicos, en el caso de Malinowski, sociales en el de RadcliffeBrown y, entre ellas, la función o funciones de las que dicho fenómeno es responsable dentro del sistema con que fenómeno y función tienen lugar. La búsqueda de los orígenes históricos de un hecho social o cultural estaba condenada a la mera especulación, por lo que todo lo que cabe decir acerca de su origen es contestar a la pregunta ¿qué función cumple este fenómeno. Por otra parte, al igual que hacia el particularismo histórico, los funcionalistas británicos desarrollaron una ingente tarea de acumulación de datos empíricos apoyados en la posición colonial británica y en el interés, no sólo académico, por conocer las culturas y la estructura social de los pueblos sometidos por el Imperio británico. Sin embargo, dentro de la antropología británica, el funcionalismo conoció dos desarrollos diferentes, incluso antagónicos, si atendemos a las opiniones del mismo RadcliffeBrown.

3.2. LAS CULTURAS COMO TODOS O UNIDADES EN FUNCIONAMIENTO

En la Antropología, la explicación funcionalista nace de la mano de Malinowski. En 1922 publicó Los argonautas del Pacífico occidental, la primera monografía antropológica que incorporaba los elementos básicos del moderno trabajo de campo etnográfico, iniciando, en cierto modo, la revolución funcionalista. La idea de que las culturas constituyen unidades integradas no era una novedad en sentido estricto, pues éste era un postulado básico de las visiones organicistas de la sociedad. Lo que Malinowski pretendía señalar es que las culturas constituyen todos porque son unidades en funcionamiento. Las costumbres de una sociedad se presentan, entonces, como los medios a través de los cuales los hombres satisfacen sus necesidades. Por otra parte, esta naturaleza holística de la cultura hace imposible, al menos no recomendable, un análisis atomista de los fenómenos culturales. Antes bien, sólo a través de su consideración conjunta, en tanto que participaciones del todo orgánico, cabe aproximarse a ellos. Como el mismo Malinowski afirmará en 1935,

3.3. EL CONCEPTO DE NECESIDAD

Malinowski expresó la prioridad del concepto de institución para el análisis antropológico. Las instituciones permiten organizar la totalidad de las estructuras, las conductas, los hábitos o los símbolos. Nada puede identificarse en una cultura que no pueda ser puesto en relación con una institución social. Así establecida esta centralidad de lo institucional, Malinowski afirmará que Toda institución tiene como finalidad o función satisfacer alguna de las necesidades humanas. Este concepto de necesidad pude ser entendido como denotando de un conjunto universal de condiciones de la vida psicobiológicos y social del ser humano. Efectivamente, Malinowski pensó que tales necesidades constituían un fondo invariable ligado a una estructura profunda o unidad última del género humano. Este fondo permitía constituir una ciencia antropológica como investigación acerca de las leyes que explican la interacción entre el hombre y su medio a través de la cultura y las instituciones sociales. Ahora bien, esta universalidad no presupone de ningún modo una uniformidad en las formas culturales. Éstas presentan una diversidad que sólo puede afrontarse desde la hipótesis explicativa que acabamos de afirmar: la unidad última de la naturaleza humana manifestada en las necesidades básicas y el principio explicativo/funcional que establece conexiones entre las instituciones y su función y dichas necesidades. La satisfacción de estas necesidades requiere no sólo la participación del propio individuo en algún grado, sino el concurso de complejos instrumentos colectivos, primarios y secundarios, directos e indirectos, bajo la forma de instituciones y proyecciones, representaciones y defensas simbólicas. Después de un largo periodo de reflexión teórica y metodológica, Malinowski resumió su punto de vista del siguiente modo: La cultura humana se base fundamentalmente en las necesidades biológicas del hombre. Siguiendo esta sugerencia, podemos añadir que al satisfacer las necesidades biológicas a través de los medios de la cultura, el hombre impone nuevos determinantes a su comportamiento, es decir desarrolla nuevas necesidades. Malinowski distinguió siete tipos dc necesidades, organizadas en dos clases: las necesidades básicas de naturaleza biológica y las necesidades derivadas. Como ocurrirá después con la teoría de Maslow, las necesidades derivadas exigen la previa satisfacción de las biológicas. Las siete necesidades son las siguientes: nutrición, reproducción, los cuidados o bienestar corporal, la seguridad, el movimiento, el crecimiento y la salud. Desde el punto de vista del desarrollo de las culturas, las necesidades derivadas han aparecido como consecuencia de la capacidad de satisfacer por medio de formas culturales elaboradas las necesidades básicas. Para completar la forma que adoptó el funcionalismo en Malinowski será bueno ilustrar estas reflexiones con algunos ejemplos. Malinowski, después de un largo, minucioso, lúcido y literario análisis lo expresa de esta forma: ¿Cuál es la función cultural de la magia?. La función de la magia consiste en ritual izar el optimismo del hombre. Otro de los temas que más trabajó Malinowski fue el de la familia. También ésta se presenta, con lo esencial, como un instrumento funcional subordinado a las necesidades del individuo. La virtualidad de la familia, su contribución funcional al sistema de necesidades humanas, consiste en su contribución a la gestión ordenada de la actividad sexual y a la crianza de lo hijos. Por otra parte, la familia ofrece al hombre el marco en el que habría de moldearse la personalidad del individuo y en el que habrían de cuajar los vínculos emociónales primarios y las formas emocionales básicas a partir de las cuales se gestan los vínculos sociales más complejos. Sin embargo, hemos podido observar el nuevo significado sustantivo que este autor atribuye al concepto de función, desvinculada ahora de sus resonancias sociales para ser confinada en el ámbito de lo psicobiológicos. Esta diferencia con el modelo durkheimiano nos permite abstraer con mayor facilidad lo verdaderamente característico de la estrategia funcionalista: la explicación funcional necesita construir un principio normativo que se postula y se abstrae de la materia de discusión empírica. Ese principio es el que da cobertura al circuito causal; en el caso de Malinowski, ese principio expresa cómo el organismo individual para su supervivencia y, a través de él, el todo social exige la satisfacción de un conjunto de necesidades básicas, en este caso psicobiológicos. Sin la satisfacción de éstas, la vida orgánica resulta imposible, por lo que, si el mundo humano se nos presenta dotado de cierta estabilidad, es decir, se nos presenta como un mundo posible, es porque, de alguna manera, esas necesidades están siendo satisfechas. Las instituciones sociales, afirmará Malinowski, son las responsables de satisfacer esas necesidades. Explicar es, pues, determinar la contribución funcional de la institución a la empresa de sostenimiento de la vida humana, individual y colectiva. El funcionalismo se presenta, por así decir, en estado puro en la obra de nuestro autor.

4. FUNCIONES Y ESTRUCTURAS: EL Funcionalismo ESTRUCTURAL DE RadcliffeBROWN. LA EXPLICACIÓN FUNCIONAL Y LA BÚSQUEDA DE LEYES ESTRUCTURALES

El caso de RadcliffeBrown, aunque presenta notables conexiones con la obra de Malinowski, sin embargo representa un modo de funcionalismo más sutil y complejo, enfáticamente desvinculado de la interpretación psicobiológicas de este último, y abierto, definitivamente, a una lectura sociológica. Malinowski ha declarado que él fue el inventor del funcionalismo, al que dio nombre. La forma en que lo define es clara: es la teoría o doctrina de que todos los rasgos de la cultura de todos los pueblos pasados o presentes deben explicarse refiriéndolos a siete necesidades biológicas de los seres humanos individuales.Por lo que a mi hace, la rechazo enteramente, considerándola inútil y aún peor que inútil. RadcliffeBrown fue el principal defensor e impulsor del funcionalismo estructural. Parafraseando sus palabras al referirse a Malinowski, si este último subordinaba los elementos culturales y sociales al bienestar psicológico y físico de los individuos, el funcionalismo estructural subordinará el bienestar de los individuos y sus prácticas al correcto funcionamiento de una entidad supraindividual, el sistema social. Al igual que Malinowski, RadcliffeBrown comprendía que los esfuerzos etnográficos e interpretativos debían dirigirse no hacia la especulación historicista o evolucionista, carente de todo fundamento fiable, sino hacia el establecimiento del sistema de relaciones estructurales que da cuenta del funcionamiento y la homeostasis del sistema social considerado como un todo. Este posicionamiento teórico propició en los funcionalistas, de uno u otro cuño, una mayor preocupación por las semejanzas culturales y los mecanismos de equilibrio social que por la diferenciación social y los procesos de cambio o transformación de la estructura social. Como ha señalado A. Kuper, pueden apreciarse dos influencias muy significativas en la obra de RadcliffeBrown. Por una parte, la sociología de Durkheim, verdadera matriz del funcionalismo estructural y, por otra, la de Spencer, en la medida en que RadcliffeBrown seguía pensando en las culturas y las sociedades como en organismos que evolucionan en una creciente diversidad y complejidad. La Primera Guerra Mundial termino con una de las más brillantes generaciones de científicos sociales, generación a cuya cabeza se encontraba E. Durkheim, fallecido en 1917. Tras ellos, sólo dos pensadores trabajaban en una sociología que pudiera decirse heredera de la obra de Durkheim: M. Musas, en Francia, y RadcliffeBrown, en el Reino Unido. Desde esta óptica, pues, RadcliffeBrown asumirá la representación de la actividad social que había elaborado su inspirador francés: los hechos sociales existen como actividades objetivas que anteceden al individuo, no sólo cronológicamente, sino también en sentido esencial, constitutivo, y gnoseológico. Los individuos abrazan las costumbres y las formas sociales en el proceso de su propia génesis como tales individuos. El conjunto de estos hechos sociales, tal y como proponía Durkheim, debe frotarse como un sistema autorreferente, en el que el escrutinio de lo social nos envíe, permanentemente, a otro lugar de la misma esfera social. El significado y la función de cada hecho social habrán de buscarse en el conjunto total de los hechos sociales significativos. Atendiendo a la síntesis que A. Kuper elabora del pensamiento de RadcliffeBrown, podemos aproximarnos a éste de manera sencilla y esquemática. El objeto de estudio de la antropología no es otro que el proceso social. No son, pues, las sociedades o las culturas lo que debe atraer la investigación antropológica, sino el proceso de la vida social, pero en orden a descubrir en él ciertos elementos estables, cuya consideración definirá el nuevo enfoque. Así pues, lo que el científico social debe estudiar es la forma estructural de la sociedad. Dicha forma, evidentemente, se hace patente a través de la conducta y la interacción entre los individuos, pues se manifiesta como un conjunto de regularidades o patrones. RadcliffeBrown utiliza la expresión “función social” para referirse a la interconexión entre la estructura social y el proceso de la vida social. Esta función, como ya hemos manifestado, no es lo que era para Malinowski, es decir, e! papel de la institución en la satisfacción de las necesidades individuales. En RadcliffeBrown, el término «función» cobra un significado enteramente social, como ya ocurría en Durkheim. La función hace referencia a la operación de coordinación y gestión de la interacción entre los distintos elementos del proceso social, es decir, es un concepto relacional que refiere la interconexión estructural entre las instituciones sociales que configuran la estructura social y el conjunto de los procesos sociales. Tiene este concepto de cultura, así entendida en sentido funcional, un notable parecido con aquella conciencia colectiva de Durkheim, posibilitadora, en tanto que sistema compartido de representaciones de un pueblo, de la solidaridad necesaria para garantizar la cohesión social. No cabe duda de que las pretensiones del funcionalismo se vieron duramente desmentidas por sus contribuciones concretas. No en el sentido de la investigación empírica, que alcanzó en manos de la escuela funcional desarrollos hasta entonces desconocidos, sólo equiparables a los conseguidos por los boecianos. Sus trabajos resultaron muy iluminadores y sus aportaciones insustituibles en relación con la etnografía, por ejemplo en lo relativo a la etnografía africana. La crítica de Harris, descargada del exceso académico, del tirón de orejas que comporta, sin embargo, es admisible si se circunscribe a la aportación del funcionalismo como saber nomológico. En todo caso, nos aproximaremos a través de un ejemplo a la estrategia metodológica de RadcliffeBrown. Para ello, nos detendremos en su abordaje del problema del totemismo. El totemismo había sido objeto de diferentes aproximaciones. Esta expresión denota que el fenómeno del que se tuvo conocimiento desde muy pronto y que hace referencia a la actitud ritual mágicoreligiosa que manifiesta un grupo social hacia un objeto o una especie natural (objeto totémico). En interpretación de Durkheim y lo funcional, a través de esta actitud, presente en muchos grupos humanos, se manifiesta una poderosa relación de adhesión y subordinación del individuo al grupo, representado por el objeto totémico. Así, a través de los rituales, que expresaban poderosos sentimientos de entrega y adhesión, se producía un desplazamiento hacia el objeto totémico desde su auténtica significación, que no es otra que la sacralización del grupo social, verdadero objeto de adoración y adhesión. El ritual servía de expresión y actualización de tales sentimientos, manteniéndolos vivos y aun profundizándolos, es decir, en definitiva, produciendo la tan preciada solidaridad intragrupo, el verdadero elixir de la vida del organismo social, vivida y experimentada como adhesión al tótem. Volvemos a descubrir la retroalimentación entre la institución socialel totemismo como explanandum y su función la producción de solidaridad social y la naturalización del orden social, como explanann. La singularidad de la estrategia funcionalista estriba en que, considerados de una manera inmediata, el explanann se nos presenta como aquello que siendo la razón de ser del explanandum, al mismo tiempo se presenta como su efecto. Ya sabemos que es en este punto donde la estrategia funcional hace saltar todas las alarmas metodológicas. Como hemos dicho en los casos anteriores, en el modelo funcional esta contradicción sólo puede afrontarse de dos modos. O bien proponiendo una ontología finalista o providencialista, que a partir de un movimiento inmanente a la realidad proponga que la conexión causal es posible por mor de alguna instancia metafísica que garantiza la objetividad de dicha predicación causal, con tanto que proceso necesario e interno. O bien se recurre a un principio normativo y regulativo que, postulado como ley trascendente a la propia coyuntura o naturaleza empírica del sistema, permita hacer ver que la función de la institución es seleccionada en tanto que beneficiosa por su contribución a alguno de los requisitos o condiciones necesarias del sistema sistema en sentido abstracto y universal, no empírico y particular.

5. LA EXPLOSIÓN FUNCIONALISTA EN LA SOCIOLOGÍA: EL FUNCIONALISMO ESTRUCTURAL

El Funcionalismo estructural ,su máximo representante fue el sociólogo norteamericano Talcot Parsons, en 1937 había publicado, “La estructura de la acción social“. En ella formulaba una revisión de la teoría liberal individualista a partir de una lectura de la obra de Weber, Durkheim, Marshall y Pareto. La tesis de Parsons era que la teoría social había iniciado un camino de convergencia hacia el concepto de acción social como categoría central de la teoría social. La acción social, en términos parsónianos, permitía pensar, al mismo tiempo, al individuo y su acción intencional, de una parte, y afrontar el problema del orden desde unos nuevos presupuestos que no fueran los del individualismo utilitarista. Resultaba necesario asumir, para el sano desarrollo de la teoría social, que la acción humana se presentaba, simultáneamente, como el resultado del libre albedrío y de la sujeción a normas. El individualismo atomista era incapaz de dar una respuesta sensata al problema del orden y por ello había que formular una nueva aproximación que permitiera dar cuenta de este asunto central sin liquidar, al mismo tiempo, al individuo, sin anularlo. Así pues, la estructura de la acción social supuso un intento de construir una teoría que coordinase simultáneamente el voluntarismo de la acción y con él al individuo y el estructuralismo normativo, es decir, el orden social fruto de una cooptación socialmente dirigida. Sin embargo, lo cierto es que la obra posterior de Parsons no cumplió la expectativa suscitada. La simetría entre voluntarismo y estructuralismo terminó cediendo a un enfoque cada vez más centrado en el problema del orden y en la elaboración de un marco teórico idealista capaz de dar cuenta de las sociedades como totalidades sistémicas en equilibrio. Al tomar esta orientación, Parsons fue arrinconando al individuo o, para ser más exacto, convirtió al individuo de carne y hueso en un conjunto de posiciones estructurales: los roles sociales. En este concepto es mucho más importante el elemento normativo e institucional que la posible dimensión racional y volitiva de la conducta. Los roles son patrones de conducta y estos hablan de reproducción social e integración sistémica, y no de la acción social intencional. La segunda obra fundamental de Parsons es El sistema social. En esta obra, Parsons ha recorrido el camino hacia el idealismo, abandonando casi por completo, al menos de facto, su preocupación inicial por una teoría voluntarista de la acción. La aportación freudiana, además, le había servido para incorporar a su modelo una explicación suficiente de los procesos a través de los cuales el individuo incorpora en su conciencia las formas socializadas de los valores y las normas. Resuelto el problema de los mecanismos de socialización, el sistema social se proponía como la gran metedura sociológica. Parsons, al mando de la sociología de Harvard, y Merton, en Columbia, hicieron la transición hacia una teoría social idealista, un tanto olvidada de la empírea y con cierta inflación teórica y conceptual. Los tres sistemas de acción establecidos por Parsons son los siguientes: el sistema de la personalidad, el sistema social y el sistema cultural. El primero se refiere a las necesidades de la persona individual. Esta persona individual no es, sin embargo, el organismo físico, sino la persona en tanto que individuo social, y por tanto penetrado radicalmente por lo social. El sistema social alude a la interacción entre diversas personalidades, es decir, la interdependencia entre personalidades sociales, esto es, un sistema dc roles integrados en un todo funcional en el que las instituciones desempañan el papel dc facilitar y gestionar los modos de integración necesarios para el sistema. Por último, el sistema cultural, que se refiere a marcos amplios definidos por patrones simbólicos de sentido y valor. Estos tres sistemas se encuentran interpenetrados y sólo pueden distinguirse analíticamente. El sistema social, sin embargo, centró buena parte del interés de Parsons a consecuencia de su convicción de que la tradición individualista y utilitarista resultaba incapaz de dar razón del problema del origen y sostenimiento del orden social. En palabras de Alexander: La abrumadora precisión de la coordinación requerida (en la interacción social) demuestra, a juicio de Parsons, cuán ridículamente inadecuadas son las visiones individualistas del orden, es el producto de un sistema, más precisamente el sistema social. El papel de la cultura, otra parte esencial en el modelo parsoniano, era el de facilitar la integración sistémica a través de un sistema compartido de valores morales, un corpus simbólico capaz de conferir sentido a la acción, extendido socialmente e interiorizado hasta hacer posible una armonía social básica. El sistema social está atravesado por dos tipos de procesos básicos. Son los llamados procesos de asignación y distribución. Los procesos de asignación distribuyen disponibilidades, personal, recompensas. Los de integración mantienen bajo control estos procesos distributivos”. Efectivamente, los sistemas sociales manchan esas dos operaciones básicas: distribuyen en condiciones de escasez ciertos bienes, materiales o no, y recursos, humanos y materiales, así corno un sistema de recompensas entendido, esencialmente, en términos de prestigio, y no sólo corno recompensa material. Es evidente que este proceso de asignación es la principal fuente de conflicto social. Parsons redujo las condiciones sistémicas a cuatro, en su conocido esquema AGIL (acrónimo construido a partir de las iniciales de los cuatro prerrequisitos en lengua inglesa): a) Adaptación: todo sistema debe adaptarse a su entorno y adaptar, simultáneamente, el entorno a sus necesidades. b) Capacidad para alcanzar metas: todo sistema debe poder definir y alcanzar sus metas principales c) Integración: todo sistema debe regular las relaciones entre sus partes y entre los mismos requisitos funcionales. d) Latencia: todo sistema debe proporcionar, mantener y renovar la motivación de los individuos y las pautas culturales que crean y mantienen la motivación. Sin embargo, otros autores, como por ejemplo Aberle, analizaron las condiciones básicas que todo sistema social debe satisfacer para evitar el riesgo de desintegración. Un conjunto regulado de procedimientos e instituciones de socialización que garanticen la internalización de los anteriores prerrequisitos, ya que sólo si los actores sociales internalizan estas condiciones podrá garantizarse el funcionamiento del sistema. La primera impresión que produce este modelo acerca de las condiciones necesarias de todo sistema social es que resulta inflacionario y poco parsimonioso. Este hecho tiende a ensombrecer el resultado del análisis, pues lo muestra como demasiado dependiente de las necesidades no del sistema social, sino más bien del sistema del sistema social. El funcionalismo, dotado de este instrumental teórico metodológico, está en condiciones de: a) ignorar todo aquello que por definición se demuestra inaccesible al enfoque del orden social y su fundamentación como, por ejemplo, imaginar el papel del azar en los procesos sociales, o abordar las cuestiones morales con las que algunos incorregibles han pretendido alterar la paz instrumental y la eficiencia del sistema, y b) definir su tarea como una suerte de taxonomía social, un gran repertorio o muestrario construido por medio de la identificación de patrones, roles e instituciones que esperan ser colocadas, a continuación, sobre el casillero de las necesidades sistémicas. La argumentación funcionalista en el contexto del análisis sociológico consiste, pues, en afirmar que: a) La manera adecuada de concebir la vida social consiste en tratar los procesos sociales y las formas o patrones que en ellos observamos como partes de un todo concebido como sistema. b) Todo sistema presupone un orden que no puede explicarse por medio del azar. Los procesos sociales manifiestan una estructura dotada de cierta estabilidad y ponen de manifiesto un complejo sistema de relaciones sistemáticas que obedecen a ciertas regularidades que pueden ser tratadas como regularidades nómicas, es decir, como leyes del sistema, en la medida en que sólo ellas pueden dar cuenta del propio sistema. c) De esta manera, puede derivarse un conjunto de prerrequisitos funcionales y estructurales cuya presencia/ausencia es condición necesaria para la supervivencia del sistema. Estos prerrequisitos expresan, de este modo, las condiciones de posibilidad del sistema social y los principios explicativos en virtud de los cuales se habrá de dar cuenta de cualquier fenómeno particular que se desee explicar. d) Dado un hecho social, consideraremos que dicho hecho ha sido explicado cuando haya podido establecerse su relación con alguna de las condiciones necesarias antedichas; o cualesquiera otras que la finura intelectual del analista acierte a establecer deductivamente a partir de la misma noción de sistema social, o a partir de algún prejuicio ideológico o etnocéntrica con el que podamos iluminar la escurridiza realidad. En 1945, K. Davis y W. Moore formularon la explicación funcionalista más conocida y discutida de la sociología contemporánea. Los autores de la obra se propusieron formular una teoría explicativa de la estratificación desde el punto de vista funcional. La estratificación se presenta como un fenómeno universal y necesario, un verdadero fenómeno transcultural. La estratificación, pues, debe mostrar alguna clase de necesidad funcional por la que los individuos particulares se distribuyan en una estructura de posiciones sociales o roles. Es decir, la estratificación como sistema institucionalizado de desigualdad social asociado a la división social del trabajo, existe eso debemos suponer por su contribución a la estabilidad del sistema social.

CAPÍTULO 8 LA EXPLICACIÓN DESDE LA TEORÍA DE LA ACCIÓN SOCIAL

(1): LAS RAÍCES HISTÓRICAS DEL INDIVIDUALISMO METODOLÓGICO. LA DISPUTA POR EL MÉTODO Y LA SOLUCIÓN WEBERIANA

l. INTRODUCCIÓN

Esta tradición, se construye en torno a nociones tales como acción racional y acción intencional, o a programas de investigación tales como los del individualismo metodológico. Expresado de una forma aún más general, esta tradición gira en torno a las nociones de individuo, acción y racionalidad. Es un lugar común en el seno de la torcía social distinguir entre aproximaciones colectivistas e individualistas. Las primeras consideran que ciertas entidades colectivas, como conjuntos de individuos, instituciones o clámenos culturales, es decir, todos o conjuntos, poseen un estatuto de realidad que “lace posible predicar de ellos no sólo propiedades colectivas, reductibles o no a las propiedades de sus componentes, sino también intenciones, hasta; invertirlos en sujetos de una acción. Así ocurre, por ejemplo, cuando afirmamos que la Reforma protestante alentó los movimientos nacionalistas centroeuropeos, cuando se atribuye al proletariado la condición de sujeto revolucionario o cuando afirmamos que las estructuras de parentesco en las sociedades pre estatales ordenan la vida social de los individuos trenzando sus lazos económicos, afectivos y políticos. Por su parte, las aproximaciones individualistas afirman el primado ontológico y metodológico de los individuos. Esto significa que cualquier otra entidad de naturaleza colectiva u holística sólo puede ser abordada desde la perspectiva de la conducta de los individuos implicados en ella o a partir de la referencia a sus estados de conciencia. Cualquiera de las dos propuestas, que plantean una dicotomía excesivamente simplista y alejada dc la práctica real de la investigación social, excepto con muy precisos ámbitos, plantea serios problemas de orden ontológico y epistemológico. Nosotros queremos abordar ahora aquellas propuestas metodológicas que se han adentrado en las posiciones individualistas a la hora de intentar dar cuenta de los fenómenos sociales.

2. LA EXPLICACIÓN DESDE LA PERSPECTIVA DE LA ACCIÓN

2.1. SOCIOLOGÍAS DEL SISTEMA SOCIAL Y SOCIOLOGÍAS DE LA ACCIÓN.

En el capítulo anterior hemos pasado revista a la explicación funcional, mostrando sus vinculaciones con la noción de organismo o sistema, pues es, precisamente, en el seno de una organización sistémica donde tiene sentido atribuir funcionalidad a las conductas o a las instituciones. La explicación funcional era, por tanto, en este sentido, subsidiaria de esa más amplia concepción de la realidad social, lo cual no es sino un ejemplo más de las conexiones, no siempre evidentes, entre compromisos ontológicos y propuestas metodológicas. Sin embargo, la perspectiva sistémica, dc naturaleza holística, no es, en modo alguno, la única manera posible de concebir lo social. Las ciencias albergan diferentes formas de representación de la esfera social, tanto desde el punto de vista de su origen y formación como desde la perspectiva de su evolución o cambio, o en lo relativo a su materialidad. Entre las distintas aproximaciones que caben, es la teoría de la acción la que va a captar nuestra atención ahora. Podría afirmarse que la historia del concepto de acción social corre pareja a la del saber sobre lo social y, más en general, sobre lo histórico. Y lo es no tanto porque la teoría sociológica o epistemológica hayan alumbrado un corpus cerrado y definitivo en torno a este concepto y su relevancia para las ciencias sociales éste pareciera ser el proyecto de Weber, y más tarde del primer Parsons, cuanto porque, en buena medida, la acción social ha sido su preocupación central. Y lo ha sido porque la acción se sitúa en el límite de la irresoluble polémica en tomo a las relaciones entre individuo y sociedad polémica, por otro lado, trufada de sofismas y falsos dilemas. Es decir, porque en la acción social experimentamos la contradicción que marca la idiosincrasia del hombre moderno: la oposición entre los intereses, los deseos y la creatividad individual, por una parte, y el incesante desarrollo de una esfera social, autónoma respecto del individuo, por otra. La acción social, que todavía no hemos definido con precisión, se halla, de este modo, con el ojo del huracán: Holismo VS. Atomismo, Mecanicismo vs. Organicismo, Colectivismo VS. Individualismo, actitud conservadora vs. Teoría crítica… La acción representa el nudo de una red de modelos y teorías sociales que podemos, simplificadamente, reducir a las oposiciones anteriores. A. Dosel, en un interesante e iluminador ensayo, ha intentado reconstruir en torno al concepto de acción social la oposición entre las llamadas sociologías del sistema social y las sociologías de la acción. Las primeras páginas de este capítulo resumirán algunas de sus conclusiones, que nos serán muy útiles para contextualizar nuestra aproximación metodológica. Así, en primer lugar, en lo relativo a la manera de concebir las relaciones entre el sujeto de la acción y la acción misma y sus productos. Para una sociología del sistema social, el individuo aparece como una instancia pasiva; se ve determinado en sus formas materiales de existencia, como en sus relaciones sociales o, incluso, en su misma identidad personal, por el sistema social. Esto es así debido a la poderosa influencia de los sistemas normativos y valorativos, que se apoderan de la subjetividad dc los actores y garantizan, de este modo, la funcionalidad del conjunto. Los sujetos son, esencialmente, criaturas manipulables en cuyas conciencias, tabula rasa, se imprimen los valores y estímulos de conducta que habrán de dirigir su acción de manera concertada, aunque el propio sujeto no lo viva de esta manera. Pero hay otra manera de concebir la acción y en ella las relaciones entre el sujeto, sus motivos y el producto de su acción. Las sociologías de la acción social, afirma Daca, conciben lo social como un derivado de la acción individual y de la interacción entre los individuos. El mundo social es pensado, entonces, como un producto humano y, en él, los sujetos dc la acción cobran un perfil distinto: se trata ahora de seres activos y creadores. El lenguaje de la acción es ahora la lengua pc de los proyectos y las intenciones, de los fines y los medios. La interacción social va mucho más allá de una mecánica determinista para convertirse en el espacio de producción de la emergente realidad social. El acento en la acción traslada, pues, el problema de la naturaleza de lo social del plano de la exterioridad objetiva al plano de la formación del sentido subjetivo que las realidades adquieren para los individuos. Otro plano en el que es posible establecer importantes diferencias entre los dos modelos es el de su fundamentación antropológica. Wade sostiene que estas dos concepciones de lo social se enraízan en opuestas concepciones de la naturaleza humana, surgidas a partir del complejo proceso histórico que dio a luz al individuo moderno. Las sociologías del sistema social participan de una concepción pesimista del hombre, obsesiona, en la que el egoísmo, la fuerza y la voluntad de poder son las formas arquetípicas. El sistema social, a través de la socialización y el poderoso paraguas del sistema cultural, garantiza la sutil interiorización de la actividad social. Por su parte, las sociologías de la acción arrancan de una concepción antropológica optimista basada en la idea de autonomía de la voluntad y en su capacidad de construir creativamente formas de interacción social armoniosas. Lo social se concibe como la obra del hombre, su creación y su responsabilidad, y emerge de la muy humana capacidad de proyectar e interpretar el sentido subjetivo que atribuimos a las cosas e incorporarlo conscientemente a su propia acción. El individuo es un sujeto capaz de comprometerse conscientemente en la construcción de un mundo social que incorpora al otro con sus metas y sus proyectos. El orden social se concibe, ahora sí, como el resultado de la convergencia de la acción del hombre. Ahora bien, más allá de estas diferencias, es necesario subrayar un hecho: ambas concepciones de la naturaleza humana son deudoras de un fenómeno de singular importancia: el nacimiento del individuo moderno, desgarrado del sagrado orden de la sociedad medieval. Ambos paradigmas sociológicos arrancan de la necesidad de dar respuesta a los interrogantes que plantean el individuo y su acción. La sociología del sistema social, respondiendo a la ambigüedad de la acción individual por la vía de la coerción externa, mientras que la sociología de la acción imagina la cooperación como resultado, pretendido o no, de la voluntad del hombre, verdadero origen del orden social. El individuo moderno nació de la quiebra del orden medieval. Por otra parte, la cuasi inexistente diversidad social promovía una homogeneidad esencial, naturalizada, únicamente quebrada por las diferencias dc origen. En este contexto, la experiencia biográfica o la idea de proyecto personal no son instancias relevantes para el modo de ser social del sujeto humano. En un mundo como ése, no hay espacio para la acción individual, en su acepción moderna. Como afirma Wade, que tanto las sociologías del sistema como de la acción nacen de un mismo momento histórico y de un mismo .fenómeno, a saber, e! nacimiento del individuo moderno tras la quiebra del orden medieval, y, al tiempo, de una misma preocupación: dar respuesta a la ambigüedad de la acción individual. Así pues, ambas sociologías, tal y como ha sido habitual interpretar, no se distinguen tanto por la alternancia de dos problemas sociológicos distintos, el orden y la acción, sino por dos modos diferentes de afrontar un único problema: el ascenso de la acción humana y su radical ambigüedad.

3. LA PERSPECTIVA DEL INDIVIDUALISMO METODOLÓGICO. RAÍCES HISTÓRICAS E IDEOLÓGICAS

El individualismo metodológico es un programa de investigación relativamente reciente, al menos en su forma actual. Presupone el primado ontológico y gnoseológico del individuo sobre cualquier otra entidad colectiva u holística. Como programa de investigación formal, sus desarrollos más importantes se encuentran en la economía, pero a lo largo de la segunda mitad del xx y particularmente en las últimas décadas su radio de acción se ha extendido a otros campos.

3.1. RAÍCES EN EL PENSAMIENTO GRIEGO

Las doctrinas individualistas tienen en nuestra cultura profundas raíces que habría que remontar, en algún sentido, naturalmente muy matizado, a las de algunos pensadores griegos defensores del primado de lo individual, tanto en un sentido ontológico como ocurre en Aristóteles, como en sentido moraltal y como ocurre con las doctrinas estoicas acerca de la epiméleia, la búsqueda individual del placer y el ideal autárquicoo Sin embargo, la distancia histórica e ideológica con estas concepciones es tan fuerte que difícilmente podrían servirnos hoy para pensar el individualismo contemporáneo. Éste es, más bien, el fruto de profundas transformaciones sociales y económicas, corno de acendradas representaciones ideológicas que han tenido su origen en la transición entre el mundo medieval y el nuevo orden moderno, tal y corno acabarnos de referir. Nuestro objetivo, pues, será mostrar cómo desde los postulados individualistas se han alumbrado atrayentes modelos metodológicos que han cosechado importantes éxitos, al menos dentro de la academia y de ciertas tradiciones en el seno de las ciencia sociales. Corno veremos, estos modelos nacieron y vivieron confinados, inicialmente, en el marco de la economía; sin embargo, el desplome de los modelos teóricos funcionalistas, marxistas y críticos en el último tercio del siglo xx, han sacado a los individualistas metodológicos de su rincón hasta hacerles aparecer corno dueños de la teoría sociológica, al menos durante los últimos veinticinco años.

3.2. EL SIGLO XIV V LA NUEVA CIENCIA

Un esbozo histórico de esta tradición debería recorrer, por una parte, los fenómenos que acompañan la génesis del hombre moderno y configuran las nuevas representaciones ideológicas e imaginarias, incipientes ya en el siglo XIV en autores corno G. de Ockham, o en el origen de la nueva ciencia con Oresme, Buridano o Bacon. El nuevo imaginario individualista nacerá, además, de la mano de las transformaciones económicas protocapitalistas de los siglos XVI y XVII, del ascenso de la vida urbana, comercial y burguesa, de la Reforma protestante, así como del posterior desarrollo de los ideales racionalistas e ilustrados del XVIII.

3.3. LA NUEVA ECONOMÍA POLÍTICA DE A. SMITH

Por otra parte, la nueva economía política de A. Smith y la filosofía deja Escuela Escocesa promovieron también las nuevas formas y doctrinas individualistas, no sólo por razones ideológicas, como resulta patente, sino también por su rentabilidad heurística y teórica, pues a partir de ellas los fundadores dc la economía clásica consiguieron dar forma a un paradigma económico capaz de emular, no sin pagar un alto precio, los desarrollos de la ciencia natural.

3.4. EL UTILITARISMO INGLÉS J. BENTHAM y J.S. MILL

Los utilitaristas ingleses j. Bentham y J.S. Mill se encuentran entre los más radicales defensores del individualismo, y sus ideas, tanto en lo relativo a las concepciones teóricas como metodológicas, constituyen las bases de los desarrollos posteriores del individualismo metodológico. En la obra de J. S. Mill podemos encontrar una formulación completa de las ideas centrales del individualismo metodológico. Tanto en la obra de Smith como en la de S. Mill encontramos algunas de las intuiciones teóricas más sobresalientes de estas corrientes. Así, por ejemplo, Smith contribuyó eficazmente al desarrollo dc la noción abstracta de mercado, edificada sobre una concepción de la naturaleza humana muy especifica: la imagen de un hombre volcado en el intercambio económico de bienes y servicios desde una posición de egoísmo utilitarista e interés crematístico’. El mercado, además, exigía una concepción atomista y mecanicista de la sociedad, que daba rienda suelta a la utopía liberal Esta figura vino exigida, a la vez, por las pretensiones cientificistas de la nueva economía política y por la presión ideológica y la transformación conceptual que se había gestado a lo largo de los siglos XVII y XVIII: transformaciones en el concepto de riqueza, de la proclamación del enriquecimiento individual como meta última y natural de todo ser humano, dc las nucas nociones de lo económico y del marcado, abstracciones que permitían la elaboración de modelos formales acerca del intercambio] Es necesario destacar, todavía, dos ideas más propias de las concepciones individualistas. Por una parte, las teorizaciones individualistas han pivotado siempre sobre la idea de que la conducta humana, aunque diversa, entraría un conjunto de regularidades psicológicas básicas. Este sustrato psíquico, que postula la unidad esencial del género humano, ha servido a los individualistas para elaborar modelos universales del comportamiento y la racionalidad. También la racionalidad del homo aeconomicus, verdadero átomo de la teoría individualista, es una racionalidad concebida a la medida de las pretensiones economicistas, cientificistas y liberales. El Homo aeconomicus es un preferidor racional orientado a la satisfacción individual, pero desvinculado de cualquier referencia sustantiva a la naturaleza de sus fines o a cualesquiera valores éticos. Por último, en este breve bosquejo de las doctrinas individualistas, hemos de referirnos a la explicación del orden social y del orden del mercado o, para ser más exactos, en primer lugar de éste y, desde él, el otro tal y como ha sido expuesta por los teóricos de esta tradición. Hemos repetido en varias ocasiones que uno de los retos más importantes de toda teoría de la acción es dar respuesta a la aparición de entidades sui generis tales como las instituciones y cualesquiera otras formas sociales redificadas, es decir, dar cuenta de la esfera social tal y como suele presentarse a los ojos de los holistas y colectivistas. Mancebillo contribuyó decisivamente a emancipar lo económico y lo moral, separación que queda ejemplarmente reflejada en la tesis que afirma que las virtudes públicas proceden de los vicios privados. Es decir, que el egoísmo individual, la búsqueda del interés personal y el propio enriquecimiento es, precisamente, el origen de la bondad de lo público y lo colectivo, y que bastaría intervenir con el espontáneo proceso natural de la interacción social y del intercambio económico para que el benéfico resultado se resintiera, y aun desapareciera. No es, pues, la sociabilidad natural del hombre la que explica la cooptación activa de los actores sociales, sino un misterioso principio, la mano invisible de Smith, el que produce, por agregación de las conductas individuales, los resultados por todos conocidos. Aun en sus más refinados modelos, en Wallis y en Pacto, y más recientemente en Von Mises o Hayes, los teóricos del equilibrio espontáneo cuentan con notables dificultades para explicar la cooptación social sin el recurso a la intervención autoritaria de instituciones supraindividuales que introduzcan orden en el sistema económico y social, siempre que no costemos dispuestos a admitir modelos matemáticos tan severamente restrictivos que demuestren su eficacia explicativa de espaldas a la realidad. La misma teoría económica, desde Keynes, ha elevado a categoría esta necesidad.

4. EXPLICACIÓN Y COMPRENSIÓN: LAS DOS ESTRATEGIAS METODOLÓGICAS BÁSICAS PARA DAR CUENTA DE LA ACCIÓN

En la anterior sección hemos establecido las raíces históricas e ideológicas del individualismo. Éste expresa el fondo filosófico que articula el desarrollo de la teoría de la acción social. Sin embargo, aunque en el mismo concepto de acción late el individualismo, no toda la producción teórica y metodológica que ha hecho de la acción su categoría central ha adoptado la misma estrategia metodológica. La teoría de la acción se ha desarrollado en las dos direcciones epistemológicas que han articulado el desarrollo metodológico de las ciencias sociales: la concepción positivista, comprometida con la explicación causal. Y las concepciones historicista y hermenéutica, comprometidas con la denominada comprensión.

4.1. LA CONCEPCIÓN POSITIVISTA: EXPLICACIÓN

Los defensores de la tradición positivista, dentro del marco de su teoría unificada de la ciencia, defendieron dos tesis básicas: a) que la metodología de las ciencias sociales ha de ser esencialmente la misma que la de las de las ciencias de la naturaleza, por lo que si las ciencias sociales quieren elaborar explicaciones científicas habrán de hacerlo de acuerdo con el mismo procedimiento causalista que utilizan las otras que no es otro, desde Mill, que el conocido como modelo de leyes de cobertura o nomológico deductivo, y b) la explicación de la acción debe afrontase desde el descubrimiento de leyes del comportamiento humano que puedan dar razón de ella.

4.2. LAS CONCEPCIONES HISTORICISTA y HERMENÉUTICA: COMPRENSIÓN

La tradición historicista y hermenéutica, volcada en la comprensión, entiende que la acción no puede ser explicada causalmente; no es éste el fin de las ciencias sociales. La acción social debe ser reconstruida hasta hacerla inteligible. Dicha inteligibilidad consiste, esencialmente, en mostrar el punto de vista del actor y establecer sus razones. Como puede entenderse, este objetivo es muy diferente al de la explicación causal, pues, para esta tradición, la acción no es el resultado necesario de un principio nomológico, sino el resultado de una decisión individual adoptada en un contexto determinado, pero últimamente contingente. En esta tradición hermenéutica late, no cabe duda, una forma de individualismo al menos en la medida en que el objeto de estudio parece ser la acción individual, como lo es, por ejemplo, con Webero Sin embargo, las tradiciones historicista y hermenéutica han mostrado permanentemente una deriva diferente, más bien idealista y holista. Al pretender explicar la acción individual de acuerdo con la reconstrucción de la subjetividad individual, de su idiosincrasia, y al recurrir a interpretaciones historicistas en las que el individuo se ve arrumbado por fuerzas y cosmovisiones colectivas, populares, más que personales, la interpretación comprensiva de la acción ha tendido a mantener, al mismo tiempo, un ojo puesto en el individuo y otro en la cultura y con la historia. Por eso, la deriva holista, rectificadora de fuerzas y significados culturales, ha acompañado siempre a esta sociología de la acción, desde Weber hasta Schutz y desde éste a la reciente antropología culturalista. Fue Dransen quien utilizó por primera vez los términos alemanes erklären cuya traducción más habitual es explicación y verstehen traducida por comprensión para designar dos operaciones cognoscitivas distintas y características, cada una de ellas, de un tipo de ciencias o saberes. Esta distinción hay que contemplarla dentro de la denominada disputa por el método’ methodenstret que tuvo Llegar en el último cuarto del siglo XIX entre los intelectuales y académicos alemanes. La polémica se abrió con el enfrentamiento entre Carl Menger investigaciones sobre el método en las ciencias, de 1883, economista defensor de la unidad dcl método en la ciencia, natural o social, para el que las ciencias sociales deben explicar los acontecimientos históricos y sociales a partir del descubrimiento de las leyes que subyacen al comportamiento humano y no sobre la base de consideraciones históricas, y Gustav Schmoller, de la escuela historicista alemana, para quien los acontecimientos históricos, aquellos de los que se ocupan las ciencias sociales, son esencialmente irrepetibles, ya que dependen fuertemente de las intenciones y preferencias de los individuos, así como de circunstancias históricas también irrepetibles, de modo que lo que procede hacer con ellos es restituir su inteligibilidad a través de la reconstrucción psicológica e histórica de sus procesos. Esta tradición pasó de la mano de Dilthey ha convertirse en la piedra de toque que habría de servir para distinguir dos clases de ciencias: las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu. Éstas, en tanto que ciencias hermenéuticas, esto es, interpretativas, estaban llamadas a procurar la reconstrucción del mundo de significados en el que ha de enmarcarse la acción individual de modo que pueda comprenderse desde la perspectiva vital de su actor. Pero, sin lugar a dudas, fue Max Weber quien, a partir de esta disputa, elaboraría las más importantes aportaciones a una sociología dc la acción social en la línea de la verstehen, aunque, como todo en Weber, con una libertad y originalidad que impiden su encuadramiento en uno u otro bando en disputa.

5. MAX WEBER: LA COMPRENSIÓN EXPLICATIVA DE LA ACCIÓN SOCIAL

5.1. SENTIDO SUBJETIVO Y SIGNIFICACIONES SOCIALES

La preocupación esencial de la sociología weberiana es la de recuperar para la conducta humana la esfera del sentido subjetivo y las significaciones sociales, amenazadas, por una parte, por el positivismo mecanicista, dispuesto a disolver al individuo en el interior de los procesos causales deterministas, es decir, disolver al actor social dentro del reino de la naturaleza y la necesidad, y, por otra, por las sociologías organicistas y holistas que dibujaban un hombre sujetado y dominado por la esfera social reificada, por una realidad institucional que mantiene al hombre en una jaula de hierro. En ninguno de los dos casos había lugar para el actor social y su acción: La palabra «sociología» se usa en muchos sentidos diversos. En el que aquí se adopta, sociología designa la ciencia cuyo objeto es interpretar el significado de la acción social así como tal; en su virtud, una explicación del modo en que procede esa acción y de los efectos que produce.

5.2. PRIMACÍA METODOLÓGICA DE LA ACCIÓN SOCIAL

En Weber encontramos algunos de los principios metodológicos que hemos observado en la tradición individualista, desde .T. S. Mill. Éste habia formulado en su Sistema de la lógica las tesis esenciales del posterior individualismo metodológico, del que nos ocuparemos más adelante. Según estas tesis, las ciencias sociales deben adoptar como átomo social la acción del individuo con el propósito de explicarla. También Weber afirmará la primacía metodológica de la acción, aunque lo hará desde posiciones ontológicas e ideológicas muy distintas a las de los utilitaristas. La noción de acción social, que presenta Weber en las primeras páginas de Economía y sociedad, sitúa a las ciencias sociales ante el reto de tomar en consideración la subjetividad del actor, sin por ello renunciar a las exigencias de objetividad de toda práctica científica; Por acción social se entiende aquel/a conducta en la que el significado que a ella atribuye el agente o agentes entraña una relación con respecto a la conducta de otra u otras personas y en las que tal relación determina el modo en que procede dicha acción. Así pues, la acción social dice, por una parte, del sentido subjetivo del actor, es decir, del sentido que el actor atribuye a su hacer, cuya revelación tenemos que entender forma parte de una adecuada comprensión de la acción, y, por otra parte, dice de la acción como nodo relacional, es decir, como lugar en el que convergen las expectativas del actor con relación a otros actores o instancias sociales, y las expectativas c interpretaciones que los otros actores e instancias sociales hacen del agente y su acción. La acción social no admite, pues, la pretendida reducción conductista, pues la acción reclama para su análisis abrir la caja negra que el conductismo rechazará como condición de posibilidad del trabajo científico. Sólo si atendemos al sentido mentado en y por la acción podremos dar cuenta dc ella de forma completa. Ahora bien, ¿qué puede hacer el científico social con la acción?, ¿cabe dar una respuesta científica a este objeto? Este modelo, como vemos, en pos de una ciencia social que emulase en su método a las ciencias de la naturaleza, había reducido la acción a conducta proceso que luego culminará el conductismo, desarrollando hasta sus últimas consecuencias este proyecto. Por su parte, las tradiciones historicista y hermenéutica habían reivindicado la incorporación del agente como actor. En eso consistía la verstehen o comprensión de la acción como reconstrucción dc un acontecimiento irrepetible pero inteligible por medio de la intuición inmediata de la subjetividad del otro.

5.3. DOS DIMENSIONES DE A ACCIÓN SOCIAL: LAS CONDICIONES INTERNAS DEL ACTOR Y EL ESTUDIO DE FORMA EMPÍRICA Y CONTRASTABLE

Weber adoptará una postura muy ambiciosa con relación a este debate. Por una parte, el análisis científico de la acción debe ser capaz de reconstruir las condiciones internas del actor, sin las que no cabe pensar en dar cuenta de la acción. Pero, para vencer los riesgos subjetivistas que acompañaban al proyecto hermenéutico, excesivamente dependiente de las interpretaciones del observador, Weber propone que esta incorporación del actor y su mundo se haga siempre de forma empírica y contrastable. No hay lugar en la verstehen weberiana, al menos en sus principios, para las veleidades interpretativas del observador del proceso social, ni para el recurso a la captación intuitiva del sentido. La reconstrucción del sentido mentado en la acción ha de hacerse de modo que su resultado, es decir, la formulación de hipótesis interpretativas, pueda ser enfrentado a la contrastación empírica que las ratifiquen o desmientan Por una parte, fidelidad al actor y su sentido, y fidelidad al significado social de la acción interpretada por los actores sociales, pues toda acción remita a ese juego polifónico de significaciones y expectativas cruzadas cuya existencia tiene lugar en la conciencia de los individuos. Pero, por otra parte, no cabe pensar las ciencias sociales al margen de la explicación causal. El objetivo de éstas es, pues, la elaboración de hipótesis explicativas causales de la acción individual, empíricamente contrastables, en las que intervienen como factores explicativos centra1cs las intenciones de los actores y los sentidos proyectados por éstos en el proceso social. M. Beltrán resume así la propuesta metodológica de Weber, afirmando: Weber, pues, concibe la explicación causal en la ciencia históricosocial como la imputación de un acontecimiento a sus causas, imputación que se construye hipotéticamente como posibilidad objetiva a partir de la interpretación comprensiva del sentido de la acción, y que se compara más tarde con el proceso histórico real para establecer en cada caso la importancia causal de cierto elemento con relación al fenómeno que debe ser explicado. La explicación weberiana es una reconstrucción causal de la acción; no es una mera inteligibilidad, sino un intento de hacer inteligible la acción a partir de sus causas, sin por ello pretender hacer de la acción el producto de una necesidad. La piedra de toque de la explicación causal consiste en establecer, para un hecho concreto o una acción, la relevancia de un determinado factor causal. Una buena manera de saber si un determinado hecho posee valor causal explicativo con relación a cierto fenómeno histórico o individual consiste en pensar qué podrá haber pasado en el caso de que tal hecho no hubiera tenido lugar, o su desenlace hubiera seguido otro curso.

5.4. LA ACCIÓN COMO ÁTOMO DE LA INVESTIGACIÓN HISTÓRICO SOCIAL. LA ACCIÓN Y LOS TIPOS IDEALES (LOS TIPOS DE ACCIÓN)

Max Weber convirtió la acción en el átomo de la investigación histórico social e identificó cuatro tipos de acción social. La expresión tipos de acción hace referencia al conocido recurso metodológico weberiano, conocido como tipo ideal. Los tipos ideales son abstracciones construidas a partir de un limitado conjunto de elementos que, aunque pueden encontrarse en la realidad, rara vez se presentan de forma aislada y pura. En palabras de Giner, Los tipos ideales son construcciones mentales abstractas de fenómenos concretos. La realidad específica puede entenderse desde ellos, si bien siempre se desvía de los modelos que construimos, Los cuatro tipos de acción que presenta Weber son los siguientes: a) Acción racional orientada a un fin (zweckrational). b) Acción racional valorativa (wertrational). c) Acción afectiva o emocional (ajjixtuell). d) Acción tradicional, o engendrada por el hábito y la costumbre. La acción racional orientada a un fin es el tipo de acción asimilada a la acción instrumental. Este tipo de acción es eminentemente racional y teleológica Su rasgo más destacado es que en ella el actor adecua los medios disponibles medios escasos en un contexto de conocimiento insuficiente al fin que persigue del modo más eficiente. Por otra parte, la racionalidad de la acción se interpreta como eficiencia, es decir, la maximización del beneficio y la minimización del coste. Es fácil reconocer en este tipo la lógica de la acción tal y como había sido expuesta ya en la teoría de la economía política británica, así como otros análisis muy similares en Pareto y su distinción entre acciones lógicas y no lógicas. El segundo tipo de acción, la valorativa, muestra también un curso de acción orientada a fines en el que el actor elabora también un cierto cálculo; sin embargo, lo característico ahora no es la búsqueda de la eficiencia de la acción en el sentido economicista mencionado, sino la entrega total del actor a un tipo determinado de fin supremo de carácter moral o religioso. Efectivamente, se trata de una acción orientada a un fin, pero en la que el actor se encuentra decidido, si es necesario, a utilizar cualquier medio sin reparar en los costes por ejemplo, entregando su propia vidao La acción social afectiva o emocional no es de carácter racional y reflexivo, sino que vine motivada por pasiones y sentimientos. Por último, la acción social tradicional viene a coincidir con aquellos cursos de acción, sin duda muy frecuentes, en los que el actor no actúa reflexivamente, sino llevado por la rutina y por patrones de conducta que él mismo no ha producido, o sólo parcialmente. Evidentemente, estos tipos ideales no pretenden hacer una descripción empírica de la acción. En tanto que tipos puros, son propuestos para poder abordar, gracias a su potencia heurística, la realidad sociohistórica. Permiten evaluar los acontecimientos y descubrir en ellos formas típicas de acción, así como las desviaciones que manifiesta el curso de los procesos históricos; sin embargo, evidentemente, la acción real del individuo es siempre una mezcla de distintos tipos. Una propuesta verdaderamente novedosa, tanto por su exigente ensamblaje de la explicación causal y la comprensión del sentido de los actos humanos, como por la apuesta decidida por la acción individual como átomo social. Este segundo rasgo hace de Weber un antecedente de las modernas doctrinas individualistas, al menos en el sentido de posición a favor de una sociología de la acción. Así pues, ni el individualismo metodológico es un mero desarrollo del pensamiento weberiano, ni Weber fue nunca un individualista stricto sensu, como mostraremos enseguida. Sin embargo, el primero de los tipos ideales de acción que propone Weber, es el de la acción orientada a fines, parce reproducir, en su esencia, el esquema de acción/decisión de la escuela de economía política neoclásica. Se trata, como hemos señalado, de un tipo de acción presidida por el cálculo optimizador; la racionalidad de la acción se interpreta como eficiencia y no sólo como eficacia; no basta conseguir el fin que sic promueve, sino que debe hacerse de modo que el esfuerzo o el coste de la operación sea mínimo, y el resultado, pues, óptimo. No cabe duda de que cste tipo se encuentra muy próximo del homo economices de Smith o de Javos. Sin embargo, un análisis más detenido manifiesta profundas diferencias. La primera es de naturaleza epistemológica. Para Weber, la acción racional orientada a fines es un tipo ideal. Weber nunca afirmó que los cursos de acción reales o los individuos de carne y hueso puedan encontrar en ese modelo un referente empírico. Así pues, la coincidencia entre la acción racional orientada a fines de Weber y la figura del homo aeconomicus, tan marcada prima facie, esconde tras de sí dos modelos epistemológicos y metodológicos muy diferentes. Todo él está impregnado por un realismo empirista que encuentra su desarrollo en una reducción psicologista y economicista de la acción humana. Como señala acertadamente Giner, buena parte de la investigación empírica de Weber difícilmente puede ser asimilada al individualismo metodológico por el uso permanente que hace de nociones marcadamente holistas. El trabajo de investigación weberiano sólo toca la acción individual, el átomo social que él mismo presentó como categoría esencial, desde una perspectiva típicoideal. Efectivamente, fue la acción de unos hombres concretos la que hizo posible el desarrollo del capitalismo, pero lo que la obra estudia es la posible relación causal, o, como el mismo Weber denominó, la afinidad electiva, entre ciertas prácticas económicas y ciertas constelaciones morales y religiosas. Aunque no podemos sino apuntarlo, parece pesar una cierta maldición holista sobre los intentos que los más ilustres teóricos de la acción han hecho para construir unas ciencias sociales desde el átomoacción. Tanto Weber como Parsons, entusiastas defensores ambos de la centralidad teórica de la acción individual, desarrollaron vastas aportaciones a la teoría social, yen el caso de Weber a la sociología empírica, que sólo nominalmente considera la acción como mecanismo explicativo real. El caso de Parsons es paradigmático, pues después de su obra La estructura de la acción social, dedicada a proclamar una cuasi universal convergencia hacia una teoría voluntarista de la acción social, orientó su trabajo hacia la elaboración de una teoría general del sistema social en la que, del individuo y su acción no queda ni rastro. ¿Qué puede haber en la base de esa huida sistemática desde la acción a las estructuras, a las instituciones y a las visiones holistas de los procesos sociales? En primer lugar, quizá la radical ambigüedad de la acción, el azar que la conducta individual introduce en la realidad social resulte demasiado para la mirada científica. La acción individual nos sitúa ante la contingencia y ésta no hace buenas migas ni con la ciencia ni con la academia. Es por eso, quizá, por lo que esta suerte de horror vacui normativo empuja al científico social a domeñar la acción bajo la esfera social. Por otra parte, los intentos de atacar el problema de la acción individual sin referencia a la dimensión nominativa y estructural de los fenómenos sociales por ejemplo, en cl seno del individualismo metodológico más radical se han mostrado, como veremos enseguida, impotentes para reconstruir los procesos sociohistóricas por agregación de los actos de voluntades monódicas. Así para desatar al individuo de sus ataduras sociales e históricas, los individualistas crearon la ficción de una naturaleza humana enflaquecida, casi irreconocible, que somete al ser humano a las necesidades algorítmicas del intercambio económico, convirtiendo su acción en una función matemática. Aún nos gustaría reflejar otra reflexión más para trazar las distancias entre Weber y el individualismo metodológico. El papel que Weber atribuye a la racionalidad orientada a fines es crucial en sus reconstrucciones históricas muy poco individualistas, por otra parte de la evolución de las sociedades industrializadas. Efectivamente, Weber intentó demostrar cómo las sociedades modernas han sufrido un proceso de creciente racionalización y burocratización que debe abordarse desde la óptica de una extensión paulatina de los criterios de eficacia y eficiencia de este tipo de racionalidad, en todas las esferas de la vida, y muy particularmente en las formas organizadas y legitimas de dominación. La racionalidad orientada a fines permite, de este modo, dar cuenta, al mismo tiempo, del desarrollo de la ciencia desde Galileo o del nacimiento del capitalismo. ¿Es esta racionalidad la del homo aeconomicus? Definitivamente, no. No parece posible proyectar la angosta figura del preferidor racional y desde ella reconstruir, con la lucidez de Weber, los procesos sociales que han alumbrado la modernidad.

CAPÍTULO 9 LA EXPLICACIÓN DESDE LA TEORÍA DE LA ACCIÓN SOCIAL (II): EL INDIVIDUALISMO METODOLÓGICO: F. VON HAYEK y K. POPPER l. APROXIMACIÓN FENOMENOLÓGICA A LAS TEORÍAS DE LA ACCIÓN

Antes de adentrarnos en un análisis de las propuestas metodológicas concretas de los autores ligados a los postulados individualistas, vamos a presentar, bajo la forma de una sencilla aproximación fenomenológica, la red conceptual que despliega este tipo de enfoque teóricometodológico. ¿Qué supone, pues, hacer de la acción humana la categoría central de la teoría social?, ¿qué compromisos comporta?, ¿qué estrategias desencadena?

1.1. ACCIÓN E INDIVIDUO Como hemos visto, una teoría de la acción humana como acción social obliga a partir del individuo. Así lo hizo el mismo Parsons en La estructura de la acción social, aunque luego se convirtiera en el más insigne teórico del funcionalismo estructural, y condenara al individuo al ostracismo. También M. Weber declaró sus principios accionalistas y sistematizó por vez primera los conceptos centrales de una sociología comprensiva de la acción social, aunque luego su originalidad y su genio discurrieran muy libremente por los senderos que él mismo había trazado para las nacientes ciencias sociales. Efectivamente, la acción nos remite inmediatamente a la idea de actor y, éste, prima facie, no es otro que el individuo de carne y hueso. El individuo es, pues, el punto de arranque de la reflexión histórica y social, tanto en un sentido ontológico como gnoseológico. Éste es, en cierto modo, el primer corolario de la revisión que concluíamos unas líneas más atrás: el individuo actor es la condición de posibilidad de la acción social tanto en un sentido ontológico, pues sólo hay acción donde hay individuo, como gnoseológico, pues sólo puede ser pensada y explicada la acción desde una determinada concepción de la individualidad. Este primado del individuo nos empuja hacia un segundo corolario: las realidades colectivas, los todos o los conjuntos, aunque puedan tener un cierto estatuto ontológico, habrán de ser reconstruidos conceptualmente como agregados de individuos y acciones individuales, combinados y cosificados.

1.2. LA ACCIÓN COMO ÁTOMO SOCIAL

Una segunda consecuencia, aparentemente trivial, es aceptar que aquello de lo que hemos de dar cuenta es la propia acción. La acción, como concepto, cobra un espesor y una profundidad irreductible a la idea de conducta. Ésta nos remite a un proceso determinista en el que el acto no es más que un eslabón dentro de una cadena causal que puede eximirnos de un análisis intrínseco o inmanente a la acción. La conducta es una suerte de caja negra cuyo contenido mental, subjetivo no interesa a las ciencias, preocupadas tan sólo por la concatenación causal, por la determinación de los antecedentes estímulos y por los resultados los efectos de la acción o la acción misma como respuestao Frente a ello, la acción reclama una inmersión en los procesos internos al hacer humano, social e histórico. La acción no puede pensarse como una ejecución mecánica, como el resultado de una fuerza causal exterior al individuo o como el resultado de las necesidades sistémicas de la cosa social. La acción reclama un análisis desde el actor y con el actor entendido como autor. El nuevo átomo social despliega, de este modo, una red de conceptos y compromisos muy compleja. Intentaremos mostrar, en una aproximación fenomenológica, los más relevantes, mostrando al mismo tiempo las sombras que acechan a esta aproximación a las ciencias sociales desde la acción. a) En primer lugar, la acción social necesita ser concebida como unidad disereta, discernible y separable de la corriente de acontecimientos; el átomo social debe presentar una cierta entidad que permita distinguir una acción social de otra, un curso dc acción de otro, tanto de lo realmente existente como de lo que se manifiesta sólo corno posible. b) la acción reclama un actorautor. Esta cuestión encierra, también, compromisos ontológicos y epistémicos muy poderosos. En especial, el que se refiere a la imputación de la acción. El problema de la imputación emerge en virtud de dos cuestiones centrales: la pregunta por el quién de la acción y la determinación de las condiciones de la autoría, es decir, el problema de la responsabilidad, ¿quién es el autor de una acción?, ¿qué clase de individuos pueden ser considerados corno actores sociales, históricos o económicos’?, ¿cómo ha de entenderse la autoría de la acción’?, ¿en qué condiciones puede atribuirse una acción a un individuo? c) Un nuevo lenguaje se despliega al paso de la elaboración teórica de la acción social. Es el lenguaje de las intenciones, los fines y las razones. Estos conceptos, nacidos con el individuo moderno y con la formación del imaginario individualista pues ambas cosas no son, sino, dos caras de un mismo fenómeno, constituyen la trabazón categorial de las sociologías de la acción.. Trasluce una semántica en la que la intencionalidad consciente cobrará el papel protagonista en la explicación de la acción individual, al tiempo que su estructura lógicosintáctica permitirá una interpretación formalista y matematizable que será explotada desde el punto de vista de la construcción de prometedores modelos explicativos. d) La acción social nos acerca al terreno de la subjetividad, es decir, a los territorios de la conciencia.. La ciencia de la acción social se debatirá constantemente entre dos formas de lidiar con esta tentación: repudiarla para lanzarse a los brazos de la epistemología positiva de las ciencias de la naturaleza o ceder a la tentación y aprender a convivir con ella.

1.3. ACCIÓN y RACIONALIDAD

Si la intencionalidad se levanta como la categoría subjetiva central en la reconstrucción causal de la acción, la racionalidad se ofrecerá como principio objetivo para su evaluación. Aunque, intencionalidad y racionalidad son las dos categorías centrales de las metodologías de la acción social, no son caracteres que deban coincidir siempre en la misma acción. La pregunta por la racionalidad de la acción nos remite al porqué de la acción, al menos en dos sentidos. Por una parte, la racionalidad se puede entender como una cualidad de la acción dependiente de la relación entre medios y fines. En este sentido, la acción manifiesta su racionalidad en la medida en que esa relación sea adecuada: el actor ha elegido el mejor medio para el fin que persigue, o al menos un buen medio, si no el mejor. Esta interpretación dc la racionalidad ha articulado una de las tradiciones de pensamiento más importantes del pensamiento económico y sociológico. Por otra parte, la racionalidad de la acción puede interpretarse en un sentido semántico, y no meramente lógico. En ese caso, una teoría completa de la racionalidad como instancia evaluadora de la acción exige ser capaz de pronunciarse acerca de los fines y los medios en sí mismos, y no meramente en relación al proceso de asignación entre unos y otros. Por último, la teoria de la acción habrá de enfrentarse al problema de la posible irracionalidad de la acción, en cualquiera de los dos sentidos anteriores.

1.4. LA ACCIÓN Y SUS CONSECUENCIAS

La elección de la acción como átomo de la teoría social nos enfrenta al problema de sus resultados. En su sentido más elemental, una acción responde al esquema: el individuo A pretende un determinado fin F; en una situación dada, A realiza un determinado acto X, el medio escogido, para obtener F. Como resultado de su buen hacer y su buen parecer, se produce F, tal y como A esperaba. Sin embargo, este cuento de final feliz puede verse desbordado por varios frentes. Por ejemplo, porque el resultado esperado, F no tenga lugar tal y como A esperaba; quizás porque estimó mal sus previsiones, por perseguir un fin imposible de obtener, porque alguna circunstancia u otro actor se lo ha impedido, etc. Toda acción supone por parte del actor una evaluación. Bien sea que tal evaluación se produzca de manera explicita, reflexiva y consciente, bien sea resuelta por la vía del hábito o simplemente no se produzca de forma efectiva y completa, toda acción presupone, al menos teóricamente, una evaluación de: 1) las preferencias del actor, es decir, un conjunto de determinaciones que le permitan establecer prioridades entre sus deseos, intereses, metas, etc.; 2) las creencias del actor, es decir, un conjunto de saberes acerca del mundo, de sí mismo, de la situación y de los demás actores; actúan al modo de teorías implícitas y permiten al actor dar cuenta del mundo y actuar en él. El concepto de preferencia y sobre sus propiedades matematizables descansa el modelo más ambicioso de explicación de la acción intencional, desarrollado dentro del marco de la economía neoclásica y que más tarde se ha exportado y ampliado al conjunto de las ciencias sociales. Ahora bien, la tarea de evaluación no concluye en el sistema de creencias y preferencias del actor. Debe ampliarse hacia el entorno de la acción. Efectivamente, los actores no actúan en el vacio. Un medio fisico y social acoge siempre la acción, imponiendo restricciones. Nos referimos a que la acción de un individuo va siempre asociada a un medio social integrado por otros actores y por instituciones, normas, costumbres, etc.. Este tipo de situación define el marco denominado medio estratégico. Su análisis ha sido desarrollado a partir de la denominada teoría de juegos, en la que se simulan situaciones sencillas, con un número limitado de actores, en las que se analizan las consecuencias de las distintas estrategias combinadas por parte de individuos para descubrir cuál o cuáles son las estrategias o cursos de acción óptimos o más favorables. Este tipo de entidades desempeña un papel muy relevante en el análisis de la acción. Todos sabemos que la mayor parte de nuestra acción cotidiana se encuentra muy lejos de estos complejos cálculos que acabamos de describir. La vida cotidiana discurre, más bien, de la mano de patrones de conducta repetitivos, que simplifican enormemente nuestra vida, ofreciéndonos esquemas de acción y conocimiento socialmente reconocidos y reconocibles. Son todas ellas formas aprendidas e internalizadas. Estas entidades, como decimos, plantean un serio reto a una teoría de la acción pues la hacen derivar al terreno de la sociología del sistema social. Si la acción es esencialmente un proceso de reproducción social, entonces cl actor y la acción pierden algunos dc sus rasgos más sobresalientes y toda esa profundidad que venimos destacando. Tendremos oportunidad de observar esta deriva, que amenaza y a la vez enriquece a toda teoría de la acción, pues no parece existir posibilidad alguna de plantear cabalmente una teoría de esta naturaleza dando la espalda a este hecho. Podemos afirmar que toda teoría de la acción social debe ser capaz de responder a dos grupos de interrogantes esenciales, con relación a la presencia dc este tipo de entidades: 1) Si la materia prima del análisis sociológico e histórico es la acción individual ontológica y gnoseológicamente considerada, ¿cómo podemos dar cuenta de la formación de estas reifieaciones, estas realidades sui generis, sin anular al individuo y su acción?, ¿cómo dar cuenta del orden social cuando partimos de un concepto de acción intencional en la que el leitmotives el interés personal?, es decir, ¿cómo abordar el interrogante que parece alentar a toda sociologia del sistema social?

2) Si queremos mantener los principios básicos de la teoría de la acción, ¿cómo se verán afectadas la intencionalidad y la racionalidad de la acción?, ¿cómo debemos repensar estas nociones para no caer en un individualismo inmediatista, que con el propósito de salvar la individuo, lo convierta en un sujeto trascendental inexistente, desencarnado y esquemático?

2. LA EXPLICACIÓN DE LA ACCIÓN. REVISIÓN DE LOS PRINCIPALES MODELOS METODOLÓGICOS

2.1. EL POSTULADO DE LA RACIONALIDAD COMO LEY DE COBERTURA EN HEMPEL

2.1.1. Perspectiva causa lista y principio de racionalidad

En el capitulo dedicado a la explicación causal hemos presentado el modelo dc explicación nomológico deductivo o modelo de ley de cobertura, cuyo más importante sistematizador fue C. Hempel. Entonces discutimos tanto sus aspectos lógicos como su penetración en las ciencias sociales, especialmente a través de ciertas formas de pensamiento evolucionista y materialista. Sin embargo, dejamos pendiente entonces la revisión de sus tesis a propósito de la explicación de la acción intencional. El punto de vista de Hempel’ no es exactamente el del individualismo metodológico. Hempel se sitúa dentro del proyecto de una ciencia unificada y entiende que la explicación de la acción individual debe abordarse desde la perspectiva causa lista propia del modelo de cobertura legal. Sin embargo, Hempel cree necesario incluir al actor y su subjetividad dentro de la explicación. Frente a los reductivismos conductistas, la explicación de la acción no puede hacerse al margen de los estados de conciencia del actor social. Es necesario incorporar a la explicación nociones como las de intención o fin para poder dar cuenta de la acción, al tiempo que no se puede renunciar al proyecto objetivista de la ciencia’. La mayor objeción que cabe oponer al modelo hempeliano de explicación es la dificultad de encontrar las proposiciones legaliformes que den cobertura a la deducción del explanandum a partir del explanann.De modo que una acción concreta pueda ser explicada en tanto que instanciación particular de una ley general. Al tratar de la explicación de la acción individual, Hempel ha propuesto el principio de racionalidad como condición de posibilidad de la formulación de leyes empíricas que actúen como leyes generales. La idea central de la propuesta hempeliana es sencilla: se trata de considerar que todo actor social debe ser tenido, en su conducta, como agente racional. Al suponer la racionalidad del agente, entendida como la necesidad objetiva de procurar el curso de acción que permita obtener el fin perseguido de la manera más adecuada en las circunstancias dadas, Hempel está en condiciones de formular una proposición legaliforme la número 3 del esquema que actuará como ley empírica y que permitirá presentar la acción final como consecuencia necesaria o, cuando menos, explicarla probabilísticamente, Este tipo de argumentación presenta dos problemas fundamentales. El primero, más bien formal, se refiere a cierta falla lógica en la estructura de la deducción, a saber, su circularidad, El otro, más sustantivo, se refiere al concepto de racionalidad que pone en juego, Comenzaremos por el problema de orden lógico, Intentaremos exponer con sencillez el problema, Para explicar una acción como un acto derivado de la necesidad que la racionalidad del agente impone, en determinadas circunstancias situacionales, debo afirmar a priori la naturaleza racional del actor, Esto es así, como decimos, porque es precisamente la racionalidad del actor la que actúa como principio normativo que ampara la deducción, Sin embargo, la afirmación dc la racionalidad del agente, como veremos, sólo puede hacerse a partir de la confirmación que la propia conducta nos ofrece de la condición racional del agente, Es decir, la circularidad se produce al afirmar simultáneamente: Si A es racional, A actuará de determinada manera, Si A actúa de determinada manera, A es racional, En el primer caso, la racionalidad actúa como condición suficiente de la acción. En el segundo, es la acción la que determina la racionalidad del agente. Como señala A. Gómez, el problema está en que no tenemos posibilidad de salir de esta circularidad, ya que, más allá de la conducta, no contamos con criterios para decidir acerca de la racionalidad del agente. Pero, por otra parte, esta circularidad parece tener un origen sustantivo y no meramente formal, derivado del sentido que Hempel atribuye al concepto de racionalidad. Para Hempel la racionalidad es una caracteristica disposicional del sujeto. ¿Qué significa esto’? Para Hempel, la acción de los individuos debe entenderse como el resultado de un conjunto de disposiciones de naturaleza psicológica, cognitiva, actitudinal, etc. empíricamente demostrables que, dados ciertos fines, explican la conducta de un sujeto.

2.1.2. Racionalidad como conducta de todo actor que elige el curso de acción más adecuado a los fines que persigue Realmente, la racionalidad en el modelo hempeliano desempeña un papel meramente formal, sin interpretación semántica. Racional es, por definición, la conducta de todo actor que elige el curso de acción más adecuado a los fines que persigue. La descripción empírica de los elementos disposicionales del actor, o bien nos sitúa de lleno en un ámbito interpretativo y psicologuizante, o bien nos conduce a una aporía lógica, como acabamos de ver, cuando intentamos operacionalizar lo disposicional en términos conductuales, es decir, en términos de regularidades empíricas.

2.2. EL INDIVIDUALISMO METODOLÓGICO

El individualismo metodológico (IM) es la doctrina que sostiene que todos los fenómenos sociales su estructura y sus cambios son en principio explicables por elementos individuales, es decir por las propiedades de los individuos tales como sus metas, sus creencias y sus acciones. El programa de investigación del individualismo metodológico, para lograr su propósito, se ve obligado a realizar un poderoso esfuerzo de reducción que permita expresar fenómenos de estructura social o cambio histórico por medio de la acción individual de los actores sociales. Este proceso de reducción exige la desagregación de los fenómenos colectivos u holisticos hasta sus componentes accionalistas mínimos, los actos individuales, y un conjunto de formulas relacionales a partir dc las cuales se pueda explicar los complejos fenómenos de agregación social. Desde un punto de vista ideal, el objetivo de las ciencias sociales sería poder restablecer el proceso microcausal que, paso a paso, conduce desde la causa que sc toma como origen último de un determinado estado de cosas hasta este último. Es decir, una perspectiva causal auténtica exige cubrir el vacío entre causa y efecto rellenándolo de los microacontecimientos causales. Por su parte, A. C. Danto ha resumido las propuestas del individualismo metodológico en torno a estas tres tesis, que resumimos como sigue: 1) los individuos sociales o colectivos son causalmente dependientes de las conductas de los actores individuales, y no al revés; 2) las explicaciones de la conducta de los colectivos no son nunca últimas y deben explicarse, a su vez, mediante conductas individuales; y 3) las explicaciones de las conductas individuales jamás deben formularse en términos relativos a la conducta de los colectivos. Hemos visto ya cómo la sociología y la historia, desde la perspectiva de la verstehen, interpretan y acogen, a su manera, al individuo y su acción como pieza clave del desarrollo de la teoría y la metodología sociales. Nos ocuparemos ahora de explorar el individualismo desde una perspectiva no comprensiva, en el sentido más puramente hermenéutico e historicista no weberiano, sin duda mucho más complejo y ambicioso, sino explicativa, es decir, causal, bien que este término deba ser matizado para no llevamos a error. Como hemos mostrado más arriba, el modelo hempe1iano intenta afrontar el problema de la acción desde el punto de vista del individuo, incorporando al actor y su subjetividad, pero entendiendo la explicación causal desde la estrategia nomológico deductiva. Ahora se trata de explorar otras alternativas individualistas que, sin embargo, se alejan de la estrategia nomológico deductiva, sin por ello renunciar a las pretensiones de la explicación causal. Concretamente, haremos una exposición de las ideas de Friedrich von Hayek y Karl Popper, como representantes del individualismo metodológico. Ambos asumen posiciones causalistas, por tanto orientadas a la explicación de la acción, aunque el primero lo haga desdc la afirmación de la singularidad metodológica de las ciencias sociales en oposición a las ciencias de la naturaleza, mientras que el segundo se mantiene dentro de la tradición posi;ivista de la unidad del método científico. Además de esta diferente concepción de la naturaleza de las ciencias sociales, encontraremos en estos dos autores concepciones distintas acerca del tipo de explicación que cabe esperar de ellas.

2.2.1. El individualismo económico de Friedrich van Hayek. Hayek fue un economista liberal que podemos calificar de individualista radical, tanto en la dimensión ontológica como metodológica. Su condición de liberal y su dedicación a la economía, actividad por la que llegó a obtener el premio Nobel, no son, desde luego, circunstancias accidentales respecto de sus orientaciones metodológicas. A continuación, vamos a proponer un conjunto de tesis que creemos pueden recoger, en lo esencial, su pensamiento con relación al problema metodológico desde la perspectiva individualista: 1. Todo fenómeno económico o social es, en último término, un fenómeno reductible a las decisiones de los individuos, decisiones que afectan a la articulación entre preferencias individuales, medios y fines. 2. El análisis de la conducta individual debe hacerse desde los postulados dc la intencionalidad y la racionalidad de la acción, de suerte que ésta pueda ser explicada por relación a los estados de conciencia del actor, es decir, sus creencias, opiniones y percepciones. 3. La esfera de las estructuras o fenómenos sociales dotados de cierta estabilidad son el resultado de la convergencia no planificada de las consecuencias no intencionales de la acción; es decir, de una u otra manera, de la mano invisible de la que hablaba A. Smith, inspirándose en Mandeville. 4. La existencia de una estructura psíquica en el género humano, una unidad psíquica básica de la naturaleza humana, es la condición de posibilidad de que podamos aventurar interpretaciones acerca de ciertos actos básicos, originados en ella. Esta estructura universal básica es la condición de posibilidad de una ciencia explicativa mínima, basada en el descubrimiento de los principios que explican la acción a través de las representaciones de la realidad en las mentes de los hombres. 5. Sin embargo, frente a lo que otros autores de la escuela austríaca han sostenido, por ejemplo su fundador C. Menger, Hayek defenderá la singularidad de las ciencias sociales basada en la idea de que, frente a las ciencias de la naturaleza, que trabajan con realidades complejas que han de desmenuzar hasta descubrir sus componentes más elementales y cl sistema de relaciones causales que las sustentan, las ciencias sociales trabajan directamente con aquello que es, por así decir, la estructura atómica de lo social: los individuos y sus acciones. 6. Las ciencias sociales, a pesar de su singularidad, no pueden renunciar a la búsqueda de regularidades que expliquen la acción individual; ahora bien, la explicación de la acción no puede pretender la formulación de predicciones exactas, sino un tipo de explicación aproximativa, que podemos denominar explicaciones por principios. La postura de Hayek es manifiestamente individualista. Por ello, las ciencias sociales sólo podrán dar cuenta de la acción individual cuando acudan a la conciencia de los propios hombres, para encontrar en ella la determinación de su conducta. La estrategia individualista se dirige a la acción tomando esas creencias y percepciones como datos. Las ciencias sociales tratan de la acción consciente y reflexiva propia del hombre, de actos de los que una persona realiza en función de una elección entre varias alternativas que se le presentan. Hayek interpretará este proceso de decisión individual, que impregna la acción social, desde la tradición del pensamiento de la economía política liberal, individualista y utilitarista. Para esta tradición, la acción individual ha de interpretarse en el sentido de una elección eficiente de acuerdo con las preferencias de los actores y los medios disponibles. Sin embargo, para estupor de positivistas, Hayek se muestra dispuesto a incorporar a su ecuación explicativa la esfera subjetiva del actor; sólo incorporando la subjetividad individual puede darse cuenta de la acción y, a través de ella, de la esfera social. Ahora bien, si la acción explicada a partir de la interpretación de las ereencias, opiniones y percepciones del propio actor acerca del mundo fisico y social, es el dato primario con el que trabaja el científico social, el objetivo de las ciencias sociales es, en último término, explicar el origen y formación de una esfera de entidades sui generis, causadas por la concurrencia de un sinfín de acciones individuales. Es decir, el verdadero problema de las ciencias sociales es explicar el orden social como resultado no intencional de la acción individual. La permanencia de eso que llamamos estructuras sociales sólo puede ser el resultado de la reiteración de acciones equivalentes motivadas por ideas, representaciones y creencias que anidan en las conciencias individuales.. La concertación de la acción social, es decir, la acción colectiva conscientemente proyectada es, realmente, un epifenómeno. No cabe pensar, afirma Hayek, que el orden social provenga de esta fuente, sino de la convergencia espontánea e intencional de la acción social. También se engañan los constructivistas que, a fuerza de confiar en las capacidades humanas, intentan proyectar la fantasía de un orden construido por la acción a través de la cooptación y la negociación de significados. Las ciencias sociales, tomando como modelo el desarrollo de la economia, particularmente ejemplificada en los modelos teóricos desarrollados por Walras y Pareto a propósito de la teoría general de los precios, debe aspirar al descubrimiento de los principios implicados en la acción y en sus procesos dc agregación, renunciando a la fantasía de una ciencia predictiva.

2.2.2. Karl Popper y la lógica situacional El pensamiento de K. Popper acerca de la lógica de la investigación científica en las ciencias sociales se encuentra disperso en varias de sus obras. Cree Popper, como Weber, que las ciencias sociales han de poner su atención en la acción social significativa, pues es la acción, por así decir, el verdadero átomo social. Sin embargo, Popper quiere alejarse de la verstehen de la tradición alemana, demasiado contaminada de actitud hermenéutica, con derivaciones psicologistas, idealistas y/o historicistas. El análisis de la acción individual ha de hacerse desde una estrategia metodológica objetivista que permita una auténtica explicación causal de la acción, y no una mera inteligibilidad. En esto, Popper se sitúa en la tradición de la unidad metodológica de la ciencia, tan cara a la concepción heredada, y, más generalmente, al positivismo. Así pues, si el objetivo de las ciencias sociales es la explicación causal en el medio objetivo de la acción, entonces, en opinión de Popper, no cabe otra cosa que remitir la acción individual al marco situacional en que se produjo. Así, Popper afirmará: Pero ¿qué significa atenerse a la situación de la acción? La situación es un concepto complejo. Incluye un conjunto de elementos que podemos esquematizar como sigue”: 1) el mundo físico en que actúan los individuos, que incluye tanto objetos o capacidades que son medios, como restricciones para la acción; 2) el entorno social, formado por otros seres humanos cuyas intenciones y metas conocemos sólo parcialmente; 3) las instituciones sociales, que determinan la naturaleza social de la situación. Por lógica de la situación ha de entenderse, pues, una determinada configuración de estos elementos que influye en la acción de un agente. Asi pues, a la hora de analizar la acción individual, debemos procurar enlazar dos instancias: el actor social y sus intenciones, por una parte, y la situación social, por otra. Sin embargo, tanto una como otra instancia deben caracterizarse objetivamente, es decir, de acuerdo con la deseripción objetiva, empíricamente contrastable, de la situación y del actor en ella. Dicho de otro modo, Popper desea alejarse completamente de una aproximación subjetivista: la acción no puede ser explicada desde la particular percepción, psicológicamente fundada del actor. El análisis del científico social no se dirige al mundo del actor, sino a una configuración precisa y objetiva del mundo la denominada situación en la que se ineluye también al actor y su mundo es decir, al actor y sus motivos reconstruidos como fines objetivos a partir de la lógica situacional. Para ello debe ser posible convertir el mundo de las significaciones psicológicas en un sistema de hechos objetivos referidos a la acción.. Popper pretende defender un concepto de racionalidad objetiva: por tal se entiende la adecuación objetiva de la acción al marco situacional. Para juzgar la racionalidad de una acción no debemos, pues, apelar a una noción universal de racionalidad predicable del individuo en tanto que ser humano, sino que la racionalidad se presenta, más bien, como un producto de la situación cuya configuración objetiva define, per se, el curso adecuado de acción, es decir, racional.. El principio de racionalidad de la acción postula la conducta racional del actor, es decir, que, en una situación dada, al actor se conducirá de la forma más adecuada a la consecución de sus fines en un determinado escenario. Por otra parte, Popper, pensador liberal, defendió siempre una concepción no determinista de la acción. Popper intentó reconciliar las posturas colectivistas e individualistas, admitiendo la poderosa influencia del marco institucional, pero reservando para el individuo un resto de libertad inalienable”. Popper, que se sitúa en la tradición kantiana a este respecto, nos presenta un individuo cuya conducta se sostiene sobre el sutil espacio de la determinación social y la impredecibilidad. Por eso, su apuesta metodológica afirma que, si bien el binomio actorsituación es irrepetible, y por tanto inasequible a una explicación bajo leyes de cobertura, la acción puede ser causalmente explicada por la situación en que se produce bajo el postulado de la racionalidad, entendida al modo popperiano.

LA EXPLICACIÓN DESDE LA TEORÍA DE LA ACCIÓN SOCIAL (III): LA TEORÍA DE LA ELECCIÓN RACIONAL

Como ya hemos advertido anteriormente, existe una línea de continuidad teórica que enlaza las reflexiones de la Escuela Escocesa desde Mandeville o Smith hasta las más recientes versiones del individualismo metodológico. Nos proponemos ahora dar cuenta de algunos de los desarrollos más recientes dentro de esta línea de pensamiento del individualismo metodológico. Las dos aproximaciones que hemos presentado, las de Hayek y Popper, constituyen, en último término, tentativas muy generales y poco precisas. Son, más bien que propuestas metodológicas precisas y articulables, declaraciones de principios e intenciones, a la vez ontológicos, epistemológicos, metodológicos, y también, no lo olvidemos, ideológicos. Debemos ahora, pues, penetrar con más detalle y profundidad en los desarrollos que, dentro de las ciencias sociales, han intentado ofrecer este tipo de propuestas.

1. EL HOMO AECONOMICUS Y EL ESPACIO DISCURSIVO DE LA ECONOMÍA NEOCLÁSICA

Vamos a aproximarnos a la teoría de la elección racional desde el marco del discurso económico, su verdadera matriz, más allá de la dimensión estrictamente matemática que incorpora este programa de investigación. Entre 1871 y 1874 tuvo lugar una de esas asombrosas coincidencias que la historia de la ciencia nos regala de tanto en tanto. Tres economistas de diferente nacionalidad, W. Stanley Jevons en Inglaterra, Carl Menger en Austria y Léon Walras en Suiza, propusieron simultánea e independientemente la conocida teoría de la utilidad marginal. Esta nueva teoría venía a afrontar dos aspectos esenciales para la economía: por una parte, intentaba crear un nuevo marco teórico desde el que explicar la formación del valor de las mercancías, los bienes y servicios que se intercambian entre los individuos en el mercado; por otra parte, suministraba una explicación precisa y sencilla de los mecanismos de regulación del mercado que conducían a estados de equilibrio general a partir de la agregación dc conductas individuales descentralizadas. En cuanto a la primera de estas dos cuestiones, la noción de utilidad marginal venía a reformular el problema fundamental de la teoría clásica del valor, enunciada por David Ricardo en 1817 en sus Principios de economía política y tributación. En esta obra, a partir de las ideas de Smith, expuestas en su influyente Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, de 1776, Ricardo habia expuesto la tesis de que el valor de los bienes que se intercambian en el mercado es, esencialmente, resultado del trabajo que como tales bienes incorporan. Ricardo, como Smith, sabía que las fluctuaciones de la demanda y de la oferta hacen variar, en el día a día, el precio de un producto. Sin embargo, en la interpretación ricardiana y en general en toda la economía clásica no había lugar para la demanda como factor que interviene decisivamente en la formación del valor. Los precios de los productos provenían dc la cuantía del trabajo que había que invertir en su producción, tal y como, por otra parte, lo entenderá Marx, tan clásico como el mismo Ricardo en esto. Ahora bien, la teoría del valor de la economía clásica fue su principal error’, a pesar de los aplausos que obtuvo del brillante J. S. Mill, que como expositor y sistematizador de las tesis clásicas en sus Principios de Economía, en 1848, declaraba la teoría del valor como concluida y definitiva. Los economistas neoclásicos encontraron la manera de ofrecer una explicación del valor que superaba las limitaciones del modelo ricardiano. La teoría de la utilidad marginal abordó la formación del precio o valor de un bien desde el punto de vista no de una utilidad general del producto es decir, de su valor de uso, que ya aparecía en la economía clásica, sino de la utilidad que dicho bien presenta cuando se le considera unidad a unidad y en combinación con la cantidad de producto circulante y la demanda del mismo por parte del consumidor. Los tres economistas a los que más arriba nos referíamos descubrieron que la formación del precio de un producto depende de su utilidad marginal. En general, se entiende por utilidad la satisfacción o bienestar que proporciona un bien al ser consumido. Los economistas neoclásicos denominaron utilidad marginal a este incremento de utilidad producido por el consumo de cada nueva unidad. Además, observaron que la utilidad marginal tiende a disminuir o decrecer con el aumento del número de. unidades consumidas, tendiendo a anularse, o incluso, en cierto sentido, a tomar un valor negativo. Desde esta perspectiva teórica, la formación de precios no debía ser explicada por la noción de valortrabajo incorporado al bien, sino por la utilidad general del bien en cuestión. Pero lo que nos interesa destacar ahora es que la teoría de la utilidad marginal supuso la entrada del factor demanda en la explicación de la formación de precios, tal y como hoy se entiende desde la perspectiva mixta de la oferta y la demanda. La noción dc utilidad marginal aproximó la ciencia económica a la física newtoniana. La posibilidad de expresar este concepto la utilidad marginal de un bien matemáticamente otorgó un nuevo estatuto a la economía. Efectivamente, la utilidad marginal podía ser representada a través del concepto matemático de función. La utilidad marginal es el incremento diferencial de utilidad propiciado por el incremento diferencial en el consumo del bien. Esta poderosa herramienta matemática no fue ajena al auge que conoció la teoría neoclásica y a su éxito explicativo, por más que el modelo adoleciera de ciertos problemas derivados de las restricciones que la modelización matemática imponía a la realidad empírica que se quería abordar. Sin embargo, la extraordinaria potencia teórica y explicativa con que se presentó y aún lo hace la economía neoclásica no descansa sólo sobre su novedosa noción de utilidad marginal y su ejemplar desarrollo matemático. La economía neoclásica logró incorporar al individuo/consumidor a sus modelos, haciendo de la decisión/acción del individuo el punto de arranque de la ciencia económica, al menos desde la perspectiva microeconómica, que es la perspectiva neoclásica. La incorporación del individuo al modelo económico presentaba la gran virtud de enraizar la teoría económica en un sólido apoyo empírico. La economía podía, de esta manera, remitir el análisis y la explicación de los complejos procesos económicos agregados a un modelo microeconómico consistente en la composición de las decisiones de compra de los consumidores. No cabe duda de que, como modelo, la perspectiva microeconómica resultó muy atrayente por su simplicidad y su inmediatez empírica, respaldada, por otra parte, por un conjunto dc nociones que parecen presentarse al entendimiento humano como dotadas de una inmediatez introspectiva incuestionable.

1.1. LA FORMALIZACIÓN MATEMÁTICA DEL HOMO AECONOMICUS DE LA TEORÍA NEOCLÁSICA

Desde la perspectiva microeconómica, el mercado puede entenderse como un agregado de intercambios basados en decisiones individuales. La idea es muy sencilla: un individuo compra/vende, esto es, intercambia productos en un mercado libre, en condiciones de competencia perfecta: información completa y libre competencia. El individuo, en la versión más elemental del modelo, se entiende dotado de: a) Un sistema de creencias acerca del mundo basadas en la evidencia disponible y expresable a través de juicios o proposiciones verificables acerca de los estados de cosas reales o posibles. b) Un sistema de preferencias o valores que permiten al individuo jerarquizar sus fines (o motivos), de modo que sus decisiones se orienten siempre desde su capacidad evaluativa y las expectativas acerca de las consecuencias de sus decisiones. c) Un principio autorregulativo por el que el individuo tiende siempre a buscar su propio interés, un egoísmo primario que determina indefectiblemente su conducta de acuerdo con cl proceder de la denominada racionalidad instrumental maximizadora. No cabe duda de que uno de los grandes avances de la economía neoclásica consistió en expresar matemáticamente esta escueta antropología, utilizando algunas de las herramientas más poderosas de esta disciplina: a) Los sistemas de creencias sobre los estados de cosas reales o futuros podían ser expresados como una distribución de probabilidad: cada creencia de un individuo acerca de algún aspecto significativo del mundo se presenta como un suceso al’ que corresponde una probabilidad. b) El sistema de preferencias, la piedra angular del sistema, encontró su expresión en la noción matemática de función. Cada asignación de preferencias puede ser representada a través de una función de utilidad general de modo que en ella puedan ser calculados los valores marginales de utilidad para cada incremento de consumo del bien en cuestión. c) El egoísmo elemental de esta antropología de mínimos pudo interpretarse como el interés por maximizar la conducta económica: esta maximización obtener el mayor bien con el menor esfuerzo o coste encontró su expresión en el concepto de máximo absoluto de una función. En cada función de utilidad, y siempre que se satisfagan ciertas condiciones, es posible determinar el valor de consumo en el que la utilidad se maximiza, es decir, en el que se optimiza la decisión, y por encima (o por debajo) del cual la decisión deja de ser óptima. En un contexto de medios escasos, condición esencial de todo el discurso económico, el individuo distribuirá sus recursos de modo que, de acuerdo con sus preferencias, obtenga aquellos bienes o servicios una determinada cesta dc la compra cuya combinación resulte óptima para el conjunto agregado dc las funciones de utilidad de cada uno de sus bienes.

1.2. LA REVISIÓN DEL MODELO. UNA PRIMERA DIFICULTAD: ¿SON LAS PRERERENCIAS INDIVIDUALES UN SISTEMA CONSTANTE?

Para que el tratamiento matemático de las preferencias a través de una función de utilidad sea posible, ha de exigirse al conjunto de las preferencias de cada individuo ciertas condiciones. Para que el sistema de preferencias individuales sea consistente debe ser posible que: a) Las preferencias no sean contradictorias, es decir, que un sujeto no prefiera simultáneamente A y noA; b) la función de utilidad sea continua y derivable, es decir, que las preferencias como sistema sean continuas y que la utilidad como concepto empírico pueda ser derivable; c) entre las preferencias se cumpla la relación transitiva: si A es preferible a B y B es preferible a C, entonces A debe ser preferible a C; d) el sistema de preferencias ha de ser completo, es decir, para cualesquiera dos preferencias A y B dadas, entonces debe ocurrir: o A es preferible a B, o B es preferible a A, o A Y B son indiferentes. El concepto de función permite, bajo ciertas condiciones, precisar con exactitud, explicar y predecir, los valores/decisiones que maximizan la acción individual. Sin embargo, ¿son las preferencias de un individuo un sistema consistente? El modelo, en este sentido, exige de la realidad empírica un ajuste difícil de admitir, incluso en un sentido modélico heurístico en el que algunos se mueven.

1.3. OBJECIONES AL MODELO

1.3.1. Referidas al concepto de preferencia La primera objeción que puede hacerse al modelo se refiere al mismo concepto de preferencia. Por preferencia de un individuo se entiende, en un sentido restringido, aquello que es fin, objeto o meta de las conductas de compra por parte de dicho individuo. Ahora bien, esta noción de preferencia puede resultar tautológica: lo que el individuo prefiere es aquello que consume, al mismo tiempo que lo que el individuo consume es aquello que prefiere. Dicho de otro modo, cualquier decisión de compra, cualquier acción, puede ser interpretada como una acción preferencial y cualquier individuo es, necesariamente, un preferidor, actúe como actúe. Por otra parte, cabe preguntar si puede aceptarse sin más que la acción individual se deriva siempre dc preferencias conscientes, es decir, si en ocasiones cabe pensar en conductas producidas por deseos inconscientes o preconscientes, difícilmente asumibles por el modelo. En suma, el problema nace, como vemos, de la supresión del contenido subjetivo del concepto de preferencia como condición necesaria para su tratamiento objetivo.

1.3.2. Restricciones formales a las preferencias empíricas Un segundo grupo de objeciones se refiere a las restricciones formales que impone el modelo a las preferencias consideradas empíricamente: a) Las preferencias no parecen constituir un sistema jerarquizable, tal y como lo exige el modelo analítico, pues difícilmente los individuos empíricos están en condiciones de establecer de manera adecuada una jerarquía explícita y en sentido fuerte para todas y cada una de sus preferencias. b) Es evidente que las preferencias no constituyen un conjunto completo en el sentido lógico, pues no sin dificultades puede el sujeto empírico desembarazar sus preferencias de conflictos motivacionales difícilmente dirimibles, si quiera analizables en términos racionales y conscientes. c) No siempre las preferencias se muestran dotadas de la propiedad transitiva. d) La derivabilidad del concepto de preferencia es una mera cuestión nominal, pues el concepto empíríco de preferencias, se defina como se defina, es incompatible a todas luces con las cxigcncias de derivabilidad y continuidad.

1.3.3. Referidas a la génesis y el valor de las preferencias El modelo del preferidor racional en su versión estándar omite por completo esta pregunta. En el modelo se contempla la figura de un individuo dotado de un conjunto de preferencias pero sin lugar para consideraciones acerca de: a) el valor sustantivo que pueda atribuirse a cada una de ellas, y b) la referencia al proceso por el cual esas preferencias han llegado a ser las que son para ese individuo. Comencemos por la segunda cuestión. El preferidor racional es, prima .facie, causa sui, principio y origen de sus propias preferencias. Esta suposición, es evidente, no se sostiene empíricamente. No puede aceptarse, en modo alguno, que las preferencias sean el resultado espontáneo de una subjetividad monódica abstraída del mundo social, histórico e imaginario en que se sitúa el individuo, como tampoco puede aceptarse que las preferencias se originen siempre en procesos conscientes liberados de ciertas estrategias psicológicas defensivas e inconscientes del tipo de los mecanismos de defensa. Sin que sea necesario, por otra parte, asumir al completo las más diversas teorías con las que contamos desde Marx o Mannheim acerca de la ideología, resulta insensato pensar que cabe trabajar con un modelo de explicación de la conducta individual o colectiva en el que no tenga cabida, de algún modo, la noción de ideología como noción clave pará comprender la formación de los sistemas de preferencias y de creencias del individuo. En síntesis, el homo aeconomicus constituye una ficción cuya debilidad, en este sentido, se asienta en dos opciones estratégicas de graves consecuencias: a) la fuerte reducción a que somete los anclajes sociales, históricos, ideológicos o culturales, ausentes cn cl modelo y que obligan a concebirlo como mónada auto determinada, sujeto de intereses endógenos y causa sui, y b) la sustitución de la representación sociohistórica de la génesis y construcción de la identidad individual por una ficción psicologizantes en la que el individuo se reduce a un haz de regularidades conductuales y motivacionales que se presenta como núcleo transhistórico y universal, empíricamente desconectado, capaz de afrontar la explicación dc cualquier comportamiento, sea éste cual sea. Sin embargo, esta incapacidad fundada en las opciones estratégicas y analíticas del modelo conduce a una profundización extrema de la tautologicidad. Pero ¿qué tienen que ver las preferencias de la aristocracia ateniense del siglo v en relación con el arte o la filosofía con las preferencias de los consumidores actuales dentro del modelo dc un capitalismo muy evolucionado, o con la particular versión del incipiente capitalismo chino o las preferencias sexuales de los Azande? Expresado de un modo más intuitivo, la completud indica la capacidad de un modelo para encontrar acomodo explicativo en su seno para cualquier fenómeno del campo empirico al que se refiere dicho modelo, sea éste cual sea. Efcctivamcntc, el prcfcridor racional rcsulta, si se permite la expresión, hipercompleto, pues permite analizar la conducta de cualquier sujeto en tanto que preferidor haciendo abstracción de cualesquiera circunstancias históricosocialcs, culturales, lingüísticas, simbólicas, etc. Por una parte, un rechazo ontológica y epistemológicamente fundado que es el que ya hemos expresado motivado en la indisoluble conexión entre el individuo y sus anclajes históricosociales, ideológicos, lingüísticos, etc., razón por la cual las preferencias del individuo le pertenecen siempre en un sentido que debe ser matizado y reconstruido a través de un rodeo por la exterioridad social, interiorizada y convertida en subjetividad individual socialmente construida. Sea como fuere la toma de postura que se adopte en tomo a esta cuestión, lo cierto es que el modelo del preferidor racional en su versión estándar, por una parte, parece incapaz de pronunciarse dc una u otra manera acerca de estas cuestiones, que, aunque normativas, han sido parte esencial dc la reflexión de las ciencias sociales desde sus orígenes, y, por otra, en la medida en que no cuestiona los diferentes sistemas de preferencias ni explora sus orígenes o intereses, tiende a legitimar aquellos que resultan dominantes en una situación histórica dada, naturalizándolos. Pero, por otro lado, el preferidor racional resulta un instrumento de análisis no sólo empobrecedor sino peligroso, pues sus compromisos ontoepistemológicos no se alinean con el interés emancipador, sino, antes bien, con un cierto modo característicamente ideológico de representar la realidad y en ella la actividad humana. Desde esta óptica, el modelo estándar no sólo no cumple con la expectativa de dar razón de la conducta individual atendiendo a su diversidad ya la naturaleza social y vicaria de los sistemas de preferencias, sino que oculta su verdadera naturaleza presentando a un individuo ajustado a los intereses ideológicos del individualismo burgués y (ultra)liberal, así como al imaginario de la economía de mercado y su lógica del intercambio y la voracidad posesiva, gestado históricamente a partir del pensamiento de los moralistas escoceses, el pensamiento empirista británico y la teoría económica clásica, cuyos principios colonizaron lentamente otras áreas dc la reflexión social. El modelo no puede arrancar, pues, de la suposición de una conciencia auto determinada, sino de la evidencia empírica que atestigua tozudamente que tanto en sus preferencias, como en sus creencias o en su pretendida racionalidad, el individuo es indisoluble de sus marcos históricosocial, ideológico, normativo, etc. Es más, desde la perspectiva emancipadora heredera del proyecto ilustrado, el conocimiento científico social histórico, sociológico, económico o psicológico debe proveer al individuo de los medios necesarios para transformar su propia conducta en el sentido de una autodeterminación moral y conductual. Se trata, en suma, de dirigir el progreso del conocimiento científico y social hacia la cuestión que hemos visto surgir como pregunta central de toda teoría dc la acción, a saber, si puede tomarse al individuo como verdadera fuente de sus preferencias, creencias o intereses, o si, por el contrario, su conducta es una manifestación de otras fuerzas supraindividuales. En una buena parte de sus trabajos, J. Elster se ha ocupado de señalar la necesidad de incorporar al programa del individualismo y de la teoría de la elección racional la cuestión del origen y formación de los sistemas dc preferencias y creencias. Efectivamente, hay que comprender que el problema que venimos señalando, tanto en su vertiente ontológica como epistémica o metodológica, no afecta sólo a las preferencias, sino también a las creencias individuales.

2. EL TRATAMIENTO DE LAS CREENCIAS EN EL MODELO ESTÁNDAR

Las creencias, tratadas por el modelo estándar como una distribución de probabilidades, consisten en juicios acerca dc estados de cosas pasados, presentes o futuros, efectivamente realizados o meramente posibles. Los sistemas de creencias, en el interior del modelo, se suponen siempre basados en la evidencia disponible, es decir, fundados empíricamente, y ajustados a ciertas condiciones de racionalidad y coherencia interna o consistencia: creencias sobre estados de cosas posibles en algún sentido, no contradictorias, sistemáticamente trabadas, etc. . En el seno del modelo, los sistemas de creencias desempeñan un papel esencial y su caracterización en los términos que acaba mas de utilizar resulta esencial para la capacidad explicativa del mismo, pues resulta imposible explicar la conducta en virtud de creencias cambiantes, azarosas, contradictorias, inconsistentes o irracionales. Ahora bien, reproduciendo la pregunta que antes nos hacíamos en referencia a las preferencias, ¿son los sistemas de creencias tal y como los presenta el modelo estándar? Sin necesidad dc someter esta cuestión a un análisis detallado, puede afirmarse que la evidencia empírica indica que los sistemas de creencias: a) No se construyen exclusivamente sobre la base de la evidencia disponible, sino que se ven afectados en su mismo núcleo por costumbres, tradiciones, valores hábitos, prejuicios, aprendizajes previos, reacciones emocionales, etc., hasta el punto de poder afirmar que las creencias no responden a las características de lo que denominamos un saber crítico, contrastable y contrastado, sino que, antes bien, responden a un tipo de saber esquemático, operativo, combinación simultánea de una herencia cognitiva culturalmente transmitida y reforzada a través dc cargas morales ligadas a sus contenidos y de un aprendizaje inductivo lleno de generalizaciones parciales, las más de las veces indebidamente inferidas. b) Difícilmente pueden ser considerados un sistema consistente, pues suelen incurrir en contradicciones y se muestran incompletas y carentes de una estructura lógica sólida que permita decidir algorítmicamente, a través de procesos de inferencia deductiva y/o empírica, acerca de la adquisición dc nuevas creencias o la supresión de aquellas que ya se poseen. Estos fenómenos más bien parecen seguir complejos procesos psicológicos y sociales, del tipo de los referidos en la conocida teoría de la disonancia cognoscitiva, muy alejados de los procedimientos dc contrastación lógica, verificación empírica o falsación, que deberían exigírseles. A pesar de estas observaciones críticas, el modelo estándar puede intentar obviar estos obstáculos apelando a que los sistemas de creencias pueden no ser coherentes ni empíricamente fundados para un observador externo e independiente del contexto significativo del individuo que los posee, y, sin embargo, resultar del todo coherentes para la percepción de este último, y de este modo, para explicar su conducta. Los sistemas de creencias, así contemplados, adquicren su relevancia teórica y mctodológica por su capacidad para explicar la conducta de un individuo como consecucncia de sus creencias, con independencia de la calidad de éstas empírica, lógica o moralmente consideraso Quienes así opinan exigen separar la función epistémica y metodológica de las creencias dentro del modelo de las consideraciones semánticas como su adecuación empirica o normativas, es decir, de su racionalidad sustantiva o de su bondad moral. Sin embargo, como ocurría al tratar acerca de las preferencias, debemos preguntarnos si este recurso a la segregación de las consideraciones metodológicas con relación a las de orden semántico o normativo resulta aceptable para la ciencia social. Como antes, dos objeciones parecen imponerse: a) En primer lugar, la sombra dc la tautologicidad reaparece: todo individuo actúa de acuerdo con sus creencias, sea cual sea su conducta, como, por ejemplo, santiguarse tres veces antes de lanzar la pelota en un penalti, etc. Los sistemas de creencias, no importa su naturaleza, se suponen en la base de la conducta humana; sin embargo, si cualquier cosa es potencialmente una creencia, y éstas raramente suelen formularse explícitamente, entonces la determinación de las creencias como condiciones de la acción se disuelve en una tarea superflua y estéril, las más de las veces reducida a una elaboración ad hoc dc ciertas condiciones explicativas de la acción. b) En segundo lugar, las ciencias sociales tienen un reto fundamental que no consiste en afirmar que toda acción tiene tras de sí ciertas creencias, sino más bien en explicar por qué motivo ciertas creencias son las que son y por qué determinados individuos o grupos sostienen unas u otras en determinadas circunstancias, a la vez que se alumbran los mecanismos a través de los cuales dichas creencias penetran y anidan en la subjetividad individual y sirven a intereses propios o ajenos.

3. EL TRATAMIENTO DE LA RACIONALIDAD EN EL MODELO ESTÁNDAR

Queda todavía por discutir en nuestro esquema de análisis una cuestión fundamental que afecta al núcleo del modelo estándar. Nos referimos al problema de la racionalidad de la acción. La racionalidad del horno aeconomicus coincide esencialmente con la denominada racionalidad instrumental. Como ya sabemos, esta racionalidad presupone la maximización, a través de la conducta, de la relación entre medios y fines. Estos supuestos vuelven a situar al modelo en una posición ontoepistemológica muy comprometida. a) Así, en primer lugar, en el modelo se acepta que el preferidor concurre en un contexto de interacción e intercambio enteramente libre, en el que no hay más restricciones que las que impone fácticamente le entorno o la propia capacidad del individuo. b) En segundo lugar, el individuo concurre dotado de toda cuanta información relevante necesita para sus procesos de interacción. c) En tercer lugar, el individuo está en disposición de prever las conductas o reacciones de los demás participantes, instancias sociales o actores individuales afectos a su propia decisión. Resulta sencillo suponer que estos cuatro supuestos maximizaeión de la conducta instrumental, libertad, información completa y conocimiento previo de los otros agentes se encuentran muy alejados nO sólo de las circunstancias en que se desenvuelve la vida cotidiana de la gente, sino también de las condiciones habituales de la actividad comercial o de mercado. Weber comprendió esta limitación, y su tipo de racionalidad orientada a fines, aunque muy importante en sus estudios histórienos a propósito de la génesis de la sociedad y civilización occidentales, fue presentado en compañía de otros tipos de racionalidad cuyas naturalezas se desprenden de la noción de maximización egoísta del propio beneficio. Es más, en su obra La ética protestante y el espírilu del capítalísmo, Weber reconstruye el proceso histórico e ideológico que subyace al triunfo de la racionalidad económica capitalista, mostrando, paradójicamente, cómo la racionalidad instrumental, egoísta y maximizadora es hija, precisamente, de un tipo de racionalidad no instrumental sino, más bien, valorativa y afectiva la que representa el imaginario protestante mostrando de este modo, a través de su génesis histórica, un hecho de verdadera trascendencia, a saber, la insuficiencia lógicoontológica y axiológica de la racionalidad instrumental para fundarse a sí misma. Sin embargo, la acción humana empíricamente considerada parece desmentir sistemáticamente este hecho” a no ser que, como defensores del modelo estándar, nos sintamos tentados a sostener recurriendo una vez más al razonamiento tautológico y a la productividad inflacionaria de una teoría hipercompleta en el sentido en que usábamos este término en la sección anterior, que cualquier acción es maximizadora en algún sentido y bajo ciertas circunstancias, aunque aparentemente parezca ser lo contrario. Parece que ésta seria la única estrategia posible para explicar, desde el modelo estándar, ciertas conductas tales como la destrucción de las riquezas características de ciertas fiestas institucionalizadas entre los kwakiutl denominadas Potlach, la arriesgada actividad de ciertos individuos que ponen su vida en grave riesgo para ayudar a otras personas en ONG, grupos religiosos, cuerpos especiales, etc. o la pasiva conducta dcl hombre dedicado a la meditación y al silencio o la vida contemplativa. En resumen, una teoría de la racionalidad maximizadora debe afrontar, pues, las graves objeciones de naturaleza lógicometodológica la más grave desde el punto de vista modeloteórico, de contrastación empírica y de tautologicidad e infalsabilidad.

4. LIBERTAD, INFORMACIÓN Y COMPORTAMIENTO ESTRATÉGICO

Más allá de estas dificultades subyacen otras relacionadas con el resto de los supuestos mencionados más arriba: libertad, información y conocimiento estratégico del medio. Nos ocuparemos, en cambio, de presentar, aunque sea someramente, algunos de los desarrollos más importantes surgidos en la teoría de la elección racional y la teoría de los juegos para hacer frente a las limitaciones de la estrecha noción de racionalidad del homo aeconomicus y, al mismo tiempo, incorporar de forma sustantiva el contexto de la acción en condiciones más próximas a las de la realidad empírica. Con la expresión riesgo se hace referencia a aquellas decisiones en las que, si bien no es posible determinar el resultado a priori, si pueden estimarse las posibles consecuencias o resultados alternativos de la acción, asi como sus probabilidades relativas. La más reciente teoría de la acción racional ha incorporado estos escenarios alternativos a su metodologia y a su haber teórico, enriqueciendo, sin lugar a dudas, el modelo estándar5 La otra cuestión esencial se refiere a la capacidad de los individuos para anticipar las decisioncs de los demás o sus reacciones ante la conducta propia. En el modelo estándar, el individuo que ha de tomar una decisión con relación a su acción parecc estar en condiciones de anticipar la conducta con la que los distintos actores corresponderán a su iniciativa. Sin embargo, esa manera de concebir la conducta de los agentes sociales, individuales, colectivos o institucionales, rcsulta, una vez más, muy insuficiente desde el punto de vista empírico, pues sólo en ocasiones la conducta se encuentra sujeta a respuestas estandarizadas y completamente previsibles.. La teoría de la elección racional denomina medio paramétrico a aquel medio social en el que los valores de las variables intervinientes factores ambientales, información, conducta de los otros agentes, etc. puede considerarse como dado e inamovible para un individuoactor que, por tanto, sólo debe adaptarse a él. Por el contrario, se denomina medio estratégico a aquel medio social en el que, junto al individuoactor cuya acción se analiza, se encuentran otros actores también racionales, con sus mismas capacidades y posibilidades de interferir en su conducta. No cabe duda de que el medio estratégico es el único que representa, con cierta objetividad, los contextos de interacción empíricos. La conjunción de medios estratégicos en situaciones de riesgo e incertidumbre constituye el núcleo de los escenarios de competencia imperfecta en los que un conjunto tan grande como se quiera de individuos actores racionales interactúan generando situaciones potencialmente conflictivas motivadas por la existencia de intereses enfrentados en contextos de escasez de recursos en los que cada individuo juega a establecer su decisión en .función de las consecuencias de su acción y del análisis de la conducta de los demás actores.

5. LA TEORÍA DE JUEGOS

Para dar cuenta de todas estas complejas ramificaciones y compromisos teóricos, la teoria de la elección racional ha recurrido a la teoría de juegos. Ésta es, ante todo, un sofisticado aparato matemático de análisis de cierta clase de situaciones que, metafóricamente, reciben la denominación de juegos. Esta denominación se basa en la idea de que los juegos infantiles pueden servir de base para la explicación de fenómenos sociales reales mucho más complejos. Los juegos se caracterizan por la interacción de dos o más jugadores que persiguen diferentes fines tales como ganar el juego, derrotar selectivamente a uno o varios jugadores, o simplemente llegar a cierto estado de equilibrio suficientemente satisfactorio para todos y se conducen estratégicamente, es decir, como sujetos racionales en medios en los que otros sujetos, también racionales, persiguen igual que ellos fines que pucdan entrar en conflicto. Los juegos, pucs, son escenarios en los que surgen paradigmáticamente tanto estrategias de conflicto como de cooperación o de alianza, por 10 que, como modelos de análisis, resultan mucho más potentes que la versión estándar limitada a situaciones paramétricas. Desde el punto de vista matemático, las técnicas de análisis fueron desarrolladas por el matemático John von Neumann hacia los años treinta. Más tarde, en la década de los cuarenta, junto a Oskar Morgenstem, trabajó en el desarrollo de las aplicaciones económicas de la teoría. En 1944 publicaron juntos Theory of Carnes and Economic Behavior. Otros nombres asociados a csta teoría matemática son los de C. Harsanyi, 1. F. Nash y R. Selten, que por sus trabajos en este campo recibieron el premio Nobel en 1994. La teoria de juegos se aplica hoy en el análisis de múltiple situaciones de muy diversa naturaleza, en economía, política, comportamiento electoral, teoría sociológica, estrategia jurídica, etc., y ha rendido interesantes resultados en todos ellos. Para hacerlo, la teoría de juegos ha desarrollado potentes modelos matemáticos capaces dc abordar complejas situaciones estratégicas gracias a los cuales pueden analizarse escenarios de muy diversa naturaleza. Es manifiesto que como instrumento para desentrañar la complejidad, la teoría de juegos ha aportado un considerable organon cuyas aplicaciones aún se están desarrollando. Como modelizaciones, los juegos permiten seleccionar y estudiar grupos de variables que se consideran centrales en un determinado contexto, mostrando su influencia en la conducta de los actores y, como en el ajedrez, previendo tipos de respuesta ante determinados movimientos. Nos parece, pues, de enorme importancia la aportación de esta rama dc la matemática aplicada al análisis de situaciones de interacción social estratégica. Su principal virtud, a nuestro juicio, es la de servir de laboratorio para las ciencias sociales, asi como un plano inclinado o un péndulo constituyen instrumentos experimentales para las ciencias dc la naturaleza. Efectivamente, los juegos, utilizados como simulaciones, permiten construir escenarios tipicoideales donde poner a prucba ciertos fenómenos de interés para la ciencia, estudiar la influencia relativa de variables y anticipar respuestas. Ahora bien, como ocurre con cualquier otro tipo de modelizaciones, los juegos no son la realidad, por lo quc su capacidad para describir y explicar el mundo ha de tomarse con mucha prevención. Cumplen una función heuristica indiscutible y, en determinados fenómenos cuyo desarrollo es especialmente próximo al modelo, pueden adoptar una función predictiva nada despreciable. Sin embargo, sería un error olvidar las restricciones que todo modelo impone. Una, especialmentc importante, se deriva de la naturaleza reflexiva dcl conocimiento humano y su indeterminación última. De manera muy somera describiremos algunos de sus conceptos más importantes. Los juegos manifiestan difercntes dimensiones, cada una de las cuáles da lugar a ramificaciones diversas en el planteamicnto y análisis de múltiples variantes. Así, por ejemplo, desde el punto de vista de cómo se distribuyen la ganancias y las pérdidas en el juego, se distingue cntre juegos de suma cero y juegos de suma no nula. Los primeros son aquel10s en los que, dados dos jugadores A y B, todo lo que gana un jugador, por ejemplo A, lo pierde, simétricamente, el otro, B, y de ahí su nombre: suma cero. Por su parte, los juegos de suma no nula se caracterizan por su asimetría, de modo que las ganancias y las pérdidas de los jugadores pueden crecer o decrecer independientemente, según sus decisiones’. Los juegos de suma no nula, tanto si se juegan con dos jugadores como si se hace con más, entrañan posibilidades diferentes, pues pueden darse circunstancias estratégicas en las que los jugadores pierdan o ganen simultáneamente. Los juegos también pueden clasificarse en virtud del tipo de condiciones que definen el intercambio entre jugadores. Desde esta óptica surge una distinción muy importante: aquellos juegos en los que los jugadores pueden comunicarse entre sí y negociar sus decisiones que pueden denominarse juegos con transferencia de utilidad y aquellos otros en los que los jugadores no pueden llegar a acuerdos previos, denominados juegos sin transferencia de utilidad’. Los juegos del primer tipo centran su atención en las estrategias de pactos, alianzas o consensos que pueden surgir de la estrategia de los jugadores, además de evaluar sus efectos y su estabilidad: representan situaciones reales como las quc se dan entre dos partes en litigio que ncgocian una salida a su conflicto por ejemplo, un cliente de una aseguradora y su compañíao En cuanto a los segundos, representan complejas situaciones en las que el cálculo estratégico a priori se convierte en el instrumento fundamental del juego; cada jugador debe analizar racionalmente las posibles estrategias de su competidor o competidores y escoger la mejor opción la opción óptima o, si no es posible, la menos mala opción subóptima. El conocido dilema del prisionero responde a esta modalidad de juego. Otra de las posibles variantes que pueden establecerse en los juegos se refiere al tipo de estrategias que pueden utilizar los jugadores. Las estrategias pueden ser puras o mixtas, simples o reactivas. En las estrategias puras los jugadores establecen su opción de modo absoluto, mientras que en las estrategias mixtas la opción estratégica por la que se optará tiene asignada una probabilidad determinada. Un jugador que actúa en el juego cooperando siempre ante el otro maneja una estrategia pura; por el contrario, un jugador que opta por la cooperación tan sólo en un 30 por 100 de ocasiones mantiene una estrategia mixta. Por otra parte, las decisiones estratégicas de un jugador pueden o no ser sensibles a las estrategias de los otros jugadores. Cuando una decisión no responde sólo al plan o patrón estratégico del jugador en cuestión el que tenga establecido, puro o mixto, sino que atiende a las decisiones estratégicas de los otros jugadores, eligiendo su opción en función de éstas, entonces hablamos de estrategias reactivas. Los juegos que se repiten varias veces seguidas son escenarios paradigmáticos para las estrategias reactivas. Esta distinción entre juegos sin o con repetición también establece diferencias importantes. No cabe duda de que el segundo tipo responde mucho mejor a la realidad empírica social o económica en la que un mismo sujeto puede interaccionar en múltiples ocasiones con otro mismo sujeto o con otros en sitnaciones análogas, de modo que las opciones estratégicas se pueden cargar de información obtenida a través del aprendizaje. Las tipologías de los juegos son casi infinitas. Se presentan como ramificaciones o familias de juegos que presentan escenarios alternativamente más simples o complejos. Su principal virtud es la de crear modelos de análisis que mantengan una cierta semejanza con la realidad de modo que sus conclusiones puedan proyectarse sobre situaciones empíricas. No podemos presentar aquí sino algunas de las condiciones y tipologías que pueden presentarse en los juegos. Por otra parte, el análisis de estas situaciones exige un conocimiento de los recursos matemáticos apropiados muy exigente, pues todos los conceptos que estamos manejando pueden ser interpretados matemáticamente e introducidos en los análisis de este modo.

5. 1. LA NOCIÓN DE EQUILIBRIO DE NASH (JUEGOS CON SOLUCIÓN ESTABLE)

Un interesante fenómeno asociado a los juegos es el que se refiere a la aparición de situaciones de equilibrio estable como resultado de las estrategias individuales de los jugadores. Esta cuestión es de suma importancia pues nos remite a uno de los objetivos esenciales del programa individualista, a saber, poder dar cuenta de la aparición de escenarios sociales más o menos ordenados y estables que sean fruto de la agregación de conductas individuales no centralizadas. Recordemos que, desde el punto de vista del individualismo, el orden social y los sistemas normativos o institucionales que lo soportan deben ser abordados desde lo que Hayek denominaba, a su manera, el método compositivo. Se trata, en suma, de suponer que la existencia de patrones comunes que regulan la vida social no puede establecerse cabalmente más que como el resultado de la emergencia de un orden no dirigido por instancias supraindividuales, es decir, como el resultado espontáneo de la interacción. No cabe duda de que los modelos de la teoría de los juegos se hallan muy lejos de representar en toda su complejidad las situaciones sociales o económicas reales, pero sus descubrimientos son muy interesantes para la teoría social. Los juegos pueden clasificarse según conduzcan a situaciones estables o de equilibrio o, por el contrario, conduzcan a situaciones inestables. La importancia de los juegos de coordinación se liga a la cuestión central de la que hemos hablado en varias ocasiones, a saber, la posibilidad de dar lugar a escenarios sociales ordenados a partir de la agregación de acciones individuales egoístamente orientados. Quienes defienden el punto de vista individualista ven en los modelos de coordinación la prueba de que el intercambio entre sujetos egoístas y racionales puede dar lugar a la formación de patrones de conducta ordenados y no conflictivos. El argumento considera posible que las situaciones sociales de interacción donde concurren varios actores pueden generar soluciones de equilibrio que, por efecto de la repetición del juego social, conduzcan a la formación de patrones de conducta o convenciones. Estas convenciones funcionarían en adelante para regular la interacción de esas mismas situaciones o de otras similares a las que se puedan trasladar. No todos los juegos y mucho menos las situaciones reales se presentan como interacciones sin conflicto. En muchos casos, los intereses individuales y egoístas se solapan y pueden entrar en colisión. En esos casos es preciso saber qué clase de estrategias resulta más adecuada. La teoría de los juegos ha prestado atención a esta cuestión, dando lugar a una literatura muy extensa. Sin duda, el juego más representativo en este sentido es el denominado dilema del prisionero. El análisis del dilema del prisionero ofrece algunos resultados muy interesantes. En primer lugar, el dilema muestra que la estrategia dominante en el juego es la de acusar al otro y no cooperar con él. La estrategia dominante para un actor en un juego es aquella que se impone sobre cualquier otra. Hay que subrayar una condición esencial que no debemos olvidar, a saber, la condición de agentes racionales de los jugadores. Su condición de racionales les impide tomar en consideración cualquier otra opción que no sea la dominante. Por otra parte, la matriz de pagos muestra que existe una solución estable en el juego. Es el resultado de las estrategias maximin combinadas de los dos jugadores. Esa estrategia no es otra que acusar. Al afirmar que ésa es la solución estable del juego queremos decir que dos jugadores racionales la elegirán siempre dadas las condiciones del juego: aislamiento e incomunicabilidad y conocimiento de las alternativas estratégicas de ambos jugadores. Los analistas de la teoría de juegos han mostrado su sorpresa al descubrir cómo seguir la estrategia egoísta no siempre resulta mejor que manifestar una tendencia o disposición a la cooperación. El dilema del prisionero nos muestra que cooperar, en determinadas circunstancias, puede ser una opción estratégica más rentable, aunque no sea una solución estable para el juego. Pero, si esto es así, ¿cómo se explica la cooperación social cuando los intereses de los jugadores se encuentran en conflicto y abocados a soluciones de equilibrio como las del dilema del prisionero? El dilema del prisionero puede aumentar su complejidad repitiéndolo n veces. En ese caso, cuando los jugadores deben jugar varias rondas, las circunstancias, realmente no cambian y la estrategia dominante sigue siendo la de acusar. Algo diferente resulta la opción de permitir a los jugadores intercambiar información o negociar antes de comenzar el juego. En ese caso, lo más racional será, desde luego, guardar silencio y cooperar, y así lo harán los jugadores. Sin embargo, si unimos ambas circunstancias, repetición y negociación, puede surgir un nuevo problema. En este caso los jugadores no sólo tienen que acordar guardar silencio y beneficiarse de la opción subóptima sino que tienen que confiar que, en las sucesivas rondas, su compañero mantenga el trato y que, en el último momento, no cambie de estrategia buscando su óptimo. Desde esta perspectiva descubrimos que, al repetirse un número finito de veces, la solución cooperativa cederá trente a la estrategia acusadora en la última ronda, o en la antepenúltima como anticipación racional de lo que el otro hará en la última, o en la anterior, etc. Es decir, nos encontramos con la vuelta a la estrategia dominante y la desesperante ausencia de cooperación. El trasfondo de esta discusión, no cabe duda, es el de la posibilidad de encontrar fundamento en la teoría de los juegos para dar cuenta de la existencia de normas sociales, convenciones, patrones de conducta o instituciones, es decir, para dar razón del orden social. El dilema del prisionero, y otros juegos, como el gallina o la guerra de los sexos, ponen de manifiesto que: la cooperación no es fácil de fundamentar desde la óptica del preferidor racional, y  las estratcgias dominantes basadas en el conflicto pueden ser destructivas para la convivencia y el orden social. Si adoptamos los juegos como modelos experimentales, podemos pensar que la urdimbre social quc tan habitualmentc experimentamos como la jaula de hierro de la que hablaba Weber es, en cierto modo, tal y como había anunciado Hobbes, un mal necesario para la vida social, o, simplemente, una condición necesaria para nuestra existcncia. La perspectiva hobbesiana insiste en mostrar que desde los prcsupuestos del individualismo egoísta no se puede dar cuenta del proceso de construcción social, y quc el preferidor racional ha de scr un individuo dotado no sólo de razón instrumental, sino de otras variables crecncias, valores, normas, etc. que puedan dar razón de por qué, en vcz de conducirse tozudamcnte como un maximizador, el individuo de carne y hueso se muestra inclinado a la aceptación de los dictados normativos de naturaleza social que interioriza en su socialización. Podemos expresar esta circunstancia afirmando que la teoría de juegos mucstra el camino para el enriquecimiento de la figura del horno axonomicus como horno sociologicus. Es, sin embargo, muy pronto para dar por resuelta esta discusión. Los cultivadores de la tcoría de jucgos se afanan hoy cn encontrar modelos que expliquen el origen de las normas sociales y su mantenimiento sin encontrar soluciones satisfactorias, pues las normas sociales, que pueden ser la solución para algunos de los juegos que, desdc el puro egoísmo maximizador, conducen al conflicto radical, son, al mismo tiempo, la variable que debemos explicar desde posturas instrumentalistas. Los actuales desarrollos dc la teoria de los juegos han intcntado introducir cn la figura del preferidor racional variables que puedan dar razón dc tal complejidad, sometiendo a diversos modelos las situaciones sociales más comprometidas’. En cste sentido han sido pioneras y de gran interés las obras de Mancur Olson, M. Taylor o T. Schelling a próposito de la acción colectiva o las de Elster y Coleman con relación al origen, formación y mantenimiento de las normas sociales.

CAPÍTULO 11 LAS LEYES CIENTÍFICAS l. INTRODUCCIÓN

El concepto de ley ha sido, en cierto modo, si se nos permite la imagen, el Santo Grial de la investigación científica, un objeto sagrado de inestimable valor a cuya búsqueda se han entregado, generosamente, generaciones de científicos en todas las disciplinas. Y ello es así porque la ley de la naturaleza, en tanto que tal, provee a la ciencia, a toda ella, pero muy especialmente a las ciencias sociales, las ciencias pobres, de una plusvalía cientificista que no se puede olvidar al tratar de este asunto. La leyes, ante todo, una promesa de dominio cognitivo y pragmático sobre la naturaleza, así como una demostración fehaciente de nuestra capacidad para leer e interpretar correctamente el libro de la naturaleza, en el que los hechos y acontecimientos se suceden de un modo armónico y pautado conforme al nomos de un cosmos cuya razón de ser es puesta en evidencia por el logos del hombre. Podrá parecer este inicio demasiado alejado de la noción metodológica y epistemológica de ley como regularidad nómica, pero nos parece del todo necesario situar la discusión que sigue a estas líneas sobre el fondo históricocrítico en el que surge el interés por la búsqueda de las leyes de la naturaleza, antes de enzarzarnos en la presentación de un nutrido conjunto de consideraciones lógicas acerca de la naturaleza de las leyes y otros tipos de regularidades. Ambas líneas de trabajo y reflexión, por otra parte, son enteramente compatibles, pues la elucidación del concepto de ley según las diferentes tradiciones filosóficocientíficas en nada obsta para poder lanzar una reflexión de fondo acerca del papel desempeñado por este concepto en el desarrollo del pensamiento científico y filosófico.

2. EL CONCEPTO DE LEY

Cuando dirigimos nuestra atención al lenguaje proposicional con el que la ciencia y el sentido común también se refiere a la calidad que nos rodea, sea ésta natural o social, para afirmar algo acerca de ella, observamos que los enunciados que utilizamos responden a dos tipos elementales diferentes. Por una parte, utilizamos enunciados particulares a través de los que hacemos afirmaciones sobre observaciones de acontecimiento o hechos particulares. Puede afirmarse que las leyes son las aseveraciones mínimas de carácter general presentes en el discurso científico. A través de tales enunciados expresamos ciertos fenómenos regulares de los cuales tenemos alguna clase de constancia, bien sea por inferencia deductiva a partir de otros enunciados generales, bien sea por observación o experimentación. Ahora bien, no podemos confundirnos, pues ni toda generalización ni toda regularidad constituyen una ley. Hay un primer grupo de enunciados que vienen a expresar las que podemos denominar regularidades analíticas o conceptuales, Definidas de forma más precisa, las regularidades analíticas son aquellas cuya negación resulta contradictoria con nuestros conceptos. Expresan verdades necesarias que descansan sobre la consistencia o inconsistencia del lenguaje conceptual que empleamos. Hemos de observar que este tipo de expresiones por ejemplo, Todos los triángulos tienen tres ángulos establecen una vinculación necesaria entre dos o más términos que, últimamente, no aporta ninguna información nueva acerca de la realidad, pues cualquiera que conozca lo que es un triángulo sabe que es una figura que posee tres ángulos. Algo similar ocurre cuando razonamos deductivamente a través de la formulación de un silogismo: 1) Si todos los A son B. 2) Si x es un A. 3) Entonces x es un B. El razonamiento silogístico puede ser considerado como la expresión lógicodeductiva de una ley analítica. En él se hace más evidente, si cabe, que la afirmación contenida con la conclusión se encontraba, de hecho, en las premisas. Además, esta forma de razonamiento nos permite observar que lo decisivo de la ley analítica es la relación convencional que se establece entre los conceptos empleados en ella, con absoluta independencia del contenido empírico de que se trate. Podría pensarse, como consecuencia de todo ello, que las proposiciones analíticas carecen de valor para la ciencia empírica, pero no es así. Las ciencias empíricas actúan muy habitualmente formulando modelos teóricos de la realidad que estudian, para luego deducir, a partir de cellos, ciertas propiedades que deberán ser objeto de nuevas investigaciones. Como tales deducciones, esas proposiciones tienen carácter analítico con relación al modelo, pero cumplen un papel esencial en la elaboración teórica y en su contrastación empírica. Esta reflexión nos conduce, más bien, a establecer la enorme importancia que la definición conceptual y su interpretación empírica tienen en la ciencia. S. Gordon’ nos recuerda cómo ciertos modelos analíticos de la economía, que parten de la definición axiomática de las propiedades de los sistemas económicos, pueden llegar a conclusiones muy distintas a pesar del extraordinario rigor lógico con el que desprenden sus conclusiones, pues, aunque el procedimiento lógico sea impecable y perfectamente válido, toda la verdad de sus conclusiones dependerá de la verdad material de sus premisas, y es ahí donde las cosas suelen fallar. O, dicho de otra manera, a distintos principios, distintas conclusiones. La validez de la construcción lógica, aun pudiendo ser considerada una condición necesaria de cualquier teoría, no puede tomarse como condición suficiente, so pena de caer en un idealismo de nefastas consecuencias empíricas. Frente a las regularidades analíticas o conceptuales podemos oponer otro tipo de regularidades cuyo origen no es el análisis de las relaciones lógicas trabadas entre los conceptos, sino el registro inductivo de la experiencia. Estos casos constituyen las denominadas regularidades empíricas. Cuando el científico explora por vía de observación un determinado campo empírico, en ocasiones encuentra que dentro de sus datos de observación aparecen registros que ponen de manifiesto la existencia de ciertas regularidades. Por ejemplo, L. White, uno de los más destacados antropólogos norteamericanos, ha creído observar que el incremento de la productividad y eficiencia energética en los grupos humanos va acompañado de una mayor complejidad social y política en su organización; V Pareto, en su Curso de economía política, mostró un fenómeno muy singular, descubierto como resultado de un concienzudo análisis de las estadísticas entonces disponibles acerca de la distribución social de las rentas, en virtud del cual éstas se distribuyen de manera homogénea en cualquier población. Es más, Pareto presentó sus hallazgos de forma cuantitativa, mostrando la existencia de una constante alfa (a) análoga a la constante de la gravitación universal descubierta por Newton. La fórmula para la llamada ley de la distribución del ingreso de Pareto es la siguiente’: Log~ 10gA a ‘log X Donde N es el número de personas cuyo ingreso es superior a X, y A Y alfa (a) constantes. Otro ejemplo de regularidad empírica es el caso de la denominada ley de hierro de la oligarquía, propuesta por Robert Michel, un p.o. litólogo alemán de principios del siglo xx. Esta ley, establecida a partir de un estudio empírico, afirma la tendencia de cualquier organización social o política a concentrar el poder en algunas manos, por muy democrática y liberal que puede suponerse tal organización. Este tipo de regularidades, como hemos afirmado, no surge de un análisis conceptual, pues, por mucho que estudiemos el concepto de renta o de organización social, difícilmente podremos deducir de él ninguno de los tres principios o leyes antes mencionadas. Éstas surgen, por el contrario, del análisis lógicoinductivo de los datos de la observación científica.

2.1. REGULARIDADES ACCIDENTALES Y REGULARIDADES NÓMICAS

Ahora bien, es necesario, antes de valorar el alcance de estas generalizaciones, establecer algunas precisiones muy importantes para distinguir entre regularidades accidentales y regularidades nómicas. El enunciado, Todos los niños que asistieron al cumpleaños tenían ocho años, expresa una regularidad empírica. Lo es, pues: a) expresa un acontecimiento regular los niños presentes, todos ellos tenían ocho años, y b) tenernos conocimiento experimental de ella, por inducción completa. Ahora bien, cuando pensarnos en este enunciado observamos de inmediato que expresa un tipo de regularidad que meramente ocurre, pero a la que no cabe atribuir ninguna necesidadexcepto en el caso de que la edad hubiera sido una condición necesaria para asistiro Los niños tenían ocho años casualmente, pero no necesariamente; este tipo de regularidad viene a expresar cuestiones de hecho de las que no se sigue ninguna clase de necesidad, pues los niños podrían haber tenido otras edades sin incurrir por ello en ninguna contradicción o imposibilidad, ni lógica ni fáctica. Este tipo de hechos regulares recibe el nombre de regularidad fáctica o accidental. Aunque tales enunciados puedan tener interés puntual para la ciencia, en cuanto que describen estados de cosas virtualmente relevantes para la comprensión de una determinada realidad por ejemplo, conocer que todos los miembros del Tribunal Supremo de una nación son varones blancos y católicos puede ser muy relevante para comprender algunos de sus dictámenes, pero no constituye una ley de la naturaleza, lo cierto es que las regularidades empíricas fácticas o accidentales no son leyes. El motivo último y principal de tal rechazo es que la noción de ley o regularidad nómica parece exigir que tal regularidad venga acompañada de la noción de necesidad. Azuzado por las opiniones de Hume a propósito de la causalidad, el gran sistematizador de los postulados positivistas y de la lógica inductiva del siglo XIX, J. S. Mill, escribió a propósito del concepto de ley empírica que se trata de: una uniformidad, bien de sucesión () bien de coexistencia, que demuestra ser verdadera en todos los casos dentro de los limites de nuestra observación, pero no es de tal naturaleza que proporcione seguridad alguna de que lo hiciese fuera de esos límites. La causalidad quedaba reducida de este modo a una sucesión regular amparada, en último tiempo, por la ley de la constancia de la naturaleza, la ley de leyes sobre la que descansa el edificio inductivista. Si reflexionamos ahora a la luz de la opinión de Mill sobre los ejemplos de leyes empíricas que hemos propuesto, observaremos cómo en ellos la necesidad de la ley ha de interpretarse en un sentido muy débil. Efectivamente, tanto la ley descubierta por Michel como las propuestas por Pareto o White pertenecen a cierta clase de regularidades en las que lo único establecido en el mejor de los casos es la existencia de alguna clase de correlación centre dos fenómenos (eficiencia energética y organización social, organización social y concentración de poder y distribución de la renta y tamaño poblacional). Hablar de necesidad en este contexto parce excesivo. Efectivamente, estas tres leyes no son más que correlaciones frente a las que cualquier evidencia empírica negativa sería suficiente para desmentirlas. Las correlaciones ponen de manifiesto la covarianza de dos o más variables o magnitudes que parecen, de acuerdo con los datos de experiencia registrados, cambiar acompasadamente, bien sean de manera directa o inversa. Ahora bien, como decimos, la noción de correlación no es sinónima de la noción de ley. Piénsese, por ejemplo, que dos magnitudes pueden manifestar una alta correlación no como consecuencia de una vinculación real entre ellas, sino como resultado de su dependencia de una tercera, verdadero origen de su covarianza. Una forma de definir la idea de necesidad que parece exigir el concepto de ley natural, más allá de la mera correlación, es afirmar que: un enunciado verdadero es necesario (en el sentido que demanda el concepto de ley) si y solo si su negación contradice las actuales leyes naturales, esto es, si no hay modo de describir (teniendo las palabras sus significados usuales) una situación en la que sea falso y sigan cumpliéndose las leyes naturales que de hecho rigen en la naturaleza, Esta definición afirma que cuando se propone un enunciado legaliforme, susceptible de constituir una ley de la naturaleza, el modo de establecer su condición de tal es mostrar que su negación sería incompatible con el conjunto de las leyes naturales admitidas. Dicho en otros términos, que la manera de expresar la necesidad que entraña una ley natural es la de demostrar su consistencia con el conjunto de las leyes naturales conocidas y, por tanto, transformar la necesidad empírica en una cierta necesidad lógica. Esta definición de necesidad puede aceptarse desde un punto de vista epistémico; sin embargo, es evidente que no resuelve el problema de la definición y naturaleza de la ley natural, pues hemos definido la necesidad que la caracteriza en virtud de la misma noción de ley de la naturaleza, cerrando un círculo argumentativo que no resulta satisfactorio. El problema que subyace a esta cuestión es el de la causalidad. Desde el punto de vista expresado por Mill no resulta posible ofrecer una definición de necesidad empírica mejor que la que acabamos de mostrar, porque todo el saber nono lógico que cabe está amparado en un principio, el de la constancia de la naturaleza, que a su vez cas una ley empírica inductivamente construida. Dicho de otro modo, si lo que entendemos por explicar la capacidad para dar razones de por qué existe alguna clase de vínculo, y de que naturaleza, entre los dos fenómenos puestos en relación, tal y como señala Gordon, entonces desde esta punto de vista ni las leyes analíticas ni las correlaciones aun aquellas más sólidamente establecidas pueden considerarse leyes de la naturaleza. En suma, lo que acabamos de observar es que las regularidades empíricas pueden manifestarse de tres modos diferentes: a) como meras regularidades accidentales, carentes de toda necesidad y por tanto desvinculadas de la noción de ley; b) como correlaciones empíricas entre fenómenos dotadas de una forma débil de necesidad, aquella que proporciona la inducción sin interpretación o conocimiento del vínculo causal; y e) como relaciones entre fenómenos amparadas en vínculos causales establecidos más allá de la definición humana de causa como mera sucesión regular, en virtud de los cuales cabe atribuir a la regularidad algún tipo de necesidad en sentido fuerte. A este tercer grupo de regularidades pertenece nuestro ejemplo , en el que se vincula causalmente el incremento de la demanda y el incremento del precio. En él no sólo se intenta establecer una correlación entre los dos fenómenos, sino que late la explicitación del vínculo causal o de los mecanismos en virtud de los cuales tal cosa se produce. Por el contrario, el ejemplo, la segunda ley de Kepler, no responde al mismo caso, mostrando tan sólo la covarianza de ambas magnitudes. Sin embargo, en este momento no podemos detenernos más en la discusión del problema de la causalidad que subyace a los conceptos de ley y de explicación.

3. CARACTERÍSTICAS DE LAS REGULARIDADES NÓMICAS o LEYES

Para avanzar en nuestra exposición podemos ahora intentar precisar algo más la naturaleza de las leyes. Dejando a un lado las denominadas regularidades o leyes analíticas o conceptuales, se hace necesario establecer algunos criterios que permitan distinguir las meras regularidades accidentales de las regularidades nómicas o leyes. Hempel vincula la noción de ley a varios requisitos que definen su naturaleza y permiten distinguirlas de otros tipos de regularidades. En primer lugar, las leyes cumplen un papel esencial en la explicación científica, conocida como modelo nomológico deductivo. Baste decir que para Hempel las leyes son parte esencial de la explicación científica. Explicar un fenómeno es, esencialmente, demostrar que tal fenómeno es una instanciación particular de alguna ley general. Esto quiere decir, por ejemplo, que para explicar el aumento de la longitud de un raíl del ferrocarril bajo el ardiente sol del verano recurrimos a un procedimiento que consiste en presentar ese fenómeno como un caso particular de la ley de dilatación de los metales, una ley general en virtud de la cual este caso particular de dilatación queda explicado por subsunción. Por este motivo, las leyes científicas son enunciados que intervienen en la explicación científica formando parte esencial del explanann, es decir, del conjunto de enunciados que permiten dar razón del fenómeno que se explica, explanandum. Por el contrario, una mera regularidad accidental no puede cumplir este propósito. Las leyes deben presentarse como enunciados universales en los que se afirma la existencia de una conexión regular y uniforme entre diferentes fenómenos empíricos o entre aspectos diferentes de un fenómeno. Efectivamente, las leyes son anunciados de la forma: en todos los casos en que están dadas unas condiciones de tipo F, se dan también las condiciones de tipo G; es decir, expresado en términos formales, (x) F(x) ? G(x). Evidentemente, las regularidades empíricas accidentales violan esta condición, pues no pueden dar razón de fenómenos generales o universales. Sin embargo, esta condición puede resultar excesiva en ocasiones, pues pueden presentarse ciertos enunciados, como los de la segunda ley de Kepler, que hacen referencia a hechos particulares a la órbita de un determinado planeta en torno al Sol, concretamente y, sin embargo, ser admitidos como leyes. Por este motivo, la condición de generalidad se presenta como una condición problemática, aunque se acepte como condición necesaria para la formulación de una ley. Lo que late en esta discusión a propósito de la generalidad de las leyes es la idea de que una ley debe ser un tipo de enunciado en el que se afirma una vinculación sin restricción entre dos clases de fenómenos que va mucho más allá de lo que la experiencia y la observación puede proporcionarnos como evidencia. Las leyes proclaman vínculos necesarios entre clases de fenómenos cuya contrastación va mucho más allá de las posibilidades reales de experimentación. Otro aspecto ligado a la noción de ley, y enlazado con la discusión anterior, es el de la condición de veracidad de todo enunciado nómico. Ciertamente, un enunciado que expresa una regularidad de la naturaleza sólo puede ser considerado como ley si se tiene por verdadero, al menos dadas las condiciones epistémicas que caracterizan al modo de conocer humano y al estado del conocimiento en un momento dado. Por ejemplo, la ley de Kepler o las leyes de la óptica geométrica, de acuerdo con este criterio, no deberían ser tenidas por leyes ya que no se cumplen sino aproximadamente. Próximo a la cuestión de la veracidad de la ley se encuentra el problema de su contrastabilidad. Una ley de la naturaleza debe expresar alguna clase de regularidad cuya veracidad sea contrastable. Las leyes no son construcciones lingüísticas o cognitivas, sino descubrimientos. Y como tales descubrimientos presuponen que nuestro conocimiento no hace sino tomar nota de lo que de hecho ocurre en la realidad. Esta postura a propósito de la base ontológica de la ley representa un punto de vista realista, que en modo alguno es el único en este debate. Desde la óptica realista podemos distinguir entre leyes de la naturaleza y leyes científicas. La diferencia estriba en que las leyes de la naturaleza son las regularidades objetivas y ontológicamente consideradas que se suponen anteriores e independientes a nuestro conocimiento. Como tales leyes, consisten en universales relaciones de invariancia que expresamente existen en la naturaleza. Por su parte, las leyes científicas son las leyes descubiertas por el hombre, dependientes de la estructura de la realidad y del grado de desarrollo de nuestro saber en cada momento. Las leyes científicas no serían sino hipótesis o postulados que se toman como creencias racionales basadas en pruebas, y que, si se toman como verdaderas, entonces son la expresión de leyes de la naturaleza. Las leyes científicas tendrían, en todo caso, una validez parcial siempre, pues estarían condicionadas en su expresión al sistema conceptual que les fuera propio. Desde un punto de vista nominalista marcadamente empirista esta distinción carece de sentido, pues verdaderamente no se puede hablar de universales reales. En el caso de las leyes ocurre lo mismo: una ley científica no es más que una expresión lingüística que sirve para enlazar y denotar, colectivamente, un conjunto, tan amplio como se quiera, de elementos o fenómenos singulares que presentan cierta propiedad o rasgo localmente, aunque, en el plano de la enunciación, el enunciado legaliforme lo exprese como un universal. Por último, nos referiremos a otra singularidad de la ley frente a la mera regularidad accidental que se manifiesta en una controvertida propiedad articulada sobre la noción de argumento contrafáctico. Leyes y regularidades accidentales se distinguen en que las primeras sirven para justificar enunciados condicionales contrafácticos. Un enunciado contrafáctico es un enunciado de la siguiente forma: Si A hubiera sido el caso, entonces B habría sido el caso (suponiendo que A no ha sido el caso). Los enunciados contrafácticos son condicionales que parten de la suposición de que un hecho o fenómeno que no se ha producido pudiera haber acaecido de acuerdo con cierta ley. Por ejemplo, si tomamos la ley de Galileo a propósito de la caída de los graves, la expresión Si hace diez minutos hubiera lanzado por la ventana al profesor de metodología, entonces se hubiese acelerado de acuerdo con la ley de Galileo. Este condicional contrafáctico encuentra su respaldo en el hecho de que la denominada ley de Galileo es realmente una ley y no una mera regularidad fáctica, pues en ese caso la instanciación particular que se presenta en el enunciado subjuntivo perdería su condición de necesaria, pues la regularidad accidental no cubre, como lo hace la ley, la generalidad de casos de una misma clase. Max Weber se ha referido al uso de argumentos contrafácticos para argumentar a propósito de relaciones causales en los análisis propios de las ciencias sociales e históricas. El enunciado contrafáctico se utilizaría como indicador del alcance causal de ciertos hechos o variables en el seno de una construcción explicativa bajo la supuesta cobertura de un enunciado nómico. Sin embargo, el uso de contrafáctico es muy debatido por la más que discutible presencia de verdaderas leyes en el campo empírico de las ciencias sociales.

4. EL PROBLEMA DE LA GENERALIDAD E IRRESTRlCCIÓN DE LOS ENUNCIADOS LEGALIFORMES

Las leyes genérales pueden proceder, bien de una generalización empírica inductiva basada en una vinculación causal es decir, ni accidental ni meramente variante, bien de una deducción a partir de otros enunciados generales, es decir, de otras leyes, en cuyo caso la ley deducida contendrá el mismo grado de generalidad que la premisa más débil a partir de la cual haya sido obtenida. La generalidad de las leyes en todos los dominios empíricos, pero muy especialmente en los de las ciencias sociales, presenta un problema las excepciones. Todas las leyes científicas, y particularmente las leyes sociales, cuentan con numerosas excepciones que, sin embargo, no anulan la naturaleza nómica de tales enunciados. Tales excepciones se deben a lo que J. S. Mill llamaba causas perturbadoras. Estas causas perturbadoras se refieren a ciertos factores que, al presentarse, distorsionan el vínculo necesario que la ley postula, produciendo discrepancias entre la realidad y la predicción. Por ese motivo, en la investigación científicosocial tiene tanta importancia la búsqueda de las leyes, como la de los factores que inciden en los procesos a los que se refieren las leyes, causando en ellas modificaciones sensibles. Ahora bien, las causas perturbadoras de las que habla Mill no son factores de azar o indeterminaciones naturales, sino ciertas causas que, a su vez, pueden ser estudiadas en términos de regularidades nómicas. Las leyes sociales, pues, vienen a expresar tendencias a las que hay que incorporar, por mor de una mayor precisión, el conjunto sistemático de interacciones provocadas por las causas perturbadoras, de modo que el resultado final sea un conjunto sistemático de proposiciones capaz de proveer al científico de útiles instrumentos predictivos. Las leyes que presentan excepciones pueden ser llamadas leyes no estrictas y su análisis se puede abordar desde tres puntos de vista”, En primer lugar, se puede entender que las leyes no estrictas, es decir, las que presentan excepciones debidas a interferencias de diversa naturaleza, son un caso especial de leyes generales, cuya singularidad se debe a nuestro incompleto conocimiento de la realidad, admitiendo, en consecuencia, que, dado un estado de conocimiento suficiente, lo que ahora se presenta como excepción no lo sería, al quedar cubierto por una adecuada expresión de la ley. Una segunda posibilidad consiste en suponer, por el contrarío, que las leyes generales son una excepción o una idealización, y que la norma la constituyen las leyes no estrictas, es decir, negar la existencia real de vínculos universales. Por último, una tercera posibilidad es la de considerar que las leyes no estrictas son leyes probabilistas en las que el valor de probabilidad es desconocido. En la epistemología más reciente se ha utilizado la expresión ceteris paribus para referir el carácter condicionado de una ley. Al expresar de este modo una ley, sin embargo, no se pretende despreciar el resto de factores como desdeñables, sino presentar de un modo general una ley básica dentro de un campo empírico. Sin embargo, tal reducción de la complejidad del fenómeno que se estudia no puede tener otro alcance que el de la sencillez expositiva o el de la parsimonia en la elaboración de modelos, pues en términos reales el enunciado expresado ceteris paribus resulta ineficaz para la explicación y predicción de los hechos empíricos amparados por la ley. Así, en el caso de la ley de la oferta, la microeconomía ha podido precisar con cierta eficacia un conjunto de factores relevantes para dotar de mayor realismo y capacidad predictiva a la ley, tal y como hemos afirmado más arriba. Ahora bien, si se pregunta acerca de la posibilidad de llegar a establecer vía especificación un conjunto suficiente dc factores y restricciones que permitan presentar una ley social o económica como ley general, estrictamente universal, entonces la respuesta es más bien pesimista”, pues parece que las causas perturbadoras, en expresión de Mill, que actúan sobre las leyes sociales no son de naturaleza constante en sus efectos, de modo que en contextos diferentes un mismo factor causal puede producir efectos contrarios. Otra razón para dudar de la capacidad para mejorar nuestras leyes a través de la especificación de cláusulas ceteris paribus se refiere al hecho de que ciertos factores que parecen determinantes en la explicación de fenómenos sociales resultan tener fecha de caducidad. Así, por ejemplo, frente a la idea física de rozamiento que es un factor estándar para el estudio del movimiento, pues mantiene sus efectos constantes cualitativa y cuantitativamente en cualquier momento y lugar, los factores sociales demuestran una naturaleza sometida al cambio temporal que hace muy difícil la especificación. En el campo de la historia, por ejemplo, podemos observar cómo los factores explicativos que tienen sentido y validez en un escenario histórico determinado, pueden resultar completamente inadecuados, despreciables o faltos de sentido en otros.

5. LAS LEYES PROBABILÍSTICAS

Las leyes probabilísticas o estadísticas son aquellas qi se expresan a través de enunciados que contienen expresiones probabilísticas: La probabilidad de ser portador del VIH es muy pequeña. Hempel, en el seno de su modelo de explicación nomológicodeductiva, atribuyó gran importancia a las leyes estadísticas, interpretando el concepto de explicación como esperabilidad de un fenómeno. Pero la propuesta de Hempel introduce algunos problemas, pues puede haber leyes estadísticas que, ajustándose enteramente a la forma del enunciado probabilístico, sin embargo no den cuenta de la esperabilidad del fenómeno explicado, por ejemplo, por establecer para él una muy baja probabilidad. Una característica relevante que afecta a la naturaleza de las leyes probabilísticas consiste en que en una ley de este tipo puede afirmarse el antecedente sin por ello tener que afirmar necesariamente el consecuente. Así, puede entenderse que la expresión probabilística de la ley el muy probable o el por 100 que aparece en este tipo de enunciados refleja directamente su condición de ley no estricta. Sin embargo, sería un error pensar esto. La existencia de leyes probabilísticas y la noción de interferibilidad no son sinónimas, pues los factores que interfieren la conexión regular entre el antecedente y el consecuente no son los responsables de que tal vínculo no se satisfaga en un caso dado, sino de la variación en el valor de la probabilidad que expresa la ley. Para algunos autores las leyes probabilísticas no son más que leyes estrictas que, por el estado de desarrollo en que se encuentra nuestro conocimiento o, incluso, por las condiciones cognitivas que poseemos como especie, no pueden ser establecidas con el rigor necesario, quedando expresadas en términos probabilísticos a resultas de nuestras limitaciones epistémicas. Sin embargo, desde otro punto de vista la existencia de leyes probabilistas o de tendencia viene a reflejar una condición objetiva de la realidad, a saber, una cierta indeterminación ontológica que significa que los acontecimientos del mundo no se encuentran determinados absolutamente, por lo que su resultado es indeterminable a priori. Las leyes sociales serían, de este modo, más bien leyes de tendencia o probabilísticas: habitualmente expresadas ceteris paribus, que expresan una realidad abierta e indeterminada.

CAPÍTULO 12 LAS TEORÍAS CIENTÍFICAS (1): APROXIMACIÓN HISTÓRICOCRÍTICA AL CONCEPTO DE REPRESENTACIÓN 1. SOBRE EL CONCEPTO DE REPRESENTACIÓN

1.1. CAUSALIDAD, LEY Y REPRESENTACIÓN EN LA FILOSOFÍA MODERNA Los siglos XVI y XVII acogieron un poderoso movimiento de rechazo a las formas filosóficas dogmáticas de la tradición, especialmente del pensamiento escolástico y de las autoridades griegas. Pero también entre los filósofos se vivió esta revuelta contra la autoridad y sus métodos. En aquel tiempo se libró una fuerte batalla entre la Autoridad y la Razón, entre el hastío producido por la filosofía escolástica y su inflación categorial y la necesidad de ofrecer a la nueva ciencia y al nuevo mundo un marco filosófico adecuado. Ahora bien, entre las filas de aquellos que se distanciaban de la Autoridad siempre, por otra parte, con moderación podían percibirse, a su vez, dos bandos enfrentados. Por una parte, dentro de la tradición de pensamiento anglosajón, la filosofía comenzó a recorrer la senda del empirismo, mientras que en el continente, especialmente en Francia y más tarde en Alemania, florecía el racionalismo.

1.1.1. El gran tema de la filosofía moderna: la ruptura de la identidad entre verdad y certeza

Recorrer la filosofía moderna a vista de pájaro no es tarea sencilla. Sin embargo, durante este periodo se plantean algunas de las cuestiones epistemológicas más sobresalientes de nuestros días y que pueden ser aisladas de su desarrollo histórico particular para trazar un cuadro general de la problemática gnoseológica. Durante este período asistimos a la ruptura de uno de los supuestos esenciales de la filosofía antigua y medieval: la ruptura de la identidad entre certidumbre y verdad. El realismo entendía la tarea del conocimiento como la búsqueda de la verdad. Ésta, a su vez, se concebía como la adecuación entre el intelecto y la cosa, es decir, como una relación objetiva entre el contenido de nuestra mente y la realidad. Para el pensamiento clásico, el conocimiento humano accedía a la verdad porque ésta estaba ahí fuera esperándole; la verdad se descubre, no se inventa. La certidumbre. Por el contrario, hace referencia a una actitud subjetiva del cognoscente en relación a su conocimiento. Sentirse cierto de algo es sinónimo de sentirse seguro de aquello que se conoce. La certeza tiene que ver, pues, con el asentimiento que el sujeto otorga a su conocimiento. El mundo antiguo había establecido una esencial identidad entre verdad y certeza. El mundo exterior al sujeto y el mundo representado mantenían una relación de identidad basada en la primacía ontológica y gnoseológica del objeto de conocimiento y en la natural capacidad humana para el saber. El conocimiento cierto y el conocimiento verdadero se identificaban, sin problematizar esta relación. La filosofía moderna se presenta como superación del realismo clásico y medieval. Pero una superación que no se produce de modo completo, realmente, hasta la critica kantiana. Descartes es el primero que comprende que la identidad entre verdad y certeza no se puede suponer sin más, sino que debe ser demostrada en un contexto marcado por varias circunstancias capitales: los trabajos de la nueva ciencia, el hastío producido por la escolástica, la arbitrariedad irresoluble de los conflictos de la fe y las guerras de religión y el resurgir del escepticismo. Descartes, como Spinoza o Leibniz, cada uno a su manera, usarán de la instancia teológica para garantizar el salto entre la verdad ontológica y objetiva y la certeza subjetiva del conocimiento, la solución que plantearon estos autores consistió en hacer de Dios la garantía de esa relación: el caso de Descartes es paradigmático en muchos sentidos, también por su ingenuidad. Después de afirmar la necesaria refundación del saber filosófico, abominando del método seguido por la escolástica, y después de reconocer en la matemática y el método deductivo el eje vertebrador de la nueva episteme, Descartes, consciente de la diferencia entre certeza y verdad, huye de la irresoluble aporía a que él mismo había conducido a la filosofía recurriendo a la bondad divina como garantía de la adecuación entre verdad y certeza. El conocimiento que se muestra cierto, aquel que se manifiesta claro y distinto al entendimiento humano, puede ser considerado a consecuencia de ello verdadero. Bastará, pues, partir de aquellas intuiciones dotadas de estas cualidades epistémicas para que, a continuación y mediante la rigurosa aplicación del método deductivo more geométrico, podamos reconstruir el edificio del conocimiento humano sin miedo al error. Cuando, en la segunda mitad del XVIII, Kant elabore su filosofía crítica, el problema habrá cobrado una nueva dimensión y la separación entre ambos conceptos se habrá radicalizado definitivamente. La gran revolución copernicana que protagoniza Kant para fundar la nueva episteme consiste en asumir la renuncia al realismo, es decir, al conocimiento de lo real en si mismo, como condición de posibilidad de un conocimiento universal y necesario, el admirado conocimiento de la ciencia newtoniana. Sólo si nuestro conocimiento elabora su objeto a partir de ciertas estructuras cognitivas a priori cabe la posibilidad de que tal conocimiento supere las condiciones de lo particular y contingente. Como resume Severino, La existencia de tal saber (o sea, de la episteme universal y necesaria) requiere, pues, que no sea el conocimiento humano el que se regule sobre la naturaleza de los «objetos», sino, de manera opuesta, que sean los «objetos» los que se regulen sobre la naturaleza del conocimiento humano. Pero el objeto que se adapta a nuestro conocimiento, aquel que se presenta a la experiencia, ya no es la cosa en sí, la realidad misma, sino su manifestación fenoménica, en cuya génesis ha operado ya la mente humana a través de sus estructuras trascendentales. Significa esto que la separación entre certeza y verdad se ha consumado definitivamente, por una parte, y, por otra, que la teoría del conocimiento se ha abierto a un nuevo paradigma meta cognitivo que podíamos tildar, no sin cierta audacia, de constructivista. Ello significa aceptar que el conocimiento no es una mera copia de la realidad, sino el producto de la actividad cognitiva del ser humano y de sus anclajes sociales y pragmáticos. Kant está lejos de esta definición, pero su filosita representa el gozne sobre el que gira la epistemología moderna hacia la perspectiva constructivista. Decimos que Kant está lejos de estas posiciones porque su filosofía trascendental encontrará en la unidad de la apercepción trascendental un sujeto universal entregado a fundar la nueva episteme, por encima de todo relativismo lingüístico, sociocultural o pragmático. Sin embargo, la solución kantiana abrió definitivamente el pensamiento epistemológico a una concepción del conocimiento en la que el sujeto y ciertas condiciones trascendentales afectas a éste resultan indispensables para la reconstrucción del saber, una reconstrucción que no tardaría en verse abocada a una genealogía del conocimiento y a una deconstrucción social de las prácticas científicas como prácticas lingüísticas, ideológicas, retóricas y como complejas formas de saber/poder/hacer. La filosofía empirista se caracterizó por defender la primacía de la experiencia en el conocimiento. Los seres humanos nacemos tanque tabula rasa, carentes de todo conocimiento y todo contenido conceptual innato. Nuestro saber es, pus, el resultado del aprendizaje, que comienza siempre por la experiencia sensible. La mente humana alberga dos clases de contenidos esenciales: por una parte, las impresiones frescas, intensas y vivaces que proceden de nuestros sentidos a través de la percepción directa, y, por otra, las ideas que proceden de la introspección y que permiten formar ideas acerca de operaciones tales como sentir, pensar, desear, etc. Esta tesis es la que se conoce como principio empirista. Otra de las afirmaciones básicas del empirismo se refiere a cómo estas ideas o impresiones procedentes de la experiencia se combinan en la mente humana para formar ideas complejas. La tradición empirista derivó, por este motivo, en lo relativo a su concepción de la mente y del conocimiento, hacia posiciones asociacionistas y psicologistas. Los empiristas trataron de explicar la formación de ideas complejas a partir de la determinación de ciertos principios que operan naturalmente en la mente humana. Estos principios sí son innatos, pero no representan ninguna clase de conocimiento, sino simplemente el modo en que nuestra mente procede de oficio con los datos de la experiencia. Por otra parte, el empirismo proveía al conocimiento de sentido común y al conocimiento filosóficocientífico de un criterio demarcacionista: todo aquello que no pueda ser retrotraído a la experiencia sensible debe ser tenido por un mero ejercicio especulativo y desposeído de sus pretensiones cognoscitivas. Locke admitía la idea de sustancia como sustrato de las cualidades primarias, pero renunciaba a intentar una comprensión mayor en este asunto que excedía por completo los límites del conocimiento humano. Frente al realismo clásico, los empiristas defendieron una teoría representacionalista del conocimiento. Esta teoría subrayaba la imposibilidad del conocimiento para ir más allá de sus propias percepciones e ideas, es decir, para trascenderlas y alcanzar la realidad objetiva. Este principio por otra parte, presente también en la filosofía racionalista desde Descartes produce consecuencias muy importantes para el posterior desarrollo de la teoría del conocimiento: encierra a la mente humana en sus propios limites; el hombre tiene noticia tan sólo de aquello que percibe por los sentidos, internos y externos, y sólo de ellos puede tener certeza. Lo que anida en la mente humana no son las cosas mismas, sino tan sólo una representación de ellas, por lo que no podemos estar seguros de la supuesta objetividad de nuestro conocimiento, es decir, de la adecuación entre representación y objeto. La crítica empirista trasladó el problema de la causalidad del plano metafísico al plano epistémico. No es posible conocer en sí ninguna clase de nexo causal, en cuanto relación necesaria y objetiva entre dos sucesos, derivable de su naturaleza ontológica. No cabe, pues, un acceso apriorístico y deductivo a la causalidad. Ésta es, tan sólo, una relación cognoscitiva que establece el sujeto entre dos sucesos en virtud de cierta regularidad, percibida empíricamente, es decir, fruto de la experiencia. La causalidad, por otra parte, anida en el ámbito de la creencia. La causalidad que se predica pues en el ámbito de las ciencias descansa en la creencia en que la naturaleza se mostrará constante en estas relaciones, “principio de la constancia de la naturaleza”.

1.2. PRINCIPIOS y LEYES: DE LA ONTOLOGÍA DE LAS CAUSAS A LA EPISTEMOLOGÍA DE LAS REGULARIDADES LEGALIFORMES

Desde la óptica de la ontología clásica, particularmente aristotélica, la ciencia se concibe como la búsqueda de las causas del ser. Aristóteles definió el marco del conocimiento científico a partir de algunas ideas básicas: a) Todo ser es el resultado de un proceso de causación que adquiere, en conjunto, la estructura de una cadena causal que tiene su origen en una Primera Causa. b) La constitución causal de la realidad introduce una profunda carga ontológica en el concepto de causa. Esta noción supone una vinculación ontológica necesaria entre causa y efecto, que desde Aristóteles se despliega en cuatro sentidos diferentes: eficiente, material, formal y final. c) El conocimiento se orienta siempre hacia lo universal, hacia el descubrimiento de la esencia de la cosa, pero a esta sólo se accede por medio de un proceso de inducción empírica y abstracción doctrina aristotélicoescolástica. d) Las categorías y los conceptos con que pensamos mantienen una relación natural con lo real, combinando, al mismo tiempo, su naturaleza gnoseológica con un fundamento ontológico suficiente como para garantizar la correspondencia entre el intelecto y la cosa. e) Aunque en el conocimiento son muchas las circunstancias contingentes con que la sensibilidad y la percepción se enfrentan, también hay espacio para la necesidad. Ésta se encuentra esencialmente en dos ámbitos distintos: por una parte, en el plano de la necesidad ontológica de la relación causal, derivada de la naturaleza íntima de los seres; por otra parte, en el pensamiento, cuya lógica nos muestra la relación deductiva necesaria entre ciertos principios o proposiciones y ciertas conclusiones derivadas según ciertas formas de razonamiento válido; no así en la inducción, cuyos límites ya conocía Aristóteles. Este planteamiento permaneció casi inalterado durante toda la Edad Media, incluso reforzado por el pensamiento escolástico de los siglos XII y XIII Desde la óptica asumida por el racionalismo barroco. La .filosofía y la ciencia se conciben como una investigación acerca de los principios. Pero ¿cuál es cl papel de los principios en el pensamiento racionalista barroco? Como hemos afirmado más arriba, la filosofía moderna rompe la identidad entre certidumbre y verdad. El sujeto del conocimiento tiene conciencia de sus propias percepciones e ideas, pero, en la medida en que éstas son representaciones de lo real, no puede estar seguro de que sean representaciones adecuadas de la realidad. Ésta, fuera del sujeto, ya no es poseída directamente por éste, sino alcanzada a través de la mediación de lo sensible. Pero esta mediación ya no puede suponerse adecuada sin más discusión. El empirismo, que acepta este análisis del conocimiento, va recorriendo desde Locke hasta Hume el camino desde un criticismo atenuado por la confianza en que las nociones residuales de causalidad y sustancia son suficientes para suponer una coherencia esencial entre la realidad y la representación, hasta un escepticismo solipsista, que acepta definitivamente la renuncia al realismo objetivo aristotélicoescolástico. Si la experiencia no puede fundar la episteme entendida como conocimiento universal y necesario, por una parte, y como conocimiento cierto y verdadero a la vez, por otra, se ha de recurrir a otra fuente de conocimiento que pueda hacerlo. Esta fuente no puede proceder de la sensibilidad, sino del mismo sujeto cognoscente. Deberá consistir en ciertos principios del saber, innatos en el individuo, puestos ahí por el creador, de modo que entre el ardo essendi y el ardo cagnascendi pueda existir una esencial coherencia y adecuación que llene de sentido la voluntad de saber del hombre. El innatismo racionalista no es un mundo aparte de lo real, un mundo interior al hombre donde florece el conocimiento, sino el puente que se tiende entre la mente y sus representaciones, por una parte, y la realidad exterior, por otra’. Así pues, los principios se conciben como el cimiento del conocimiento desde el que, por medio de las reglas del pensamiento válido, poder alcanzar un conocimiento a la vez cierto y verdadero. Pero, para poder cumplir su misión, dichos principios habrán de ser a la vez principios del conocimiento, habitantes de la mente humana y garantes de su saber, y, por otra parte, principios de lo real, principios del ser. Pues sólo así puede garantizarse la semejanza entre lo representado y lo real. Así ocurre en la filosofía de Spinoza o de Leibniz. En estos autores los principios de no contradicción o de razón suficiente, respectivamente, desempeñan este doble papel ontológico y gnoseológico; permiten tender un puente entre lo real y la idea o percepción. En resumen, los principios de los que venimos hablando:  Establecen simultáneamente las determinaciones intrínsecas, necesarias y más generales tanto de la constitución de lo real como del ejercicio del conocimiento.  Permiten armonizar la representación perceptiva y eidética con lo real, en la medida en que son la raíz última de ambas dimensiones. Adecuadamente aplicados a la deducción, estos principios permiten al individuo trascender su percepción y sus ideas adentrándose más allá de su experiencia sensible en pos de lo real. La filosofía anglosajona y la metodología científica nacida de la nueva ciencia incorporarán paulatinamente la noción de ley de la naturaleza. Pero esta noción, aunque cargada de resonancias ontológicas, re situará el problema del conocimiento en un nuevo plano derivado del principio de legalidad. La noción de ley, cuya génesis puede rastrearse a lo largo de los siglos XVII a XIX completada ya en la obra de J. S. Mill, nada tiene que ver ya con la causalidad ontológica o con la idea de principio. La carga metafísica de la noción de ley habrá desaparecido por completo al menos en sentido positivo. El principio de legalidad interpretará la ley como una relación entre fenómenos caracterizada por la regularidad y la constancia, aunque siempre contingente y fruto de un conocimiento experimental e inductivo. La ley no se deduce apriorísticamente de unos primeros principios, ni pretende descubrir la naturaleza de las sustancias; las leyes son fruto de la observación y el experimento; son descubiertas por el intelecto humano y expresan ciertas reglas que rigen el acontecer de las cosas. Por otra parte, y hasta cierto punto, la noción de ley vendrá a ocupar el lugar epistemológico de los principios. Éstos, como ya hemos afirmado, tendían el puente entre el conocimiento fenoménico, representativo, y la realidad misma. Actuaban como principios rectores del conocimiento, como nervios del saber en virtud de los cuales podía el intelecto aventurarse más allá de su experiencia inmediata. No obstante, durante los siglos XVII a XIX, las leyes seguirán interpretándose, últimamente, desde una óptica ontoteológica. Así ocurre, por ejemplo, en Newton, para quien las leyes de la naturaleza son la expresión de la voluntad y el designio de Dios. La desvinculación del pensamiento científico de la fundamentación teológica tardaría mucho en llegar, sin que se haya producido, por otra parte, de un modo completo. La reflexión metacientificas se orientará en el futuro a pensar la tarea de la ciencia como la explicación predicción de fenómenos de acuerdo con leyes, hasta desembocar en la epistemología contemporánea en el modelo nomológicodeductivo.

1.2.1. La colonización del pensamiento científico por la noción de ley y el principio de legalidad

En el ámbito de la ciencia natural la noción de ley fue entrando paulatinamente de la mano de la reflexión metodológica elaborada por los mismos hombres de ciencia y a través de la reflexión metacientificas de la mano del empirismo y el positivismo. Ya hemos afirmado cómo el origen del principio de legalidad nace de una proyección en el orden de la naturaleza de algunos conceptos y perspectivas de la filosofía moral. Mostraremos ahora algunos ejemplos de ello. En este ámbito habia ido formándose un profundo convencimiento, hasta cierto punto heredado del pensamiento clásico y escolástico, acerca de que el ser humano estaba dotado de una naturaleza universal, comúnmente presente en todo el género, que podía interpretarse como un orden a la vez ontológico, psicológico, moral, social y jurídico. Los empiristas procuraron obviar la primera de esas dimensiones, la ontológica, reduciendo esta naturaleza humana a un conjunto de regularidades perceptibles en los modos de ser, percibir, pensar o actuar de las gentes. Evitaron así caer de nuevo en la investigación de las naturalezas últimas, las ciencias de los entes o sus fines intrínsecos. Frente a la actitud apriorística y dogmática de los clásicos y escolásticos, los empiristas construyeron su versión de la naturaleza humana a partir de la observación del hombre, obteniendo como resultado un conjunto de tendencias extrapolables al género humano de muy diversa índole. T. Hobbes, por ejemplo, observó en el hombre una tendencia natural a la concentración de poder como garantía de su propia seguridad y de su propiedad. Esta tendencia abocaba al ser humano a un juego de estrategia en el que la única solución plausible era renunciar a la propia libertad a favor de un estado todopoderoso que, a cambio, pueda garantizar la vida del súbdito y ciertos bienes y derechos. Por su parte, J. Locke pensaba, también como Hobbes, que la sociedad procedía de un acuerdo o pacto entre los hombres para superar las dificultades que entrañaba el estado de naturaleza. Pero, en contra de Hobbes, Locke rechazaba el absolutismo. El pacto, en vez de ser el resultado de una jugada desesperada, necesaria para salvar la vida, era el resultado de la razón humana una racionalidad también empírica y regular. La razón, universalmente presente en el hombre, es la ley fundamental de la naturaleza humana, su constitución. Ella es la que muestra al hombre que en su conducta debe guiarse por principios cooperativos y no egoístas; y, por ello, el Estado no es sino una optimización necesaria que no tiene como misión revocar la ley natural del hombre, sino potenciarla y perfeccionarla.

1.3. LA APERTURA DE LA EPISTEMOLOGÍA A LAS CONDICIONES SOCIALES DE PRODUCCIÓN DEL CONOCIMIENTO.

Aunque desde muy antiguo ha existido conciencia de que el conocimiento y la opinión de los hombres se encuentran, en alguna medida, influidos o incluso determinados por las condiciones socioculturales de la vida véase, por ejemplo, el gran Protágoras, lo cierto es que la epistemología filosófica ha vivido de eclipsadas a esta circunstancia durante demasiado tiempo. El siglo XVIII conoció las primeras escaramuzas entre la gnoseología y la reflexión relativista que pretende situar el conocimiento en sus anclajes psicosociales, alumbrando una cierta teoría de la ideología de corte psicologista, o aun antes, en la obra de Bacon, una muy lúcida revisión de las formas del conocimiento determinadas por ciertas condiciones socio profesionales y lingüísticas a las que ningún hombre puede hurtarse, bajo la forma de la teoría de los ídolos. Sin embargo, lo cierto es que fue el siglo XIX cl que conoció el nacimiento de una nueva disciplina aunque en sus comienzos no se la percibiera como tal que pretendía aunar el trascendental reino del conocimiento y la verdad con las condiciones sociales, económicas y políticas en que tal conocimiento surge y opera, vinculando representaciones, intereses y grupos humanos de un modo que hoy consideramos irrenunciable. Cualquier ensayo de una teoría sociológica del conocimiento supone la posibilidad de formular algún tipo de vinculación entre la esfera de la representación (conceptual, lingüística o imaginaria) y la esfera social. Hemos visto en las páginas anteriores cómo, desde el Barroco a la Ilustración, la temía del conocimiento conoció tres enfoques alternativos bajo las formas de las filosofías racionalista, empirista y critica. Todas estas gnoseologías, cada una a su manera, se manejaban en un marco abstractivo en el que conceptos, términos e imágenes se suponían desprovistos de cualquier profundidad social, aunque se les atribuyera alguna de naturaleza psicológica o moral, a lo sumo. Desde la perspectiva filosófica, muy especialmente desde la filosofía kantiana, el conocimiento se presentaba como síntesis de los datos de la experiencia y los elementos a priori que el sujeto imponía en el acto del conocimiento. Tales condiciones eran imprescindibles para fundamentar la existencia de un conocimiento universal y necesario, encarnado por la física newtoniana y los principios del racionalismo ilustrado, cargados de universalismo. Estos objetivos se fundaban, a su vez, en la aceptación tácita de una naturaleza humana universal y en la hipóstasis de una racionalidad desprovista de dimensión histórica, social y axiológica, en una razón trascendental condición de posibilidad de todo saber sólidamente fundado. Sobre este telón de fondo, incipientemente reformulado por la hermenéutica romántica e historicista, surgirán en el XIX nuevas perspectivas teóricas decididas a iluminar el problema del conocimiento desde la óptica de su producción social y de sus vínculos con las realidades de la vida. K. Marx es, sin lugar a dudas, la primera gran referencia para la reconstrucción de una sociología del conocimiento. En su obra, Marx articuló de manera precisa, aunque no exenta de ambigüedades, el vínculo entre conocimiento y estructura social. Muchas de sus ideas nos parecen hoy elementales, pero no fue ésta la consideración que merecieron en su tiempo. La idea central planteada por Marx puede formularse con sencillez: en razón de la condición natural del hombre como horno laborans, y en virtud de la articulación histórica, material y objetiva de los modos de producción, emergen ciertas fuerzas sociales y ciertos fenómenos estructurales, independientes de las voluntades de los sujetos históricos concretos, que tienden a producir determinadas configuraciones en las relaciones (sociales) de producción y en las formaciones ideológicas corresponsables de la emergencia de formas de conocimiento y autoconciencia deformadas y ajustadas a ciertos intereses que benefician al capital y legitiman su funcionamiento. La fuerza configuradora de lo social se manifiesta, en opinión de Marx, bajo las formas de la ideología, la apariencia y la falsa conciencia. La ideología en Marx supera las formas del psicologismo teoría del engaño para dar cuenta de un fenómeno mucho más complejo y fundamental, a saber, el engaño que, motivado por fenómenos estructurales independientes de los sujetos, penetra en las conciencias de los hombres hasta dar lugar a una falsa realidad y una autoconciencia deformada. La gran aportación marxiana, de la que no podemos ocuparnos más que de manera muy elemental, fue la de sacar la critica del conocimiento del reino trascendental de la gnoseología universalista kantiana, para vincularla a las formaciones, estructuras y fuerzas sociales que pueden dar razón de su génesis, así como de sus efectos legitimadores y productores de (falsa) realidad. Otro de los nombres propios de mayor trascendencia en este recorrido por la sociología del conocimiento ha de ser el de E. Durkheim. En una evidente radicalización de su deriva idealista, la obra de Durkheim giró progresivamente hacia la acentuación del papel de las representaciones colectivas en la formación de la conducta individual y en los procesos motivacionales y normativos. La cohesión, como condición sistémica del gran organismo, exige que lo social se manifieste como un hecho dotado de capacidad coactiva o impositiva sobre las conciencias individuales; las representaciones colectivas representan dicha facticidad a la vez social en su origen, e individual, en su modo de estar en las conciencias, ofreciendo al individuo los instrumentos cognitivos, categoriales y motivacionales necesarios para la vida social, convirtiéndolo, de este modo, en un sujeto competente. En “Las formas elementales de la vida religiosa” Durkheim exploró como objetivo secundario de su trabajo la formulación de una teoría sociológica del conocimiento cuya tesis central afirma que los sistemas clasificatorios a través de los que los grupos humanos organizan y dan sentido a la realidad tienen su origen en la organización social. De modo que las categorías del conocimiento y el pensar no son sino representaciones colectivas comunes a individuos y grupos, que actúan como condiciones de posibilidad del propio pensamiento, postulando una homología estructural entre la organización social y la organización categorial. La tercera referencia esencial la encontramos en M. Weber. También en su obra se hace presente la vinculación entre la esfera de la idea y la representación y lo social, especialmente a través del concepto de afinidades electivas. Weber intentó distanciarse de las posturas deterministainfraestructurales, fundadas en una interpretación mecanicista y positivista de Marx, para plantear, una vez más en toda su complejidad, la dinámica de las relaciones entre las determinaciones sociales del conocimiento y la formación de las representaciones, tanto en un sentido como en el otro. La expresión afinidades electivas, de origen científico, concretamente químico, y que Goethe llevaría a la literatura, se encuentra en toda la obra de Weber. Si tomamos como referencia su obra “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, entonces podemos observar la función que cumple este concepto en su metodología. En ella, la expresión en cuestión se utiliza para expresar el tipo de relación que se establece entre las creencias morales y religiosas de los protestantes más bien de algunos protestantes y ciertas condiciones sociales y laborales, a la vez que con ciertas disposiciones actitudinales, responsables del desarrollo del capitalismo. La ambigüedad del concepto, que la hay, puede ser, sin embargo, la condición de posibilidad de expresar la escurridiza relación que existe entre ambas esferas, huyendo de cualquier reificación o determinismo mecanicista, por lo que el concepto parece funcionar más como metáfora que como instrumento analítico en el contexto de una obra que, por otra parte, lo acompaña constantemente con eso que hoy llamaríamos descripción densa, y que resulta esencial en la reconstrucción históricocausal que deben abordar las ciencias sociales. Weber enriqueció la sociología del conocimiento mostrando las relaciones de ida y vuelta que ticen lugar entre las formas de organización social y los modos de representación lingüística, conceptual e imaginaria, racional e irracional, disolviendo cualquier exceso reduccionista que intentara sobredimensionar alguno de los dos vínculos. Aunque una reconstrucción de la sociología del conocimiento exigiría pasar necesariamente por la obra de K. Manheim, Pero para concluir, de acuerdo con nuestros intereses, sin embargo, puede ser útil hacer referencia al análisis que del vínculo entre conocimiento y realidad social se plantea en la sociología fenomenológica iniciada por A. Schutz y continuada por Berger y Luckmann en su conocidísima obra La construcción social de la realidad’. La gran aportación de la fenomenología a la teoría sociológica fue la de explorar un espacio de realidad poco o nada estudiado hasta entonces, a saber, la esfera de la vida cotidiana y el mundo del sentido común. Efectivamente, el método fenomenológico abrió la mirada sociológica al análisis de la acción social como acción significativa en un mundo de significados socialmente construidos y compartidos. La realidad se manifiesta no tanto por su objetividad independiente de los individuos, cuanto por su significación para el sujeto y los grupos. Realidad y apariencia se confunden hasta cierto punto, pues lo que algunos pueden considerar real carece de sentido para otros. Schutz orientó sus análisis hacia la descripción del mundo de la vida, es decir, la realidad cotidiana que todo sujeto socialmente competente presupone y comprende como realidad dada y significativa de modo acrítico y pre teórico. Sus estudios hicieron posible la descripción de ciertas estructuras de sentido que vertebran la conciencia de realidad de todo sujeto social. Pero, al mismo tiempo, Schutz mostró la importancia de la dimensión biográfica en la formación de la conciencia individual, sosteniendo de este modo la dialéctica entre condicionamiento social del conocimiento y readaptación personal del mundo de significados en cada individuo. Sin embargo, dentro de la tradición fenomenológica, la publicación en 1966 de La construcción social de la realidad (CSR), escrita por P. Berger y T. Luckmann, habría de marcar poderosamente los más recientes desarrollos de la sociología del conocimiento. La tesis central de la CSR es que la sociología del conocimiento no debe ocuparse tan sólo de una forma de conocimiento el conocimiento teorético y su historia intelectual, sino que debe afrontar el problema del conocimiento como totalidad. Frente a la deriva epistemológica que tiende a afrontar este problema desde el punto de vista de su validez qué es real, qué es aparente, qué es la verdad, qué es el error, la sociología del conocimiento, en opinión de estos autores, debe ocuparse de investigar cualquier clase de conocimiento, sea cual sea su validez, en tanto que conocimiento socialmente construido, instituido y compartido. Lo central del análisis del conocimiento no es su validez, sino los procesos por los cuales llega a constituirse como tal conocimiento, los instrumentos o mecanismos gracias a los cuales se mantiene y reproduce y, por último, los fenómenos que puedan transformarlo y hacerlo desaparecer. Berger y Luckmann adoptaron una interpretación dialéctica de las relaciones entre conocimiento y realidad, intentando mostrar los vínculos entre los distintos procesos de feedback que tienen lugar en el seno de la díada conocimientorealidad social. Para desentrañar estos procesos, los autores han acuñado tres conceptos centrales en su argumentación: a) externalización: es el proceso a través del cual la actividad humana da lugar a la aparición de procesos estrictamente sociales (la realidad social es un producto humano); b) objetivación: comprende el conjunto de procesos por medio de los cuales se objetiva y critica el mundo social, que, habiendo sido producido por el hombre, se convierte en algo externo y ajeno a él, pues le antecede y limita (la sociedad es una realidad objetiva); c) internalización: comprende el conjunto de procesos que dan cuenta de la incorporación de la realidad social a la esfera de la subjetividad (el hombre es un producto social). Berger y Luckmann, han puesto especial interés en el análisis de los procesos de legitimación que permiten mantener el orden dialéctico que caracteriza las relaciones entre conocimiento, individuo y sociedad. La legitimación ofrece sentido, explica y justifica la realidad social, integrando el orden institucional y la realidad individual. Los procesos de legitimación implican diferentes procesos e instancias que pueden presentarse organizadas en distintos niveles: un nivel pictórico, anclado en el lenguaje, en sus usos c imágenes; un nivel de proposiciones elementales, poco elaboradas pero muy eficaces proverbios, refranes, etc.; un nivel teórico explicito a través del cual se legitiman y justifican diferentes instituciones; por último, un cuarto nivel constituido por los llamados universos simbólicos, es decir, cuerpos de tradición teórica que integran zonas de significado diferentes y abarcan el orden institucional en una totalidad simbólica. Los universos simbólicos son integradores institucionales y poseen un carácter normativo, pero también integran la historia y la biografía, al tiempo que ellos mismos están sometidos al cambio histórico. Para ello, hacen uso de mecanismos conceptuales tales como los proporcionados por la mitología, la teología, la filosofía o la ciencia. Pero también utilizan corno mecanismos sustentadores el poder y el conocimiento experto.

1.4. LA TEORÍA DE LA REPRESENTACIÓN DESDE LA TEORÍA DEL LENGUAJE. LA INFLUENCIA DEL PRIMER Y EL SEGUNDO WITTGENSTETN

En la primera parte de este capítulo hemos abordado una reconstrucción históricocritica de las nociones de ley y representación. Hemos podido observar cómo las posiciones en tomo a esta cuestión han recorrido un largo camino desde el realismo de sentido común, para el que el objeto de conocimiento, lo real en sí mismo, es captado por la mente humana como sí de una pintura o fotografía se tratase, hasta las formas más sofisticadas y críticas de entender la representación incluyendo en ella la participación de múltiples instancias mediadoras, a la vez posibilitadoras de la representación y constructoras de la misma, tales como ciertas capacidades innatas del sujeto, el lenguaje, la ideología, la dimensión pragmática del conocimiento y sus anclajes históricos. El modo más habitual de entender la “representación” consiste en suponer que ésta se basa en la existencia de una relación de semejanza entre lo representado, es decir, el objeto de conocimiento, y la representación. Esta semejanza, a su vez, se ha interpretado habitualmente como relación isomórfica. Como afirma Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofia, La noción filosófica de isomorfismo debe partir del problema de la posibilidad de representar una entidad por medios distintos de la reproducción de esta entidad, pero también a través de medios que permitan establecer una correspondencia entre cada uno de los elementos de la representación y cada uno de los elementos de la entidad. Es decir, más allá de las exigencias que en el ámbito matemático se establecen, stricto sensu, a la relación isomórfica entre grupos, esta noción viene a plantear un tipo de relación entre lo representado y la representación caracterizada por: a) el reconocimiento de que ambas instancias son de naturaleza diferente, pero que b) existe una exigente relación de semejanza entre ellas basada en c) una relación biunívoca entre todos y cada uno de los elementos de lo representado y la representación, de modo que d) las operaciones o fenómenos que tienen lugar en la entidad representada tienen su correlato, término a término, en la representación a través de sus elementos. Un ejemplo típico de relación isomórfica es la que se establece entre un territorio y su representación a través de un mapa. Como puede observarse fácilmente, las cuatro características señaladas más arriba se cumplen estrictamente. Sin embargo, sería un error pensar que toda representación debe estar basada en una relación de este tipo. Como afirma Ibarra, El aspecto distintivo de la representación reside en su naturaleza vicaria o sustitutiva del objeto representado. En algunos casos, a esa naturaleza se asocia accesoriamente la condición de semejanza, pero en otros no. La filosofía moderna abrió la caja de Pandora del conocimiento al problematizar el realismo clásicoescolástico. Parece claro que las dificultades para admitir una relación de naturaleza isomórfica entre lo representado y la representación se agudizaron especialmente cuando la representación se problematizó como resultado de las sospechas que recaían sobre el lenguaje y sus efectos sobre la representación. Éste es un problema esencialmente contemporáneo, aunque tenga precedentes más antiguos. Efectivamente, la filosofía y la reflexión metacientificas pusieron sus ojos sobre el lenguaje de manera definitiva a principios del siglo xx. Desde entonces, se han desarrollado dos líneas de pensamiento diferentes y contrarias respecto al papel que desempeña el lenguaje como instrumento de la representación. Por una parte, nos encontramos con la posición representada por el primer Wittgenstein, el del Tractatus. Para este autor, el lenguaje ofrece una representación isomórfica de la realidad; la relación entre lenguaje y realidad es algo dado, y es de naturaleza estructural. El hombre se forma imágenes de la realidad; estas imágenes de lo real son modelos, en los que se da una relación entre el sentido de la imagen y la estructura de los hechos de realidad. Lo que tienen en común el lenguaje y lo real es su estructura lógica. Es posible establecer una relación de verificación de nuestro conocimientolenguaje comparándolo con la estructura atómica de los hechos. Así es posible establecer una vinculación empírica entre conocimiento y realidad. El pensamiento del primer Wittgenstein encontró su desarrollo en las ideas del Círculo de Viena. El pensamiento neopositivista del primer Círculo de Viena encontró, en la obra de Wittgenstein las dos claves de su programa filosófico y epistemológico: por una parte, el conocimiento es la constatación de lo puramente dado en la experiencia y, por otra, el conocimiento debe entenderse como formalización lógica de lo dado en la experiencia. Pero el interés suscitado por el lenguaje condujo, desde presupuestos muy distintos a los del primer Wittgenstein, y sin embargo presentes en el Wittgenstein de las Investigaciones lógicas, a la consideración de que el lenguaje como instrumento de la representación no es un agente neutro, sino más bien al contrario. La representación elaborada a través de formas lingüísticas no es nunca un reflejo especular de la realidad. Antes bien, el lenguaje deforma y reconstruye lo real de modo que nunca puede establecerse esa relación isomórfica anhelada por la epistemología positivista. El segundo Wittgenstein rompe con la concepción lógicosemántica del Tractatus para dar paso a una concepción semánticopragmática, en la que el polo que se subraya es, precisamente, el pragmático. Las proposiciones del lenguaje no deben ser vistas ni como al modo husserliano, es decir, en relación con intenciones o donaciones de sentido, ni como registros especulares de una realidad atomizada en hechos. El lenguaje debe ser puesto en relación con la vida, con la actividad vital de los sujetos, pues el lenguaje es, ante todo, una actividad. Cualquier sentencia es parte de un contexto pragmático en el que tal sentencia cobra sentido. Frente a la noción hipostasiada de la lengua, Wittgenstein hablará de juegos de lenguaje, juegos con reglas que establecen la adecuación de la representación y su pertinencia, pero generando sistemas de comunicación alternativos entre los que no pueden establecerse lazos comunes de sentido más allá de su dimensión pragmática. Como vemos, la obra de Wittgenstein resume las dos posiciones más influyentes en torno al problema del lenguaje y la representación.

CAPÍTULO 13 LAS TEORÍAS CIENTÍFICAS (II): LA TEORÍA COMO REPRESENTACIÓN ISOMÓRFICA EN LA TRADICIÓN DEL POSITIVISMO LÓGICO Y LA CONCEPCIÓN HEREDADA l. LA EPISTEMOLOGÍA DEL CÍRCULO DE VIENA l

1 . EL PRIMER CÍRCULO DE VIENA

Las doctrinas que vamos a presentar acerca de la naturaleza de la actividad científica y de sus productos más valiosos, las teorías científicas, fueron elaboradas por un conjunto de pensadores agrupados en torno a la figura de Moritz Schlick en la Universidad de Viena, hacia 1922. Enseguida, alrededor de esta figura se congregarán otras de diversos campos para formular una filosofía de la ciencia que debemos considerar, simultáneamente, consecuencia de varios fenómenos’: las profundas transformaciones operadas en la ciencia del XIX Y primeros años del xx que reclamaban una nueva reflexión metacientificas que diera cuenta de los nuevos saberes desde un punto de vista normativo, el enorme desarrollo de la matemática y la lógica en ese mismo espacio de tiempo (Frege, Peano, Russell, Hilbert) y la nueva epistemología empirista del primer Wittgenstein. Por otra parte, esta nueva epistemología de la ciencia venía a presentar una alternativa a la reflexión metodológica y epistemológica que se había desarrollado en el ámbito filosófico alemán y que admitía la distinción entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias sociales. El nuevo programa positivista contenía un fuerte componente logicista, preocupado por establecer las condiciones estructurales y formales del conocimiento científico desde un planteamiento normativo. Los trabajos del Círculo de Viena supusieron la puesta en marcha de un proyecto de unificación de la ciencia bajo la idea de un único método y de la esencial identidad de todo el conocimiento científico cuando se le considera desde la perspectiva metacientífica. Las ideas defendidas por los principales representantes del Círculo estuvieron sometidas a profundas críticas desde muy pronto por ejemplo, por Popper y sufrieron una notable evolución a lo largo de cuatro décadas, las que transcurrieron desde 1922 hasta finales de la década de los sesenta. A propuesta de Putnam, se ha denominado concepción heredada standard view a esta tradición de filosofía de la ciencia y reflexión metacientífica que arranca de los trabajos del primer Círculo de Viena y que continuó de la mano de pensadores como Carnap, Ayer, Popper, Hempel o Nagel. Entre todos ellos existieron diferencias que no pueden ser consideradas de matiz.

1.2. CARACTERIZACIÓN DE LA CONCEPCIÓN HEREDADA

Hacking ha caracterizado la tradición de la concepción heredada señalando un conjunto de principios epistemológicos y metodológicos que definen su presentación canónica. 1. Realismo. La ciencia aspira a elaborar un conocimiento acerca del mundo que no renuncia a obtener la mejor descripción posible de éste; el conocimiento científico resulta independiente del pensamiento singular de los hombres de ciencia. Existe una aspiración objetiva y realista en el conocimiento. 2. Demarcación. Gracias a su método y en virtud de ciertas propiedades ontoepistemológicas, tales como la relación entre la empírica y la teoría, la ciencia es un tipo de conocimiento distinguible de otros conocimientos no científicos o seudocientíficos. 3. La ciencia es acumulativa. El conocimiento científico crece como resultado de la paulatina acumulación de nuevas observaciones y nuevos diseños experimentales, que dan como resultado la formulación de nuevas teorías y el descubrimiento de nuevas leyes. Estas nuevas teorías se superponen a las anteriores desmintiéndolas o subsumiéndolas como partes especiales de una teoría más general. 4. Existe una distinción neta entre observación y teoría. La observación de los hechos puede hacerse de tal modo que la instancia observacional mantenga un estatuto de objetividad suficiente, desembarazado de sesgos teóricos. La observación es independiente de la teoría. 5. La base empírica de la teoría, es decir, la obtenida por observación y experimentación, es el fundamento de la justificación de las hipótesis y teorías. Los hechos de observación son la interpretación semántica de la teoría. 6. Las teorías tienen una estructura deductiva. Efectivamente, las teorías se construyen como estructuras formales conectadas con la base empírica. El fin último de las entidades teóricas es la formalización deductiva de lo dado en la experiencia. En ellas la coherencia formal es la prueba de validez fundamental. 7. Los conceptos científicos son precisos y semánticamente unívocos. 8. Distinción entre el contexto de justificación y el contexto de descubrimiento. Las teorías pueden ser abordadas desde dos perspectivas diferentes: por una parte, pueden abordarse las condiciones psicosociales de los descubrimientos y sus contextos históricos contexto de descubrimiento, para narrar algo así como una historia externa de la ciencia; sin embargo, el análisis de las teorías puede hacerse también desde el proceso interno del conocimiento científico, es decir, desde el conjunto de relaciones lógico empíricas que está en la base del desarrollo y justificación de una teoría. 9. El programa de la ciencia unificada. El positivismo defendió, desde sus inicios, el proyecto de una ciencia unificada. Las ciencias naturales deben asumir su carácter ejemplar con relación con la actividad científica de las ciencias sociales, pues representan el canon metodológico, encarnado paradigmáticamente en la ciencia física. El positivismo lógico constituye la primera de las concepciones contemporáneas acerca de la naturaleza de las teorías científicas. Esta concepción descansa sobre dos presupuestos: la constatación de lo dado en la experiencia y la formalización lógica aplicada a la base empírica. El positivismo lógico concebía que el producto de la actividad científica fuera, esencialmente, el descubrimiento de leyes de la naturaleza y la formulación de teorías científicas. Los hechos de observación, obtenidos por medio de la experimentación o la observación dirigida, constituyen la base empírica de la teoría y sobre ellos descansaba su adecuación empírica y su interpretación semántica. Asumiendo posiciones fenomenistas y censistas, el primer Círculo de Viena pretendió definir el conocimiento como una constatación de lo dado en la experiencia. El sujeto es impresionado por la realidad; en esta aprehensión cabe la objetividad, que no es otra cosa que constatar lo dado en la experiencia en su objetividad neutral, esto es, como fenómeno en un sentido análogo al que mantenían los empiristas y positivistas decimonónicoso Ahora bien, lo dado en la experiencia debe ser expresado lingüísticamente a través de ciertos enunciados llamados enunciados protocolarios. Éstos no representan una transformación de la experiencia, sino su mera expresión lingüística, desembarazada de sesgos teóricos. Entre los hechos atómicos en expresión de Wittgenstein y los enunciados protocolarios existe una relación biunívoca. Esta relación es la base para determinar el contenido empírico de una teoría y para descartar cualquier clase de seudo saber científico poético, religioso, metafísico. La ciencia, pues, comienza la elaboración de sus teorías por la constatación directa y fenoménica de lo dado en la experiencia y continúa a través de la traducción de lo constatado en un conjunto de enunciados protocolarios. Estos enunciados, por otra parte, deben ser permanentemente testados a través de un proceso inductivo, esencial para la actividad científica, tal y como había difundido el positivismo de Mill. La inducción no garantiza necesariamente la verdad de nuestro conocimiento, pero nos aporta cierta seguridad práctica, amparada en la constancia de la naturaleza. Por otra parte, la inducción científica hará posible la generalización necesaria para formular hipótesis y leyes científicas. Una vez que la ciencia dispone de una sólida base empírica, entonces la tarea consistirá en una formalización lógica de lo dado en la experiencia. El lenguaje científico, guiado férreamente de la mano de la lógica, deberá reconstruir la forma de los eventos empíricos a través de las relaciones lógicas entre enunciados. El papel que los positivistas atribuyeron a la lógica se basaba en los trabajos de Russell y Wittgenstein. La lógica, es decir, las relaciones lógicas, es lo que tienen en común los eventos reales y la estructura de los enunciados científicos de una teoría. Entre la construcción teórica y la realidad empírica habrá de existir, pues, una relación isomórfica. Por otra parte, la teoría debe garantizar la adecuada cadena lógica que conduce inductiva y deductivamente desde los enunciados protocolarios a los enunciados teóricos no directamente vinculados con los dados en la experiencia. La estructura lógica garantiza, de este modo, no sólo la consistencia interna de los enunciados teóricos, sino también la vinculación entre conocimiento y realidad. Así pues, entre la teoría científica y la realidad existirán dos tipos de relaciones que establecen expresamente el sentido de toda representación científica: por una parte, una relación semántica garantizada por la adecuación empírica entre los hechos atómicos y los enunciados protocolarios, y una relación formal amparada en la común estructura lógica del mundo y de los enunciados teóricos y científicos, relación de naturaleza isomórfica. De este modo comprendieron el concepto de representación en la ciencia los primeros pensadores del Círculo de Viena.

1.3. EL SEGUNDO CARNAP Y LOS DOS NIVELES DE LENGUAJE

Carnap modificó su punto de vista fenomenista y censista y se alejó sensiblemente de sus planteamientos iniciales acerca de la posibilidad de producir un conocimiento que fuese estrictamente una constatación de lo dado en la experiencia. La razón para hacerlo fue el reconocimiento del fuerte reduccionismo en el que habia caído el Círculo al establecer su concepto de enunciado protocolario como expresión lingüística de lo dado en la experiencia. Carnap defendió, entonces, un modelo de representación basado en dos niveles de lenguaje: el llamado lenguaje observacional (Lo) Y el denominado lenguaje teorético (Lt). El lenguaje observacional del que hablaba Carnap ya no aspiraba a constatar lo dado en la experiencia de una forma directa y objetiva, como registro de un fenómeno, sino a constituir un lenguaje común e intersubjetivamente validado para la ciencia, que salvase el problema de la base empírica. Éste problema sic concretaba en tres dificultades, a saber: a) definir correctamente el estatuto ontológico de los observables y de su expresión lingüística, b) la necesidad de dotar a toda teoría de una base empírica suficiente que defina su interpretación semántica y, al mismo tiempo, sea su fundamento empírico inductivo, y c) la necesidad de contar con/producir un conjunto de enunciados de observación que puedan servir para contrastar la teoría misma5 La primera de las condiciones hace referencia a un rasgo esencial de la teoría de la representación en el positivismo lógico: para esta tradición, y en general para la concepción heredada, el conocimiento científico mantiene una relación referencial con lo real que no puede desaparecer por completo; el conocimiento científico se entiende como una constatación objetiva de lo dado en la experiencia, a través de una vinculación directa entre el sujeto de conocimiento y el fenómeno. La distinción de los dos niveles de lenguaje introducida por Carnap y seguida por muchos de los autores de la concepción heredada como, por ejemplo, Hempel, renunciaba a una vinculación directa, como la defendida por el primer Círculo, por una relación mediada lingüísticamente lenguaje observacional, pero seguía manteniendo viva la expectativa de poder construir un lenguaje perfecto que garantizase, por la vía de una semántica intersubjetivamente validada y una estructura lógica férreamente construida, las aspiraciones del realismo fenomenalísta que se desprende de todo el proyecto positivista. El mismo Carnap y otros filósofos de su misma tradición aceptaron paulatinamente que no puede haber una observación sin carga teórica; ésta fue, en definitiva, una de las críticas más poderosas que Popper y Hanson formularían al modelo positivista, aunque éste nunca abjuró, de una u otra manera, de la necesidad de formular alternativas esencialmente lingüísticas a este problema. Sin embargo, a pesar de sus pretensiones, la solución adoptada por Carnap y otros Hempel, Nagel para encontrar una fórmula que salvase el problema de la base empírica abrió el camino hacia un reconocimiento de la naturaleza convencionalista y pragmatista de la representación científica de la realidad. Una vez admitida la imposibilidad del conocimiento humano para constatar lo dado a la experiencia de una forma directa y objetiva, desembarazada de todo sesgo teórico, y admitida la mediación lingüísticoteórica que resulta constitutiva del mismo acto de observación científica, entonces habría de admitirse, de una u otra manera, que la relación entre la representación y lo representado entrañaba un componente convencional. Como señalan Ibarra y Mormann, la confirmación de una teoría científica ya no se definirá como la vinculación entre la experiencia pura de lo real y los enunciados científicos, sino entre diversos planos lingüísticos que constituyen la propia teoría, esquemáticamente reducidos a dos: el lenguaje observacional y al lenguaje teórico. Ahora debemos detenernos en su concepción de las teorías como estructuras lingüísticas. Desde un primer momento, el neopositivismo concibió las teorías como conjuntos de enunciados trabados lógicamente que resultaban de un proceso de formalización de la base empírica, ligado a dos tipos de inferencia: por una parte, las generalizaciones inductivas que podrían dar a luz el descubrimiento y la formulación de leyes de la naturaleza y, por otra, la actividad deductiva orientada a la formulación de consecuencias lógicas empíricamente interpretables y contrastables. Una teoría científica es, pues, desde este punto de vista, una entidad que combinaba dos tipos de enunciados: por una parte, los enunciados protocolarios como constatación de lo dado en la experiencia o, más tarde, los enunciados observacionales, y, por otra, un conjunto de términos teóricos y un conjunto de axiomas, enteramente formales es decir, sin contenido empírico, que constituyen el armazón lógico de la teoría. Entre estos dos niveles habrán de existir ciertas reglas de asignación o correspondencia que vinculen lo observacional y lo teórico de modo que pueda realizarse una adecuada interpretación semántica de la teoría. La teoría, pues, poseía la estructura de un cálculo lógico preparado para recibir una interpretación empírica, cuyas condiciones y alcance fue uno de los problemas esenciales de las investigaciones lógicas de positivismo especialmente en Carnap a partir de 1930. La evolución del pensamiento de Carnap representa muy bien la orientación laicista del positivismo. Se trataba, en definitiva, de dotar a la ciencia de los instrumentos lógicos capaces de formalizar adecuadamente la base empírica; de ahí que su preocupación por la lógica se mantuviera, al mismo tiempo, a caballo entre la sintaxis y la semántica.

1.4. LA CONCEPCIÓN AXIOMÁTICA DE LAS TEORÍAS

En las páginas anteriores hemos expuesto el núcleo epistemológico del programa positivista. En ellas hemos visto cómo las torcías se conciben como un conjunto de afirmaciones que: a) son susceptibles de ser estructuradas mediante relaciones de dependencia lógica y b) versan sobre la realidad fisca, unas directamente y otras indirectamente a través de las primeras. El núcleo de este análisis lo constituye la noción de cálculo axiomático empíricamente interpretado A continuación, de una manera muy elemental, repasaremos la noción de teoría axiomática. Este concepto, Como acaban de recordarnos Díez y Moulines, constituye el armazón estructural de la noción positivista de teoría. El neopositivismo lógico entendía que las teorías funcionaban como totalidades en las que la consistencia lógica debía estar garantizada por su estructura axiomática. De este modo, los enunciados teóricos no sólo mantenían una vinculación empírica a través de la conexión observacional que garantizaba su valor semántico y empírico y su contrastabilidad, sino que también debían pasar la prueba lógica de su sometimiento a las fuertes restricciones que impone la estructura axiomática. Estas dos garantías eran las claves de la construcción de las teorías científicas. Una teoría axiomática T es un conjunto de afirmaciones dentro del cual se ha establecido un subconjunto de ellas A, denominadas axiomas de la teoría, de modo que se satisfagan las siguientes condiciones’: a) cualquier proposición de la teoría T es una consecuencia lógica de uno o más de los axiomas contenidos en, y b) cualquier proposición que sea una consecuencia lógica de uno o más axiomas de A es una proposición de T. No cabe duda de que no todas las elaboraciones teóricas son susceptibles de axiomatización. Antes bien, realmente sólo en el campo matemático y lógico encontramos axiomatizaciones completas de una teoría. Las ciencias empíricas se resisten a esta tipo de tratamiento, aunque, sin embargo, pueda resultar útil su aplicación en algún campo específico y respecto de ciertos resultados parciales. Esta preocupación por la formalización lógica de las teorías proviene, en último término, de las ideas expresadas por el primer Wittgenstein y Russell acerca del papel de la lógica en el conocimiento como mediación estructural que pone de manifiesto la isomórfica entre la realidad y nuestro lenguaje científico acerca de ella. Por otra parte, fue Reichenbach quien, en la década de los veinte, aplicó por primera vez este análisis lógico para establecer la semejanza entre dos teorías diferentes pero estructuralmente homólogas la Geometría Pura y la Geometría Física cuyo parecido consistía en su semejante estructura axiomática’ o. El programa neopositivista, inspirado en estos presupuestos, entendió que la reflexión metacientífica debía orientarse en la dirección de proporcionar a la ciencia los instrumentos lógicos lenguajes y estructuras axiomáticas necesarios para dotar a las teorías científicas empíricas, tal y como se encuentran como resultado dc la actividad investigadora, de una poderosa estructura lógica, en los términos que ya hemos expresado. Las teorías empíricas, pues, resultaban ser: a) un conjunto de afirmaciones sobre algún aspecto o porción de realidad que intentamos captar mediante el uso de ciertos conceptos y un sistema de relaciones entre ellos a través del cual intentamos representar su contenido empírico, y b) desde el punto de vista de su estructura, un cálculo interpretado, donde por cálculo se entiende un cálculo lógico o una teoría axiomática. La axiomatización de las teorías empíricas se convirtió, de este modo, en un paradigma de la reflexión metacientífica y una meta propuesta como horizonte del desarrollo científico. Desde luego, en el campo de las ciencias sociales la axiomatización resulta una opción del todo apartada de la práctica investigadora, pero también metacientífica. No obstante, parece necesario conocer los conceptos más relevantes de la concepción axiomática de las teorías, pues en éste, como en otros casos, además de asomarnos a un mundo de complejos problemas metacientificas y lógicos, podemos descubrir algunos aspectos esenciales de la naturaleza de la ciencia, en especial en lo relativo a su estructura lógica y a las relaciones conceptuales que toda teoría implica. Hemos hecho referencia a la relación que debe existir entre las afirmaciones que componen el corpus de la teoría y el subconjunto de las mismas que denominamos axiomas. Todas y cada una de las afirmaciones de la teoría deben ser derivables deductivamente a partir de los axiomas se denomina a esta propiedad completad de una teoría axiomáticao Ahora bien, estos axiomas deben satisfacer, además, otras dos condiciones, a saber, su independencia unos axiomas no pueden derivarse de los otros; es decir, los axiomas deben darse en un número tan limitado como sea posible, a condición de cumplir con el primer requisito, el de la completad de la teoría. Por otra parte, una teoría axiomática debe establecer con el máximo rigor y exhaustividad un conjunto de símbolos primitivos en función de los cuales sea posible, de acuerdo con ciertas reglas, expresar cualesquiera otros conceptos o expresiones de la teoría, de modo que cualquier expresión sea o bien un símbolo primitivo, o una combinación de ellos. Estos términos primitivos carecen de significado; no se encuentran, al menos inicialmente, interpretados empíricamente, sino que, por el contrario, funcionan como variables capaces de admitir diferentes interpretaciones semánticas. Cuando la teoría necesita de la incorporación de nuevos conceptos, éstos deben introducirse de manera rigurosa a través de definiciones que tienen la estructura de identidades en las que se explicita la equivalencia entre el nuevo concepto y los conceptos primitivos u otros conceptos derivados ya definidos. Otra característica de toda teoría axiomática es que debe ser deducible. Esta propiedad exige que la teoría disponga de un procedimiento que permita establecer mediante un número de pasos finito si una determinada afirmación es una consecuencia deducible de los axiomas y, por tanto, pertenece al corpus teórico, o no. En caso afirmativo, la afirmación deducible de los axiomas y que forma parte de la teoría se denominará teorema. En la medida en que los teoremas son consecuencias lógicas derivadas a partir de los axiomas, no añaden nada que no estuviera contenido implícitamente en ellos, aunque sí explicitan su contenido y sus consecuencias.

2. LA REVISIÓN DE LOS PRINCIPIOS DEL POSITIVISMO: EL RACIONALISMO CRÍTICO DE K. POPPER Y EL MÉTODO HIPOTÉTICODEDUCTIVO

En 1934 el filósofo vienés de origen judío K. Popper publicó la más influyente obra filosófica en el campo de la epistemología de la ciencia que ha conocido el siglo xx. Es bien cierto que otros muchos autores y obras, desde Russell y Wittgenstein a Kuhn, pasando por Carnap o Reichenbach, podrían merecer tan alto reconocimiento; sin embargo, La lógica de la investigación cientifica (en adelante LIC), título la obra en cuestión, publicada originalmente en alemán y no traducida al inglés hasta 1957, reúne en sí misma dos poderosas razones que, a nuestro juicio, la avalan como merecedora de tal condición: por una parte, esta obra contribuyó a moldear los excesos del empirismo lógico, su incorregible inductívismo y su virulento afán demarcacionista, obligando a esta tradición a repensar sus propuestas filosóficas desde sus mismos fundamentos, tal y como haría, por ejemplo, Carnap; por otra parte, la obra popperiana sentó las bases de las epistemologías críticas e historicistas de los años sesenta y setenta las desarrolladas por Kuhn, Kakatos, Feyerabend, Laudan o Toulmin. Sin LIC resultaría imposible comprender la evolución del neopositivismo lógico de Círculo de Viena y de la concepción heredada desde Moritz Schlick, Carnap y Reichenbach hasta Hempel, Nagel o, más recientemente, Stegmüller, Sneed o U. Moulines. Pero, al mismo tiempo, resultaría incomprensible y falta de sustento teórico la revisión historicista formulada por las epistemologías de Kuhn, Lakatos y Laudan, o el anarquismo metodológico de P. Feyerabend. Ahora bien, es de justicia reconocer que las más características y renovadoras ideas mantenidas por Popper en LIC, al menos en lo que respecta a su defensa del método hipotéticodeductivo, fueron anticipadas punto por punto en la obra del fisiólogo Claude Bernard. Éste, en 1865, en su Introducción al estudio de la medicina experimental y por tanto unos setenta años antes de la publicación de LIC, planteó con total lucidez y corrección metodológica las bases del hipotéticodeductivismo.

2.1 EL RACIONALISMO CRÍTICO Y LA REVISIÓN DEL PENSAMIENTO NEOPOSITIVISTA

El empirismo lógico había hecho de la constatación de lo dado en la experiencia y de la justificación lógica inductivodeductiva de las proposiciones nómicas y de los conjuntos proposicionales teoréticos la piedra de toque de la ciencia frente a la deriva especulativa de otras formas de pensamiento o saber irreductibles a la naturaleza del proyecto científico. Aunque este proyecto se mostró, a la larga, como un espejismo, al menos en su versión más radicalmente positivista, lo cierto es que el empirismo creyó poder establecer para el conocimiento un punto Arquímedico, un origen absoluto constituido por una mezcla de experimentalismo objetivista y consistencia lógica. El racionalismo crítico, que es como se conoce la posición teórica mantenida por Popper, entiende que el conocimiento científico, como cualquier otra forma de conocimiento, es siempre una interpretación de lo real, irreductible a la mera constatación de lo dado a la experiencia; como tal interpretación, la ciencia es fruto de la creatividad de la razón humana que aventura, en su propósito de desvelar la naturaleza de lo real, ciertas hipótesis o conjeturas que habrán de enfrentarse al tribunal de la crítica racional. En esta interpretación dcl quehacer científico, la postura de Popper chocó frontalmente con la de los autores neopositivistas, oponiendo a los conceptos de justificación y verificación una nueva y completa concepción de la lógica de la ciencia. Intentaremos mostrar de forma sintética la revisión que Popper elabora de las ideas del empirismo lógico como medio para exponer su propia concepción de la lógica de la investigación científica. Popper se propuso revisar a fondo los principios esenciales de la concepción neopositivista del método científico. Éste atribuía, desde Bacon, un papel esencial a la inducción. A partir de ellos, y de acuerdo con el rigor de la lógica inductiva, la ciencia trabaja por establecer un conjunto de regularidades susceptibles de ser expresadas bajo la forma de enunciados legaliformes es decir, como regularidades nómicas sobre cuya capacidad explicativa y predictiva se eleva el edificio de la ciencia. A su vez, estos enunciados nómicos, que expresan leyes de la naturaleza, junto con otros enunciados derivados deductivamente a partir de ellos y el conjunto de enunciados de observación, constituyen los conjuntos proposicionales que denominamos teorías científicas. Frente a esta arraigada concepción epistemológica, Popper defendió una inversión del proceso constructivo de la ciencia. A juicio de Popper, la ciencia difícilmente puede comenzar en la mera observación reforzada inductivamente, pues cualquier observación, por elemental y sencilla que sea, hasta la más simple impresión sensible, presupone una toma de posición teórica. Efectivamente, observar la realidad requiere, antes que nada, introducir una profunda asimetría entre los hechos hasta hacer que algunos de ellos cobren el relieve y la significación necesarios para centrar nuestra atención y convertirse en datos para la mirada científica. El giro copernicano obrado por Popper propone, pues, anteponer la teoría a los hechos y aceptar la radical naturaleza interpretativa del conocimiento. A partir de la afirmación de la naturaleza interpretativa del conocimiento, Popper conferirá un nuevo significado a los principales conceptos de la epistemología positivista: la justificación de los enunciados, la verificación, la demarcación entre conocimiento científico y no científico y la naturaleza constructiva del conocimiento. El positivismo recurrió a la inducción como procedimiento lógico capaz de validar el salto epistémico que media entre un enunciado de observación autoevidente y un enunciado general de naturaleza nómica. Si hemos de admitir que la asunción de ciertos supuestos teóricos es anterior a la formulación de cualquier enunciado de observación, pues es la condición de posibilidad de tal enunciación, entonces el proceso inductivo podrá ilustrarnos acerca del modo en que un enunciado ha sido descubierto o propuesto, pero nunca podrá convertirse en su fundamento o justificación lógica. Dicho de otro modo, la inducción, aun siendo relevante desde el punto de vista de la lógica del descubrimiento, carece de valor en relación con el problema de la justificación. Ésta exige una nueva estrategia en la que la inducción no habrá de desempeñar el papel relevante que el positivismo le habia asignado. Popper hablará de «contrastación deductiva» para describir el modus operandi de esa nueva en realidad, muy vieja estrategia. Cuando se formula una nueva teoría, ésta debe ser contrastada; para ello hemos de desarrollar nuestras hipótesis hasta extraer de ellas un corpus de consecuencias deductivas sólidamente trabado que forme un corpus de teoría consistente. Si tales enunciados son desmentidos por la experiencia, entonces nuestra teoría habrá sido refutada; si, por el contrario, la experiencia confirma nuestras predicciones, entonces nuestra teoría habrá sido provisionalmente confirmada. Su esquema es el siguiente: El modus tollens expresa la forma de la contrastación deductiva que propone Popper. Cuando formulamos una hipótesis, es decir, cuando conjeturamos una interpretación a propósito de un cierto hecho o conjunto de hechos o fenómenos entonces, dadas ciertas condiciones antecedentes que han de ser establecidas, deberá seguirse necesariamente una o varias, esto es indiferente a los efectos probatorios de cada una de ellas;

2.2 RUPTURA y CONTINUIDAD CON LAS TESIS NEOPOSITlVISTAS EN EL PENSAMIENTO DE POPPER

Es momento de hacer balance, aunque sea a partir de un conjunto de ideas que sólo hemos podido esbozar. Trataremos de mostrar en qué medida y en qué aspectos la obra de Popper mantiene una esencial continuidad con las tesis neopositivistas, al tiempo que intentaremos insinuar la conexión entre su pensamiento y la obra de los filósofos de la ciencia que iniciaron sus trabajos en la década de los sesenta, transformando definitivamente la escena filosófica y epistemológica y poniendo fin a la hegemonía de la concepción heredada. Tendremos que ser esquemáticos en nuestros planteamientos y perfectamente conscientes de que cada una de las tesis que vamos a afirmar exigiría un análisis mucho más preciso y documentado del que nosotros podemos ofrecer. a) La obra popperiana se sitúa en la tradición positivista que atribuye carácter normativo a la reflexión epistemológica, pero dentro de una concepción liberal y creativa del método. Si bien las tesis de racionalismo crítico abren las puertas a una concepción más liberal de la actividad científica e investigadora, lo cierto es que Popper sigue concediendo a la crítica metodológica y epistemológica un papel esencial en el progreso científico. A pesar de que Popper destruye buena parte del edificio metodológico neopositivista verificación, demarcación, carga teórica de la base empírica, etc. y niega el carácter algorítmico del método, la epistemología popperiana no abandona el terreno de lo normativo, asumiendo el criterio de falsación, a estos efectos, un papel protagonista. b) La epistemología popperiana adopta una posición a medio camino entre el objetivismo realista del positivismo y la naturaleza constructivista del conocimiento. Mantuvo la creencia en que es posible dar cuenta de la realidad exterior por medio del conocimiento científico empíricamente fundado y lógicamente consistente isomórfica con lo real. Popper romperá con cste concepción al afirmar tajantemente la naturaleza interpretativa del conocimiento: el problema de la base empírica y la carga teórica de la observación. Ahora bien, aun afirmando el carácter constructivo del conocimiento, Popper siempre mantuvo la creencia en que el conocimiento científico elabora un tipo de representación de la realidad en alguna medida objetivo. La objetividad de la que habla Popper ha de ser compatible con sus tesis del conocimiento como interpretación de lo real. Así pues, la respuesta a la pregunta por la objetividad ha de venir definida por tres compromisos de diferente naturaleza: por una parte, la reinterpretación intersubjetiva de la objetividad; por otra, la confirmación pragmática o performativa de la validez del conocimiento; por último, la condición indeterminada, no cerrada, de la realidad que vuelve provisional cualquier afirmación general acerca de la naturaleza. Aun modificando esencialmente la concepción del método, Popper mantiene la centralidad de la lógica en la arquitectura del conocimiento científico. La importancia que Popper atribuye al modus tollens como estrategia de falsación supone una transformación radical del punto de vista positivista. Sin embargo, Popper sigue atribuyendo un papel esencial a las relaciones lógicas en la evaluación de la producción teórica y de la validez del conocimiento. La deducción cobra un protagonismo desconocido para convertirse en el alma del hipotéticodeductivismo, al tiempo que la nueva arquitectura conceptual del racionalismo critico falsación, demarcación, etc.  se redefinen en los términos lógicodeductivos del modus tollens. La epistemología popperiana mantiene la esencial unidad del método científico. También en este aspecto es detectable una esencial continuidad entre Popper y la filosofía del empirismo lógico. En los textos en los que Popper discutió acerca de la metodología de las ciencias sociales, la tesis que mantiene es la de la defensa de la unidad de método entre ciencias de la naturaleza y ciencias sociales, unidad que, sin embargo, no puede sostenerse sobre la errada concepción determinista de la realidad, tanto natural como social. Las ciencias, cualesquiera que sean, no pueden constituir jamás un conocimiento acabado, entre otras razones porque la realidad misma está sometida a ciertos procesos no deterministas. Popper, que siempre se mantuvo en posiciones que podemos describir como matizada mente realistas, mantuvo en tomo a la cuestión del progreso científico un enfoque evolutivo y evolucionista. Este movimiento evolutivo, si bien no tiene fin, sí manifiesta una tendencia progresiva que permite establecer comparaciones entre teorías rivales a través de la evaluación de su capacidad resolutiva. Popper, tal y como había hecho el neopositivismo, se mantiene en la línea de la reducción de la teoría del conocimiento a la metodología de la ciencia. El empirismo lógico y la tradición positivista intentaron reducir al sujeto del conocimiento a un algoritmo; intentaron desprender toda metodología de aquellas dimensiones no semánticas, pragmáticas o axiológicas que han acompañado desde muy antiguo a la reflexión sobre el conocimiento. El desafío positivista consistía en desvincular el conocimiento científico de su génesis social, así como de sus usos y consecuencias, para lo cual el conocimiento debía ser librado del sujeto y de su contexto de intereses materiales e ideológicos. A pesar de todo, Popper seguirá confiando en la crítica universal, en la permanente confrontación entre saber conjetural y el procedimiento de falsación en un contexto marcadamente pragmático para resistirse a la denuncia que desde la Teoría Crítica se le formula.

CAPÍTULO 14 LAS TEORÍAS CIENTÍFICAS (III): EL DECLINAR DE LA CONCEPCIÓN HEREDADA Y LAS NUEVAS EPISTEMOLOGÍAS POSTPOPPERIANAS l. LA NUEVA CONCEPCIÓN DE LA CIENCIA EN LA OBRA DET. S. KUHN 1.1.

INTRODUCCIÓN En 1962 T. S. Kuhn, a la sazón profesor de la Universidad de Princeton, que más tarde abandonaría para ejercer en el MIT, publicó una de las obras más influyentes dentro del campo de la filosofía y la historia de la ciencia, titulada “La estructura de las revoluciones científicas’ (en adelante ERC). Sus conceptos más sugerentes, los de paradigma y comunidad científica, debido a su irritante ambigüedad han permitido formular lecturas en clave kuhniano de múltiples fenómenos históricos y epistemológicos, en las más diversas disciplinas. Su capacidad heurística y su plasticidad, para desesperación de los analíticos, se convirtieron en caldo dc cultivo para una fecunda e interesante producción que habría de extenderse poco a poco a los campos de la epistemología, la historia y el sociología de la ciencia. Se ha afirmado que la obra de Kuhn es el punto de inflexión de la crisis de la concepción heredada. En la estela de la publicación de Ere habrían de aparecer las obras de otros filósofos, historiadores y sociólogos de la ciencia cuyas aportaciones son ya clásicos en estas disciplinas: nos referimos a Lakatos, Feyerabend, Toulmin, Laudan o Hacking. La novedad esencial del pensamiento kuhniano estriba con su intento de superar la concepción de las teorías científicas como sistemas lógicoformales de proposiciones empíricamente fundadas. En 1938, H. Reichenbach habia acuñado una distinción crucial para los intereses de la filosofía neopositivista y, por extensión, para la concepción heredada, con virtud de la cual, al tratar de asuntos científicos, es posible distinguir entre los denominados contextos de descubrimiento y de justificación. La epistemología de la concepción heredada mantuvo siempre una vocación normativa desentendida de los entresijos pragmáticos de la investigación científica y orientada a la demarcación científica y la reconstrucción lógica de las teorías.

1.2. LA TESIS CENTRAL DE KUHN: LA NOCIÓN DE PARADIGMA

La obra de Kuhn puede entenderse, a la luz de lo que acabamos de afirmar, como un intento de superación de la distinción entre contexto de descubrimiento y de justificación. Kuhn mantiene la tesis de que la actividad científica no puede aislarse ni del contexto sociohistórica en el que tiene lugar, ni de su resultado, es decir, la teoría científica resultante.. La ciencia es, pues, en cada tiempo, una concepción del mundo que se nos presenta como una Gestalt. Como tal, la ciencia se resiste a una atomización o segregación como la que impone la epistemología neopositivista y nos invita a una reconstrucción que incorpore simultáneamente los aspectos lógicosintácticos, teóricoobservacionales, históricosociales e ideológicos cuya combinación empírica y concreta alumbra en cada momento un saber diferente acerca del mundo. Para demostrar esto, Kuhn hubo de oponerse a la tradicional concepción acumulativa del conocimiento científico. Desde esa óptica, la ciencia es un continuum en el que el conocimiento se deposita a diferentes niveles de profundidad, de modo que cada nuevo descubrimiento o cada nueva invención se añade a las anteriores aumentando la carga del saber e integrándose, si procede, en la arquitectura científica ya existente. De este modo, la mecánica newtoniana habia absorbido en su seno las investigaciones de Galileo y Kepler o la física relativista de Einstein a la de Newton Frente a esta perspectiva, Kuhn afirmará que la ciencia avanza en su historia de una forma discontinua, como a saltos cualitativos y no meramente por incrementos cuantificables de saber. En cada momento histórico, la ciencia está dominada por formas cualitativamente distintas de entender la actividad científica, a su vez sostenidas sobre sistemas de creencias, métodos, conceptos y valores diferentes. No es posible, en consecuencia, trazar una historia de la física que conduzca desde Aristóteles a Galileo y Newton o, en la medicina, desde Hipócrates a Galeno, y desde éste a Tesalio y C. Bernard. Para dar razón de esta discontinuidad esencial en la historia de la ciencia, Kuhn acuñó algunos conceptos cuyo éxito, más allá de sus méritos y debilidades intrínsecos, es indiscutible: paradigma, ciencia normal, revolución científica y comunidad científica. Expresado de forma más bien intuitiva, un paradigma es una amalgama de creencias básicas, métodos, conceptos y valores compartidos por una comunidad científica. La tesis central del Kuhn de 1962 es que el paradigma define el espacio de lo pensarle y practicable en un momento histórico determinado para una comunidad científica, a la vez que establece los modos en que ha de investigarse y representarse la realidad a través de ciertos métodos colectivamente sancionados. El paradigma actúa, de este modo, simultáneamente, como condición de posibilidad de toda investigación científica y como límite convencional al desarrollo potencial del saber científico. En el primer sentido, el paradigma ofrece al conjunto de los investigadores de una disciplina los instrumentos metodológicos y conceptuales necesarios para su trabajo, al tiempo que permite definir los problemas científicos y los procedimientos de comprobación o falsación de hipótesis. En el segundo sentido, el paradigma actúa como límite cognitivo de la investigación científica a consecuencia de su naturaleza normativa; el paradigma traza la frontera de lo pensable y experimentable dejando fuera de si un campo de representación, observación e investigación inaccesible para quien se sitúa en su interior.

1.3. Los CONCEPTOS DE COMUNIDAD CIENTÍFICA Y CIENCIA NORMAL

Todo paradigma remite, ante todo, a una comunidad científica. El papel de la comunidad científica resulta esencial en el planteamiento de Kuhn pues permite ligar de manera efectiva la dimensión lógicoempírica, y en último término su racionalidad, con la dimensión social y pragmática de la investigación científica. Teorías, métodos y protocolos adquieren carta de naturaleza científica cuando un cierto grupo social, profesionalmente dedicado a la producción del conocimiento científico, los instituye como genuinos componentes de su saber. Es en la comunidad científica en quien recae la autoridad y el poder de sancionar o rechazar el producto y el desarrollo de la actividad científica. Ahora bien, reconocer el papel fundamental que desempeña el grupo humano y profesional supone admitir penetración de los procesos sociales, históricos y pragmáticos en el desarrollo y evolución dcl conocimiento científico, pero no en un sentido anecdótico y colateral, tal y como se hacía desde la óptica del análisis del contexto de descubrimiento y la historia extremalista de la ciencia, sino incorporando a las mismas entrañas del conocimiento las condiciones sociales y pragmáticas por las que un saber llega ser instituido como científico. Las reflexiones de Kuhn alejaron definitivamente la reflexión epistemológica de aquella posición logicista según la cual las teorías científicas, en último término, sólo rendían cuentas ante los tribunales de la razón universal y de la experiencia, para introducir un relativismo cognitivo y ontológico en el núcleo de la epistemología. Cuando por méritos de su naturaleza teórica, pero también como resultado de su capacidad retórica y social, una de estas concepciones consigue imponerse a las otras, ganando para sí una posición de dominio absoluto, entonces, afirma Kuhn, diremos que un paradigma se ha impuesto, iniciando de este modo la entrada en un período de ciencia normal. El nuevo paradigma ofrece ahora la homogeneidad teórica y metódica de la que antes carecía la disciplina, unificando y aproximando la producción científica hasta el punto de crear un campo discursivo compartido en el que son posibles el diálogo, el intercambio y el progreso científico. La comunidad científica tiene un papel protagonista en el mantenimiento der paradigma y en el desarrollo de la investigación científica dentro del período de ciencia normal. Por otra parte, la comunidad científica definirá las líneas de desarrollo de la formación y carreras profesionales de los científicos, así como la producción de la literatura científica especializada, contribuyendo decisivamente a la vigilancia corporativa de la producción científica tanto en su dimensión material y pública como en su despliegue teórico, generando y sosteniendo una preguntante concepción de la realidad y del saber en cuyo seno se desarrollará la actividad científica en ese periodo . Así pues, el triunfo de un paradigma supone la asunción por parte de la comunidad científica de un pasado teórico y metodológico, pero, al mismo tiempo, el nuevo paradigma constituye una promesa de desarrollo e investigación que se abre ante laactividad científica como consecuencia de su propia potencialidad. De este modo, el denominado período de ciencia normal no es sino el desarrollo y acrecentarían del saber que brota en el seno de paradigma como resultado de la ortodoxa producción de los científicos que se afanan en coordinar la teoría y la investigación empírica. Ahora bien, el desarrollo del conocimiento científico tiene su verdadera prueba de fuego en ciertos momentos en los que el paradigma que sustenta la actividad normal entra en crisis ante ciertas anomalías para las que no existe respuesta y que, llegado el caso, ponen en cuestión los mismos cimientos del paradigma. En ese caso, el conocimiento científico se enfrenta a un período de revolución científica. La revolución científica en opinión de Kuhn, dará lugar a la emergencia de un nuevo paradigma, pero en circunstancias presididas por dos condiciones esenciales de las que nos ocuparemos más adelante, en una sección aparte, dada su relevancia y su transversalidad en la nueva epistemología postpopperiana. Nos referimos a la discontinuidad e inconmensurabilidad de los paradigmas.

1.4 EL CAMBIO PARADIGMÁTICO: DISCONTINUIDAD E INCONMENSURABILIDAD

Los paradigmas científicos definen amplios espacios de investigación de acuerdo con ciertas presuposiciones teóricas, metodológicas y normativas convencionales. En su seno se desarrolla una vasta producción que afronta con relativo éxito y progreso el avance científico. Sin embargo, tarde o temprano, comienzan a presentarse ciertas anomalías que el paradigma no puede resolver. Estas anomalías parecen contradecir en aspectos esenciales sus presunciones básicas y su marco teórico. Cuando estas dificultades no pueden interpretarse como resultado de una deficiente praxis investigadora y/o cuando las hipótesis ad hoc no pueden resolver el problema, entonces la simbiosis comunidadparadigma se pone en peligro y comienza un tiempo de ciencia extraordinaria. Durante los periodos de crisis y cambio, en los márgenes de la actividad científica comienzan a desarrollarse teorías heterodoxas que pueden, lentamente, llegar a construir una trama teóricometodológica alternativa a la que define el paradigma en vigor. Llegado el caso, esta nueva trama puede llegar a constituirse en paradigma y ganar el favor de la comunidad científica, hasta llegar a sustituir, efectivamente, a la anterior. Cuando tal cosa ocurre, el periodo de revolución científica ha terminado y comienza un nuevo tiempo de ciencia normal.

1.5. LA EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO DE PARADIGMA

A pesar de las ambigüedades resaltadas por sus críticos, la noción de paradigma, tal y como el mismo Kuhn afirma, toma tres sentidos fundamentales: a) el paradigma como marco cognitivo y ontológico sobre el que se asientan cualesquiera proposiciones teóricas, metodológicas, metálicas y axiológicas; b) el paradigma como producto de una comunidad científica, como convención instituyente y, a la vez, limite de aquello que puede ser pensado e investigado científicamente; y c) el paradigma como conjunto de las realizaciones científicas que proporcionan modelos y ejemplos de problemas y soluciones a la comunidad científica. A pesar de estas precisiones y como respuesta a las críticas que se le formulaban, en 1974 Kuhn propondrá la sustitución de su noción de paradigma por la de matriz disciplinar. Las matrices disciplinares hacen referencia, en tanto que disciplinares, a un saber común, socializado e institucionalizado, que caracteriza a un grupo profesional.

2. EL ANARQUISMO METODOLÓGICO DE P FEYERABEND

El así llamado anarquismo metodológico constituye la aportación más significativa de P. Feyerabend a la nueva epistemología de la segunda mitad del siglo xx. Un anarquismo que, corno veremos, no supone la negación del método, stricto sensu, sino más bien la denuncia de las pretensiones normativas de la epistemología positivista y postpositivista. A favor de su anarquismo, Feyerabend orecerá tanto argumentos fácticos {) obtenidos a partir de la misma historia de la ciencia, con los que pretende mostrar que nunca ha existido algo que, en sentido universal y estricto, pueda ser tornado corno el método de la ciencia, como con juicios de valor acerca de las consecuencias que se seguirían de que tal método existiera, consecuencias funestas para el desarrollo del conocimiento. En buena medida, los trabajos de Feyerabend son una radicalización de algunas de las tesis que encontrarnos en Popper y Kuhn. Podernos observar este hecho a partir de dos ideas que vertebran sus tesis más novedosas e influyentes: a) Popper había demostrado la inconsistencia del enfoque neopositivista en lo relativo a la constatación de lo dado en la experiencia. El neutral lenguaje protocolario u observacional es también un lenguaje teórico, por lo que la ciencia no puede concebirse un mero registro especular de la experiencia. La ciencia opera siempre interpretativamente, avanzando a través de atrevidas conjeturas vigiladas por medio de la crítica racional. En el avance de la ciencia, el papel de la imaginación científica resulta esencial. b) Por su parte, T. S. Kuhn había mostrado, corrigiendo a Popper pero siguiendo su estela, que la escala y la estrategia adecuada para comprender la lógica y el desarrollo de la investigación científica exigen tornar en consideración unidades mayores que las hipótesis o conjeturas de las que hablaba el filósofo vienés. Si querernos reconstruir la lógica de la investigación científica, hemos de hacer un sitio a la historia y partir de la consideración de los paradigmas corno las unidades adecuadas para el análisis epistemológico, pero aceptando, corno consecuencia, el carácter esencialmente discontinuo de la historia de la ciencia, así como las dificultades para la traducción y comparación interparadigmática o interteórica. En su obra programática titulada Contra el método. Ensayo de una teoría anarquista del conocimiento, Feyerabend sienta las bases de la primera de sus tesis más polémicas. Así se expresa al respecto el mismo autor: La idea de un método que contenga principios científicos, inalterables y absolutamente obligatorios, que rijan los asuntos científicos entra en dificultades al ser confrontada con la investigación histórica. Verdaderamente, uno de los hechos que llaman la atención en las recientes discusiones en historia y en filosofía de la ciencia es la toma de conciencia de que desarrollos tales como la revolución copernicana o el surgimiento del atomismo en la Antigüedad y en el pasado reciente o la emergencia gradual de la teoría ondulatoria de la luz ocurrieron bien porque algunos pensadores decidieron no ligarse a ciertas reglas metodológicas obvias, bien porque las violaron involuntariamente. El anarquismo metodológico, como se evidencia en estas palabras, no consiste en afirmar la inexistencia de métodos como la ciencia, ni siquiera en negar su interés puntual, sino más bien en romper con la ilusión de que el progreso científico es el resultado mecánico y natural de la aplicación algorítmica de un método. Como ya había visto Popper, la imaginación científica es la verdadera luz que ilumina el progreso de la ciencia, mientras que el rigor normativo es más bien la excepción o, en todo caso, una manifestación corporativa y filosófica de una retórica hipostasiada, al menos a la luz del estudio de los más importantes avances de la historia del saber científico. La propuesta epistemológica de Feyerabend puede sintetizarse con dos principios: a) El principio de contra inducción: si la regla metodológica ortodoxa es la de considerar que toda teoría o hipótesis adquiere consistencia en la medida en que se ajusta a la evidencia empírica, entonces ha de proclamarse la necesidad de hacer avanzar la ciencia por la vía de producir hipótesis o conjeturas que sean intencionalmente contradictorias con dicha evidencia, pues sólo ellas pueden romper con los prejuicios ontoepistemológicos y metodológicos que cierran el paso a la más audaz investigación. b) El principio de proliferación: de acuerdo con lo afirmado en el principio de contra inducción, la ciencia debe hacer un uso frecuente de dicha estrategia con el fin de producir una evidencia empirica capaz de crear las condiciones necesarias para una eficaz confirmación o refutación de una teoría dada, pues no puede confiarse esta tarea a la evidencia que la misma teoría produce de acuerdo con sus propios compromisos. De este modo, la proliferación de enfoques metodológicos resulta esencial para la fecundidad de la ciencia, incluso cuando la teoría sobre la que se trabaja cuente con un gran refrendo. Los puntos de vista de Feyerabend se han radicalizado en los últimos años. Su lema todo vale (anything goes) es una invitación a una imaginación sin barreras que enriquezca la tradición científica.

3. EL PROBLEMA DEL RELATIVISMO INTRODUCIDO POR LA CRÍTICA HISTORICISTA EN LA EPISTEMOLOGÍA DE LA CONCEPCIÓN HEREDADA: DISCONTINUIDAD, Inconmensurabilidad Y FACTORES NO RACIONALES EN EL CAMBIO CIENTÍFICO

Los trabajos de Kuhn y Feyerabend dieron lugar a una poderosa penetración de las ideas relativistas dentro del cerrado y cuasi platónico mundo de la epistemología heredada. Dicho relativismo venia a contradecir, desde sus mismos cimientos, algunos de los ideales más acendrados de dicha concepción: i) Expresión eminentemente formal de las teorías; ii) isomorfismo estructural entre teoría y realidad; iii) vinculación empirica como constatación de lo dado a la experiencia; iv) aislamiento del núcleo lógicosintáctico y del problema de la justificación del contexto de descubrimiento. El término inconmensurabilidad viene a denotar la imposibilidad práctica y a la vez teórica para poner en contacto y dirimir la diferencia entre paradigmas rivales. Supone, dicho dc otro modo, la imposibilidad de la traducción: dado que cada paradigma asume posiciones teóricas, metodológicas y axiológicas diferentes, no siempre resulta posible encontrar acomodo en uno de ellos a observaciones o conceptos propios del otro. Los paradigmas se comportan como concepciones alternativas de la realidad, de modo que dos científicos rivales pueden no ver la misma realidad aun contemplando el mismo fenómeno”‘ El problema reside, tal y como el mismo Kuhn hace ver, en que no existe un tercer reino, un lugar común e independiente al que trasladar cada disputa y en el que dirimir las diferencias. No existe un sistema de conocimiento así, ni un lenguaje que pueda permitirlo. Un tercer frente de polémica relativista en la obra de Kuhn viene definido por su análisis de los factores del cambio científico. La polémica aportación kuhniana a este respecto consiste en subrayar ciertos factores irracionales como condiciones del cambio paradigmático. Kuhn pondrá el acento en dos tipos de factores no racionales que, a su juicio, resultan determinantes para reconstruir el cambio científico. Estos dos tipos de factores son los siguientes: a) La conversión: con este concepto, de resonancias religiosas, Kuhn se refiere al proceso psicosocial que describe el salto de fe que supone en la biografía del científico, y de la comunidad, la asunción de la nueva Gestalt; supone un tener ojos para ver lo que otros no ven. Esta conversión resalta el carácter radical, profundo y total de la transformación que se opera en toda revolución científica. b) La analogía política de la revolución científica: el cambio científico entendido como revelación supone una analogía con el cambio que se opera en las instituciones sociales y políticas cuando éstas ya no satisfacen a los actores implicados en ellas. Pero tales cambios, como ocurre en la esfera sociopolítica, no son el resultado de procesos discursivos racionales, técnicos y asépticos, sino que se encuentran trufados de encuentros y desencuentros, relaciones de poder y de batallas retóricas, habitualmente protagonizados por nuevas generaciones de científicos que asedian tenazmente al sólido edificio de la ciencia normal y del establemente corporativo cuyo statu quo y no sólo su saber se pone en cuestión.

4. LOS PROGRAMAS DE INVESTIGACIÓN DE IMRE LAKATOS

Sus textos, especialmente los recogidos en la compilación editada por Musgrave y Lakatos bajo el título castellano La crítica y el desarrollo del conocimiento, constituyen, a día de hoy, referencias clásicas para una epistemología de la ciencia postpopperiana y postkuhniana. Su carácter programático, pues, nos deja situados ante muy sugerentes conceptos y propuestas que, sin embargo, se encuentran insuficientemente desarrolladas. Esto no obsta, en todo caso, para reconocer en su esfuerzo una importante e influyente contribución a la filosofía y metodología de las ciencias, contribución que hay que observar como una reinterpretación, al mismo tiempo, de algunas de las tesis de Popper y de Kuhn. Lakatos fue discípulo del filósofo vienés y en su obra se nota la profunda influencia de su maestro. Pero por el contrario, Lakatos intentó demostrar cómo el desarrollo histórico de la matemática siguió un proceso vertebrado y jalonado por una constante confrontación entre conjeturas y refutaciones, en el sentido en que Popper atribuía a estos conceptos como motores del desarrollo del conocimiento científico, contra la opinión de positivistas y formalistas. Sin embargo, la contribución que más proyección ha dado a la obra de Lakatos es la que gira en tomo a la denominada metodología de los programas de investigación (en adelante, PI). Por una parte, Lakatos se sitúa en la tradición popperiana acerca de la naturaleza interpretativa de la ciencia; toda teoría científica supone la elaboración de una interpretación de la realidad que no puede ser confundida con la realidad misma. La ciencia maneja, pues, no sólo conjeturas modelos e hipótesis explicativas a propósito de los datos científicos, sino también teorías responsables de la producción de los mismos hechos de observación, tal y como había mostrado Popper desde muy pronto. La ciencia es una construcción teórica que no puede confundirse con un mero reflejo especular. Lakatos, como Kuhn, creía que la ciencia debe ser investigada desde una perspectiva histórica en la que las unidades de análisis no pueden ser pequeñas teorías o hipótesis aisladas de la Gestalt teóricometodológica a la que pertenecen. La ciencia no avanza confrontado pequeñas porciones de saber con los hechos, sino unidades de conocimiento de mucha mayor envergadura, tanto en un sentido sincrónico como diacrónico. No cabe duda de que existe un notable parentesco entre las nociones de PI y de paradigma. En cierto sentido, y a pesar de las diferencias que el mismo Lakatos y otros han intentado evidenciar en relación con las nociones de intraducibilidad e inconmensurabilidad, por ejemplo, la noción de PI puede verse como una profundización del concepto kuhniano Según establece el mismo Lakatos, ml programa de investigación cuenta con los siguientes elementos: a) Un núcleo duro (Hart corre) que contiene ciertas leyes y ciertos supuestos fundamentales que se mantiene al margen de cualquier proceso de refutación. b) Una heurística o conjunto de reglas metodológicas que orientan a los científicos a propósito dc las líneas de investigación que se deben seguir heurística positiva o que se deben evitar heurística negativao c) Un conjunto de hipótesis auxiliares o cinturón protector (proyectiva bel). Efectivamente, Lakatos es muy consciente de que el falsacionismo popperiano y su lógica basada en la permanente confrontación de conjeturas y refutaciones no pueden expresar la complejidad real de la práctica investigadora, ni reconstruir de manera creíble la historia de la ciencia. Efectivamente, la ciencia es un debate metódico público en el que, como en cascada, la imaginación científica alimenta un devenir de conjeturas y refutaciones que se someten al ecuánime juicio de la critica racional; Por el contrario, un PI está estancado o resulta degenerativo si ha perdido su capacidad explicativopredictiva y, a lo sumo, ofrece explicaciones ad hoc a fenómenos o hechos que resultan inesperados para el propio PI. Lakatos ha resaltado la singular relevancia de las hipótesis ad hoc en la ciencia. Estas hipótesis desempeñan un papel esencial en el mantenimiento del núcleo del PI. Cuando un hecho o fenómeno parece contradecir alguno de los principios del núcleo o alguna de sus leyes, la heurística positiva pone en marcha una estrategia para retocar el cinturón protector de modo que dé encaje al nuevo registro sin que cedan las pretensiones de verdad del núcleo .

LARRY LAUDAN: LAS TRADICIONES DE INVESTIGACIÓN

Laudan asume en buena medida las aportaciones de Kuhn y Lakatos e intenta superar algunas de sus limitaciones y contradicciones, acuñando un nuevo concepto para la semántica epistemológica, el de tradición de investigación (en adelante, TI). Para Laudan la cuestión esencial a la hora de conceptualizar adecuadamente las teorías científicas consiste en comprender que una teoría es una tentativa de resolución de un problema. Los problemas científicos, definidos en un determinado marco conceptual, constituyen el motor del desarrollo científico y, al mismo tiempo, la condición de posibilidad de su evaluación, pues tanto más poderosa debe considerarse una teoría, cuanta mayor sea su capacidad para dar solución a los problemas científicos planteados en un momento dado. Cada teoría supone un nivel de concreción teórica determinado para la resolución de un problema. Dentro de una tradición, estas teorías se organizan formando conjuntos trabados sistemáticamente en ‘diferentes niveles, pero de modo que 9ada teoría particular tiende a depender, en sus principios y asunciones básicas, de un corpus central y muy elemental de compromisos. Como señala Pérez Rasanz, Laudan asume muchos de los supuestos que los historicistas habían afianzado desde la década anterior, es decir, desde la publicación de La estructura de las revoluciones científicas, de Kuhn, y los trabajos de Lakatos: 1) los cambios en las teorías científicas no pueden entenderse como acumulativos, pues el cambio científico entraña cambios cualitativos irreductibles; 2) la adhesión a una teoría ni se ve suspendida por la mera aparición de anomalías, ni se sostiene en la mera confirmación empiria; en toda teoría anida un divisionismo que no puede ser justificado racionalmente; 3) muchos de los cambios teóricos se desarrollan en el ámbito de la disputa conceptual y no empírica; 4) los criterios de evaluación y comparación de teorías tienen carácter local, es decir, están histórica y disciplinalmente situados; y 5) la coexistencia de teorías rivales es más la norma que la excepción. A través del concepto de TI, Laudan se ha propuesto recoger estos lugares comunes de la nueva epistemología dentro del seno de una interpretación historicista y diacrónica de las teorías científicas. La TI hace referencia a un conjunto poco preciso y definido de doctrinas y principios generales, no siempre fácilmente corroborarles, que dan unidad a un entramado de teorías, leyes o hipótesis de más corto alcance, éstas si mucho más próximas a la empiria y de corroboración más factible. Las TI poseen, según Laudan, los siguientes elementos: 1)’ una ontología o conjunto de compromisos metafísicos, es decir, ciertas asunciones acerca del tipo de entidades y relaciones que definen un dominio dado, y 2) j un conjunto de reglas metodológicas y epistémicas acerca de cómo investigar, como orientar la observación, etc. Sobre este conjunto de supuestos heurísticos y axiológicos, las TI se presentan como una articulación de teorías específicas asociadas que las desarrollan. El Propósito esencial de una TI es la resolución de problemas. En opinión de Laudan, lo que define a una TI es, en sentido programático, su orientación a la resolución de problemas científicos, considerando como tales, evidentemente, aquellos que la propia teoría define. Esta orientación pragmática permitirá a Laudan establecer un criterio para determinar la superioridad de una TI frente a otra, en la medida en que dicha TI resulte más o menos eficaz a la hora de resolver los problemas a los que se enfrenta, derivados de la aplicación de una teoría, como, por ejemplo, una anomalía, conflictos con los conceptos, etc.

6. RECAPITULACIÓN

Las obras de T. S. Korn, P. Feyerabend, I. Lakatos o L. Laudan constituyen en la actualidad parte de la literatura clásica en esta disciplina, siendo sus aportaciones indiscutibles para comprender el actual estado de la discusión metodológica. El alcance de sus tesis ha llegado tanto a la reflexión epistemológica de las ciencias de la naturaleza corno a la de las ciencias sociales, resultando en ambas esencial a día de hoy. No resulta sencillo resumir cuáles han sido sus aportaciones consideradas este corno conjunto. No cabe duda de que todas ellas presentan un cierto aire de familia, aunque cada una, por separado, tal y corno hemos mostrado, presente singularidades específicas que vale la pena destacar. Pero podernos preguntarnos: ¿cuál es la herencia que estas nuevas epistemologías han dejado Diez y Moulines hacen el siguiente balance de la aportación historicista en la caracterización de las teorías y el cambio científicos: 1) las teorías son entidades sumamente complejas y dúctiles, susceptibles de evolucionar en el tiempo sin perder completamente su identidad; 2) las teorías no son secuencias de enunciados que puedan ser juzgadas. Propiamente, en cuanto totalidades. Como verdaderas o falsas, aunque a través de ellas se puedan formular afirmaciones empíricamente verdaderas o falsas; 3) las teorías contienen, al menos, dos elementos diferentes: uno formal, las leyes o hipótesis, y otro empírico o aplicativo, es decir, los sistemas a los que se pretenden aplicar; 4) cierta parte de cada uno de estos sistemas se declara intocable por decisión metodológica; otras partes de la teoría, en cambio, pueden zurrir modificaciones; 5) presentan diversos modelos de empericada; parte de la teoría conceptualiza los hechos y parte los explica y se contrasta con ellos; 6) el núcleo central de la teoría tiende a presentarse corno inaccesible a la crítica, recayendo el trabajo de contrastación negativa sobre los aspectos más accidentales; y 7) llevan asociadas normas y valores, o simplemente indicaciones metodológicas y evaluativos. Fuertemente dependientes del contexto sociohistórica. En la siguiente sección vamos a hacer balance de la penetración de esta nueva epistemología en la reflexión metodológica de las ciencias sociales.

7. LAS CIENCIAS SOCIALES A LA LUZ DE LA CONCEPCIÓN HISTORICISTA DE LA ACTIVIDAD CIENTÍFICA

El debate sobre las nociones de paradigma, programa de investigación o tradición científica ha llegado, cómo no, a las ciencias sociales bajo la forma de la controversia acerca de su adecuación para describir y dar cuenta del desarrollo de éstas. A nuestro juicio, estas nociones tienen un valor heurístico fundamental y han permitido repensar la naturaleza del conocimiento científico a partir de un conjunto de intuiciones que transformaban el rígido modo positivista de concebir la ciencia. Al mismo tiempo, estos conceptos han permitido pasar factura, si se nos permite la expresión, a la dictadura empirista y neopositivista que con mano de hierro había marginado a las ciencias sociales etiquetándolas como ciencias débiles, pobres y subdesarrolladas. No se puede obviar el hecho de que los nuevos epistemólogos combinaban de manera muy eficaz una doble afiliación, acudiendo para su trabajo, más allá de los estándares y marcos conceptuales filosóficos más tradicionales, a nociones y enfoques tornados de las ciencias sociales, particularmente de la historia y la sociología. En nuestra opinión, la muy alta o, por el contrario, escasa adecuación de estos conceptos para la reconstrucción de la naturaleza y desarrollo de las ciencias sociales no puede abordarse con una actitud escolástica. No se trata de debatir acerca de si la sociología o la economía, por poner dos ejemplos muy discutidos, son ciencias en las que es posible aislar uno o varios paradigmas o programas de investigación, pues estos conceptos se muestran suficientemente ambiguos, corno se ha mostrado en el desarrollo de capitulas anteriores, como para que la cuestión a debate resulte poco provechosa. Ahora bien, a nuestro juicio, la riqueza de estos autores se halla, precisamente, en que esos nuevos conceptos demuestran la suficiente ambigüedad como para poder describir una realidad plumiforme como la de las ciencias sociales. Las nociones de paradigma, programa de investigación o tradición científica proceden de y producen un marco conceptual diferente al neopositivista, en el que los compromisos ontoepistemológicos y axiológicos que han preocupado desde siempre al desarrollo de las ciencias sociales encuentran fácil acomodo y no se ven obligados a convertirse en residuos incómodos para la reflexión epistemológica. No pretendemos decir, sin embargo, que sea ilegitimo aplicar estos conceptos a la reconstrucción de la historia de las ciencias sociales o a la elaboración sistemática de una teoría de lo social.

7.1. LAS CIENCIAS SOCIALES COMO CIENCIAS MULTIPARADIGMÁTlCAS

La razón esencial dcl interés que despiertan las nuevas epistemologías para analizar la realidad histórica y sistemática de las ciencias sociales radica en la naturaleza multiparadigmática de éstas. Lo esencial de esa interpretación se halla en las intuiciones fundamentales sobre las que descansa el concepto, que pueden resumirse como sigue: a) un paradigma es, ante todo, una Gestalt, una cosmovisión que incorpora compromisos ontológicos, teóricometodológicos y axiológicos, desde la que se define una campo empírico, un conjunto de problemas y se marca un camino para cid desarrollo de una disciplina; b) un paradigma exige una comunidad científica, es decir, un grupo bimano y profesional que asume el paradigma que lo produce, lo reproduce y lo transmite por los circuitos científicos; c) la noción de paradigma proclama la necesidad de asumir la distancia ontoepistemológica y axiológica que separa las distintas aproximaciones teóricas que, con ocasiones, vemos enfrentarse o simplemente coexistir en el seno de una disciplina. Si pensamos en el paradigma en estos términos, entonces comprobamos su utilidad para reconstruir la realidad de las ciencias sociales. Tanto en la sociología como con la economía, la historia o la antropología, puede hablarse de paradigmas en este sentido. El funcionalismo y el individualismo metodológico, por poner dos ejemplos, pueden ser considerados como paradigmas en la sociología, como en otro sentido, más general, podría hablarse de socio logias del consenso trente a las sociologías del conflicto social. O, con otro sentido diferente aún, pueden distinguirse las sociologías sistema social de las sociologías de la acción o los niveles de análisis micro social y macro sociales. Cada una de estas distinciones puede resultar paradigmática y argumentable y, en sí misma, fecunda y útil para la comprensión de la realidad social y de la historia de la disciplina sociológica. Jeffrey C. Alexander, un neoparsoniano de gran proyección, aborda el concepto de teoría desde la noción de tradición científica, entendida de un modo amplio y poco preciso. Alexander considera que las teorías surgen de una interacción entre un elemento apriorístico y otro fáctico. Si la postura inductivista nos resulta inaceptable es porque todos sabemos que cualquier observación, alela con la que comienza formalmente la investigación científica, está cargada de elementos y sesgos teóricos Alexander habla de los componentes básicos de la ciencia social, que, sin embargo, se muestran de manera muy dispar y diversa dentro de las propias tradiciones. Tomadas las ciencias sociales en su conjunto, se pueda establecer un continuum científico que discurre desde los aspectos metálicos e ideológicos, los modelos, conceptos, definiciones y clasificaciones hacia un medio empírico en el que se encuentran las leyes, ciertas proposiciones teóricas más elementales, los supuestos metodológicos y las observaciones. Acción y orden social son las asunciones básicas, y sus bifurcaciones y permutaciones dan lugar al intrincado mundo de la temía social, cuya reconstrucción es imposible sin tomar conciencia de estas herencias tradicionales que anteceden al propicio científico social, ofreciéndole un marco de pensamiento desde el que dar cuenta de lo real. En su opinión, hay tres paradigmas básicos en esta disciplina: a) El paradigma de los hechos sociales, basado en las ideas de E. Durkheim acerca de la facticidad de la realidad social, es decir, de la existencia de hechos sociales con capacidad coercitiva sobre los individuos. Quienes trabajan desde este paradigma se ocupan de mostrar cómo lo social instituciones, estructuras, etc. influye en la conducta y el pensamiento de los individuos. El paradigma de los hechos sociales da cobijo en su interior, no obstante, a las sociologías del consenso y del conflicto social, admitiendo diferentes desarrollos. b) El paradigma de la definición social, basado en las ideas dc Wcber, centra su atención en la acción social, en la definición que de ella hacen los actores sociales y con los consecuentes procesos de interacción. En su órbita pueden situarse diversas teorías, como las del interaccionismo simbólico, la teoría de la acción, la etnometodología, etc. c) El paradigma de la conducta social, basado en las ideas de B. E Skinner; los teóricos de este paradigma centran su atención en la conducta irreflexiva de los individuos de acuerdo con los esquemas explicativos del aprendizaje de orientación conductista. Las teorías más relevantes son el conductismo psicológico y la teoría del intercambio. Puede ser útil, finalmente, realizar una reflexión a propósito de un prejuicio bastante extendido. Nos referimos a la tendencia a presentar esta naturaleza multiparadigmática de las ciencias sociales como resultado de su inmadurez. Quien así argumenta, especialmente desde la posición neopositivista, considera que la existencia de diferentes paradigmas muestra qi las ciencias sociales se encuentran en la inicia de su desarrollo y que, por ello, afloran tan diversas orientaciones. Las ciencias sociales estarían a la espera del nacimiento de su Newton particular y, mientras tanto, al igual que lo hicieron las cincas de la naturaleza, no queda otro remedio que aguardar en la indefinición con que se encuentran. Sin embargo, contra esta opinión se puede argumentar consistentemente. Sin negar que el futuro puede proporcionar hallazgos inestimables que aproximen los distintos paradigmas o tradiciones en las ciencias sociales, 10 cierto es que la realidad social posee algunas características propias que nos empujan a creer que, por su naturaleza y por la naturaleza del conocimiento humano, lo social difícilmente podrá ser abordable de una única manera o desde un único paradigma. Entre otras razones, pueden argumentarse las siguientes, sumariamente expuestas; La realidad social está dotada de una complejidad irreductible que se manifiesta en varios órdenes de fenómenos. Por una parte, a través de la difícil dialéctica entre realidad y apariencia, pues la realidad social suponiendo que tal cosa pudiera aislarse como tal se encuentra indefectiblemente ligada a la apariencia que adopta en las conciencias de las gentes y en los significados sociales que adquieren la objetividad suficiente como para presentarse ante los individuos con la facticidad que Durkheim les atribuía, de suerte que lidiar con lo real es también, necesariamente, lidiar con la apariencia de lo real, bien sea que ésta se considere como falsa representación o no. En segundo lugar, la realidad social es inseparable del conocimiento que los hombres tenemos de ella, pues, por muy realista y objetivista que sea nuestra actitud, es incuestionable que el conocimiento que los hombres poseemos acerca de la realidad social que nos rodea se incorpora de inmediato a ella, transformándola en un proceso sin fin.

LA REFLEXIÓN EPISTEMOLÓGICA EN EL SENO DE LAS CIENCIAS SOCIALES

INTRODUCCIÓN

No resulta nada sencillo poner orden en el campo de la reflexión epistemológica y metodológica que nace de la propia teoría social y de sus más insignes cultivadores. Dentro de este campo contamos, con primer lugar, con la tradición amaizada en el positivismo y el empirismo lógico, así como con su evolución a través de la denominada concepción heredada. Esta tradición, que entronca con los intereses del positivismo decimonónico y la filosofía empirista, ha dominado la escena de la reflexión filosófica y metodológica al menos durante cuarenta años, los que transcurrieron entre la fundación del Círculo de Viena en los años veinte y la publicación de La estructura de las revoluciones científicas, de T. S. Kuhn, en 1962. En el campo de las ciencias sociales, preferentemente dentro de la tradición anglosajona, positivista o analítica, algunos concibieron la posibilidad de someter la producción teórica de la sociología, la historia, la psicología o la antropología a una modelización basada en los mismos principios que el neopositivismo había encumbrado como condiciones lógicoempíricas de todo teorizar científico: la constatación de lo dado en la experiencia y la formalización lógica de las teorías como sistemas integrados de enunciados empíricos, hipotéticos y legaliformes. Mientras tanto, en el ámbito de reflexión de las ciencias sociales, a su vez atravesadas por muy diversas tradiciones de pensamiento, los siglos XIX y XX conocieron el desarrollo de notables aportaciones a la reflexión epistemológica y metodológica. Aunque tales aportaciones contaban ya con notables antecedentes en el siglo XVIII, las ciencias sociales desarrollaron una poderosa autorreflexión al hilo de su propia constitución como disciplinas a lo largo del último tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX, aunque realmente esta actividad metacientífica no haya cesado hasta nuestros días. En la economía las encontramos en la Escuela Escocesa del XVIII, en la obra de los fisiócratas o en la teoría económica clásica, de Smith y Ricardo, y, algo más tarde, en la teoría económica neoclásica, finalizando ya el siglo XIX. En la sociología, los padres fundadores no escatimaron esfuerzos explícitos en fundar sólidamente la recién nacida disciplina así, en las obras de Marx, Weber o Durkheim o más adelante, apuntando en direcciones teóricas diversas, las obras de Parsons, Schutz, Mead, Blúmer, Homans, etc., ofrecieron numerosas referencias a cuestiones ontoepistemológicas y metodológicas. También la antropología conoció debates, los protagonizaron los evolucionistas, los difusionistas, los particularistas y los funcionalistas, trabajando sobre cuestiones que iban desde la concepción de la naturaleza humana, a las nociones de cultura o estructura social, pasando por la determinación de los métodos adecuados al trabajo antropológico y etnográfico. Similares debates surgieron en la psicología entre funcionalistas, asociacionistas, estatistas, humanistas o conductistas, o en la historiografía. Lo cierto es que, salvo en el reducido marco teórico y filosófico analítico y en algunos desarrollos voleados en la investigación empírica cuantitativa, el interés por los trabajos neopositivistas no consiguió colonizar, como enfoque dominante, la reflexión epistemológica o metodológica de las ciencias sociales. Sin embargo, es incuestionable que algunos de los principios positivistas entraron afirmar parte no sólo de la práctica de la investigación social, sino de la reflexión epistemológica y metodológica, llegando a formar un corpus teórico que representa lo que podríamos llamar el modelo estándar de las ciencias sociales. La revuelta historicista y hermenéutica a fines del XIX, cargada de romanticismo y psicologismo, no frenó la penetración en las ciencias sociales, incluso en aquellas que subrayaban la comprensión del mundo cultural significativo como vía de acceso irrenunciable a la esfera sociocultural, de ciertas ideas que desde entonces se admiten, desde muy diversas tradiciones, como principios regulativos del pensamiento y la actividad científicos. A continuación presentaremos de manera muy elemental los principios que definen el modelo estándar de las ciencias sociales, tal como puede desprenderse de una lectura transversaly ciertamente simplificadora de las obras clave del pensamiento social T. Parsons y A. Giddens, representan sendos desarrollos alternativos, el uno más positivista, el otro inclinado hacia posiciones hermenéuticas, del modelo estándar. La segunda parte del tema presentará, por el contrario, lo que podríamos llamar la revancha de las ciencias sociales, es decir, la gran transformación de la reflexión sobre la ciencia conducida desde la sociología del conocimiento científico en las tres últimas décadas. En ella, abordaremos las aportaciones de dos de las corrientes más influyentes y radicales, las conocidas como Programa Fuerte de la sociología del conocimiento científico y la Teoría del ActorRed.

2. EL MODELO ESTÁNDAR DE LAS CIENCIAS SOCIALES

2.1. PRINCIPIOS EPISTEMOLÓGICOS DE LA Versión ESTÁNDAR DE LAS CIENCIAS SOCIALES

Presentar un modelo bien definido y sólido del estándar de la reflexión epistemológica en las ciencias sociales dista mucho de ser una tarea sencilla. Los principios que enumeramos a continuación pueden ser discutidos y matizados uno a uno. Sin embargo, a nuestro juicio ofrecen un bosquejo significativo de los compromisos teóricometodológicos más ampliamente aceptados. Con ese propósito los presentamos, pues pueden ayudamos a construir una imagen comprensiva de la producción de las ciencias sociales desde esta óptica. Más tarde tendremos oportunidad de problematizarlos. a) Realismo representacionalista: las teorías y modelos científicos deben mantener una relación representativa con lo real. Las teorías, como elaboraciones intelectuales lingüísticamente mediadas, son conjuntos proposicionales que aspiran a mantener con la realidad una relación representativa especular. Aun admitiendo la deformación obrada por el conocimiento y el lenguaje en la aprehensión de lo real, toda teoría constituye, en algún grado, un reflejo de la realidad, captando aspectos esenciales de ésta que nos permiten describirla, comprenderla y explicarla. Esta pretensión representativa se articula por medio de varios instrumentos y tareas: la clasificación de objetos y fenómenos de la realidad a través de términos apropiados, la medición de fenómenos a través de escalas ordinales o métricas, el descubrimiento de regularidades empíricas y correlaciones diversas que puedan dar lugar a la formulación de leyes del devenir histórico, social, económico o psicológico, el descubrimiento y la descripción de estructuras y sistemas dotados de cierta permanencia y autonomía, la elaboración de representaciones modelo teóricas, etc. b) Fundamentación empírica: las teorías deben velar por la empiridad de sus conceptos y elaboraciones modelo teóricas, demostrando su capacidad para interpretar eficazmente los dominios empíricos para los que han sido concebidas como representaciones. Esta empiridad no ha de entenderse necesariamente de un modo directísimo hecho/enunciado, pero sí como el horizonte último de todo teorizar, que no puede ser otro que dar cuenta de la realidad experimental. c) Objetividad: las ciencias sociales deben buscar el máximo de objetividad en su representación desligando su saber de sesgos subjetivos. Para ello, la ciencia ha de minimizar el impacto del sujeto en la investigación, reduciéndolo, en lo posible, a un algoritmo. El papel de la metodología y de las técnicas resulta esencial para alcanzar las expectativas objetivistas de la ciencia. d) El principio de causalidad: la ciencia es una empresa que tiene como objetivo la inteligibilidad del mundo real. El medio o proceso paradigmático en virtud del cual esa inteligibilidad se alcanza es el de la reducción de un fenómeno a sus causas. Las ciencias sociales han desarrollado este empeño bajo dos formas fundamentales: aquella que interpreta la causalidad como la subsunción de un fenómeno bajo una ley general, y aquella otra que entiende que dar cuenta de un hecho es reconstruir el proceso causal que le da origen dentro del ámbito de los significados sociales y las intenciones y representaciones de los actores. e) A lo social por lo social: la inteligibilidad de los fenómenos sociales ha de conseguirse por medio de interpretaciones y explicaciones en las que tales fenómenos sociales se pongan en relación con otros fenómenos de la misma naturaleza. En términos generales, las ciencias sociales han rehuido cualquier clase de reduccionismo biologicista o psicologista, buscando las causas de los hechos sociales en otros hechos sociales. Este principio presenta varias caras: desde el punto de vista ontológico, la esfera social reclama para sí una irreductibilidad definitiva que impida derivar los fenómenos de esta naturaleza de leyes de la conciencia o del desarrollo genético o evolutivo. Desde una perspectiva teóricometodológica, las ciencias sociales han generado diversos espacios de especialización compartimentando la realidad social de acuerdo con criterios disciplinares. Por último, desde un punto de vista corporativo, las ciencias sociales han reivindicado la autonomía gnoseológica y académica de sus distintos espacios y discursos disciplinares. f)Normativismo: las ciencias sociales, en su producción epistemológica y metodológica, han mantenido el propósito normativo que caracterizó a la epistemología neopositivista. Las reflexiones metacientificas de las ciencias sociales han estado vinculadas desde sus orígenes a proyectos prescriptivos véanse, por ejemplo, Marx, Weber o Durkheim, aunque éstos no se hayan desarrollado por la vertiente logicista del empirismo lógico, sino más bien en el sentido de elaborar epistemologías y metodologías capaces de dar cuenta de la intrincada naturaleza de lo social. g) Neutralidad valorativa: las ciencias sociales deben descargar su conocimiento de compromisos valorativos. La objetividad como principio exige una relación entre el sujeto del conocimiento y lo real desinteresada. La ciencia aspira a explicar causalmente el mundo sin hacer juicios de valor acerca de él. Las ciencias sociales son una forma de conocimiento que no sólo debe describir la realidad, sino también transformarla, pues entre saber y realidad existe una vinculación directísima responsable de la búsqueda de formas de vida más sanas y justas. El conocimiento, pues, no puede situarse ante la realidad social buscando una simetría perfecta, sino, por el contrario, mostrando los intereses que subyacen a cada tipo de conocimiento y a las formas sociales de organización vinculadas a ellos. Las ciencias sociales deben abandonar la promesa del realismo positivista y sustituirla por un ejercicio crítico que desvele las formas discursivas y las estrategias de poder que vertebran los discursos de las distintas teorías. En este mismo capítulo podremos asomarnos a una parte de la producción constructivista al revisar los avances en la sociología del conocimiento científico.  Una tercera tradición situada con los márgenes del modelo estándar es aquella que podemos identificar con la hermenéutica, al menos con la hermenéutica como proyecto metodológico. Desde su punto de vista, las ciencias sociales deben apostar por una estrategia interpretativa centrada en el mundo de los actores sociales, en sus intenciones, en su interacción significativa y en el análisis de los significados sociales objetivados en las instituciones sociales y culturales. La hermenéutica adopta como punto de partida la problematicidad inherente a la distinción entre realidad y representación entre objeto y sujeto, pues entre ellas existe un vínculo circular irreductible: todo saber nace de una situación social y discursiva que es, a la vez, limite y condición de posibilidad de su producción, al tiempo que la realidad social en que dicho saber se produce es, a su vez, el resultado dc una construcción social proyectada desde un cierto saber común y científicoo Este círculo proclama la imposibilidad de la objetivación positivista, reclamando una reflexión continua y abierta a la transformación permanente del sujeto y el objeto del conocimiento. Las propuestas de A. Giddens, quien se sitúa en un tipo de estrategia epistemológica de este tipo.

2.2. Los PRINCIPIOS DEL POSITIVISMO EN LA Sociología: LA REFLEXIÓN EPISTEMOLÓGICA EN LA OBRA DE PARSONS

De acuerdo con el esquema que venimos desarrollando, la obra de Parsons representa no sólo una de las más poderosas e influyentes aportaciones a la sociología del siglo xx y a las ciencias sociales en general, a la altura de las de los padres fundadores de la teoría sociológica, sino también, y esto es lo más importante para nosotros, un caso paradigmático de lo que hemos llamado realismo positivista en el que se conjugan diversos elementos centrales del modelo estándar. Admitiendo lo atinado de muchas de las críticas que han sido formuladas contra ella, resulta también evidente que la obra teórica de Parsons constituye un empeño titánico por formular una teoría general de los sistemas de acción, en especial del sistema social, capaz de reconstruir en el plano de los conceptos y de sus relaciones la estructura fundamental de la esfera sociocultural, tomando como punto de partida nociones tales como acción social, sístema, integración o estructura. M. Beltrán ha sintetizado con gran ponderación, lucidez y acierto analítico las tesis epistemológicas y metodológicas que subyacen al conjunto de la obra de Parsons y que se mantienen constantes en toda ella, más allá de las transformaciones operadas en su teoría, por ejemplo tras el visible cambio de intereses que tiene lugar entre La estructura de la acción social y El sistema social. El funcionalismo estructural de Parsons se sitúa dentro de la tradición del positivismo organicista. Esta orientación se manifiesta en la combinación de varías tomas de postura epistemológica: a) Realismo: existe una realidad social independiente del individuo, que no puede reducirse al orden ideal de la representación, sino que actúa como estímulo para ésta. b) Representacionalismo: una teoría científica no es un reflejo especular y directo de la realidad empirica, aunque mantiene con ella una relación representativa. La teoría dice de lo real en algún sentido, no es arbitraria, y aunque construida sobre conceptos que sólo son representaciones parciales de las cosas, pues se encuentran cargados de teoría, no es una entelequia sin anclaje ontológico, ni el mero resultado de fuerzas ideológicas. c) Isomorfia estructural funcional: entre teoría y realidad existe una relación representativa isomórfica de naturaleza estructural y funcional. La esfera sociocultural y la teoría, en tanto que entramado conceptual y proposicional, comparten una misma estructura y una simetría entre procesos sociales y procesos teóricos. Dicha isomorfa descansa, en último término, en la relación entre la estructura de la realidad y la estructura del pensamiento. d) Normativismo: la actividad científica y teórica debe hacer frente a sus compromisos epistemológicos y ontológicos. Es necesaria, pues, una disciplina metodológica orientada al análisis de los fundamentos generales de la validez de las proposiciones científicas y de sus sistemas. Estos cuatro principios definen la naturaleza positiva, realista y normativa que asume, explicita e implícitamente, el modelo representacionalista encarnado en la obra de Parsons. En la Estructura de la acción social, publicada en 1937, sólo dos años después de la publicación en alemán de La lógica de la investigación científica de Popper, Parsons afirmaba que un hecho científico no es un fenómeno en sí, sino un enunciado sobre algún aspecto teóricamente relevante de ese fenómeno, o, dicho de otro modo, que acerca de un mismo fenómeno cabe una pluralidad de hechos. Lo cierto es que Parsons terminó desarrollando una teoría social que puede ser conceptualizada como una gran taxonomía de conceptos y procesos sociales, de naturaleza típicoideal, dominada más por el afán de una formulación completa de sus relaciones teóricas establecidas por procedimientos analíticos sistemáticos que por su vinculación empírica con lo observable.

2.3. LA SOCIOLOGÍA INTERPRETATIVISTA DE A. GIDDENS

Al final de su polémica y programática obra, publicada en inglés en 1967 con el título New Rules of Sociológica Método: a Positive Critique interpretative Sociologies’, Giddens resumía de modo polémico sus puntos de vista a propósito de la naturaleza, el método y el alcance de la teoría sociológica en oposición a los que ochenta años antes habia expresado, con análogo propósito, Émile Durkheim. Divididas sus conclusiones en tres secciones, las nuevas reglas del método sociológico apuntan en la dirección de un sociología hermenéutica, proponiendo una serie de compromisos bajo la expresión de reglas. Finaliza Giddens afirmando que, En resumen, las tareas primarias del análisis sociológico son las siguientes: 1) La explicación y mediación hermenéuticas de las formas de vida divergentes dentro de los metalenguajes descriptivos de las ciencias sociales. 2) La explicación de la producción y reproducción de la sociedad como resultado logrado de la actividad humana. Para este autor, el objeto central de la teoría social ha de ser el análisis de los procesos de producción y reproducción sociales. Tal tarea ha de desarrollarse situando en el foco de nuestro análisis el concepto de acción, pero no al modo en que lo hacen las sociologías interpretativas, fenomenológicas o accionalistas, pues al quedar centradas en la experiencia del actor, su mundo de significados o los procesos intencionales en los que se siente implicado, todas callas demuestran su incapacidad para dar cuenta de los procesos de reproducción y cosificación que caracterizan los procesos de reproducción social, así como : comprender las poderosas fuerzas sociales e históricas que condicionan su desarrollo. La acción ha de ocupar el centro de la reflexión sociológica en tanto que praxis. Tal como afirma en La constitución de la sociedad, de acuerdo con la teoría de la estructuración, El dominio básico del estudio de las ciencias sociales no es ni la experiencia del actor individual, ni la existencia de cualquier/arma de totalidad social, sino las prácticas sociales ordenadas a través del tiempo y el espacio. Parafraseando a Goethe, con el principio era la acción, y la acción era praxis situada: efectivamente, el punto de arranque de la teoría sociológica es la implicación práctica de los agentes, anterior a cualquier determinación intencional o estructural. La conciencia reflexiva constituye el tercer término de la dialéctica que Giddens presenta como asunto central para la reconstrucción de los procesos de producción y reproducción sociales, junto a las nociones de praxis y estructura. Giddens denomina doble hermenéutica a un fenómeno derivado de la naturaleza reflexiva de la conciencia y del conocimiento humano. Los actores sociales manejan a través del lenguaje y la razón discursiva un mundo de significados con el que confieren sentido y dan cuenta de su propia acción: primer nivel hermenéutico. Además, los científicos sociales manifiestan una doble vinculación discursiva: por una parte, son actores sociales plenamente, tal y como lo son los otros individuos, pero lo son en sentido análogo y al mismo tiempo diferente, pues a la competencia de que disponen como actores sociales han de añadir su competencia como científicos, competencia Lingüística y discursiva en virtud de la cual intentan dar sentido al mundo de significados y acciones de los actores sociales: ésta es la segunda hermenéutica; las ciencia~ sociales se encuentran instaladas, pues, en un doble juego hermenéutico en el que el científico debe moverse con pies de plomo. Su doble competencia hermenéutica propicia deslizamientos entre los diversos órdenes de significación que se manifiestan en la formulación de interpretaciones abantes que no pueden ser en modo alguno reconocidas por los actores sociales, ajenos a dichas interpretaciones, a la vez que, en la medida en que las interpretaciones y conceptos de los científicos sociales circulan por el medio comunicativo social más general y común, pueden provocar reacciones y efectos en la realidad social que distorsionen su validez.

2.3.1. Sobre la noción de teoría social en la obra de Giddens Frente al naturalismo objetivista y positivista que adopta Parsons, la obra de Giddens parece tomar partido por una postura analítica interpretativa, en expresión de Turner La diferencia fundamental estriba en que, para Giddens, el conocimiento que pueden formular las ciencias sociales no puede, en ningún caso, presentarse ni como una tarea acabada ni como una reproducción isomórfica de la realidad social. Hay dos objeciones fundamentales para ello:  La primera. De naturaleza ontológica: la realidad social, como leíamos con la primera de las reglas propuestas por Giddens, no constituye un mundo de objetos predado al investigador social; antes bien, el mundo social se haya en constante mutación, metamorfoseándose permanentemente, las más de las veces a través de procesos infinitesimales. A lo que dotada de cierta estabilidad espaciotemporal, por mor de los procesos de estructuración y de la permanencia en la praxis y las conciencias de los sujetos de ciertos patrones y conjuntos normativos, la esfera social no es un todo acabado y la acción individual no es una mera respuesta mecánica y determinista. Por ello, no existe una realidad social con mayúsculas, sino un despliegue ciego, no dirigido las más de las veces .en tanto que producto de las consecuencias no planeadas de la acción en el espacio y en el tiempo. Como consecuencia, cualquier descripción o explicación de lo real tiene fecha de caducidad y sólo puede ser una aproximación local, en un aquí y ahora.  La segunda es de naturaleza epistemológica: toda aproximación a la dialéctica acciónestructuraconciencia está necesariamente mediada por el lenguaje y por la competencia discursiva y práctica de los actores. De este modo, las ciencias sociales se encuentran inmersas en una tensión dialéctica entre la construcción de su objeto de estudio hermenéutica sobre hermenéuticao, y los efectos que dicha construcción tienen sobre el objeto construido y sobre la comunidad científica que lo elabora. Por otra parte, Giddens se desmarca de los sociólogos estructuralistas lo, que conciben la teoría social como el descubrimiento de generalizaciones nómicas, a través de las cuales el científico social da cuenta de ciertas fuerzas y determinaciones que actúan sobre los actores sin que éstos se den cuenta. Giddens insiste en que, más allá del posible descubrimiento de generalizaciones de esta clase acometidas en todo caso a las restricciones que la constitución ontológica el mundo social les imponeo, las ciencias sociales deben afrontar una tarea esencialmente hermenéutica, que se manifiesta de varios modos. Asumiendo las tareas de traducción necesarias para poner en comunicación los diferentes mundos de significado que separan la actividad del actor social común y el investigador con tanto que actor social dotado de competencias discursivas específicas que se construyen como una hermenéutica de segundo orden.

2.4. METACIENCIA y METATEORIZACIÓN

Se ha disentido a propósito de algunas de las oposiciones teóricas más inquietantes que amenazan el consenso teórico y metodológico de las ciencias sociales: acción versus estructura, niveles de análisis macro y micro, disputas metodológicas, etc. Los términos metaciencia y metateorizacián han pasado a ser de uso corriente en los últimos veinte años para recoger un conjunto de debates e investigaciones en el seno de las ciencias sociales, particularmente en la sociología, a propósito de ciertos desacuerdos básicos entre distintas tradiciones o paradigmas. Ahora bien, las reflexiones metacientificas no deben ser reducidas, al modo positivista, a un estudio de la naturaleza y estructura de las teorías científicas en tanto que entidades aisladas, hipostasiadas y segregadas de la praxis investigadora y tecnológica. Más bien al contrario, la metateoria debe proponerse G. Ritzer y J. C. Alexander son dos significados cultivadores de este campo de estudio en el que ambos autores han publicado interesantes contribuciones, de las que nos hemos hecho eco al tratar a propósito del impacto de las epistemologías postpopperiana en las ciencias sociales. La metodología ha sido la expresión más frecuente de esta orientación, en la que se han sucedido diversos debates a propósito de la naturaleza plurimetodológica de las ciencias sociales o, por el contrario, la necesidad de una unificación metodológica esencial, como la defendida por el individualismo metodológico. En un tercer sentido, menos preocupado de los aspectos formales y metodológicos, la metateorización ha dirigido su atención hacia la dimensión sustantiva de la teoría social, preocupándose entonces por determinar los temas cruciales de los que debe ocuparse toda teoría social, así como sus derivaciones y ramificaciones. Las polémicas entre escuelas o tradiciones sociológicas a cste respecto llenan los libros de historia y de teoría social mostrando el desacuerdo acerca de cuáles deben ser los asuntos prioritarios para cada disciplina: la acción social, el orden, los aspectos normativos, la conducta social, la racionalidad de la acción, las consecuencias no intencionales, etc.

2.4.1. Integración macromicro A lo largo de la historia del pensamiento sociológico se ha mantenido una tensión teórica centre perspectivas micro sociológicas y macrosociológicas o No resulta sencillo definir con precisión estos términos, aunque intuitivamente puedan resultar comprensibles. Realmente, se trata de expresiones engañosas, como intentaremos mostrar. La perspectiva micro, aceptando este tanino de momento acríticamente, tiende a centrar su interés con los procesos de interacción social más elementales, poniendo todo su énfasis en fenómenos tales como el intercambio lingüístico, la elaboración de pautas de interacción, los procesos de comunicación, la construcción y proyección de la identidad propia y ajena, la interpretación dc la conducta significativa, etc. En estos casos hablamos de micro sociología por dos razones básicas: por una parte, estudiamos situaciones y escenarios sociales a pequeña escala y, por otra, 10 hacemos teniendo en cuenta la participación en ellos de actores sociales en situaciones reguladas por significados socialmente construidos. Por su parte, la perspectiva macro centra su atención en los grandes procesos históricos de cambio social o tecnológico, por ejemplo, las instituciones sociales más fundamentales como la familia o la escuela, los grandes escenarios sociales el Estado, el mercado o el sistema social, los fenómenos ideológicos e imaginarios que caracterizan las formaciones culturales y la acción de los grandes sujetos colectivos las clases sociales, los partidos políticos, las naciones, las grandes corporaciones, etc.. Lo cierto es que los autores clásicos de la sociología prestaron atención simultáneamente, cada uno a su manera y con distintos acentos, a cuestiones micro y macro sociales. Esta tendencia, por otra parte, también se ha registrado en otras disciplinas del campo social, como la historia, la antropología o la economía. En la sociología, las obras de E. Durkheim y de M. Weber son ejemplares en este sentido, aunque en callas puedan encontrarse evidentes preferencias, sesgos o derivas en un sentido o en otro.

2.4.2. La dialéctica entre acción y estructura Otra de las polémicas más intensas en el campo de la metateorización sociológica ha tenido lugar en torno a los polos representados por los conceptos de acción y estructura. Esta polémica, al contrario que la anterior, se ha desarrollado más bien en el campo europeo y tiene hondas raíces en la literatura de las ciencias sociales y de la filosofía social. Los términos acción y estructura presentan, sin duda, una fuerte polisemia asociada a las diferentes tradiciones de pensamiento de las que se nutren. Lo cierto es que desde ciertas perspectivas teóricas y metodológicas se ha insistido en la necesidad de afrontar la construcción de las ciencias sociales desde el concepto de acción social. Quienes así sic expresan ven en la acción el átomo social por antonomasia, ahora bien, conceptualizando la acción siempre en un sentido social, no meramente conductualestimular. La acción social y la mera conducta se distinguen en que la primera entraña la existencia de un mundo de significados socialmente construido y mantenido, que carga de sentido la acción y la orienta en el plano social. Desde esta óptica, pues, la tarea de las ciencias sociales debe ser la de la reconstrucción del universo social, tan cargado de facticidad y objetividad, corno resultado de la acción individual; facticidad que en su mayor parte no se presenta como resultado de la concertación, sino de la agregación de las consecuencias no deseadas de la acción. Frente a la perspectiva de la acción, la historia de las ciencias sociales se halla profundamente marcada por un teorizar que enfatiza aquellos elementos y procesos objetivos y reificados que expresan la facticidad social y su poderosa presencia normativa frente al individuo muy visiblemente en el marxismo, el funcionalismo estructural y el estructuralismo. La palabra estructura, en este contexto, viene a señalar la existencia de cierto conjunto de elementos de naturaleza socialinstituciones sociales, grupos, patrones de conducta, roles o conjuntos normativos  que mantienen relaciones estables y configuran la invisible, pero muy presente, urdimbre social, esa malla imperceptible que, sin embargo, da forma al conjunto de la acción social individual. Las referencias son casi infinitas y pueden encontrarse en cualquier texto de teoría sociológica contemporánea e historia de las ciencias sociales. Baste citar como muestra más relevante los trabajos de A. Giddens a propósito de la denominada Teoría de la estructuración, o los trabajos de Pierre Bourdieu “, introductor de la sugerente noción de habitus. Otros autores también han contribuido al desarrollo de esta polémica, como Touraine o Habermas.

2.4.3. Las disputas metodológicas Otro de los campos abonados para la reflexión metacientífica es el de la disputa entre métodos. Entendida en su sentido más tradicional y ortodoxo, la palabra metodología hace referencia a ciertos procedimientos cuasialgorítmicos que debidamente implementados harán surgir la verdad como resultado del proceso investigador. Así lo concibió Descartes tomando como modelo el proceder de la geometría, haciendo de la matemática el paradigma de todo método filosóficocientífico que desee preservar la objetividad y la certeza de sus resultados. El resultado de dicha polémica produjo diferentes consecuencias, tales como la reivindicación del método hipotético deductivo para la economía, la transformación del historicismo romántico de la sociología de la mano de Schmoller, M. Weber, A. Weber, Simmel, etc. También dentro del marco de la sociología alemana se produjo una segunda polémica también viva y de singular importancia, aunque protagonizada por actores y tradiciones diferentes. En 1961, con motivo de la celebración de un congreso a iniciativa de la Sociedad Alemana de Sociología, se escenificó la controversia entre los defensores de la Teoría Crítica, una revisión del marxismo elaborada por Max Horkheimer (autor de Teoría tradicional y teoría critica) y T. Adorno (Dialéctica negativa) y los defensores, desde la tradición positivista, del individualismo metodológico y un posicionamiento científico neutral. Durante el congreso, las posturas fueron defendidas, de una parte, por Adorno y Ha bermas y, de otra, por K. Popper y H. Albert, aunque también participó R. Dahrendorf. En 1969 se publicó La disputa del método en la sociología alemana, un volumen que recogía las conferencias y presentaba las posturas enfrentadas de ambos bandos. En otro orden de cosas, la disputa entre métodos se ha sustanciado en la oposición entre metodologías cuantitativas y cualitativas. En otra sección de este manual se discute más detenidamente a propósito de esta oposición. Baste decir que ha existido y existe un extendido modo de comprender estos dos enfoques de la investigación basado en la oposición entre investigación concluyente la cuantitativa e investigación exploratoria la cualitativao Desde esta óptica, fuertemente extendida, la investigación social más ortodoxa la más asimilable al modelo de las ciencias de la naturaleza es aquella que permite la cuantificación de las observaciones a través de procesos y protocolos de registro muy estructurados, cerrados y objetivos. Frente a ella, la investigación cualitativa se presenta como una suerte de investigación tentativa, una primera aproximación al objeto de estudio, de notable valor heurístico, pero carente de la objetividad necesaria e incapaz de proporcionar resultados medibles y extrapolables al universo social de referencia. Esta comprensión de las relaciones entre métodos cualitativos y cuantitativos ha sido reiteradamente criticada desde diferentes frentes. Baste señalar que esta oposición entre metodologías se comprende mejor si se las presenta como estrategias metodológicas diversas que responden a compromisos ontoepistemológicos y teóricos diferentes: la realidad social entendida como hecho discreto, discernible y mensurable cuando menos en un sentido clasificatorio de acuerdo con escalas nominales, concepción sobre la que descansa la metodología cuantitativa, o la realidad social vista como discurso social, como un mundo de significados compartidos y articulados lingüística e imaginariamente también podríamos decir como procesos, sobre la que descansa la investigación cualitativa. Una cita puede ayudarnos a cerrar esta discusión: Reitero una vez más mi opinión de que las ciencias sociales no deben mirarse en el espejo de las fisiconaturales, tomando a estas como modelo. pues la peculiaridad de su objeto se lo impide. Se trata, en efecto, de un objeto en el que también está incluido, lo quiera o no, el propio estudioso, con todo lo que ello implica; y de un objeto, podríamos decir, subjetivo, en el sentido de que posee subjetividad y reflexividad propias, volición y libertad, por más que estas cualidades de los individuos sean relativas al conjunto social del que forman parte. Conjunto social que no es natural, en el sentido de que es producto histórico del juego de las partes de que consta y de los individuos que las componen, siendo éstos a su vez también producto histórico del conjunto, y ello en una interacción inextricable de lo que el animal humano tiene de herencia genética y de herencia cultural.

3. LA GRAN TRASFORMACIÓN DE LA REFLEXIÓN ACERCA DE LA CIENCIA: LA REVANCHA DE LA SOCIOLOGÍA DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO 3.1. LA CIENCIA y su PRODUCCIÓN TEÓRICA DESDE LA PERSPECTIVA DE LA SOCIOLOGÍA DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

3.1.1. La sociología de la ciencia de Merton La sociología de la ciencia, como disciplina con proyección académica y producción literaria propia, nació de la mano de R. K. Merton con los años cuarenta del pasado siglo. La obra de Merton llegó a dar lugar a una auténtica escuela y propició el desarrollo de un completo paradigma de investigación social que, casi en solitario, dominó la escena intelectual en este campo hasta mediados de los años setenta. En su sociología del conocimiento, Merton intentó sintetizar las tradiciones norteamericana y europea, intentando desembarazarse de la pesada y paralizante carga ontoepistemológica de la segunda, para intentar afrontar desde un punto de vista empírico más en la línea norteamericana los, por otra parte, esenciales asuntos que los continentales habían trabajado. En este sentido, la sociología de la ciencia no debía ser sino una parte de la sociología del conocimiento dedicada a un tipo específico y singular de saber. Merton propuso reorientar los estudios que hasta entonces se habían realizado en torno a la influencia de la ciencia en la sociedad, hacia las variables y recíprocas relaciones centro la ciencia como institución y la estera social. En sus primeros trabajos, Merton se orientó hacia una reconstrucción históricosocial de la génesis de la ciencia moderna, a partir de un modelo de investigación que presentaba fuertes analogías con el trabajo de Weber a propósito del origen del capitalismo y sus vínculos con la moral puritana, en la que buscó un difícil equilibrio entre las condiciones externas e internas del desarrollo de la ciencia. A finales de los años cincuenta, dentro del marco de evolución de su propio pensamiento, Merton intentó una nueva aproximación menos estática, funcional y normativa a la institución científica. Su preocupación central fue en ese momento el problema del intercambio, es decir, la ciencia como actividad o praxis en la que, más allá del marco normativo, intervienen diferentes intereses. Concretamente, Merton llegará a una representación de la actividad científica basada en la búsqueda de recompensas individuales como contraprestación a las aportaciones que cada científico realiza al fondo común de la disciplina. El nuevo interés de Merton por la lógica del intercambio científico no le hizo abjurar de sus análisis a propósito de la dimensión normativa del ethos científico, pero si le permitió introducir en la sociología del conocimiento la ambigua naturaleza que caracteriza a dicha forma de saber.

3.1.2. El Programa Fuerte de la sociología del conocimiento

Como acabamos de decir en las páginas anteriores, el panorama de la sociología de la ciencia fue dominado desde los años cuarenta hasta mediados de los años setenta por la sociología mertoniana y los trabajos de la Escuela de Colonia. A principios de los setenta, sin embargo, se había producido una compleja configuración de factores que habrían de impulsar una profunda renovación en este campo. Estos factores desencadenantes pueden resumirse en los siguientes: 1. El cansancio producido por la autócratas mertoniana y su dominio exclusivo del campo de la sociología de la ciencia, al que hay que añadir, por otra parte, la insatisfactoria situación a la que habia llegado el funcionalismo, aun en la versión más matizada, cuyo representante era precisamente Merton, en claro retroceso y crisis. 2. La evidente insuficiencia del enfoque institucional de la sociología de la ciencia, pues la obra mertoniana parecía haber agotado su propia contribución, que, por otra parte, recibía durísimas críticas en virtud de su incapacidad para dar cuenta de la praxis real de la ciencia. 3. En el campo de la filosofía de la ciencia habían entrado dos poderosas ideas: por una parte, de la mano de Popper y Hanson, contra las tesis neopositivistas se había consolidado la evidencia a favor de la carga teórica de la observación científica, que suponía la aceptación de la dimensión preteóricos de todo conocimiento y del condicionamiento de toda actividad cognitiva, incluso de aquella que más transparencia y evidencia reclamaba para sí: la observación científica. Por otra parte, las propuesta de Kuhn, expresadas en La estructura de las revoluciones científicas a propósito de las nociones de paradigma y comunidad científica, acrecentaban la certeza de que el conocimiento científico, tanto en su contenido como en sus métodos o en sus implicaciones lógicas era inseparable de su localización sociohistórica, dependencia que había de entenderse en sentido fuerte y no meramente anecdótico o externa lista. 4. También dentro del ámbito de la filosofía de la ciencia se había establecido eón suficiente garantía otra influyente convicción, expresada en la denominada tesis DuhemQuine22: la presunción popperiana de que la evidencia empiria contraría a las predicciones científicas refuta necesariamente, vía modus tollens, una conjetura o hipótesis científica que se había demostrado incapaz de dar cuenta de la verdadera praxis científica. Lo cierto es que una teoría puede mantenerse entra la evidencia empiria retocando ciertas hipótesis auxiliares o formulando otras ad hoc de modo que el núcleo de la teoría se salve, dentro de unos límites razonables. Así las esas, en la década de los setenta nacerá una corriente de la sociología de la ciencia Eneida como el Programa Fuerte (PF) de la sociología dcl conocimiento. El PF engloba a un nutrido grupo de autores, de diversas especialidades, aunque sus más destapados expositores y defensores han sido B. Barnes y D. Bloor”. Todos ellos trabajaron en torno a la Science Unir de la Universidad de Edimburgo y compartieron intereses comunes en torno a problemas de contenido filosófico y epistemológico.

3.1.2.1. Los principios del Programa Fuerte En su obra programática Conocimiento e imaginario social, Bloor afirma que la sociología del conocimiento (SC) debe abordar toda clase de conocimiento, sin ninguna clase de limitación. La se no puede detenerse ante dos límites que tradicionalmente la han refrenado en sus competencias: a) Por una parte, la se no puede establecer una discontinuidad entre conocimiento común y conocimiento científico. Todo aquello que en una sociedad es considerado conocimiento por sus miembros debe ser objeto de análisis. En la medida en que el conocimiento científico es una clase de conocimiento socialmente instituido y sancionado, la se debe concentrarse en su estudio. Ahora bien, la sociología dcl conocimiento científico (Seco) no puede concebirse al modo estrecho y limitado en que Merton y su escuela la habían desarrollado. b) El segundo limite que debe ser rebasado por la sea, en opinión de Bloor y el PF, es el de la consideración crítica de la verdad científica, y no sólo del error. La sea más tradicional, al igual que la historia y la filosofía de la ciencia, había aceptado que sólo el error científico debe ser objeto de explicación. La razón no es otra que la evidente apariencia de que la verdad, cuando es tal, se abre paso sola y que, cuando la evidencia empírica se une a un adecuado método, entonces la verdad y el conocimiento brotan por si mismos. La verdad y la razón pertenecerían, de este modo, a un ámbito trascendente, platónico, que no requiere explicación. Por cid contrario, el error sería fruto de una desviación ocasionada por múltiples factores ideológicos, culturales, etc., que, al contrario que la verdad, puede ser explicado como resultado de la inducción social del conocimiento. Atendiendo a estos dos objetivos programáticos básicos, el PF se propone un análisis científico del propio conocimiento científico, sea cual sea la evaluación, favorable o desfavorable, qi dicho conocimiento objeto de estudio merezca desde el punto de vista disciplinar, es decir, desde el punto dc vista de los cultivadores de ese saber: Para el sociólogo estos temas ¿cómo se transmite el conocimiento? ¿Qué fiabilidad tiene? ¿Qué procesos contribuyen a su creación y mantenimiento?, ¿cómo se organiza y se categoriza en diferentes disciplinas o ajenas? reclaman investigación y explicación. Su meta será construir teorías que expliquen dichas regularidades; si estas teorías satisfacen el requisito de máxima generalidad tendrán que aplicarse tanto a las creencias verdaderas como a las falsas y; en la medida de lo posible, el mismo tipo de explicación se tendrá que aplicar en ambos casos. Para llevar a cabo su tarea, el PF se propone cuatro principios que definen su estrategia: a) El principio de causalidad, es decir, ocuparse de las condiciones que dan lugar a las creencias o a los estados de conocimiento; causas que no tienen por qué ser exclusivamente sociales. Este primer principio intenta ampliar la naturaleza de la relación causal entre conocimiento científico y realidad social. No se trata de afirmar, como se defiende desde otras posiciones, la influencia social como factor que incide en el desarrollo del conocimiento científico posición externalista, sino asumir que, tanto en sus métodos como en la dimensión categorial y cognitiva, el conocimiento científico está socialmente inducido. b) El principio de imparcialidad con respecto a la verdad y la falsedad, la racionalidad y la irracionalidad, el éxito o el fracaso. Ambos términos de estas dicotomías exigen explicación. c) El principio de simetría: la sociología debe ser simétrica en su estilo de explicación. Los mismos tipos de causas deben explicar, digamos, las creencias falsas y las verdaderas. Principio de reflexividad: en principio, sus patrones de explicación, los de SCC, deberían ser aplicables a la sociología misma. Se trata de un requerimiento obvio de principio porque, de otro modo, la sociología sería la refutación viva de sus propias teorías. El sentido de este último principio complementario es dejar constancia de la necesidad de someter al PF a sus mismas estrategias de investigación, en un intento de hacer frente a la crítica relativista que el mismo programa promociona. E. Lamo et alii resumen del siguiente modo los presupuestos epistemológicos del PF: 1) Naturalismo frente a justíficacionismo: las ciencias sociales, a través del PF, reclaman para sí plena autonomía en el estudio de todos los dominios de la actividad científica, dependiendo el final del tradicional reparto fundado en la distinción entre contexto de descubrimiento competencia de las ciencias sociales y contexto de justificación competencia de la epistemología, lógica y metodología. 2) Explicativita frente a normativizo: el PF niega la dimensión normativa asumida tradicionalmente por la epistemología científica. Frente a ello sostiene la inviabilidad de tal normativizo metodológico, y propone que las explicaciones que se ofrezcan de los procesos de generación y validación del conocimiento científico incluyan variables y considerandos sociales, concibiendo las explicaciones del desarrollo científico de acuerdo a los mismos patrones que presiden la explicación en las ciencias en general”. 3) Relativismo frente a racionalismo: frente a las tesis racionalistas que conciben la verdad científica como resultado de la aprehensión metódica y objetiva de una realidad externa que se impone al sujeto, el relativismo afirmará la dependencia local del conocimiento, sometido a las demandas e intereses de los distintos actores. Toda verdad habrá de ser tenida en cuenta bajo el prisma de la implicación y compromisos de los grupos sociales que la legitiman y avalan, de acuerdo con intereses y condiciones temporales y espaciales concretas. 4) El inductívismo ¡rente al deductivismo: el conocimiento verdadero no surge del desarrollo de programas deductivos. Muy al contrario, todo conocimiento, también el conocimiento científico, tiene siempre un origen último inductivo, en el sentido en qi el II Wittgenstein da a esta afirmación. Lenguaje y conceptos están vinculados siempre a contextos locales y al fenómeno de la ostensión. Contextualización, ostensión e inducción son los términos sobre los que se construye el significado de los términos y las representaciones conceptuales. Por ello, el contexto social es la matriz de todo el edificio cognitivo desde su misma raíz.

3.1.2.2. Los intereses del conocimiento

Un asunto al que B. Banes han prestado especial atención, dentro del esquema de análisis del PF, es al concepto de interés. En este sentido, la principal aportación del PF se encuentra en la obra de Barnes Intereses and tue Crohn of Knowledge. Este autor, cofundador del PF, afirma que los grupos científicos, al igual que cualquier otro tipo de grupos, manifiesta un variado cuadro de intereses. Tales intereses les pertenecen en su condición de sujetos y grupos socialmente situados; como competidores en una disciplina, como maximizadores de intereses económicos, como actores institucionales, etc. Estos intereses, que son siempre múltiples, no pueden reducirse, al modo habermasiano, al interés general que desde la Teoría Crítica se atribuyó al saber científico como saber ideológico y aparentemente neutral. La exigencia local de los análisis de la SCC exige mostrar que tales intereses se diversifican en múltiples formas y son irreductibles a una sola identidad. Pero quizá la aportación más radical de la teoría de los intereses de Barnes se encuentre en la defensa del papel que tales intereses desempeñan en la formación de las creencias, categorías, métodos y operaciones cognitivas de la ciencia, y no sólo en aspectos macro del desarrollo de ésta. La necesidad de localizar y contextualizar cualquier análisis de intereses es la causa última de la imposibilidad de una generalización del tipo que formulaba la Teoría Crítica.

3.1.3. La sociología del conocimiento científico de la teoría del ActorRed

Los últimos años han conocido una profunda transformación en la SCC como resultado de la influencia de las contribuciones del PE A partir del impulso de esta corriente, que bien puede llamarse paradigma por sus pretensiones de radicalidad, han surgido otras corrientes muy prometedoras en el campo de la SCC, desarrolladas en varias direcciones”. Una de estas corrientes es la que se conoce como teoría del ActorRed” (ActorNetwork Thor). Uno de los presupuestos básicos de esta nueva corriente es el de la generalización del principio de simetría. Como hemos visto al presentar los principios del PF, Bloor afirmaba la exigencia de aplicar el principio de simetría al análisis del conocimiento científico, de modo que tanto el error como el acierto, la verdad y la falsedad, la racionalidad o la irracionalidad, fuesen objeto de similares estudios causales, evitando el sesgo en que habían incurrido las tradicionales disciplinas filosóficosociales en su análisis del saber científico. Sin embargo, los autores encuadrados en esta nueva corriente reprocharán a los fundadores del PF cierta timidez y limitación a la hora de sacar las conclusiones de sus propias apuestas. No podemos exponer con detalle una a una las aportaciones de estos autores. Vamos a presentar, en su lugar, algunas características comunes que definen la estrategia de esta corriente, esbozando sus principios, ciertamente complejos y paradójicos para la tradición más ortodoxa de las ciencias sociales y de la CC. 1. Los defensores de la teoría del ActorRed (TAR) reprochan al PF de la SCC una contradicción de profundas consecuencias: el PF pretende, a través de una estrategia constructivista, presentar la actividad científica y el conocimiento mismo como resultado de procesos sociales que afectan a dicho conocimiento desde su misma raíz, pues los mismos procesos cognitivos y las fórmulas categoriales a través de las que todo saber se expresa, antes incluso que los intereses individuales o colectivos, se encuentran socialmente construidos. Por ello, toda representación de la naturaleza y de la misma actividad científica se encuentra socialmente inducida e incapacitada para reclamar un estatuto ontoepistemológico realista. Sin embargo, los autores de la TAR encuentran una gravísima falla en la argumentación del PF: Bloor, Barnes y otros, al intentar reconstruir los procesos de objetivación social por medio de los cuales sic construye el conocimiento científico, tratan la naturaleza y la actividad científica de acuerdo con su estrategia constructivista, pero la instancia social, que actúa como explanann en sus teorías, se muestra reificada, de suerte que cl constructivismo que define la estrategia del PF se transforma en realismo a la hora de conceptuar la esfera social. 2. Otra de las fallas del PF es aprovechada por los autores de la TAR para radicalizar sus posturas. Bloor habia defendido el principio de simetría como pieza eleva de la estrategia del PE La verdad y el error deben ser explicados a través de las mismas causas. Sin embargo, la simetría no debe limitarse a esta oposición. La TAR acepta la genialidad que supone el giro copernicano iniciado por el PF, pues resulta crucial en la estrategia desnaturaliza dora dc todas las nociones trascendentales dc la teoría del conocimiento tradicional; sin embargo, el principio de simetría debe extenderse a otras oposiciones no menos relevantes e igualmente aceptadas de manera acrítica y preteóricos. Los defensores de la TAR se refieren a distinciones como naturalartificiales, humanono humano, sujetoobjeto. 3. Así pues, la actividad científica debe abordarse como un marco de acción estratégica en la que lo esencial no son los sujetos humanos, ni los objetos tecnológicos o las teorías científicas, sino las posiciones de una red de intercambios y transformaciones cuya sustancia es la permanente negociación, la formación de alianzas y contra alianzas, en un marco de permanente conflicto de intereses locales. Actores, sujetos, objetos, humanos, artefactos, teorías, etc., no son más que efectos de red; si deseamos comprender la actividad científica debemos representarla como una retícula cuyo esqueleto cste definido por el conflicto y los juegos de poder, en los cuales los actores de toda naturaleza adquieren identidades cambiantes. Así, el gran tema del conocimiento, la verdad, no es más que un efecto del discurso científico y dc los juegos dc poder. 4. Los trabajos de los autores de la TAR apuntan a mostrar cómo los actores individuales y colectivos producen representaciones del mundo natural e intentan imponerlas a los demás, bajo la forma de conflictos permanentes entre las diversas instancias científicas y sociales implicadas. 5. Metodológicamente, la estrategia de la TAR adopta las formas de una semiótica de los intercambios discursivos, como plasmación de la lógica del campo científico, a la vez que muestran cómo el carácter más permanente de la actividad científica es su permanente e incesante transformación, su movimiento perpetuo muy distante de cualquier interpretación pragmatista, finalista o teleológica de la ciencia

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